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Relatos Ardientes

La empresaria descalza que aprendió a obedecer

A la una y cuarto de la madrugada, cuando la mitad de las invitadas ya se había rendido y bailaba sin tacones, Renata Solís se desprendió de sus zapatos de catorce centímetros y estiró los dedos de los pies con un gesto de puro alivio. La planta desnuda, apenas cubierta por la media, encontró el mármol frío de la pista y un escalofrío le subió por las piernas. Cerró los ojos un segundo. Era su parte favorita de cualquier fiesta.

No tuvo que abrirlos para saber que la observaban. Siempre la observaban.

Muchos de los invitados llevaban toda la noche esperando ese momento. Algunos habían apostado que llegaría descalza a la boda de su prima, pero Renata le había prometido a su padre que por una vez se comportaría, que no daría el espectáculo de costumbre. Lo que no prometió fue aguantar los tacones hasta el final, y por eso se los quitaba ahora, con más ganas que nunca.

De todas las miradas, solo le molestó una: la de su madre, que cruzó la pista enfilada hacia ella, la tomó del brazo y la apartó a un rincón mientras la orquesta seguía sonando.

—¿No puedes evitarlo? ¿Tienes que ser siempre el centro de atención?

Renata resopló. Había soportado los zapatos desde las cinco de la tarde, quitándoselos a escondidas bajo la mesa durante la cena.

—Mamá, hay diez chicas descalzas en esa pista. Hasta la tía Beatriz se quitó los zapatos.

—Ninguna de ellas tiene tu fama.

Fama, pensó Renata. Su madre no se refería a ser la hija de Eduardo Solís, dueño de la mayor cadena textil del país. Se refería a la otra fama, la que la prensa del corazón le había puesto encima hacía años: la empresaria descalza.

***

Todo había empezado en un viaje. Recién graduada, Renata pasó dos semanas en una ciudad costera del Pacífico donde la gente caminaba descalza por todas partes: por las calles, en el transporte, en los comercios. Al tercer día guardó las sandalias en la mochila y no volvió a calzarse hasta el avión de regreso. Descubrió algo que ya no pudo soltar: la sensación del suelo bajo los pies desnudos la encendía de un modo que no sabía nombrar.

De vuelta en la capital, la costumbre se volvió obsesión. Empezó por descalzarse en el césped del campus, como tantos otros. Después se atrevió a cruzar el estacionamiento con las zapatillas en la mano, sintiendo el asfalto áspero y tibio contra las plantas. Cada paso era un pequeño desafío, una mezcla de vergüenza y excitación que la dejaba sin aliento. Con los años entendió que no era el suelo lo que la encendía, sino las miradas. Que la vieran. Que se incomodaran. Que no pudieran apartar los ojos de sus pies.

Diez años después, los fotógrafos la esperaban en cada acto público para retratar sus pies desnudos, y ella había aprendido a disfrutar incluso de los comentarios más crueles. La llamaban malcriada, exhibicionista, niñata. Le daba igual. Cada insulto era una mano invisible recorriéndole la nuca.

***

—Vuelve a calzarte, te lo pido por favor —insistió su madre.

Renata negó con la cabeza, le dio la espalda y volvió a la pista. Su madre se quedó con la palabra en la boca, como tantas otras veces. Su padre, desde una mesa, hacía rato que había dejado de luchar; solo rezaba para que algún día alguien la entendiera, alguien que hiciera con ella lo que ni la familia ni la sociedad habían logrado.

Fue entonces cuando Renata lo vio a él.

Estaba apoyado contra una columna, una copa intacta en la mano, observándola con una calma que la incomodó de inmediato. No miraba sus pies con la curiosidad morbosa de los demás, ni con el reproche de su madre. Los miraba como quien evalúa algo que ya considera suyo. Tendría unos cuarenta años, traje oscuro sin corbata, y una quietud que llenaba el espacio a su alrededor.

Renata sostuvo la mirada más tiempo del que debía. Él no sonrió. Solo bajó los ojos despacio hasta sus pies descalzos sobre el mármol, los recorrió con descaro, y volvió a subir hasta su cara. El gesto fue tan deliberado que ella sintió el calor trepándole por el cuello.

Cuando él se acercó, lo hizo sin prisa.

—Te quitaste los zapatos para que te miraran —dijo. No era una pregunta.

—Me los quité porque me dolían —mintió ella, con la sonrisa que usaba ante la prensa.

—No —respondió él, tranquilo—. Te los quitaste para provocar. Lo haces siempre. Y nadie te ha dado nunca lo que de verdad buscas con eso.

Renata abrió la boca para contestar y no encontró nada. Era la primera vez en diez años que alguien nombraba lo que ella misma fingía no entender.

—¿Y tú sabes lo que busco? —logró decir.

—Lo sé exactamente —dijo él—. Y sé que llevas años sin encontrarlo porque siempre eres tú la que manda. Me llamo Adrián. Hay una suite reservada en el hotel de enfrente. Cuando estés cansada de actuar para esta gente, sube. Habitación doce.

Se alejó sin esperar respuesta. Renata se quedó plantada en medio de la pista, descalza, con el corazón golpeándole en las costillas y una humedad inesperada entre las piernas.

***

Subió cuarenta minutos después, con los zapatos colgando de dos dedos y las medias destrozadas. Se dijo a sí misma que solo iba a curiosear. No se creyó ni una palabra.

Adrián abrió la puerta, la miró de arriba abajo y se hizo a un lado para dejarla pasar. La suite estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz de la ciudad que entraba por el ventanal.

