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Relatos Ardientes

La reunión privada donde me ofrecieron a todos

La primera vez que Darío me habló de aquella reunión, lo hizo con la misma calma con la que me explicaba cualquier otra orden. Estábamos en el coche, aparcados en un rincón oscuro del centro, y yo tenía la falda subida hasta la cintura mientras él me abría las piernas con una mano y me metía dos dedos con la otra.

—El lunes vas a venir conmigo a la oficina —dijo, sin dejar de mover la muñeca—. Nada de preguntas. Nada de ponerte nerviosa. Solo obedecer.

Gemí contra el vidrio empañado. Yo ya sabía reconocer ese tono. No era una propuesta. Era una instrucción.

Darío no era mi padre. Era el marido de mi madre desde hacía años, y entre nosotros la línea se había roto mucho tiempo atrás, cuando él descubrió que yo no apartaba la mirada, que no retrocedía, que mi cuerpo respondía demasiado rápido cuando me arrinconaba en la cocina o me mandaba arrodillarme junto a la cama. Desde entonces me había convertido en su secreto, en su vicio, en su cosa.

—¿Y qué tengo que hacer? —pregunté, aunque ya lo intuía.

Me agarró del pelo, tirando lo suficiente para hacerme arquear la espalda. Con los dedos dentro de mí, bombeó más fuerte, hasta que escuché el chapoteo claro de mi lubricación.

—Lo que te ordenen. Son hombres importantes. Quiero que te portes como sabes. Quiero que les enseñes lo bien entrenada que estás.

La palabra me calentó y me avergonzó al mismo tiempo. Entrenada. Como si fuera una mascota. Como si no fuera una mujer adulta que había elegido quedarse ahí, abierta sobre el asiento trasero, temblando cada vez que él la usaba.

—¿Con mi ropa de oficina? —murmuré.

Se rió bajo, áspero.

—Con falda. Sin bragas. Sin sujetador. Y con el collar.

Después me hizo correrme en su mano. No rápido ni con ternura, sino como siempre lo hacía cuando quería recordarme mi sitio: frotándome el clítoris con movimientos secos, metiéndome los dedos hasta el fondo, mientras me sostenía por el cuello y me obligaba a tragarme los gemidos.

—Así me gusta —dijo cuando acabé jadeando—. Mojada y obediente.

El lunes llegó demasiado deprisa.

Me duché despacio, me perfumé y me vestí como él me había pedido. Blusa clara. Falda recta. Medias finas. Nada debajo. Cada paso me hacía sentir el roce de la tela entre los muslos y me recordaba que iba expuesta, disponible, preparada.

Cuando subí al coche, Darío me examinó de arriba abajo y sonrió satisfecho. Llevaba traje oscuro, reloj caro y ese aire de hombre seguro que tanto le gustaba usar fuera de casa. Cerró los seguros y me tendió el collar de cuero negro.

—Póntelo.

Me lo abroché sola. Sentí el clic metálico cerrándose en mi garganta y un escalofrío me recorrió entera.

—Buena chica.

El trayecto fue corto, pero la tensión lo volvió eterno. Su mano descansó en mi muslo casi todo el camino. Al principio solo pesaba sobre la media; luego fue subiendo, separándome las piernas poco a poco, hasta que me rozó directamente el coño húmedo.

—Ya estás así y todavía no hemos entrado —dijo con desprecio divertido—. Qué puta más fácil.

Bajé la mirada, excitada y ardiendo. Él metió dos dedos entre mis labios, los movió apenas y se los llevó a la boca como si comprobara un vino.

—Perfecta.

El edificio era una torre de vidrio y acero. Subimos en ascensor hasta uno de los últimos pisos. Antes de que las puertas se abrieran, Darío enganchó una cadena al aro del collar y me obligó a girar hacia él.

—Cuando entremos, no hablas a menos que te hablen. Si te ordenan arrodillarte, te arrodillas. Si te ordenan abrirte, te abres. Si haces esto bien, saldré de ahí con el ascenso cerrado. ¿Me entendiste?

—Sí.

Su expresión se endureció.

—¿Sí qué?

—Sí, señor.

Las puertas se abrieron.

La sala de juntas olía a madera pulida, cuero y whisky caro. Había una mesa ovalada enorme, ventanales con vista a la ciudad y siete hombres esperando. Todos adultos, todos bien vestidos, todos mirándome como si ya me hubieran desnudado con los ojos antes de que diera tres pasos.

El mayor de ellos, un hombre robusto de barba gris recortada, estaba en la cabecera. No necesitó presentarse para que supiera que mandaba más que los demás.

Darío tiró de la cadena y me llevó hasta el centro de la sala.

—Tal como prometí —dijo con orgullo—. Sana, depilada, discreta y obediente.

