La terapia que mi suegra ideó para domarme
Tuve esta fijación desde muy chico, mucho antes de saber ponerle nombre. Los pies de las mujeres me desarmaban: la curva del empeine, los dedos pintados, el modo en que se descalzaban sin pensar. Nunca se lo confesé a nadie. Lo cargué como un secreto durante años, convencido de que era algo que solo me pertenecía a mí.
Cuando me casé con Marisol, ella terminó enterándose y, a su manera, lo aceptó. Jugaba conmigo de vez en cuando, me dejaba masajearle los pies frente a la tele, fingía no notar hacia dónde se iba mi mirada. Pero con el tiempo empezó a molestarle. Decía que le prestaba más atención a sus pies que a ella, y quizás tenía razón. Yo creía que lo compensaba, que cumplía cada uno de sus deseos. Me decía a mí mismo que éramos felices.
El problema era otro. Había otra mujer cuyos pies me obsesionaban incluso más que los de mi esposa: Dolores, mi suegra.
Una mujer madura, morena, alta, cerca de los cuarenta y cinco, casi siempre en tacones altos que la obligaban a caminar con una lentitud deliberada. Cada vez que coincidíamos en un almuerzo familiar, me costaba un esfuerzo enorme no quedarme mirando. Mis ojos se iban solos hacia sus pies y ahí se quedaban clavados.
Dolores era una mujer de ideas rígidas. Para ella, lo mío no era una rareza inofensiva sino una indecencia. Y lo notó. Claro que lo notó. Una persona como ella registra todo: la mirada que se demora de más, el silencio incómodo, el modo en que tragaba saliva cuando se quitaba un zapato delante de mí.
A partir de ahí, las cosas empezaron a torcerse.
Primero fue el enfado. Después, una investigación silenciosa de la que no me enteré hasta mucho más tarde. No sé cómo lo confirmó, pero llegó a tener la certeza absoluta de que yo deseaba sus pies, que fantaseaba con besarlos, con masajearlos, con tenerlos cerca. Y en lugar de hablarlo conmigo, decidió actuar.
Buscó a una psicóloga. Le contó toda la historia, hasta el último detalle. Entre las dos diseñaron lo que llamaron, con una sonrisa que yo no vi venir, una «terapia inversa»: hacer que mi propia fantasía se volviera tan intensa, tan agobiante, que terminara por darme asco.
Dolores también le mencionó que había detectado otra cosa. Que yo deseaba, con la misma intensidad, a Carolina, una amiga de Marisol que trabajaba con ella. Una rubia de risa fácil y sandalias que dejaban sus pies a la vista todo el verano.
Las cuatro se reunieron unos días antes. Mi esposa, mi suegra, la psicóloga y Carolina. Acordaron cada paso. Y yo, mientras tanto, seguía con mi vida sin sospechar nada.
***
La semana siguiente fui a mi primera «sesión». La psicóloga, una mujer de gestos suaves y voz tranquilizadora que se presentó como Renata, me ofreció un vaso de agua apenas entré. Lo bebí sin pensar. Cuatro tragos. Recuerdo que la habitación empezó a inclinarse, que las palabras se me hicieron pesadas en la lengua, y después nada.
Desperté atado.
Estaba boca arriba sobre un banco de cuero, los brazos y las piernas sujetos con correas, la cabeza inmovilizada. No podía mover nada. Tenía la boca tapada con cinta, estaba completamente desnudo y sentí, con un escalofrío, un dispositivo ceñido alrededor del sexo y algo apretándome los testículos.
Cuando enfoqué la vista, las vi a las cuatro. Renata, Marisol, Dolores y Carolina, de pie a mi alrededor, mirándome y riéndose en voz baja.
Intenté incorporarme por puro instinto. No había forma. Las correas no cedían ni un centímetro.
—Tranquilo —dijo Renata, acercándose—. No vas a ir a ninguna parte.
Me arrancó la cinta de la boca de un tirón. Me explicó todo con una calma que daba más miedo que cualquier grito: mi fetiche, el hartazgo de mi suegra, la frustración acumulada de mi esposa. Cada palabra era verdad y yo no tuve nada que responder. Me quedé en silencio, ardiendo de vergüenza.
—¿Querés decir algo en tu defensa? —preguntó.
Abrí la boca, pero antes de que saliera una sílaba las cuatro empezaron a humillarme. Que era un degenerado, que esa porquería de los pies se iba a curar de una manera o de otra, que ya era hora de que alguien me pusiera en mi lugar. No paraban de reírse.
—Si tanto te gustan —dijo Dolores—, vas a tener todos los que quieras.
Me metieron en la boca un calcetín. El olor me golpeó de inmediato, denso, agrio, imposible de ignorar.
—Dos días enteros lo usé —dijo mi suegra, inclinándose sobre mi cara—. Es todo tuyo.
Volvieron a sellarme los labios con cinta. Después me ataron a la cara un zapato de Marisol, sujeto con correas, de modo que cada respiración se llenaba con ese aroma intenso. No podía girar la cabeza, no podía escupir, no podía hacer nada salvo respirar lo que ellas decidieran.
—¿No es esto lo que tanto querías? —se burló Carolina—. Olé fuerte. Quiero oírte. Cerdo.
Estuve así diez minutos eternos, inmóvil, mientras las cuatro charlaban y reían como si yo fuera un mueble. El olor me mareaba. La cinta me tiraba de la piel. Y, sin embargo, en alguna parte de mí, algo respondía.
***
Entonces encendieron una máquina conectada a mi sexo. Empezó a moverse de arriba abajo, con un ritmo mecánico y constante, imitando algo que no era. La excitación llegó de golpe, traicionera, imposible de frenar.
