Mi tercera confesión de sexo por dinero
Habían pasado varias semanas desde la última vez que salí de noche con esa idea fija en la cabeza: cobrar poco, dejarme llevar y alimentar un morbo que no me quitaba ni trabajando todo el día. No lo hacía por necesidad urgente, aunque el dinero siempre venía bien. Lo hacía porque me excitaba ponerme en una esquina sabiendo exactamente qué iban a ver en mí y qué iba a permitir.
Aquella noche salí tarde, casi a la misma hora que otras veces. Me puse una chaqueta vaquera corta, una falda apretada que apenas me tapaba el culo y un tanga mínimo que dudé en usar hasta el último momento. No llevaba sostén ni nada debajo de la chaqueta, y solo con sentir la tela rozándome los pezones ya iba húmeda antes de llegar.
La zona industrial estaba más vacía que de costumbre. No vi a las otras mujeres que a veces se ponían por allí, solo dos desconocidas bastante mayores que yo, más lejos, bajo una farola rota. Aparqué donde siempre y caminé hacia mi sitio con esa mezcla de nervios y calentura que me subía desde el estómago hasta entre las piernas.
Pasaron varios coches sin detenerse. Yo fingía seguridad, pero cada minuto sin que nadie frenara me ponía más tensa. Entonces dobló una furgoneta blanca por la esquina, redujo la marcha en seco y supe al instante que eran ellos antes incluso de verles bien la cara.
Los reconocí por la forma de mirarme, como si ya me conocieran desnuda aunque todavía estuviera vestida. Bajé hasta la ventanilla con una sonrisa aprendida, esa cara de inocente sucia que tanto parecía gustarles. El copiloto soltó una carcajada y me dijo que dónde coño me había metido todo ese tiempo.
—Pensábamos que no volverías —dijo el conductor, mirándome el pecho sin disimulo.
—He estado ocupada —respondí—. Pero esta noche estoy aquí.
—¿Todo igual?
Asentí. —Sí. Lo mismo que la otra vez.
El de la ventanilla me pidió que les enseñara las tetas. Abrí la chaqueta despacio y, al ver que no llevaba nada debajo, soltó un jadeo corto, casi animal. Sacó la mano, me agarró un pecho con fuerza y empezó a sobármelo sin ninguna delicadeza, pellizcándome el pezón entre los dedos ásperos.
—Joder, así me gusta —murmuró.
Luego me metió dos dedos en la boca sin pedir permiso. Yo abrí más, los chupé y me acerqué hasta notar su aliento caliente en la cara. Entonces me escupió, directo en la mejilla y en los labios. Ese gesto, asqueroso y brusco, me hizo apretar los muslos. Me excitó más de lo que me gustaba admitir.
—Sube atrás —ordenó.
El copiloto se bajó y me abrió la puerta lateral. En cuanto entré, el olor a sudor, tabaco viejo y taller me golpeó de lleno. El asiento trasero estaba lleno de herramientas tiradas y un par de chaquetas de trabajo, pero a ninguno le importaba el desorden. Cerraron y la furgoneta arrancó mientras yo me sentaba con las piernas juntas, notando ya una mano empujarme el muslo.
El que se sentó conmigo empezó a tocarme en seguida. Me abrió la chaqueta del todo, me agarró los dos pechos, los pesó en sus manos y me los apretó con una brutalidad que me arrancó un gemido. No dije nada. Me gustaba dejar que interpretaran mi silencio como permiso.
Me metió la mano bajo la falda y encontró el tanga empapado. Se rio, me apartó la tela a un lado y hundió dos dedos dentro de mi coño sin aviso. Entraron fácil porque yo ya estaba mojada de puro morbo, y empezó a moverlos con violencia, frotando al mismo tiempo con el pulgar mi clítoris.
—Mírala cómo gotea —gritó hacia delante—. Esta ha vuelto más caliente que la última vez.