—Las medias —dijo él—. Quítatelas. Quiero verte como te gusta estar.

Algo en su tono no admitía discusión. Renata, que llevaba una década negándose a obedecer a todo el mundo, se sentó en el borde de la cama y deslizó la media negra por una pierna, luego por la otra. Cuando sus pies desnudos tocaron la alfombra, él se arrodilló frente a ella.

Lo que hizo después la desarmó por completo.

Tomó uno de sus pies entre las manos, con una delicadeza que contrastaba con su firmeza, y lo besó. Besó el empeine, el tobillo, la curva del arco. Renata contuvo la respiración. Nadie la había tocado así, nadie había tratado como un altar aquello que el mundo entero criticaba. Adrián recorrió cada dedo con la lengua, despacio, sin apartar los ojos de su cara, vigilando cada estremecimiento.

—Llevas diez años enseñándolos para que alguien hiciera esto —murmuró contra su piel—. Para que alguien te los adorara y, después, te pusiera en tu lugar.

—No sabes nada de mí —jadeó ella, aunque sus caderas ya se movían solas.

—Sé que te mueres por que alguien te diga qué hacer —dijo Adrián, y le mordió suavemente la planta del pie. Renata gimió antes de poder evitarlo—. Boca abajo. Ahora.

Y ella obedeció.

Se giró sobre la cama, el vestido subido hasta la cintura, el rostro hundido en las sábanas. Sintió las manos de él recorriéndole la espalda, bajando, descubriéndola sin ninguna prisa. Cuando la primera palmada cayó sobre su piel, el ardor la atravesó como una corriente. No fue dolor, o no solo dolor. Fue alivio. Por primera vez en años no tenía que decidir nada, no tenía que provocar a nadie, no tenía que sostener ninguna pose. Solo tenía que recibir.

—Cuéntalas —ordenó él.

—Una —susurró Renata al sentir la segunda. Luego la tercera, la cuarta. Las contó todas, con la voz cada vez más quebrada, mientras el calor entre sus piernas se volvía insoportable.

Adrián deslizó una mano entre sus muslos y la encontró empapada. Soltó una risa baja.

—Toda esa fama de mujer indomable —dijo— y mírate. Mojada porque por fin alguien te trata como necesitas.

Renata quiso protestar y lo que salió de su boca fue un gemido cuando los dedos de él entraron en ella. La humillación de saberse descubierta la encendía aún más que las caricias. Él jugó con ella sin permitirle terminar, llevándola al borde una y otra vez y deteniéndose justo antes, hasta que Renata escuchó su propia voz suplicar algo que jamás le había pedido a nadie.

—Por favor.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, déjame acabar.

—Todavía no —dijo Adrián.

La giró de nuevo, le separó las piernas y se colocó entre ellas. Antes de entrar, le levantó un pie y lo apoyó contra su propio pecho, contra su boca, besándolo otra vez como si fuera lo más valioso de la habitación. Después la penetró de una sola embestida y Renata arqueó la espalda, con los talones clavados en los hombros de él.

La tomó despacio primero, mirándola a los ojos, sin dejar que ella escondiera la cara. Luego más fuerte, marcando un ritmo que no le pertenecía, que ella solo podía seguir. Renata sintió cómo cada embestida la vaciaba de todos esos años de control, de poses, de titulares. No quedaba la empresaria descalza ni la heredera rebelde. Quedaba solo una mujer que por fin se entregaba.

—Ahora —dijo él al fin, con los dedos otra vez sobre su clítoris—. Acaba para mí.

Y como si su cuerpo solo hubiera esperado el permiso, Renata se deshizo en un orgasmo que la dejó temblando, mordiéndose el brazo para no gritar, las piernas cerrándose alrededor de la cintura de Adrián mientras él terminaba dentro de ella con un gruñido ronco.

***

Después se quedaron quietos, ella sobre su pecho, los pies todavía enredados con los de él. Adrián le acariciaba el tobillo con el pulgar, lento, casi distraído.

—Mañana volverás a quitarte los zapatos en público —dijo—. Y todos pensarán que es el mismo capricho de siempre.

Renata sonrió contra su piel. Sabía que tenía razón. Saldría a la calle al amanecer, descalza, con las medias rotas y los pies sucios de tanto bailar, y dejaría que los madrugadores la miraran como siempre. Pero ya no sería lo mismo. Ahora, cada vez que sintiera el frío del suelo bajo las plantas desnudas, pensaría en una habitación con el número doce en la puerta, y en el único hombre que había entendido que su provocación no era un grito de libertad, sino una pregunta esperando respuesta.

—¿Volveré a verte? —preguntó ella, y le sorprendió cuánto le importaba la respuesta.

Adrián le levantó el pie una última vez y le besó el empeine.

—Eso depende de lo bien que sepas obedecer —dijo.

La noche, pensó Renata cerrando los ojos, todavía era joven. Y por primera vez en diez años, no tenía ningunas ganas de ser ella quien mandara.

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Comentarios (4)

Malena_BA

increible!! me tuvo en vilo de principio a fin, no pude parar de leer

ManuelCordoba

Por favor continua esta historia, siento que le falta mas... o quizas es que me quede con ganas jaja

Noctambula78

Este tipo de dinamicas de poder estan muy bien logradas aca. Se siente que los dos personajes tienen peso real, no es uno que manda y el otro que acata nomás. Muy bien construido

DiegoMdp92

la empresaria aprendiendo a obedecer... eso si que es un giro inesperado jajaja. Buenisimo

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