Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Se arrodilló para quitarme los zapatos y no se detuvo

En mi familia siempre hemos vivido del calzado. Mi abuelo estudiaba las muestras que le traían los viajantes, y mi padre se recorría medio continente buscando los modelos que nadie más se atrevía a vender. La primera vez que lo acompañé a una feria tenía diez años, y su obsesión por el cuero se me metió dentro sin que pudiera evitarlo. Desde entonces el olor a piel curtida es lo más parecido que tengo a un hogar.

Puedo reconocer un buen zapato con los ojos cerrados: la forma de la horma, la profundidad de las puntadas, el peso exacto de los herrajes. En toda la ciudad, la firma Solano es sinónimo de oficio. Yo, a mis cuarenta y cinco años, sigo dedicado en cuerpo y alma a ello, sin tiempo para otra cosa. Algunas de las grandes marcas me consultan antes de lanzar una colección, y conozco en persona a casi todos sus diseñadores.

Esta historia empezó con la llamada de uno de los fabricantes más prestigiosos de Italia.

—Buenos días —dijeron en cuanto descolgué—. ¿Sería posible hablar con el señor Solano?

—Yo mismo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Disculpe la intromisión. Soy Pablo Reyes, represento a la casa Velvara en España. El señor Bellini me dio su número.

—Claro, sin problema —a Lorenzo Bellini lo trataba desde hacía años—. ¿Cómo anda el bueno de Lorenzo?

—Bien, muy bien. El caso es que me pidió que lo llamara. Quería saber si podría recibir a nuestra diseñadora, la señorita Bianca, para que le diera su opinión sobre la colección del próximo año. Hay piezas muy atrevidas y nos gustaría su criterio.

—¿Atrevidas? —respondí sonriendo—. La suya es una de las firmas más caras del mundo, pero siempre han apostado por la línea clásica. Y les ha ido de maravilla.

—Cierto, cierto, pero la señorita Bianca es nueva y tiene ideas propias. Entre usted y yo, la casa está dividida. Cuentan con su opinión para decidir qué hacer.

—Vaya honor —dije, impresionado por la responsabilidad que me ponían encima—. Estaré encantado de recibirla.

—Mil gracias, señor Solano —contestó, claramente aliviado—. Si le parece, llegará a su tienda el miércoles que viene.

—Perfecto. ¿A qué hora?

—No sabría decirle. La señorita Bianca tiene su propia manera de hacer las cosas.

—Qué misteriosa. ¿Cómo la reconoceré?

—No se preocupe. Cuando la vea, no le quedará ninguna duda de que es ella.

Recibía visitantes a diario, y supuse que ella sería una más, quizá un poco más pretenciosa. Lo anoté en la agenda y me olvidé del asunto.

***

Llegó el miércoles. Como cada mañana repasé las citas del día y vi la visita de la diseñadora de Velvara. Se me despertó la curiosidad profesional por saber qué era eso tan novedoso que querían enseñarme. Las horas pasaron atendiendo clientes, pero reconozco que cada vez que sonaba la campanilla de la puerta levantaba la cabeza para comprobar si era ella. Nunca lo era.

Se acercaba la hora del cierre y ya había despedido a los dos dependientes. Estaba solo, ordenando los escaparates y dejándolo todo listo para el día siguiente. El pestillo estaba echado cuando oí unos golpes en el cristal. Me acerqué dispuesto a explicar que ya habíamos cerrado, pero al otro lado había una mujer alta y delgada, de unos cincuenta y largos, elegante como solo saben serlo algunas italianas. Traje de chaqueta y falda gris, blusa blanca, y unas botas de cuero granate hasta la rodilla. En la cabeza, un sombrero de ala ancha que en cualquier otra habría sido ridículo y que en ella resultaba el complemento perfecto. Abrí.

—Buenas tardes, señorita Bianca —dije cediéndole el paso—. Pensaba que ya no vendría. Es muy tarde.

—Buenas tardes, señor Solano. Llámeme Bía, por favor —entró hablando un castellano correcto, teñido de un acento italiano delicioso—. Llevo toda la tarde en el bar de enfrente.

—¿Y por qué no ha venido antes? —pregunté.

—Por dos razones —dijo tomando asiento—. Primero quería comprobar si su tienda era la adecuada para mi colección. Y segundo, porque mostrar una colección por primera vez es un momento íntimo. Requiere tranquilidad.

—¿Y bien? ¿Hemos pasado la prueba? —solté, un poco molesto. ¿Quién se creía que era para juzgar mi negocio?

—Usted sí. Algunos de sus empleados deberían mejorar —contestó sosteniéndome la mirada.

—A ver, señorita…

—Bía, por favor. Solo Bía —me interrumpió.

—A ver, Bía. ¿Quién se ha creído que es para entrar en mi casa y criticar a mi gente?

—Señor Solano…

—Llámeme Andrés, por favor —le devolví la interrupción.