Me sacó los dedos y me los metió en la boca para que los chupara. Sabían a mí, mezclado con el gusto agrio de su piel. Tiró de mi pelo hacia abajo y me bajó a su entrepierna. Le abrí la cremallera, saqué la polla y empecé a mamarla mientras la furgoneta avanzaba por calles cada vez más solitarias.
No me dejó marcar el ritmo. Me sujetó de la nuca y empezó a follarme la boca a embestidas cortas, secas, haciéndome tragar saliva y respiración a la vez. El conductor miraba por el retrovisor, excitado, diciéndole a su compañero que esa noche iban a usarme de verdad. Yo lo oía y se me mojaba más el coño.
Cuando por fin levanté la cabeza, él me escupió otra vez en la boca y me obligó a tragar. —Así, buena puta —me dijo. Yo no contesté; solo abrí más las piernas.
Fuimos a un taller perdido entre naves oscuras y monte. En cuanto vi el lugar, noté un pinchazo de miedo real. Estábamos lejos de todo, en una zona donde a esa hora no pasaba nadie. Y aun así, precisamente por eso, me tembló el cuerpo de excitación.
Metieron la furgoneta dentro del taller y cerraron. Había un sofá viejo, un colchón apoyado contra la pared y olor a grasa, polvo y metal. Tiraron el colchón al suelo delante de mí y apenas me quité la chaqueta ya me tenían entre los dos, uno por delante y otro por detrás, restregándome sus cuerpos duros y calientes.
—Qué bien hueles —dijo uno, hundiendo la nariz en mi cuello recién perfumado.
El otro soltó una risa. —Espera un rato. Cuando acabemos va a oler a nosotros.
Yo casi siempre era más pasiva, más de dejar hacer que de pedir. Pero esa noche estaba ardiendo. Empecé a jadear, a echar la cabeza hacia atrás, a mover el culo contra la polla del que me tenía detrás. Él me agarró del pelo y me tiró del cuello hacia su hombro.
—Estás desesperada, ¿verdad?
El de delante me agarró los pechos y me los azotó con la palma varias veces, duro, alternando golpes y pellizcos. Cada bofetada me recorría el cuerpo entero. Sentía dolor, sí, pero también esa subida sucia que me hacía abrir más las piernas.
Me subieron la falda hasta la cintura y me empujaron al colchón. El primero se sentó sobre mi pecho, aplastándome las tetas contra el suelo, y me metió la polla en la boca de golpe. Apenas pude acomodarme; me sujetó del pelo y empezó a usarme la garganta mientras el otro se arrodillaba entre mis piernas.
El de abajo me apartó el tanga y se puso a lamerme el coño con ganas, abriéndome con los dedos, metiendo la lengua de lleno. Después bajó al culo y me lo chupó despacio, húmedo, como si estuviera saboreando el momento antes de destrozarme. Yo gemía con la boca llena, ahogada por la polla del otro, notando cómo mi saliva me chorreaba por la barbilla.
El sabor en mi boca era fuerte, salado, agrio, masculino. Sudor del día, piel sin lavar del todo, esa suciedad real que me calentaba porque no tenía nada de fantasía elegante. Mientras tanto, abajo me estaban comiendo con una obscenidad que me hacía retorcerme hasta conseguir que me corriera así, atrapada, con la cara usada y el coño abierto.
Sentí el orgasmo reventarme en las piernas y el de encima se excitó todavía más al notar cómo gemía alrededor de su polla. Me obligó a mantenerla dentro, empujando hasta la garganta, mientras el otro me metía dos dedos en el culo y tres en el coño, alternando presión y caricias ásperas.
Luego me soltaron para que los mamara a los dos. Pasé de una polla a otra, chupando, lamiendo huevos, lengua, tronco, frenillo, incluso el culo cuando me lo empujaban a la cara. No intentaban ser limpios ni amables. Me daban lo que tenían, como si yo fuera una boca disponible para todo, y precisamente por eso me ponía más cerda.
—¿Sin condón? —preguntó uno, mirándome desde arriba.
Negué en seguida. —No. Eso no.
