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Relatos Ardientes

Mi cuñada descalza me provoca cada vez que estamos solos

La hermana de mi mujer supo casi desde el primer día qué clase de hombre soy. No hizo falta que se lo contara con palabras: bastó con la forma en que mis ojos bajaban hasta sus pies cada vez que se descalzaba. Carla es menuda, delgada, de piel muy clara, cabello rubio y ojos verdes. Calza un treinta y cinco, igual que su hermana, y tiene la costumbre de quitarse las sandalias en cuanto se sienta, como si el suelo fuera suyo y nadie estuviera mirando.

Yo sí miraba. Siempre miraba.

Cuando todavía era novio de mi mujer y pasaba las tardes en casa de mis suegros, Carla andaba por ahí con chancletas o sandalias abiertas que dejaban a la vista cada dedo, cada curva del empeine, esas plantas suyas que parecían de terciopelo. Se sentaba frente a mí, cruzaba las piernas y dejaba colgando una sandalia de la punta del pie mientras hablaba de cualquier cosa. Para ella era un gesto inocente. Para mí era una provocación que me costaba disimular.

Un día que coincidimos solos en la cocina, no aguanté y se lo dije.

—Tus pies deberían estar prohibidos —solté, mirándolos sin pudor—. Son lo más excitante que he visto en mi vida.

Ella se quedó quieta un segundo, sorprendida, y después soltó una carcajada.

—Así que era eso —dijo, bajando la vista hacia el bulto que yo ni siquiera intentaba esconder—. Tendría que andarme con más cuidado contigo cerca. No quiero que mi hermana me culpe de tus pecados.

Pero no se anduvo con cuidado. Al contrario.

***

Desde aquella tarde, cada vez que nos quedábamos solos se repetía el mismo ritual. Yo le tomaba un pie, le quitaba la sandalia si todavía la llevaba puesta, y se lo masajeaba despacio mientras ella me observaba con una media sonrisa. Nunca me detuvo. Al principio solo dejaba que mis manos recorrieran el empeine y el talón, pero con el tiempo empecé a besarle los dedos, uno por uno, y a pasar la lengua a lo largo de toda la planta, deteniéndome en esa piel imposiblemente suave.

—No me hago nada especial, eh —me dijo una vez, divertida, mientras yo le besaba el arco del pie—. Siempre los he tenido así.

Lo decía como si nada, pero le brillaban los ojos. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Cuando notaba que yo empezaba a respirar distinto, que ya no podía pensar en otra cosa, apartaba el pie y se levantaba.

—Ni se te ocurra terminar aquí —decía, riéndose—. Esos los tienes que reservar para los pies de mi hermana.

Y me dejaba ahí, encendido, mientras ella volvía a calzarse como si no hubiera pasado nada. Una vez me confesó, casi con pena, que su marido no tenía ni idea de lo que tenía entre manos. Que nunca le había tocado los pies, que ni siquiera se le ocurría. Qué desperdicio, pensé. Y se lo dije con la mirada.

***

Hace unas semanas nos invitaron a cenar a su casa. Mi mujer y yo llegamos puntuales, y lo primero que vi al entrar fueron las sandalias de Carla: de una sola tira fina entre los dos primeros dedos, sin nada que sujetara el talón, con un tacón alto que obligaba al pie a arquearse de esa forma que me volvía loco. Se movía por el salón balanceándolas, dejando que se le escaparan a medias del talón, y cada vez que lo hacía me buscaba con la mirada para comprobar que yo seguía atrapado.

Después de la cena nos sentamos en el sofá a charlar. Su marido a un lado, mi mujer al otro, y ella enfrente, con una copa en la mano. En un momento se quitó las sandalias, subió los pies al borde del sofá y empezó a frotar con ellos la pierna de su esposo, distraída, mientras me miraba de reojo. Él ni se inmutó. Para él era un gesto cariñoso cualquiera. Yo, en cambio, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.

—Voy un momento al baño —dije, levantándome con el mayor disimulo que pude.

—Te acompaño, que esta casa es un laberinto —contestó ella enseguida, descalza, antes de que su marido pudiera ofrecerse.

Caminó delante de mí por el pasillo, sabiendo que yo le miraba las plantas a cada paso. Al llegar a la puerta del baño se giró.

—A ver si no me dejas el suelo hecho un desastre —murmuró, conteniendo la risa.

Estaba a punto de volver al salón cuando la agarré del brazo, me agaché y le levanté un pie hasta mi boca. Chupé sus dedos con avidez, pasé la lengua por toda la planta, perdido por completo. Ella me lo permitió apenas unos segundos antes de apartarlo.

—¿Estás loco? —susurró, mirando hacia el pasillo—. Mi hermana y mi marido están a diez metros. Si nos oyen…

—Carla, te juro que ahora mismo lo único que quiero es terminar sobre tus pies —le dije, sin reconocer mi propia voz.

