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Relatos Ardientes

Mi prima me puso bajo sus pies esa tarde

No voy a decir mi nombre. Tardé mucho en aceptar lo que voy a contar, y todavía hoy me cuesta admitir que disfruté cada segundo, que me corrí como nunca, que todavía se me para la verga cuando lo recuerdo. Pero supongo que este es el único lugar donde puedo desahogarme sin que nadie me mire con cara rara. Cambié los nombres por las dudas, así que vamos al grano.

Por aquellos años yo era el típico flaco alto y desgarbado al que medio mundo intentaba molestar. Siempre lo compensé entrenando; nunca fui fuerte, pero aprendí lo suficiente para defenderme. Mi prima Renata, en cambio, vivía para el deporte. Practicaba kickboxing desde chica y se notaba: tenía el cuerpo de alguien que sabía exactamente cuánta fuerza guardaba en cada músculo.

Renata me llevaba un año. Era preciosa de una forma que me incomodaba reconocer: pelo rizado, ojos oscuros que parecían leerte por dentro y una manera de moverse que ocupaba toda la habitación. Tenía las tetas firmes, de las que se notan hasta debajo de una remera holgada, y un culo redondo, respingado, que se marcaba en cada calza que se ponía para ir al gimnasio. Pero lo que de verdad me desarmaba eran sus pies. Calzaba un treinta y cinco, finos, siempre con las uñas pintadas de un rojo oscuro que me dejaba la mente en blanco y la polla dura contra el pantalón.

Ella lo sabía. Claro que lo sabía.

—Ya que no podés sacarles los ojos de encima, algún día me vas a tener que dar un masaje —me dijo una vez, medio en broma, estirando una pierna hacia mí.

Y yo, como un perro obediente, asentí sin pensarlo. Esa fue mi primera sentencia, aunque entonces no lo entendí.

***

Todo pasó durante unos días que estuve quedándome en su casa. Sus padres y los míos habían salido juntos de viaje, y nos dejaron solos con la excusa de que ya éramos grandes. Yo estaba tirado en el sofá, perdiendo el tiempo, cuando la escuché entrar. Venía directo del gimnasio, todavía con el uniforme puesto y el pelo atado, brillando de sudor. El top corto se le pegaba al cuerpo y dejaba ver el ombligo, y las calzas negras le dibujaban cada línea del culo y del pubis.

—Hola, Renata. ¿Cómo estuvo el entrenamiento? —pregunté sin levantar mucho la vista, tratando de disimular que se me estaba poniendo dura otra vez.

No me respondió enseguida. Cruzó el living despacio, se paró delante de mí y me tendió las dos manos como para ayudarme a levantarme. Caí en la trampa. Apenas estuve de pie, me clavó la planta del pie en el estómago con una precisión que solo da el entrenamiento.

—¿Lindo, no? —dijo, mientras yo me doblaba hacia atrás.

El golpe me tiró de espaldas contra la alfombra. Antes de que pudiera entender qué estaba pasando, la oí descalzarse, ese chasquido seco de las zapatillas saliendo de golpe. Después sentí todo su peso sobre el vientre cuando apoyó los dos pies encima de mí y se quedó ahí, mirándome desde arriba.

—¿Estás loca…? —alcancé a decir, sin aire.

Se agachó un poco, apoyando más peso, y el dolor me subió hasta la garganta. Al mismo tiempo, aunque me muera de vergüenza escribirlo, la verga se me endureció entera dentro del pantalón. Ella lo vio. Bajó los ojos apenas, sonrió de costado, y apretó un poco más antes de seguir.

—Estoy cansada de las migajas —dijo, con una calma que asustaba más que cualquier grito—. Un masajito acá, ayudame con la crema allá, esas miraditas tuyas todo el tiempo. Estoy cansada de fingir que no me doy cuenta. Y mirate ahora, con la pija dura mientras te pisoteo. Sos un enfermo, primo. Un enfermo delicioso.