Sentí las miradas clavadas en mis piernas, en mi cuello, en la blusa sin sujetador que ya marcaba mis pezones duros. Uno de los hombres soltó una risita seca. Otro se acomodó en la silla, abriendo más las piernas.

El de la cabecera me sostuvo la mirada.

—Quiero comprobarlo yo mismo. Súbete a la mesa y tócate.

El calor me subió a la cara, pero obedecí. Darío me soltó la cadena lo justo para que pudiera subir. Gateé sobre la madera negra hasta el centro de la mesa, sintiendo el temblor en las rodillas y la humedad resbalándome entre los muslos.

—Levántate la falda —ordenó otra voz.

Lo hice. La tela quedó amontonada sobre mis caderas y mi coño quedó completamente expuesto bajo la luz blanca del techo. Escuché cómo alguien inhalaba fuerte.

Apoyé una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos. Con la otra desabroché dos botones de la blusa y saqué una teta, apretándome el pezón entre los dedos.

—Más rápido —dijo el hombre de la barba.

Apreté los dientes y obedecí. Mi mano empezó a moverse con firmeza, abriéndome bien con los dedos antes de meter uno dentro. Estaba tan mojada que el sonido húmedo rebotó en toda la sala. Me arqueé, dejando la teta al aire y bombeándome el dedo mientras frotaba arriba con la palma.

—Eso es —murmuró uno de los ejecutivos, ya con la mano dentro del pantalón—. Enséñanos cómo te usas.

Metí un segundo dedo. Entraron sin resistencia. Mi respiración se hizo torpe, irregular. Los ojos se me nublaron cuando empecé a follarme la mano de verdad, moviendo la cadera contra los dedos y pellizcándome el pezón hasta que dolió.

—¿Así te gusta? —preguntó el de la cabecera.

—Sí, señor —respondí, jadeando.

—Qué voz más bonita tiene cuando está cachonda —comentó otro.

Los escuché abrir cremalleras. Cuando levanté la vista, varios ya tenían la polla fuera, masturbándose despacio mientras me miraban. La imagen me golpeó en pleno vientre. Siete hombres adultos, serios, poderosos, excitándose por mi culpa, por cómo me abría delante de ellos.

—Ponte a cuatro patas —ordenó Darío desde abajo.

Me giré y apoyé manos y rodillas sobre la mesa. Mi coño quedó aún más abierto. Seguí metiéndome los dedos, ahora con el culo en alto hacia la cabecera. La vergüenza me estaba volviendo loca de deseo.

—Ya basta —dijo el hombre de la barba, levantándose—. Bajadla.

Dos de ellos me sujetaron por la cintura y los brazos y me ayudaron a bajar de la mesa. Mis piernas temblaban tanto que casi no podía sostenerme. Me arrodillaron sobre una alfombra gruesa junto a la mesa de juntas. El de la cabecera se plantó delante de mí y se sacó la polla.

Era gruesa, pesada, ya medio dura. Me agarró del collar y acercó mi cara hasta rozársela contra la tela de sus calzoncillos antes de bajárselos del todo.

—Abre la boca.

Obedecí al instante. Me empujó la punta entre los labios y yo la chupé despacio al principio, saboreando el salado de la piel y el calor. Luego me cogió del pelo y empezó a marcar el ritmo él, metiéndomela más hondo, sacándola para volver a empujarla.

—Joder —gruñó—. Sí que está entrenada.

Me humedecí aún más al escucharlo. Babear sobre una polla mientras varios hombres me rodeaban y comentaban mi cuerpo era degradante y, precisamente por eso, me estaba volviendo loca. Uno se agachó a mi lado y me amasó las tetas por encima de la blusa hasta terminar de abrirla. Mis pechos quedaron fuera. Sus manos grandes me apretaron, me pesaron, me retorcieron los pezones.

Otro me pasó una mano por la espalda y bajó hasta el culo, separándome las nalgas para mirar.

—También la quiero por detrás —dijo.

No pude responder. Tenía la boca ocupada y el hombre frente a mí ya me estaba follando la garganta con embestidas más firmes. Cada vez que me la hundía hasta el fondo, mis ojos lagrimeaban y la saliva me chorreaba por la barbilla.

—No pares —me ordenó Darío—. Traga y respira por la nariz.

Lo hice. Cuando el primero se cansó de usarme la boca, me la sacó con un sonido húmedo y dio paso a otro. Después a otro más. Me convirtieron en una estación de paso: polla tras polla, mano en el pelo, dedos apretándome la mandíbula para mantenerla abierta.

Una era más curva. Otra más gruesa. Otra olía a colonia cara y whisky. Yo jadeaba, tosía, recuperaba aire apenas dos segundos y volvía a abrir la boca para la siguiente.

—Mírenla —se burló uno—. Tiene la cara hecha un desastre y sigue buscando más.

