La luchadora lesbica que me salvó del infierno
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Cuando cerró el video y me mostró a la mujer con la que me había engañado, ya estaba demasiado mojada para fingir que quería irme.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Cuando vi su erección frente a aquella camilla, entendí que no había llegado un segundo tarde: había llegado justo antes del desastre.
Creí que solo iba a una fiesta del hospital, pero acabé arrodillada ante un hombre maduro y después mi esposo quiso verlo todo.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Empezó con desayunos, miradas y una casa en silencio; terminó cuando su voz tembló al pedirme que cerrara la puerta de mi cuarto.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Tenía sangre ajena en las manos cuando cerró la puerta de mi cuarto y me pidió algo que ya no sonó a orden, sino a hambre.