Movió el pie con el que me estaba apretando el vientre y lo bajó despacio hasta apoyar los dedos justo encima del bulto. Me presionó con la planta, midiendo, sintiendo el largo entero de la polla latir debajo de la tela.

—Mirá cómo palpita. Ni siquiera te tuve que tocar bien y ya estás así.

—Renata… —fue todo lo que pude decir.

—Desde hoy estás bajo mis pies. Me pertenecés. Te voy a usar para entrenar mis patadas y mis ganas, y vos vas a obedecer. Nadie te va a creer si lo contás, y los dos sabemos que soy más fuerte. Así que ni se te ocurra hacer una estupidez.

Se bajó de mí con la elegancia de quien acaba de ganar algo, una mano en la cintura, esperando.

***

Me quedé unos segundos en el piso, tratando de recuperar el aliento y, sobre todo, de entender por qué una parte de mí no quería levantarse y salir corriendo. Cuando por fin intenté incorporarme, Renata me enganchó el tobillo con el pie y me devolvió al suelo de un tirón.

—¿Te dije que te pararas? —su voz cambió, más filosa—. De rodillas. Ahí te quiero.

—Está bien… —murmuré.

Me arrodillé despacio. En cuanto levanté la cabeza para mirarla, me plantó un pie tibio y húmedo de sudor contra la cara. El olor me golpeó de lleno, denso, imposible de ignorar, y lo peor fue que mi cuerpo reaccionó de una manera que no supe disimular: la verga me palpitó tan fuerte contra la bragueta que sentí una gota mojarme el calzoncillo.

—Limpialo bien —ordenó, sin un gramo de duda—. Necesito tenerlos perfectos siempre, y ahora tengo a alguien que se encargue. Para eso servís. Sacá la lengua.

La miré desde abajo, dudando. Ella apretó más el pie contra mi boca.

—Sacala. No me hagas repetirlo.

Saqué la lengua y la pasé, primero con miedo, después con hambre, por toda la planta salada. El sudor me llenó la boca y en vez de darme asco me hizo tragar y volver por más. Le lamí el arco del pie, subí hasta los dedos, se los chupé uno por uno, saboreando el rojo de las uñas, sintiendo cómo ella me apretaba los labios entre los dedos como si me tuviera con una correa.

—Buen gusano —susurró—. Chupá bien. Con ganas.

Esto está mal, pensé. Esto está muy mal y me encanta, y eso me da todavía más vergüenza.

No veía nada. Solo sentía la presión de su planta contra mi nariz, la piel caliente, el temblor de mis propias manos sin saber dónde ponerlas. Una parte de mí quería rendirse del todo, bajarme el pantalón y hacerme una paja ahí mismo mientras le chupaba los pies. La otra, la que todavía tenía orgullo, no soportaba la idea de quebrarse así de fácil.

Y cometí el error de hacerle caso a la equivocada.

***

Le empujé el pie de un manotazo, con más fuerza de la que pensaba, y la hice trastabillar hacia atrás. Me levanté de un salto, en guardia, limpiándome la cara con el dorso de la mano. Por un segundo me sentí dueño de la situación.

Duró exactamente ese segundo.

Renata recuperó el equilibrio, giró sobre la cadera y me clavó el empeine entre las piernas con una potencia que me levantó del piso. El aire se me escapó entero, y la verga —que un instante antes estaba dura como un fierro— se plegó de dolor contra mi propio cuerpo. Caí de rodillas, después de costado, doblado sobre mí mismo, con las bolas latiéndome hasta el estómago.

—¡Gusano! —escupió, y no paró ahí.

Pateó otra vez, y otra, midiendo cada golpe como en un saco de entrenamiento, sin dejarme tiempo para nada que no fuera el dolor. No era furia ciega; era control. Sabía exactamente hasta dónde llegar.