Tenía razón. Entre una y otra, mi lengua salía sola a lamer la punta siguiente. Estaba avergonzada, sí, pero también desesperada por seguir complaciéndolos, por sentir que cada gemido o cada arcada me colocaban un poco más hondo en el sitio al que Darío me había llevado.

Uno de ellos, impaciente, se puso a mi lado mientras otro seguía usando mi boca. Me agarró la cara entre las manos.

—Quiero verla con dos.

Separaron mi mandíbula todo lo posible. La primera polla ocupó un lado de mi boca; la segunda empujó por el otro. Me llenaron las mejillas de golpe. El esfuerzo me hizo gemir por la nariz. Empezaron a moverse alternándose, cortos al principio, luego más coordinados, metiéndome y sacándome las dos a la vez lo suficiente para que la saliva me corriera por el cuello hasta el collar.

Las carcajadas y los comentarios me zumbaban alrededor. Yo apenas podía pensar. Solo sentir. La presión, el calor, la humillación, la excitación brutal que me latía entre las piernas.

—Ya está lista para que la follen —dijo por fin el de la cabecera.

Me apartaron de las bocas y me dejaron tumbada de espaldas sobre la alfombra. Me arrancaron la falda por las piernas, dejando las medias y la blusa abierta. Quedé abierta del todo, con los muslos separados por manos ajenas y el coño brillando bajo la luz.

—Quiero ser el primero —dijo el hombre de la barba.

Nadie discutió. Se arrodilló entre mis piernas, se pasó la polla por los labios mojados y me la hundió de una sola embestida. Grité sin poder evitarlo. Era grande, y entró hasta el fondo con una fuerza que me hizo ver destellos blancos.

—Mierda, qué apretada —gruñó, empezando a follarme de verdad.

Sus caderas golpeaban duro y seco. Mi cuerpo rebotaba contra la alfombra. Cada embestida me abría más, me sacudía las tetas, me obligaba a agarrarme a los antebrazos de los hombres que me sujetaban las piernas.

—No tan fuerte... —alcancé a decir.

El comentario solo los hizo reír.

Uno de los otros ejecutivos se inclinó sobre mí y me metió dos dedos en la boca para que los chupara. Otro me pellizcó el pezón hasta hacerme jadear. Un tercero se puso a frotarme el clítoris con movimientos rápidos y brutales mientras el primero me seguía embistiendo.

La combinación me destrozó. Sentí el orgasmo subir de golpe, caliente, sin aviso. Cerré las piernas por instinto, pero no pude porque me las seguían sujetando abiertas.

—Así no —dijo el hombre que me frotaba arriba—. Te corres abierta.

Y me corrí abierta, temblando, con la polla del presidente entrando y saliendo, con la mano extraña machacándome el clítoris hasta alargarme el espasmo. Mi coño se contrajo alrededor de él y eso solo lo excitó más.

—Aprieta como una condenada —gruñó, antes de correrse dentro de mí con varias sacudidas pesadas.

No me dejaron descansar ni el tiempo suficiente para cerrar las piernas. En cuanto salió, otro ocupó su lugar. Más ancho de cintura, con barriga dura de hombre mayor y polla igualmente gruesa. Me la restregó por la entrada mezclando mi flujo con la corrida del anterior y se metió sin cuidado.

—Quiero sentirla llena —dijo, agarrándome del muslo.

Y me llenó a golpes. Más lento que el primero, pero igual de profundo. Entraba hondo, se quedaba un segundo clavado, y volvía a salir casi del todo antes de meterla otra vez. Cada vez que lo hacía, el líquido acumulado resbalaba por mi culo hacia la alfombra.

—Mírala —comentó alguien—. Se le sale todo y sigue pidiendo más con esa cara.

No estaba pidiendo nada con palabras, pero mi cuerpo sí. Abría las piernas, arqueaba la espalda, buscaba las manos que me apretaban las tetas o me sujetaban la garganta. Me sentía usada hasta el exceso, y aun así quería más.

Se turnaron sin prisas. Uno me folló de pie, levantándome de la cintura y clavándomela mientras mis pies apenas tocaban el suelo. Otro me puso a cuatro patas y me agarró del collar como una correa, tirando de él cada vez que embestía. Darío fue acercándose en silencio, esperando su turno con una expresión orgullosa, como si estuviera viendo el rendimiento de una inversión.

Cuando me pusieron a cuatro patas, alguien me separó bien las nalgas y me escupió en el ano.

—Ahora por aquí.

Me tensé entera. Sentí un dedo, luego dos, abriéndome despacio pero sin delicadeza. Mi respiración se volvió errática. Un hombre me sujetó de las caderas mientras otro seguía acariciándome el coño por delante para que no me cerrara.

—Relájate —dijo Darío a mi oído—. Sabes hacerlo.

