Mi tía me enseñó a obedecer de rodillas
Tengo diecinueve años y, hasta esa noche, nunca había estado con una mujer. Lo que sí tenía, desde mucho antes, era una obsesión que me costaba admitir incluso a mí mismo: los pies pequeños, sobre todo los de mujeres mayores que yo, mujeres con experiencia, de esas que saben exactamente lo que hacen. No era algo que pudiera explicar. Era algo que sentía en el estómago cada vez que alguien se quitaba los zapatos cerca de mí.
Mi tía Lorena tenía cuarenta y ocho años, aunque cualquiera le habría puesto diez menos. Rubia, de poco más de metro sesenta, con un cuerpo que cuidaba con disciplina y una cara que siempre parecía estar guardando un secreto. Llevaba toda la vida siendo cariñosa conmigo. La había visto en traje de baño mil veces, salir de la pileta chorreando, cambiarse sin pudor en la casa de la playa. Nunca, ni una sola vez, había sentido nada. Hasta esa noche, ella era simplemente mi tía.
Todo empezó en el recital de mi primo Diego, que tocaba la batería en una banda de rock que recién arrancaba. El lugar era chico, oscuro, con olor a cerveza y cables. Mis padres se habían quedado en una mesa del fondo y yo estaba contra una pared, intentando no llamar la atención, cuando Lorena apareció con dos vasos y una sonrisa que no le había visto nunca.
—No vas a quedarte ahí parado toda la noche —me dijo.
Empezó a sonar algo rápido y ella me arrastró hacia el centro. Bailaba pegada, demasiado pegada, con el muslo rozándome la pierna en cada vuelta. Yo nunca había estado con nadie, así que mi cuerpo reaccionó como pudo: mal, rápido, sin permiso. Se me puso la verga dura y supe en el acto que ella se había dado cuenta.
No se apartó. Hizo lo contrario.
Se giró de espaldas y empezó a frotarme el culo contra la pija, despacio, marcando el ritmo de la música con las caderas, aplastándome contra ella hasta que sentí que iba a romper la tela del pantalón. Yo no respiraba. Cuando la canción terminó, giró apenas la cabeza, me guiñó un ojo y dejó que su mano cayera, como sin querer, sobre el bulto que tensaba mi pantalón. Lo apretó una vez. Después otra, más lento, midiéndome de arriba abajo con la palma. Una advertencia más que una caricia.
Esto no está pasando, pensé. Pero estaba pasando.
—Tranquilo —me dijo al oído, y sentí el aliento tibio pegado a la piel—. Todavía no. Cuando yo diga.
***
La banda tenía un segundo recital esa misma noche, en otro barrio. Mientras juntábamos las cosas, Lorena le propuso a mis padres que se fueran a descansar, que yo me quedara a dormir en su casa así no tenían que dar tantas vueltas en auto. Lo dijo con una naturalidad perfecta, mirándolos a ellos y no a mí. Mis padres aceptaron sin pensarlo. Por qué iban a sospechar algo.
Subí a su auto con las manos sudadas. Apenas arrancamos, ella habló sin sacar los ojos de la calle.
—¿De verdad se te paró la pija con mi mano? No me mientas.
—Sí —dije. Fue casi un susurro.
Soltó una risa baja, ronca, y deslizó la mano derecha desde la palanca de cambios hasta mi pierna. Subió despacio, sin apuro, hasta apoyar la palma justo donde no debía.
—Abrite el pantalón —me ordenó. No fue un pedido.
Obedecí. Mis dedos torpes pelearon con el botón y, cuando por fin lo logré, su mano se metió adentro del bóxer y me agarró la verga con una firmeza que no esperaba. La sacó del calzoncillo, la dejó al aire, y empezó a hacerme la paja lento, muy lento, apretando en la base y subiendo hasta la punta con la palma abierta, esparciendo la gota espesa que ya me salía del glande hasta hacerla brillar bajo la luz de la calle.
—Mirá cómo estás. Mirá cómo chorreás y todavía no hice nada —me dijo con esa voz hecha para dar órdenes—. ¿Así te ponés con tu tía, gordito?
Cuando dejé escapar un gemido, me dio un apretón fuerte en la punta, casi un castigo, y chasqueó la lengua.
—No hagas ruido si no te doy permiso —dijo—. Ese es el trato. Si te venís en mi mano sin que yo te lo diga, te bajo del auto y te vas a dormir a la calle. ¿Entendiste?
