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Relatos Ardientes

Me arrodillaba ante mi amo cada noche en secreto

El picaporte cedió con un chasquido seco y Mariana contuvo el aliento. Llevaba la espalda recta, los hombros echados hacia atrás, las manos quietas sobre los muslos. Esa postura no le salía sola: era el resultado de meses de paciencia, de aprender a esperar sin moverse, sin quejarse, sin pedir. A los treinta y ocho años, dueña de su carrera y de cada decisión que tomaba en el mundo de afuera, había descubierto que no había nada que la sosegara tanto como rendir ese control en aquella habitación.

Nadie habría podido imaginarlo. En el juzgado era la magistrada a la que todos temían, la mujer de palabra exacta y mirada de hielo que no se dejaba intimidar por ningún abogado. Allí, en cambio, de rodillas sobre el suelo de madera fría, era otra cosa. Era un cuerpo que esperaba. Su piel pálida parecía pedir las marcas de unas manos que aún no habían llegado, y cada minuto de silencio le calentaba la sangre más que cualquier caricia.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Tampoco le importaba. La única realidad que reconocía era la espera y esa anticipación que le quemaba bajo la piel.

Víctor entró sin prisa. Tenía cincuenta y un años y trabajaba de conserje en el edificio donde ella vivía; se movía con la calma pesada de quien ya no necesita apresurarse por nada. Sus pasos resonaron firmes pero ligeros, y su olor —tabaco, sudor limpio, algo cálido y rotundo— llegó a ella antes que él. Se detuvo a unos metros, alargando el silencio hasta volverlo insoportable. Mariana sintió cómo la mirada le recorría el cuerpo desnudo, deteniéndose en cada curva, en cada detalle, con una intensidad que la hacía temblar.

—Veo que has aprendido a esperar —dijo él.

El tono era afilado, con una chispa de burla que bastó para que ella se ruborizara. Levantó los ojos apenas y se encontró con una sonrisa que mezclaba dominio y diversión. Víctor se inclinó, tomó un mechón de su pelo oscuro entre los dedos y tiró lo justo para que ella arqueara el cuello y le ofreciera la garganta.

—Dime una cosa —murmuró, acercándose a su oído, dejando que el aliento caliente le recorriera la nuca—. ¿Cuánto vas a tardar hoy en pedirme que te deje servirme?

El cuarto entero parecía cargado, denso de anticipación. Ella mantuvo la postura impecable, pero él notó enseguida la tensión casi invisible de sus músculos, el temblor que ella intentaba controlar. Su pecho subía y bajaba con fuerza, delatándola.

—Hoy estás hermosa —dijo Víctor, casi en un susurro, rodeándola despacio como un animal que mide a su presa—. Con el pelo cayéndote así sobre los hombros.

Cuando quedó detrás de ella, le rozó el hombro con las yemas de los dedos, apenas un contacto que le hizo arquear la espalda sin querer. Bajó por el brazo, se detuvo en las manos quietas sobre el regazo, volvió a subir hasta la clavícula, trazando una línea invisible que la encendía.

—Tú siempre esperas demasiado —dijo, dejando caer cada palabra con un peso que mezclaba su deseo con la excitación de ella.

Le tomó la barbilla, le alzó la cara, la obligó a mirarlo. En su expresión había algo desconcertante: una ternura evidente, y al mismo tiempo una promesa oscura en los ojos. Mariana no podía apartar la vista, atrapada en esa dualidad que la desarmaba por completo. Víctor no necesitaba alzar la voz; su poder vivía en la calma, en el silencio. Disfrutaba desmontándola pieza a pieza hasta que de la jueza no quedaba nada, solo una boca abierta y un deseo húmedo esperando una orden.

—Arrodíllate del todo —dijo, sin levantar el tono, sin dejar lugar a la duda.

Ella obedeció despacio, con la sangre ardiéndole bajo la piel. Cuando las rodillas tocaron el suelo, él levantó una ceja, satisfecho con la docilidad.

—Quítame los zapatos. Y demuéstrame cuánto te gusta servirme.

Sus dedos, todavía temblorosos, se ocuparon de los cordones mientras sentía el peso de la mirada de él encima. Cada gesto era un desafío a no fallar, a hacerlo perfecto. Cuando por fin le sacó los zapatos, se inclinó sin esperar otra orden y sus labios encontraron la piel desnuda. El primer roce de la lengua fue leve, y él sonrió.

—Sigue —ordenó, esta vez más grave, observando cada detalle.

Ella pasó la lengua por cada dedo, uno a uno, con cuidado, sintiendo cómo su propia excitación crecía al mismo tiempo que el placer de él.

***

La cabeza de Mariana era un caos delicioso, un remolino de emociones que chocaban sin descanso. Cada palabra que él pronunciaba era una punzada directa al vientre, una descarga que le subía por la columna y se le expandía por la piel como fuego lento. Arrodíllate. Aquella orden, dicha con esa calma irresistible, había abierto algo dentro de ella que no sabía que deseaba tanto. Su cuerpo cedía, las piernas se doblaban sin resistencia, como si obedecer fuera más natural que respirar.