—¡Pará…! ¡Por favor! —supliqué, con la voz quebrada, temblando entero.

Y, no sé bien por qué, en medio de todo eso, la súplica me salió más sincera de lo que jamás había sido nada en mi vida.

Se detuvo. Me dejó ahí, hecho un ovillo, llorando de dolor y de algo más que no me animo a nombrar. Todavía con la polla dura, palpitando entre las piernas doloridas como una segunda humillación.

—Te obedezco —dije, casi sin voz—. Te lo prometo.

***

Renata se agachó a mi lado, despacio, y me agarró del mentón para obligarme a mirarla. Ya no había rabia en su cara. Había otra cosa, más tranquila y mucho más peligrosa: certeza.

—Lo sé —dijo, casi con dulzura—. Sabía que ibas a obedecer desde el día que no pudiste dejar de mirarme los pies.

Me soltó y se sentó en el sofá, abriendo las piernas apenas, con esa naturalidad de quien ya decidió que el lugar es suyo. La calza se le hundía en la entrepierna y marcaba el bulto suave del coño, y no pude evitar quedarme mirando. Estiró un pie hacia mí y movió los dedos despacio, las uñas rojas brillando bajo la luz.

—Vení. De rodillas. Mostrame que entendiste.

Me arrastré los pocos pasos que nos separaban. Cada centímetro me costó orgullo, pero también me sacó un peso de encima que llevaba años cargando sin saberlo. Apoyé las manos en el suelo, bajé la cabeza y le besé el empeine, despacio, como si fuera la cosa más importante del mundo.

—Así —susurró ella, y noté que su respiración también había cambiado—. Despacio. Sin apuro. Tenemos toda la tarde.

Le recorrí el pie con los labios, del talón a los dedos, sintiendo el calor del entrenamiento todavía pegado a la piel. Le abrí la boca y le chupé el pulgar entero, después el índice, ensalivando cada dedo, sintiendo cómo ella los movía dentro de mi boca como si me estuviera cogiendo con el pie. Renata se reclinó hacia atrás, cerró los ojos un instante y dejó escapar un sonido bajo que no era de dolor ni de burla. Por primera vez no estaba actuando para humillarme. Lo estaba disfrutando de verdad.

Bajó el otro pie, lo apoyó sobre mi bragueta y empezó a moverlo despacio, arriba y abajo, sobándome la verga por encima del pantalón mientras yo le seguía mamando los dedos del primero.

—Mirate —murmuró—. Chupándome los pies con una cara de gusto. Y con la pijita bien parada. Sos mío entero, primo.

—Sí… —dije con la boca llena—. Soy tuyo.

—Sacátela.

La miré, sin entender del todo.

—Bajate el pantalón. Quiero verla. Quiero ver la verga de mi primo mientras me chupa los pies.

Le hice caso. Me desabroché con las manos temblando, me bajé el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas y quedé arrodillado ahí, con la polla al aire, dura, roja en la punta, mojada de tanto ganas contenidas. Renata largó una carcajada baja, apreciada.

—Mirá el tamañito. Y decís que sos flaco. La tenés linda, primo. Una lástima que ahora sea mía.

Envolvió la polla entre las dos plantas de los pies, presionando suave, y empezó a hacérmela así, con los pies, subiendo y bajando despacio, mientras yo trataba de no correrme en los primeros diez segundos. La piel caliente, el arco del pie ajustándose alrededor del glande, las uñas rojas rozando la cabeza a cada movimiento. Nunca había sentido nada igual.

—Uy, mirá cómo la chorreás —se rió—. Te está gustando que tu prima te haga una paja con los pies, ¿no, gusano?

—Sí, prima… sí…

—No te vayas a correr sin permiso. Si te corrés antes de que te lo diga, la próxima paliza te la doy en las bolas.