—Sí —jadeé, mordiéndome el labio para no gemir de nuevo mientras ella seguía moviendo el puño arriba y abajo, midiéndome cada centímetro con los dedos.
Frenó en un mirador desde donde se veían las luces de la ciudad. Apagó el motor, se sacó los zapatos y, antes de que entendiera qué estaba haciendo, levantó la pierna y apoyó la planta del pie sobre el tablero. Tenía los pies pequeños, perfectos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro. Se me secó la boca.
—Ah —dijo, observándome la cara—. Así que es por acá.
No me hizo falta confesar nada. Lo leyó en mi forma de mirar. Bajó el pie del tablero y lo llevó, lento, hasta mi entrepierna. Apoyó la planta desnuda encima de mi pija dura y empezó a apretarla contra mi pantalón abierto, frotando de arriba abajo con los deditos, hundiendo el talón en los huevos con una presión medida que me hacía cerrar los ojos.
—Mirame —ordenó—. Mirá lo que te hago con el pie y mirá cómo se te sale sola.
Bajé los ojos y vi la planta chiquita apoyada sobre mi verga hinchada, las uñas rojas rozándome la punta que ya escupía otra gota gruesa. Los dedos de sus pies se cerraron alrededor del glande, lo apretaron, lo soltaron.
—¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? —preguntó, y la pregunta no tenía respuesta correcta más que una—. Mejor para los dos. Porque a las mujeres con experiencia no se les discute, nene. Se les dice sí, señora, y se les abre la boca cuando te lo piden.
Puse mi mano entre sus piernas casi por instinto, le corrí la bombacha para el costado y la encontré ya empapada, el coño hinchado, los labios afeitados y calientes contra mis dedos. Metí uno adentro y sentí cómo se apretaba. Lorena cerró los ojos un segundo y dejó escapar un sonido ínfimo, de aprobación, antes de apartarme la mano de un golpe seco.
—Eso se gana —dijo, y se llevó mi dedo mojado a la boca para chuparlo despacio, sin sacarme los ojos de encima—. Vamos a casa. Ahí te enseño con calma.
***
El camino hasta su departamento fue eterno. Yo estaba al borde de algo que no tenía nombre, por fuera quieto y por dentro hecho un caos, con la verga marcándome el pantalón todo el viaje. Cuando entramos, ella se sirvió una cerveza, me dio un vaso de agua a mí —«vos no, todavía sos un nene»— y me llevó hasta el cuarto donde tenía la computadora.
—Sentate —me indicó.
Me senté en la silla y ella se acomodó sobre mis piernas, de espaldas, como si fuéramos a mirar algo en la pantalla. Su peso, su perfume, el calor del culo apretándome la entrepierna: yo estaba otra vez duro como una piedra y ella lo notó al instante. Empezó a moverse encima de mí, en círculos lentos, restregándome el culo contra la pija mientras fingía buscar una canción. Con una mano me guió los dedos hasta sus tetas, me hizo apretárselas por encima de la remera, me pellizcó los míos sobre los suyos para que aprendiera dónde y cómo.
—Te portás bien y la noche es larga —dijo sin darse vuelta, meneando el culo con más ganas—. Te portás mal y te mando a dormir al sillón, y te la seguís tocando solo pensando en mí. ¿Entendido?
—Entendido —respondí.
—Entendido, ¿qué?
Dudé un segundo.
—Entendido, señora.
La sentí sonreír sin verla. Se levantó, me tomó de la mano y me arrastró al dormitorio.
Para entonces la cerveza le había soltado algo en la mirada, una decisión que no dejaba lugar a dudas. Se sacó la ropa hasta quedar en un conjunto negro que le marcaba las tetas paradas y el culo redondo, y me hizo quedar a mí en bóxer, de pie en el medio del cuarto, mientras me daba vueltas como si me estuviera evaluando. Me pasó una uña por el borde del elástico, me lo bajó apenas para verme el nacimiento de la pija, me lo volvió a subir.
—Arrodillate —dijo.
Lo hice sin pensar. El piso estaba frío. Ella se sentó en el borde de la cama, se sacó el corpiño y dejó las tetas al aire —redondas, firmes, con los pezones oscuros ya duros—, levantó un pie y me lo acercó a la cara.
—Si tanto te gustan —murmuró—, demostrame cuánto. Chupámelos uno por uno. Todos. Y no te olvides de ninguno.