Me dio una bofetada seca en la cara. No lo bastante fuerte para tumbarme, sí lo bastante para dejarme zumbando el oído. Me miró un segundo y después se encogió de hombros. —Pues con condón.
Se lo puso sin dejar de insultarme. En cuanto estuvo listo, me abrió las piernas al máximo y me penetró con una embestida tan dura que el colchón se deslizó sobre el polvo. Solté un grito y él empezó a follarme sin pausa, agarrándose a mis muslos, entrando hasta el fondo con una violencia rítmica que me sacudía las tetas a cada golpe.
El otro me sujetaba la cara, me hacía abrir la boca para escupirme dentro y luego me metía la polla para que mezclara todo con saliva. Yo no sabía si quería respirar, gemir o correrme; al final hacía las tres cosas mal, como una idiota caliente. Entre las piernas sentía el condón entrando y saliendo, el roce brusco, el ruido húmedo de mi coño ya completamente abierto.
Se cambiaron varias veces, uno detrás del otro, sin darme respiro. Cuando uno salía, el otro entraba casi al mismo tiempo. Me ponían de espaldas, de lado, con las rodillas al pecho. Usaban mis piernas como asas y mi cintura como punto de apoyo, follándome con una fuerza que ya no tenía nada de curiosidad. Habían venido a usarme y lo estaban disfrutando.
En una de esas, uno me agarró del cuello con una mano mientras me penetraba con la otra sujetándome la cadera. No apretaba hasta hacer daño de verdad, pero sí lo bastante para hacerme sentir su control. Verlo sudando sobre mí, llamándome puta mientras me clavaba la polla, me hizo correrme otra vez, esta vez con un gemido ronco y los músculos temblando sin remedio.
Después me dieron la vuelta. Pusieron un par de cojines sucios bajo mis caderas y me abrieron el culo con los dedos, escupiéndome antes de empujar. El primero entró despacio al inicio y luego ya no hubo cuidado. Empezó a darme por el culo con golpes secos, pesados, acompañados de azotes en las nalgas que me ardían de inmediato.
Me estaban follando tan duro que perdí la noción exacta del tiempo. Solo recuerdo el sonido de sus respiraciones, el chasquido de piel contra piel, la suciedad del colchón pegándome en las rodillas y el placer animal de que me usaran sin pedirme nada bonito. Me corrí también así, con la polla en el culo y dos dedos frotándome el clítoris desde abajo hasta dejarme sacudiéndome.
Cuando acabaron aquella primera parte, se dejaron caer conmigo sobre el colchón, sudados, riéndose, preguntándome si de verdad me había corrido tantas veces o si era cuento. Les dije que no fingía. Que cuando me corría, me corría de verdad. Eso les encantó.
Les limpié la polla con la boca a los dos, despacio, tragándome el sabor del látex y del sudor. Después pedí ducharme. Había un baño asqueroso al fondo del taller, con una ducha de agua fría y un bote de jabón de manos medio vacío. Me dejaron ir cuando hablaron por teléfono con otros compañeros que, por lo que entendí, querían sumarse.
Me duché temblando, desnuda, bajo un chorro helado que me devolvió algo de claridad. El agua arrastró saliva, polvo, sudor y el olor de ellos, pero no me quitó la excitación. Al salir, me quedé secándome al aire, abrazándome para no tiritar, mientras me decían que tenía dos opciones: esperar sola en el taller o ir con ellos a recoger a los otros.
No iba a quedarme encerrada allí sola ni loca. Me vestí sin ropa interior limpia, porque el tanga estaba hecho una mierda, y me metí de nuevo en la furgoneta. Me pagaron lo acordado, como si aquella hora larga de uso brutal hubiera sido un trámite cualquiera, y volvimos a la empresa.
Cuando llegamos, me dejaron dentro esperando. A los pocos minutos salió uno de los otros, se acercó a la puerta y me miró con una sonrisa que no me gustó nada. Tenía algo en los ojos, una forma de disfrutar anticipadamente, que me dio miedo de verdad.