La contradicción la desbordaba. Por un lado, algo en ella se preguntaba por qué se sentía tan viva entregándose sin reservas, por qué una mujer de su posición encontraba el mayor de los éxtasis en una tarea tan simple como descalzar a un hombre. Pero esa parte racional apenas murmuraba, ahogada por el deseo. Cuando sus rodillas habían tocado el suelo, el peso de la mirada de él le había caído encima como un golpe, y el calor se le había acumulado en el pecho hasta descender, lento, entre las piernas. El placer no venía solo de lo que él le hacía. Venía del simple acto de obedecer.

La obediencia era una droga. Quitó los cordones con cuidado, sintiendo la tela bajo los dedos como una extensión de la piel de él. Cada movimiento era un ritual, una confesión muda del goce que encontraba en complacerlo. Y cuando él le ordenó lamerle los pies, el calor explotó dentro de ella, un latido intenso que la hizo morderse el labio antes de inclinarse. ¿Por qué me da tanto placer esto? No podía evitarlo. Cada lamida, cada roce, era una confirmación de que estaba donde quería estar.

Su excitación crecía con la de él. Lo notaba en cómo le cambiaba la respiración, en la mirada de aprobación que le lanzaba mientras ella seguía cada orden. Era como si su goce estuviera atado al de él, como si solo existiera para eso. Y en lugar de avergonzarse, lo abrazaba, se dejaba consumir.

—Así, muy bien —murmuró Víctor, con la voz cargada de satisfacción—. No pares hasta que yo te lo diga.

Un temblor le recorrió el cuerpo entero. La idea de no decidir, de dejar que él guiara cada movimiento, cada respiración, era la cumbre del placer. Estaba hundida en una mezcla de vulnerabilidad y poder que la hacía perderse por completo. Y mientras seguía, el deseo la quemaba, como si cada orden la acercara a un clímax que no dependía solo de su cuerpo, sino de algo más hondo: el placer absoluto de pertenecer.

Su lengua recorrió las líneas del tobillo, deslizándose despacio, mientras el corazón se le aceleraba al compás de sus propios movimientos. La razón intentaba gritar, pero cada vez más débil, ahogada por la excitación de no tener que pensar. Solo servir.

—Sigue. Hasta arriba —murmuró él, la voz ronca, y aquellas pocas palabras la hicieron tragar saliva.

Continuó con las piernas trémulas, lamiendo cada rincón de la pantorrilla, como si cada centímetro de piel fuera un territorio a conquistar con su entrega. Cuanto más subía, más caliente se sentía. La presión entre las piernas era insoportable, pero el placer de saber que cada movimiento de su lengua lo complacía superaba cualquier necesidad propia. Era una paradoja: lo estaba sirviendo y, sin embargo, nunca se había sentido tan poderosa.

Cuando llegó al muslo, él le rozó la cabeza con un gesto suave pero firme, una confirmación silenciosa de que lo hacía bien. Aquel simple contacto la derritió. Lamió con más intensidad, dejando pequeños besos entre cada paso, saboreando su piel como si fuera el manjar más delicioso del mundo.

Por fin sintió la proximidad de su sexo, ese punto donde su servidumbre alcanzaba el clímax. Lamió el borde interior del muslo y lo tomó con una mano que se sentía pequeña ante el poder que emanaba de él. Subió lenta, deliberada, dejando que su respiración se volviera audible, una confesión sin palabras. Él suspiró, apenas, el sonido más leve que había hecho en toda la noche, pero bastó para sacudirla con una ola de placer. No era solo obediencia. Era algo más grande. Entregar cada parte de sí era lo más cerca que había estado de sentirse libre.

Mariana sintió la mano de él cerrarse en su pelo, tirando con una firmeza que la hizo estremecer. La sensación era inconfundible: el recordatorio físico de que era suya. Le recogió el cabello como una coleta improvisada, un símbolo del control que ejercía y que ella no solo aceptaba, sino que ansiaba con cada fibra del cuerpo.

—Ahora ábrela. Toda —dijo, grave, con una sensualidad que la hizo temblar.

Ella obedeció antes de que terminara la frase, inclinándose despacio, dejando que sus labios rozaran la punta antes de envolverlo por completo. El calor y la textura le llenaron la boca, robándole el aliento un instante y, a la vez, dándole un propósito absoluto. Cada centímetro que entraba era un triunfo, una forma de demostrar su entrega. Su pecho subía y bajaba sin control mientras él marcaba el ritmo, sosteniendo la coleta con firmeza, guiándola como en una danza pensada solo para ellos dos.