Le tomé el tobillo con las dos manos y empecé a recorrerle el pie con la boca, despacio, como si fuera algo frágil. Le pasé la lengua por el empeine, subí por el arco, bajé hasta el talón. Después me metí el dedo gordo en la boca y lo chupé como si fuera otra cosa, hundiéndolo hasta el fondo, sacándolo con un hilo de saliva. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro largo. Fui uno por uno, ensalivándoselos, lamiéndole entre los deditos, mordiéndole apenas la planta.
—Así, gordito —jadeaba—. Mirá cómo me obedecés. Mirá cómo te gusta hacerte el perrito de tu tía.
Cada palabra me prendía más. Con el otro pie me bajó el bóxer hasta las rodillas y me presionó la planta contra la verga desnuda, marcándome un ritmo con los dedos húmedos, apretándome los huevos con el talón, llevándome al borde y deteniéndose justo antes, una y otra vez, hasta que la única palabra que me quedaba era por favor.
—Por favor, ¿qué? —preguntó, disfrutando cada segundo, mientras hacía rodar la punta de mi pija entre los dedos de los dos pies, sosteniéndola como si fuera un juguete.
—Por favor, déjeme correrme —dije, con la voz quebrada.
—Todavía no. Te venís cuando yo te lo diga y donde yo te lo diga.
***
Se desnudó por completo sin apuro, como quien se saca un peso de encima, y me hizo sacarme lo último a mí. Después me empujó de un hombro hasta tirarme de espaldas en la cama y se acomodó encima, recorriéndome entero con la boca, desde el cuello hasta el pecho. Me chupó los pezones hasta ponerlos duros, me mordió apenas, bajó por el estómago dejando un rastro de saliva tibia mientras yo me clavaba las uñas en las palmas para aguantar.
Cuando llegó a la pija, primero la miró. La agarró en la base, la levantó y me la mostró como si fuera algo suyo.
—Qué linda la tenés, sobrino. Y toda para mí esta noche.
Sacó la lengua y me lamió desde los huevos hasta la punta, largo, sin cortar el contacto, ensalivándome entero. Me chupó las bolas una por una, me las metió en la boca, me las soltó con un ruido húmedo. Después se acomodó, abrió los labios y me la tragó de una, hasta el fondo, hasta que sentí la punta de la pija tocarle la garganta. Empezó a subir y bajar, chupando fuerte, con los cachetes hundidos, mirándome a los ojos todo el tiempo, escupiéndome un hilo de saliva encima cuando la sacaba para respirar y volviendo a tragármela entera.
—Ahora —dijo, levantando la cabeza y hablando con la boca todavía llena de baba—. Ahora podés. En mi cara, gordito. Venite en mi cara.
Volvió a metérmela y empezó a masturbarme con la mano mientras me chupaba la punta. No aguanté más de unos segundos. Me vine con todo el cuerpo temblando, un chorro largo en la lengua, otro que le cayó en el cachete, otro entre las tetas, y ella me miró a los ojos todo el tiempo, sin soltarme la pija, ordeñándome hasta la última gota, como si quisiera grabarse mi cara en ese momento. Después se pasó dos dedos por la cara, juntó el semen y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.
—Buen chico —dijo, tragando—. Ahora es mi turno, y vas a hacer exactamente lo que te diga.
Me costó recuperar el aire, pero ella no me dio tregua. Me guió con las manos, con la voz, con esa autoridad tranquila que tenía sobre cada cosa. Me puso entre sus piernas, me abrió los muslos con las rodillas y me hundió la cara contra el coño mojado.
—Ahí. Sacá la lengua. Empezá por abajo y subí. No, más despacio. Más plano. Chupame el clítoris, no me lo muerdas. Así. Así, gordito, aprendé.
Le comí el coño hasta que se me durmió la mandíbula, mientras ella me tironeaba el pelo y me clavaba los talones —esos pies chiquitos, esos malditos pies— en los omóplatos para marcarme el ritmo. Cuando quiso más presión, me metió dos dedos míos en la concha junto con mi lengua, moviéndomelos ella, enseñándome cómo. La sentí apretarse alrededor de los dedos, mojarme la cara con un chorro tibio, y me dio un tirón de pelo tan fuerte que casi me hace gritar.
—Despacio —ordenaba entre jadeos—. No es tuyo el placer ahora. Es mío.