Lo estaba disfrutando. No quería, pero lo estaba disfrutando. Y eso era exactamente lo que ellas esperaban.
Me sacaron el zapato de la cara e inclinaron el banco hacia delante, dejándome medio colgado boca abajo. Sentaron a Carolina y a Dolores en el sofá. Marisol y Renata se pararon frente a mí.
—Carolina —ordenó la terapeuta—, descalzate y ponle el pie en la nariz. Que se excite bien.
El pie descalzo de Carolina se apoyó sobre mi rostro, justo bajo la nariz. El olor caliente me invadió y, para mi humillación, funcionó. Empecé a excitarme aún más. Marisol me acariciaba los testículos con las uñas, llevándome despacio hacia el borde.
Llegué casi al límite. Y en el instante exacto en que el orgasmo iba a estallar, sentí una descarga seca y brutal en los testículos. Todo se apagó de golpe. El placer desapareció como si nunca hubiera existido, dejando solo un dolor sordo y una frustración que me arqueó la espalda contra las correas.
Se rieron a carcajadas.
—Pobre perdedor —dijo Marisol—. No vas a correrte. Cada vez que te excites, te llevás una descarga. Así de simple.
Carolina me miró a los ojos, divertida, y apretó el pie contra mi cara.
—Olé. Olé más fuerte. Quiero verte rogar que apaguemos la máquina. No te escucho.
Era una tortura precisa. La máquina me llevaba una y otra vez al filo, y cada vez la descarga me arrancaba el placer de cuajo. Empecé a gemir, a suplicar contra el calcetín que seguía en mi boca, sin poder articular una sola palabra entendible.
No se detuvieron. Veinte minutos con el pie de Carolina pegado a mi nariz, hasta que por fin apagaron el aparato. Me ataron de nuevo un zapato a la cara y salieron de la habitación, dejándome solo con ese olor agrio que se me metía hasta el fondo.
***
Cuando volvieron, las tres estaban descalzas. Me quitaron el calcetín de la boca —el alivio fue enorme— y el zapato de la cara. Después estiraron los pies frente a mí, las plantas a centímetros de mis ojos.
—Mirá cómo nos quedaron después de caminar afuera —dijo Dolores—. ¿Adivinás quién va a limpiarlos con la lengua?
Pensé que fanfarroneaban. Me quedé callado, inmóvil. La máquina volvió a encenderse y una descarga más fuerte que las anteriores me recorrió entero.
—Sacá la lengua y empezá por los pies de tu suegra —ordenó Renata—. Vamos.
No tenía elección. Saqué la lengua y empecé a lamer. Dolores apoyó la planta sobre mi boca con una autoridad fría.
—Toda la planta. La quiero limpia. Y no escupís nada: tragás todo.
Lamí con asco y con miedo, mientras esa máquina infernal seguía masturbándome y volvía a excitarme contra mi voluntad. Cada vez que mi cuerpo respondía, llegaba otra descarga. Limpié los pies de mi suegra, después los de mi esposa, después los de Carolina. Ellas quedaban impecables; mi lengua, no. Una escena degradante que se estiró otros veinte minutos entre risas y el insulto repetido: cerdo, cerdo, cerdo.
Por fin sentí que terminaba. Me soltaron de la máquina y, por ese día, la tortura cesó.
Las tres se fueron. Me quedé a solas con Renata, que me ajustó un cinturón de castidad en torno al sexo y lo cerró con llave.
—Te quedan dos sesiones —dijo, guardándose la llave en el bolsillo—. Más te vale venir las próximas semanas, o no volvés a usar esto nunca.
Me fui sin protestar. No me quedaba otra.
***
Volví a la semana siguiente. Ahí estaban las tres otra vez, impecables, en tacones, perfectamente arregladas como si fueran a una fiesta y no a degradarme.
Apenas entré me ordenaron desnudarme y ponerme en cuatro patas. Renata me ajustó un collar al cuello y, una por una, fueron dándome órdenes.
Empezó Carolina.
—Arrodillate y besame los pies. Y dame las gracias por el tratamiento de la semana pasada.
Mientras besaba sus pies —tres minutos largos—, Renata me golpeaba las nalgas con la suela de sus zapatos planos. El mismo ritual se repitió con mi suegra y con mi esposa: besar, agradecer, recibir los golpes.
Después me tendieron boca abajo sobre el regazo de Renata para azotarme, mientras las tres se paraban con los pies sobre mi cara, obligándome a respirar ese olor triplicado. Cuando terminaron los azotes, todavía tuve que masajearles los pies a las tres mientras conversaban sobre mi «progreso» como si yo no estuviera ahí.
Me mantuvieron con el cinturón de castidad otra semana entera, para comprobar que el tratamiento funcionaba.
La última sesión fue la prueba final. Me ataron con las manos y los pies a la espalda, en una posición tensa e incómoda. Me pusieron en la cara el zapato más maloliente de Dolores, me apoyaron los pies sobre la espalda y se quedaron una hora hablando entre ellas, observando si mi cuerpo volvía a reaccionar.
No reaccionó. Estaba agotado, dolorido, vencido. Y al verme así —incómodo, molesto, completamente apagado— concluyeron que la terapia había dado resultado y me dieron de alta.
La terapia inversa funcionó, a su manera. Mi fetiche no desapareció del todo, eso sería mentira. Pero quedó mucho más controlado, encerrado en un rincón al que ya no me animo a volver sin acordarme de aquel banco de cuero, de las cuatro risas y de un olor que todavía, cuando menos lo espero, vuelve a encontrarme.