Apreté los dientes. Ella siguió, más rápido, cerrando los pies contra la verga, restregándome el líquido preseminal por todo el largo, usando su propia baba mezclada con mi mojadura como lubricante. Yo me mordía los labios y respiraba corto, tratando de aguantar, sintiendo cómo se me acumulaba todo el placer en la base de la polla, latiendo, pidiendo salir.

—Prima… no aguanto…

—Aguantás lo que yo te diga.

Me clavó el talón en la punta y apretó, cortándome el orgasmo en seco. Grité de rabia y de placer al mismo tiempo. Después aflojó, otra vez con el masaje suave, para llevarme al borde y devolverme dos veces más al mismo lugar.

—Tenés el resto del día para aprender —dijo, apoyando la planta contra mi mejilla otra vez, esta vez sin violencia—. Y vas a aprender bien. Nuestros viejos vuelven recién mañana.

***

El resto de esa tarde se me mezcla en la memoria como un solo momento largo y denso. Hubo más órdenes, más silencios, más pruebas para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Cada vez que dudaba, ella me lo recordaba con un gesto mínimo: un pie apoyado en mi hombro, una mirada por encima del hombro, dos palabras dichas en voz baja que pesaban como una sentencia.

—Quieto —decía, y yo me quedaba quieto.

—Mirá para abajo —decía, y yo bajaba la vista.

En un momento se sentó en el borde del sofá, agarró una crema de la mesita y me la tiró al pecho sin siquiera mirarme. Entendí el mensaje antes de que dijera nada. Me puse de rodillas frente a ella, exprimí un poco en mis manos y empecé a recorrerle el empeine con los pulgares, despacio, tal como tantas veces había fantaseado en secreto y nunca me había atrevido a confesar ni a mí mismo.

—Más arriba. El talón también —ordenó, recostándose hacia atrás con los brazos detrás de la nuca—. Si lo vas a hacer, lo hacés bien.

Le masajeé cada dedo, la planta todavía caliente, el tobillo firme de tanto entrenar. Renata respiraba hondo, los ojos entrecerrados, y de tanto en tanto me corregía con una palabra o me marcaba el ritmo apretando los dedos contra mi palma.

Después de un rato, se bajó las calzas de un tirón, sin siquiera pedirme permiso, y quedó desnuda de la cintura para abajo sobre el sofá. Tenía el coño depilado, los labios brillándole de mojadura, y el aroma me llegó denso, salado, mucho más fuerte que el de los pies.

—Vení. Ya que estás ahí abajo, servís para algo más.

Me acercó la cabeza tirándome del pelo y me pegó la cara al coño sin preámbulos. Saqué la lengua y la pasé de abajo hacia arriba, del agujero al clítoris, despacio, sintiendo cómo se estremecía. Le abrí los labios con los dedos y hundí la lengua entre ellos, tomando toda la mojadura que pude, chupándole el clítoris como si me fuera la vida.

—Así, gusano, así… —jadeó, apretándome más fuerte contra ella—. Chupame todo. Para eso tenés lengua, para chuparle el coño a tu prima.

Me quedé ahí no sé cuánto, mamándola, tragando su humedad, con la nariz apretada contra el clítoris y la lengua metida hasta donde llegaba. Ella me montó la cara con las dos manos en mi nuca, moviendo la cadera contra mi boca, restregándose sin vergüenza. Sus muslos me apretaron las orejas, el kickboxing en cada músculo, y yo entendí que si quería me podía asfixiar ahí mismo y no me iba a importar.

—Me voy a correr en tu boca —avisó, con la voz temblando—. Y te vas a tragar todo. Todo, ¿me oíste?

—Sí, prima…

Apretó, arqueó la espalda, me clavó las uñas en la nuca y se corrió con un grito ronco, largo, mientras el coño le latía contra mis labios. Tragué todo lo que me dio, sin soltar el clítoris hasta que ella misma me apartó porque no aguantaba más el roce.

Se dejó caer contra el sofá, respirando fuerte, con una sonrisa lenta.