El movimiento era constante, profundo, cadencioso. Ella intentaba adaptarse, dejando que cada empuje le arrancara un sonido gutural que a él lo encendía más. Aquella capacidad de entregarse sin reservas, sin esquivar el momento, se convirtió en su mayor expresión de devoción. Sintió las lágrimas resbalar, pero en lugar de frenarla, la hicieron más intensa.

—Así, muy bien. Buena chica —dijo él, y la aprobación en su voz fue un bálsamo, una recompensa que la hacía trabajar con más empeño.

Su lengua rodeaba cada entrada, buscando darle placer en cada milímetro. Quería más, quería ser perfecta para él. Su propia excitación se volvía insoportable, la humedad entre las piernas una respuesta a lo que hacía. No necesitaba que la tocaran; le bastaba la certeza de estar llevándolo al límite. Cada gemido ronco de él era un pulso que la llenaba de orgullo y de un deseo irracional de seguir.

—Tócate —ordenó él de pronto, la voz honda cortando el aire—. Ahora. Quiero que te corras mientras me sirves.

El corazón le dio un brinco, una mezcla de sorpresa y excitación pura. ¿Tocarme, mientras le entrego la boca? Parecía una contradicción y, sin embargo, era la extensión perfecta de su entrega. Obedecer no era un acto: era su esencia, y aquella orden una prueba más de cuánto deseo podía soportar antes de que llegara el orgasmo que ya sentía nacer en lo más hondo.

Sus dedos descendieron, torpes al principio, mientras los labios permanecían firmes alrededor de él. Cuando encontró el camino entre sus muslos, una ola de placer la recorrió entera. Era demasiado, y era perfecto. Él no aflojó el ritmo, la mano firme en su pelo, marcando la cadencia con su propio deseo. Cada vez que ella se hundía más, él soltaba un gemido grave que resonaba dentro de ella, animándola a moverse con más intensidad. Ya no sabía dónde acababa el placer de él y empezaba el suyo. Todo estaba conectado.

—No pares —murmuró él, cargado de poder y aprobación—. Quiero verte perder el control mientras me llevas al límite.

Estaba cada vez más cerca, su cuerpo respondiendo a su propio tacto con la misma intensidad con que su boca obedecía. Los muslos empezaron a arquearse, buscando más fricción, sin detener nunca el trabajo de su boca. Los sonidos ahogados que salían de su garganta se mezclaban con sus propios gemidos entrecortados. Se estaba perdiendo, hundida en el placer de ser suya, de obedecer hasta la última orden. Apenas le quedaba un hilo de pensamiento: complacer, someterse, gozar.

Cuando el cuerpo de él empezó a tensarse, ella supo que estaba al borde. Sintió que le tiraba del pelo con fuerza, pero sin brusquedad, una señal de que era hora de apartar los labios. Lo miró fijo, los ojos brillantes de deseo y devoción, mientras lo dejaba salir de su boca, palpitante y ardiente. Su propio cuerpo temblaba de agotamiento, pero aquello solo la hacía sentirse más viva.

—No te apartes —murmuró él, grave—. Quiero verte.

Mariana se quedó de rodillas, ofrecida por completo, el rostro alzado, los labios entreabiertos. Sabía lo que venía, y la anticipación era tan excitante que no pudo dejar de jugar con sus dedos en la humedad entre las piernas mientras lo observaba. Víctor soltó un gemido hondo, primario, que la hizo estremecer. El primer impacto fue cálido y abundante, trazando un camino húmedo por su mejilla hasta los labios. Ella se mantuvo inmóvil, recibiéndolo con una mezcla de devoción y placer, sintiendo cada gota como una confirmación de su entrega.

El calor le bajó por los hombros, lento, mientras él seguía gozando. Cada nueva salpicadura era una declaración de su control, una marca que ella llevaba con orgullo. Sin dejar de tocarse, con los dedos cada vez más rápidos y desesperados, aprovechó el momento en que él la contemplaba. Cuando por fin llegó a su propio clímax, fue con un gemido ahogado que llenó el espacio entre los dos.

Arqueó la espalda hacia atrás, sacudida por un temblor que parecía venir del fondo de su cuerpo. La combinación de su orgasmo con el calor de él cubriéndola la dejó sin aliento, consumida por completo. Cuando recuperó la respiración, alzó los ojos: en su cara había orgullo, vulnerabilidad y devoción a partes iguales. Víctor sonreía, satisfecho.

—Perfecta —dijo, acariciándole la mejilla como quien entrega una recompensa.

Y Mariana, sin decir una palabra, se dejó llevar por aquella sensación, sabiendo que había sido todo lo que él esperaba. Y algo más.

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Comentarios (4)

DiegoMdq

increible!!! de los que no podes dejar de leer

Inquisidor88

La doble vida esta muy bien lograda, ese contraste le da una tension especial al relato. Excelente.

RosaLectora_cba

Por favor seguilo! quede con ganas de mas, muy bueno

mati_rosario

ese tipo de relatos donde la tension esta en lo que no se dice... me gustan mucho. Muy bien escrito

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