Cuando estuvo lista, me dejó subir. Me agarró la pija —que ya la tenía dura de nuevo, hinchada, dolida— y me la guió ella misma hasta la entrada del coño. Me hizo empujar de a poco, un centímetro por vez, mientras me miraba a la cara para no perderse cómo se me deformaba el gesto al hundirme por primera vez en mi vida en una mujer. Tuve que morderme el labio hasta hacérmelo sangrar para no terminar de golpe. Estaba caliente, apretada, mojada, y me tragaba entero como si me hubiera estado esperando.
Lorena me clavó los talones en la espalda, esos pies pequeños que me habían vuelto loco toda la noche, y me marcó el compás con la voz.
—Así. Más lento. Más. Sacala casi entera y volvé a metérmela hasta el fondo. Sentí cómo me abre tu pija, gordito. Sentí cómo se la das a tu tía. Si te venís sin permiso, no te perdono.
Fuimos cambiando de posición a lo largo de la madrugada, ella siempre al mando, decidiendo cada movimiento. De pie contra la cómoda, con ella agarrándose del mueble y yo cogiéndola desde atrás mientras le tironeaba el pelo agarrado como una rienda. Con ella a cuatro patas sobre la cama, mirándome por encima del hombro, ordenándome que le diera más fuerte, que le agarrara el culo con las dos manos, que le metiera un dedo mojado de su propia baba en el ojete mientras se lo hundía todo por el otro lado. Me hizo acostarme boca arriba y se me subió encima, se empaló ella misma en la pija y empezó a saltar clavándomela hasta el fondo, con las tetas rebotándome en la cara para que se las chupara al ritmo que ella marcaba. Hasta terminamos junto a la ventana del balcón, ella apoyada contra el vidrio con las tetas aplastadas contra el frío, yo detrás cogiéndola con las manos en sus caderas, sin acordarnos de bajar la persiana; después supe que una vecina del edificio de enfrente nos había visto, y a Lorena, lejos de molestarle, eso le encantó.
—Que mire —dijo entre dientes, con la mejilla pegada al vidrio—. Que aprenda cómo se le enseña a coger a un pendejo.
Llegamos al final casi a la vez, ella dándome por fin la orden que esperaba —«adentro, gordito, vaciate adentro de tu tía, ahora»—, yo obedeciéndola hasta en eso, descargándome en chorros calientes en el fondo del coño mientras la sentía apretarse alrededor de mi pija y gemir un «así, así» ronco que me tembló en las orejas. Cuando salí, un hilo blanco le chorreó por el muslo hasta la rodilla, y ella se lo limpió con dos dedos y me los puso en la boca para que me chupara mi propia leche. Cuando todo se aquietó, eran las cinco de la mañana y yo estaba destruido, vacío, feliz de una manera que no conocía.
***
Antes de que me fuera, ya entrada la mañana, me hizo una última cosa con esos pies suyos. Se untó la planta con una crema de frutillas que tenía en la mesa de luz y me hizo acostarme de espaldas otra vez. Apoyó los dos pies sobre la pija ya cansada y empezó a hacérmela entre las plantas, apretándomela con los deditos, subiendo y bajando despacio, mientras me miraba desde arriba con una sonrisa de gata satisfecha. Cuando volví a tenerla dura, me clavó las uñas rojas en los huevos y aceleró, apretando más fuerte, hasta arrancarme un gemido más y un último chorro pobre que me cayó en el estómago. Después metió los dedos ahí, los revolvió en mi semen y me los pasó por los labios sin decir nada.
Me ordenó vestirme y me acompañó hasta la puerta como si nada hubiera pasado, perfecta, dueña de sí misma.
—De esto no se habla con nadie —dijo, acomodándome el cuello de la campera—. Y cuando yo te llame, venís. ¿Está claro?
—Está claro, señora.
Desde aquella noche, las reglas las pone ella. Algunas tardes me escribe y, cuando no puede verme, me hace conectar la cámara y obedecerla desde lejos: me hace desnudarme para ella, me dice cómo agarrarme la pija, cuándo acelerar, cuándo frenar, y no me deja acabar hasta que ella se acaba primero mostrándome el coño abierto en la pantalla. Cuando se queda a dormir en casa, esperamos a que todos descansen y yo me convierto en lo que ella quiere que sea, en lo único que me pide que sea: suyo. Le gusta que la llame de cierta forma, y a mí me gusta dársela. Aprendí que la obediencia, en las manos adecuadas, puede ser la cosa más excitante del mundo.