—Dicen que aguantas bien —me dijo—. Ahora viene lo mejor.
Quise aparentar calma, pero se me secó la boca. Aun así, entre el miedo y el morbo, sentí otro latigazo de humedad entre las piernas. Eso era lo peor de mí: que incluso asustada seguía excitándome.
Al rato salieron tres hombres más. Discutieron un momento por quién conducía porque todos querían ir detrás conmigo. Al final uno tomó el volante y los otros dos se sentaron a mis lados en la parte de atrás. Ni siquiera habían doblado la primera esquina cuando ya me tenían las manos encima.
Me quitaron la chaqueta, me subieron la falda y me arrancaron el tanga de un tirón. Me abrieron de piernas sobre el asiento, cada muslo apoyado en uno de ellos, y empezaron a meterme dedos en el coño al mismo tiempo, dedos más gruesos, más bruscos, aprovechando que yo ya estaba abierta y sensible por todo lo anterior. Me sacaban los dedos y me los metían en la boca para que los chupara.
Antes de llegar al taller me corrí otra vez, doblada hacia atrás, con sus manos trabajando entre mis piernas y sus voces diciéndome guarra, puta, cerda. Entramos y cerraron la puerta. Yo ya estaba desnuda; ellos se desvistieron en segundos, como si llevaran toda la noche esperando ese turno.
Uno de ellos se acercó a un panel de herramientas, descolgó algo y vino hacia mí con una sonrisa. Era un tanga. Mi tanga, el que había perdido la vez anterior con los otros. Estaba tieso, manchado, endurecido por corridas secas. Solo verlo se me fue la vergüenza por el suelo y me subió un calor sucio a la cara.
—¿Lo reconoces? —preguntó.
Asentí.
Me agarró del pelo, me escupió en la boca y luego me metió el tanga entre los labios. Tuve que morder esa tela endurecida, cargada del rastro de varios hombres que se habían acordado de mí mientras se masturbaban. Me sentí degradada, sí, pero también completamente encendida.
No esperaron más. Me dieron la vuelta y uno me alzó de la cintura para clavarme la polla en el culo. Entró sin delicadeza, con una fuerza brutal, levantándome casi del suelo a cada embestida porque yo era bastante más baja que él. El dolor fue seco al principio y después se transformó en una presión inmensa que me dejó jadeando contra la pared.
Los otros dos se masturbaban mirándome, pero tardaron poco en sumarse. Me tiraron otra vez sobre el colchón, me sacaron el tanga de la boca y aprovecharon mi respiración abierta para follarme la garganta, uno tras otro, obligándome a lamer todo lo que me ponían delante. Pollas sudadas, huevos pesados, la piel entre las piernas, el culo cuando me lo empujaban a la cara.
El ritmo fue salvaje desde el principio. Uno me abría el coño con la polla mientras otro me follaba la boca y el tercero esperaba, acariciándome la cara con la punta o dándome bofetadas suaves y humillantes. Luego cambiaban. Coño, boca, culo. Yo dejé de intentar seguir quién estaba dónde. Solo era un cuerpo reaccionando.
Me azotaban el culo hasta dejarlo ardiendo. Me golpeaban las tetas con la palma abierta. Uno incluso me separaba los labios del coño después de sacarla para darme una cachetada justo ahí, sobre la carne hinchada y húmeda, antes de volver a meterla. Cada gesto era bruto, obsceno, excesivo. Y aun así mi cuerpo respondía, traicionero, pidiendo más.
En un momento me pusieron a cuatro y me penetraron a la vez, uno por el coño y otro por el culo. No fue elegante ni coordinado; fue torpe, crudo y abrumador. Sentí cómo me abrían por dentro de una manera que me dejó llorando y gimiendo al mismo tiempo, con la cara hundida en el colchón sucio mientras el tercero me sujetaba del pelo y me hacía levantar la cabeza para escupirme en la boca.