—Andrés —dijo sonriendo por el golpe—, usted sabe tan bien como yo que tiene dos dependientes demasiado jóvenes para vender un calzado de esta categoría. Serán buenos, pero les falta recorrido.

—Son jóvenes, pero valen —los defendí—. Merece la pena enseñarles. Se esfuerzan y pronto lo harán muy bien.

—Entonces me reconoce que están un poco verdes —insistió, divertida.

—No. Están madurando —respondí, y sonreí. La tensión se había evaporado.

Se quitó el sombrero, lo dejó sobre el sofá y se acercó.

—Es usted tan bueno como me habían dicho —comentó con una sonrisa amplia—. No se arruga ante un ataque.

Me dio un beso en cada mejilla y noté su perfume, delicado e intenso a la vez, invadirme.

—Y usted tan especial como me habían contado —dije, intentando recuperarme de aquel aroma.

—¿Especial? —rió—. Qué amable. Normalmente me llaman bruja.

Esta vez me reí con ella. Era, sin duda, una mujer fuera de lo común. Se giró y abrió la bolsa de viaje que traía, de cuero viejo y precioso. Dentro había dos cajas negras de zapatos.

—¿Así que esta es la nueva colección? —pregunté alargando las manos para abrirlas.

Para mi sorpresa, me las apartó con suavidad.

—Por favor, Andrés —me reprendió—. No es así como se conoce una de mis obras. Siéntese en el sofá, quítese esos viejos zapatos y relájese.

Me quedé descolocado cuando reconoció el modelo que llevaba: unos Valmonte descatalogados hacía años, fabricados por encargo para un puñado de clientes entre los que estaba yo. Eran mi pago por ciertos favores prestados a la marca. Le hice caso, me senté y fui a descalzarme, pero ella me detuvo.

—Por favor, caro —dijo—. Deje que lo haga yo.

Cogió uno de los cojines que usamos para arrodillarnos frente a los clientes y lo colocó delante de mí. Se arrodilló y, con una delicadeza extraña, desabrochó los cordones, los aflojó y, tomándome del tobillo, me sacó el zapato derecho meciéndolo de atrás hacia adelante, como mandan los cánones. Cuando lo tuvo en la mano, lo levantó a la altura de sus ojos.

—Qué maravilla —exclamó examinándolo de cerca.

No podía estar más de acuerdo. Era una obra maestra: cómodo, flexible, perfecto. Lo que pasó después me dejó sin palabras. Se llevó el zapato a la nariz y aspiró profundamente su interior. Repitió la operación con el del otro pie. Después sacó la lengua y lo lamió hasta dejar el cuero reluciente.

—Espero que no le moleste —dijo mirándome—. Tiene unos zapatos deliciosos.

—No… —balbuceé—. Pero no me lo esperaba.

Mientras hablaba, ella seguía acariciándome el pie por encima del calcetín. Bajo la blusa se le marcaban los pezones y su respiración se había acelerado. Me costaba creer lo que estaba viendo. Abrió la primera caja y sacó los zapatos. Eran distintos a todo lo que conocía, pero apenas pude prestarles atención: Bía los acariciaba con la mirada vidriosa. Les preparó los cordones, me cogió el pie y, cuando lo metí dentro, soltó un gemido y cerró los ojos. Lo abrochó, hizo lo mismo con el otro y, terminada la tarea, se inclinó para rozarlos con la punta de la lengua.

—Son mi mejor obra —murmuró con las pupilas dilatadas.

Pasaba la cara por el cuero lustroso y su pelo me acariciaba los tobillos.

—Por favor —suplicó con su acento—. Descálcese y deme su pie.

***

Cohibido, me saqué el zapato y le acerqué el pie. Lo tomó con las dos manos, se lo pasó por la mejilla, me quitó el calcetín y empezó a lamerme la planta. Cada pasada de su lengua me erizaba la piel. Cuando llegó a los dedos, noté que mi erección ya no cabía dentro del pantalón. Se los metía en la boca uno a uno, recorría con la lengua el espacio entre ellos y, cada vez que la sacaba, de su garganta brotaba un gemido ronco. De rodillas, balanceaba la cadera hacia adelante y hacia atrás.

No sabía muy bien cómo reaccionar, pero mi excitación se había desbocado y empecé a frotarme por encima de la tela. En un momento dado, Bía apartó la cara de mi pie, se apretó un pecho con la mano y un espasmo le recorrió las piernas. Su gemido, su cara tensa, los dedos clavándose en mi pierna: estaba teniendo un orgasmo. Cuando recuperó el aliento, me miró.

—¿Se atreve a ponerme las botas? —preguntó mientras se levantaba y se sentaba a mi lado.