—Buen primito.

Todavía tenía la polla dura, mojando el sofá con hilos de líquido preseminal. Me miró desde arriba, se relamió, y volvió a apoyar los pies contra la verga.

—Ahora sí. Te ganaste correrte. Pero en mis pies, gusano. Ni una gota en otro lado.

Empezó a hacerme la paja otra vez, más rápido, más firme, sin la crueldad de antes, envolviéndome la polla entera entre las dos plantas mojadas por mi propia mojadura. Le rogué que no parara, sin vergüenza ya, y ella se rió y me apretó más.

—Rogá bien. Decilo.

—Por favor, prima… hacémela con los pies… dejame correrme…

—Corréte.

Bastó eso. Se me subió todo de un golpe, cerré los ojos y me corrí en chorros gruesos que le mancharon los empeines, los dedos, las uñas rojas, la planta de un pie, mientras yo temblaba de rodillas frente a ella. Renata siguió moviendo los pies despacio, esparciendo el semen por toda la piel, sin quitar los ojos de encima de los míos.

—Ahora limpiá.

Bajé la cabeza sin discutir y le lamí los pies, tragando mi propia corrida de sus empeines, de entre los dedos, hasta que quedaron perfectamente limpios y brillantes de saliva. Ella suspiró de puro placer.

No sé cuánto tiempo estuve así. Perdí la noción de todo lo que no fuera ella y la tarea que me había dado.

Y lo más raro de todo es que nunca me sentí tan tranquilo. Toda la vida había cargado con la ansiedad de tener que demostrar algo, de aparentar una fuerza que no tenía. Ahí, en el piso del living de Renata, con su pie marcándome la cara y mi propio semen todavía en la lengua, por fin no tenía que demostrar nada. Solo obedecer. Y obedecer, descubrí, era un alivio que no sabía explicar.

Cuando cayó la noche, ella se levantó y se estiró como una gata, satisfecha.

—Mañana entrenamos de nuevo —dijo, sin preguntarme si quería—. Tenés mucho que mejorar todavía.

No respondí. No hacía falta. Los dos sabíamos cuál era la respuesta.

***

Pasaron meses antes de que pudiera entender lo que de verdad había cambiado esa tarde. No fue que Renata descubriera mi fetiche; eso ya lo sabía hacía rato. Lo que cambió fue que dejé de pelear contra él. Dejé de fingir que me daba asco lo que me encendía, dejé de odiarme por las cosas que me hacían temblar.

No sé si esto que cuento suena a confesión o a presunción. Tampoco me importa demasiado. Solo sé que, cada vez que la veo en una reunión familiar y nos cruzamos una mirada, ella sonríe apenas, baja un segundo la vista hacia sus propios pies, y los dos volvemos a aquella tarde sin necesidad de decir una palabra. Y todavía se me para la verga como el primer día.

Esta es mi historia. Es la primera vez que la escribo entera, y juro que me costó cada línea. Si llegaste hasta acá sin juzgarme demasiado, gracias. Capaz, algún día, me anime a contar lo que vino después.

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Comentarios(7)

PatricioVidal

Tremendo relato, me encanto!!!

Martin_BA

Necesito la segunda parte, no puede quedar asi. Demasiado bueno para terminar ahi.

CuriosaNet22

¿Es autobiografico o pura ficcion? Porque se siente muy real, como si lo hubieras vivido de verdad.

RobertoMZ

Leia el titulo y dude, pero me quedé hasta el final sin darme cuenta. Ese clima de tensión que fuiste armando al principio es lo mejor del relato.

Mili_BA

excelente, seguí escribiendo!!!

Lucas_Cba77

Me recordo a algo que viví hace un tiempo y se me fueron los dedos leyendo jaja. Muy bueno compañero.

FelipeCordo

Se nota que sabés escribir, no es lo mismo que la mayoría de los relatos que uno encuentra. Espero que haya mas.

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