Me corrí así, vaciada, temblando, casi sin aire. El orgasmo me atravesó como un espasmo largo, mezcla de placer intenso y sometimiento absoluto. Ellos lo notaron porque empecé a apretar sin querer y a gemir como si me estuvieran rompiendo, y se pusieron todavía más bestias.
Se corrieron varias veces durante todo aquello. Algunas en condón, otras fuera, repartiéndose por mi cara y mis tetas mientras yo sacaba la lengua para recoger lo que caía cerca de la boca. Luego me obligaban a limpiarles con la lengua, a dejarles la polla reluciente antes de que volvieran a endurecerse de nuevo. No parecía que se les bajara nunca.
Después de una larga tanda, con el culo ardiéndome y las piernas temblando, pedí ir al baño. Se rieron. Uno abrió una puerta lateral del taller y me arrastró del pelo hasta fuera, a un camino de tierra oscuro, apenas iluminado por una bombilla lejana y los ladridos de un perro en alguna finca cercana.
—Si quieres mear, mea aquí —dijo.
Me agaché, desnuda en medio de la noche, y empecé a orinar sobre la tierra. Apenas había terminado cuando se acercó el primero y me meó encima. Luego los otros. Tibio, abundante, directo sobre el cuerpo, el pelo, el pecho, las piernas. Me quedé empapada, chorreando en medio de un charco, sintiéndome la cosa más baja y más excitada del mundo.
No fue bonito. Fue humillante, sucio, animal. Y por eso mismo me dejó temblando de una manera difícil de explicar. Cerré los ojos un segundo y noté otra sacudida de placer entre las piernas, como si el cuerpo ya no supiera distinguir dónde acababa el asco y dónde empezaba el morbo.
Me dejaron volver a la ducha solo para no manchar la furgoneta. Me lavé otra vez con agua helada, frotándome la piel hasta ponerla roja. Mientras me secaba al aire, uno se sentó delante de mí con la polla dura y me ordenó que se la pajeara.
Me senté en una silla desvencijada y empecé a masturbarlo despacio, usando la otra mano para acariciarle los huevos. Me hizo inclinarme y lamer la punta cada pocos movimientos, manteniéndolo a punto. Cuando se corrió, me la metí en la boca y tragué sin apartar la vista.
Luego se vistieron. Yo también, excepto el tanga, que se lo quedaron con risas y promesas de seguir usándolo para hacerse pajas cuando pensaran en mí. En la vuelta, uno condujo y los otros dos me obligaron a mamarles detrás. Uno terminó corriéndose en mi boca; el otro no llegó, pero me hizo seguir hasta dejarme la mandíbula cansada.
Me pagaron al final, como si todo pudiera resumirse en billetes doblados y una despedida sucia. Insistieron en saber cuándo volvería. Yo dije una fecha vaga, todavía con la garganta irritada y el culo latiéndome bajo la falda.
Cuando me dejaron donde tenía el coche, ya empezaban a aparecer trabajadores de madrugada en algunas naves cercanas. Conduje hasta casa en silencio, oliendo todavía al jabón barato del taller, con el cuerpo dolorido de pies a cabeza. En la ducha de mi baño me lavé por tercera vez esa noche y aun así me seguía sintiendo marcada.
Me puse crema en el culo porque lo tenía ardiendo, me tumbé y dormí como si me hubieran apagado con un interruptor. Al despertar, seguía notando los golpes en las tetas, el escozor entre las piernas y el recuerdo preciso de cada mano, cada insulto, cada sacudida.
No voy a fingir arrepentimiento limpio porque no lo siento así. Lo que siento es una mezcla rara de vergüenza, miedo, orgullo y una excitación brutal al recordar hasta dónde llegué y cuánto me corrí. Me sorprendió descubrir que podía soportar tanto y, peor todavía, que una parte de mí estaba deseando volver.
Por eso lo cuento. Porque fue excesivo, porque fue real para mí y porque todavía me late dentro cuando lo escribo. Fui por dinero, sí, pero sobre todo fui por morbo. Y esa noche me dejó claro que a veces el morbo te devora entera.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Palermo, con fotos reales.