Sin dudarlo, abrí la bolsa y saqué la segunda caja. Dentro había unos botines rojo fuego de factura preciosa, pero tampoco me detuve en ellos. Me puse frente a ella y, igual que había hecho antes, le quité sus zapatos con suma delicadeza. Al rozar sus pies desnudos, tuvo un escalofrío. Le di un masaje breve en la planta y respondió tensando las piernas. Mientras le recorría los pies, se desabrochó la blusa: debajo, un sujetador elegante y discreto, como ella. Lo abrió por delante y dejó al descubierto unos pechos blancos, no muy grandes, coronados por pezones rosados. Empezó a masajeárselos al ritmo de mis manos.

Subí una de ellas por su pierna. Me entretuve en la rodilla, pero ella las separó, invitándome a seguir. Deslicé los dedos por la cara interna de sus muslos hasta rozar la ropa interior. La encontré empapada. La acaricié arriba y abajo y, cuando iba a apartarla, me sujetó la mano.

Caro mío, por favor —volvió a suplicar—. Hágale el amor a mis pies.

No estaba seguro de cómo hacerlo, pero levanté sus pies cuidados y empecé a lamerlos. Al principio con inseguridad; luego, al ver su reacción, con todas las ganas. Sus gemidos llenaban la tienda en silencio. Le pasaba la lengua por la planta una y otra vez, sintiendo cómo crecía su excitación, y cuando llegué a los dedos noté que se le aceleraba la respiración. El aroma, el sabor, el tacto: todo en ella me resultaba embriagador. Recorría cada milímetro disfrutando tanto de lo que hacía como del efecto que provocaba.

No aguanté más. Me liberé del pantalón y froté mi sexo contra sus pies y sus piernas. Ella seguía jugando con un pezón mientras la otra mano se movía entre sus muslos en un masaje frenético. Estaba al borde. Me corrí sobre sus dedos, sacudiéndome hasta la última gota. Entonces me apartó con un empujón suave y, con una flexibilidad sorprendente, se inclinó a lamerse los propios pies, recogiendo con la lengua todo lo que yo había dejado. En esa postura, su sexo quedaba abierto frente a mí, así que me colé bajo sus piernas y empecé a lamerlo. Nos limpiábamos el uno al otro a la vez, perdidos en lo mismo.

Cuando terminó, me tumbó en el suelo boca arriba y se sentó sobre mi cara. Pude hundir la lengua en lo más profundo de ella mientras se inclinaba hacia adelante y me tomaba en la boca, en un sesenta y nueve glorioso. No tardé en volver a endurecerme bajo su trabajo, y ella no dejaba de humedecerse. Empezaba a necesitar penetrarla con urgencia.

—Túmbate tú ahora, boca arriba —le ordené.

Obedeció y se tendió a mi lado. Sabiendo cuánto le gustaba, le levanté una pierna, la flexioné un poco y le lamí los dedos con ansia. El efecto fue inmediato: arqueó la espalda y empezó a jadear. De rodillas frente a ella, sin dejar de besarle los pies, acerqué mi sexo al suyo y la penetré despacio. Estaba tan caliente y húmeda que entré hondo de una sola vez.

Con las piernas juntas y los pies en alto, su entrada se estrechaba y sentía cómo me apretaba con cada embestida. Los dos sudábamos, concentrados en nuestro propio placer. Cuando noté que llegaba de nuevo, di dos empujones más y me clavé lo más adentro que pude. Mi segundo orgasmo arrastró al suyo: sus piernas temblaron entre mis manos y me empapó. Cuando me retiré, la miré, agotado, y me dejé caer a su lado.

***

Estuvimos un buen rato en silencio, dejando que el cuerpo se calmara. Al cabo, se giró hacia mí.

—Oye, espero que no me tomes por una depravada —dijo con una sonrisa en los ojos.

—Para nada —respondí—. No creo que seas una depravada. Solo un poco traviesa.

—¿Traviesa? —preguntó sin entender del todo.

—Una apasionada del sexo, sin complejos —aclaré riendo.

—Mmmm. Eso me gusta —dijo, llevando la mano a mi entrepierna.

Empezó a juguetear con mi sexo, ya en reposo y pringoso. Decidí lanzarme.

—Tengo una propuesta para ti —dije disfrutando de la caricia.

—¿Qué propuesta?

—En casa tengo unos zapatos de gala que uso desde hace casi veinte años. ¿Te apetece jugar con ellos?

Se incorporó de golpe y se lamió la mano que tenía sobre mí.

—¿De veinte años? —preguntó—. ¿Tuyos? ¿Usados?

Asentí con la cabeza. Estiró el brazo, alcanzó su ropa interior aún húmeda y, mientras se la ponía, me miró con esos ojos otra vez encendidos.

—¿Vamos?

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (6)

Turco_BA

Genial, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Silvana_uy

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

RamiroLect

El detalle de la tienda cerrada le da un suspenso increible. Se siente muy real la escena.

ClaraM_85

Me recordo a una situacion parecida, se me puso la piel de gallina leyendo. Muy bien contado

DiegoBs

Que paso despues?? necesito saber jaja

Ferchu77

Muy bien escrito, el ritmo es perfecto. No se hace largo ni corto, justo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.