Puso cara de asombro, negó con la cabeza y volvió al salón como si nada hubiera ocurrido. Yo me encerré en el baño un rato largo, intentando calmar lo imposible. El resto de la noche no se quitó las sandalias ni una sola vez. Aprendió la lección, o quizá solo quería dejarme con el deseo a medias para que me fuera pensando en ella.

***

De vuelta a casa, mi mujer me sorprendió.

—Te has pasado la noche entera mirándole los pies a Carla —dijo, con una mueca incómoda—. Y ella lo sabe. Todo ese numerito de quitarse las sandalias era para provocarte, ¿verdad? Tuviste suerte de que mi cuñado no se diera cuenta de nada. Pero ten cuidado.

—No fue nada —mentí—. No hice nada. Es solo que… tu hermana tiene unos pies bonitos. Como los tuyos —añadí, intentando arreglarlo.

Ella me miró de reojo, con una sonrisa torcida.

—Sí, claro. No me cambies de tema. Esta noche me vas a demostrar a mí toda esa devoción, y más vale que mientras estés con los míos no estés pensando en los de mi hermana.

La besé y le prometí que solo pensaría en ella. Esa noche cumplí. O casi.

***

Pero lo que de verdad cambió las cosas pasó pocos días después. Estábamos todos en casa de mis suegros y a media tarde surgió un plan de ir de compras a un centro comercial. Los demás, incluido el marido de Carla, se habían ido temprano a un torneo de tenis. Ella dijo que prefería quedarse viendo una película que tenía a medias. Yo, con la excusa de un trabajo en la computadora que no podía dejar a medias, dije que tampoco iría.

En cuanto el coche desapareció calle abajo y la casa quedó en silencio, esperé unos diez minutos por precaución. Después fui hacia el salón.

Carla estaba en el sofá, las piernas estiradas y los pies enfundados en unos tacones altos y escotados que dejaban asomar el nacimiento de los dedos. No dije una palabra. Me arrodillé frente a ella y empecé a quitarle los zapatos.

—Cuidado, que puede volver alguien —dijo, sin moverse, sin apartar el pie.

—No vuelve nadie hasta dentro de horas —contesté, y le besé el empeine.

Le acaricié los pies despacio, los besé, los lamí enteros, chupé cada dedo con calma porque por una vez teníamos todo el tiempo del mundo. Cuando ya no pude más, me saqué la verga dura y empecé a frotarla contra sus plantas. Ella me observaba con una mezcla de incredulidad y curiosidad, pero ni una sola vez intentó detenerme.

—¿Estás loco de verdad? —preguntó, en voz baja.

—Loco perdido —admití—. Quiero que me la masajees con los pies hasta que termine sobre ellos. Me quedé con las ganas la otra noche en tu casa.

Ella ladeó la cabeza, pensativa, y empezó a mover los pies. Primero los dedos, subiendo y bajando a lo largo de mi verga con una delicadeza que me cortaba la respiración. Después las plantas, esas plantas suaves y tibias que llevaba años imaginando contra mi piel.

—¿Esto lo haces con los pies de mi hermana? —preguntó, sin dejar de moverlos—. ¿Le gusta? ¿Te provoca como te provoco yo?

—Siempre —confesé entre jadeos—. Y le encanta.

Algo en mi respuesta la encendió. Apretó los pies contra mí con más fuerza, marcó un ritmo firme con los dedos, y cuando sintió que estaba a punto de estallar no aflojó. Terminé sobre su empeine y sus dedos, con un temblor que me recorrió entero, mientras ella me miraba morderse el labio y sonreír.

Le limpié los pies yo mismo, con cuidado, casi con devoción.

—¿Te gustó? —pregunté.

—Más de lo que debería —admitió, todavía con la respiración agitada—. Mi marido nunca me ha tocado los pies. Ni se le pasa por la cabeza.

—Tienes un marido que no sabe la suerte que tiene —dije—. Mira que casarse con la dueña de unos pies así y no aprovecharlos. Qué desperdicio, cuñada.

Ella soltó una carcajada y se estiró en el sofá como una gata.

—Bueno —dijo, mirándome con los ojos entornados—, a partir de ahora ese problema lo tengo resuelto. Cuento contigo para que los aprecies como se merecen.

—Siempre que quieras —respondí—. Para eso me tienes.

Volví a mi computadora antes de que regresaran los demás, con el corazón todavía acelerado y la certeza de que aquello no había sido un final, sino un comienzo. Y mientras escuchaba de fondo la película que ella seguía fingiendo ver, pensé en lo extraño que es el deseo: cómo las mujeres encuentran la forma de provocarnos justo en las situaciones más imposibles, y cómo, una y otra vez, nosotros estamos dispuestos a perderlo todo por una sola caricia más.

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Comentarios (4)

Nestor_cba22

tremendo relato!!! me dejo sin palabras jaja

PabloTuc

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando se ponia mas interesante

RogelioNocturno

La tension que armaste desde el principio es increible. Se siente la incomodidad del protagonista en cada parrafo. Muy bien narrado.

Roxana_79

esto es verdad o fantasia? porque se siente muy real, jajaja

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