La punta gruesa empujó. Quemó. Me hizo apretar los dientes y soltar un gemido largo, roto. Empujó otra vez y el anillo terminó cediendo. Entró despacio al principio, estirándome, llenándome con una presión distinta, más sucia, más invasiva. Cuando por fin estuvo dentro, el hombre soltó un siseo de placer y empezó a moverse.

Las primeras embestidas me dolieron. Luego el dolor se mezcló con el resto: con la mano que me sobaba el clítoris, con los dedos de otro en mi boca, con la certeza de que me estaban usando entre varios al mismo tiempo. El ardor empezó a transformarse en otra cosa, una sacudida baja y pesada que me hacía empujar atrás para recibir más.

—Eso es —dijo quien me follaba el culo—. Ya le gusta.

Tenía razón. Me estaba gustando. Mucho.

Me sacó solo para que otro me tumbara sobre el regazo mientras volvía a meterme una polla en el coño. Desde atrás, unos dedos trabajaron mi ano otra vez, abriéndolo más. Tres dedos entraron uno tras otro, y luego una segunda polla empujó en ese hueco ya vencido.

Grité. No de miedo. De puro exceso.

—Joder, así —murmuró el hombre de abajo, clavándome en su regazo mientras el otro me abría por detrás.

Empezaron a moverse a la vez. Delante y detrás. Mi cuerpo quedó atrapado entre dos ritmos que al principio no coincidían y después se fueron encontrando. Cada choque me hacía perder un poco más la cabeza. Mi coño apretaba una polla mientras el culo recibía la otra, y yo no sabía hacia dónde empujar porque quería ambas.

—Mírala, está chorando por todas partes.

La frase provocó risas. A mí me provocó otro orgasmo. Me corrí con las dos dentro, sacudiéndome sobre aquel regazo, incapaz de controlar el sonido ronco que me salió de la garganta. Sentí que me sujetaban por la cintura para que no me desplomara.

***

Cuando ya estaba agotada, sudada y con las piernas temblando, el de la cabecera decidió que todavía no habían terminado.

—Levantadla.

Dos hombres me alzaron por las axilas y los muslos, dejándome suspendida, completamente abierta, apenas sostenida por ellos. Yo colgaba entre jadeos, con la cabeza apoyada en el hombro de uno, demasiado excitada y demasiado cansada para mantenerme erguida por mí misma.

El primero me metió la polla en el coño desde abajo. El segundo, después de untarla con saliva y mi propia humedad, la encajó en mi culo otra vez. Gemí tan fuerte que me dolió la garganta.

—No se desmaya —dijo uno, riéndose—. Aguanta muy bien.

El hombre del coño empezó a embestir con movimientos cortos, aprovechando que yo estaba en el aire y no podía apartarme. Detrás, el del culo siguió el ritmo. Quedé balanceándome entre ambos, abierta de los dos lados, con los músculos temblando de puro esfuerzo.

Luego alguien más se puso delante de mi cara y me agarró la barbilla.

—Abre.

Lo miré con ojos húmedos y obedecí. Su polla me llenó la boca mientras las otras dos seguían moviéndose. El efecto fue devastador. Tres hombres usándome a la vez, uno en cada agujero, mientras otros miraban, se masturbaban o daban órdenes. Quise cerrar los ojos, pero Darío me dio una palmada en la mejilla.

—No. Los miras mientras te usan.

Los miré. Vi sus caras tensas, la concentración obscena, la forma en que se mordían el labio o apretaban la mandíbula al verme así. Vi a Darío masturbándose a un lado, contemplando cómo me convertía en espectáculo para asegurar su lugar en aquella empresa. Y, por humillante que fuera admitirlo, la visión me empujó aún más cerca del borde.

La polla de mi boca se retiró para dejarme respirar a medias. Enseguida entró otra. Y otra más. Cambiaban delante de mí mientras seguía abierta por arriba y por detrás, como si yo fuera una estación de servicio para su deseo y ninguno quisiera esperar.

—Se aprieta cuando se la metes en la boca —comentó uno desde abajo.

—Entonces que siga chupando.

Lo hicieron. Mientras el del coño y el del culo me follaban sostenida en el aire, dos más se alternaron en mi boca, cogiéndome de la mandíbula, empujando hasta hacerme lagrimear. El placer y la humillación se mezclaron hasta volverse inseparables. Ya no podía distinguir dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

El orgasmo me subió como un incendio. No hubo tiempo de anunciarlo. Me sacudió entera con las tres entradas ocupadas, los muslos abiertos por manos ajenas y la boca llena. Grité alrededor de la polla que me estaba usando, apreté convulsivamente el coño y el culo, y eso bastó para hacer correr al primero de los dos que me embestían.

Se vació dentro de mí con un gruñido. El del culo tardó apenas unos segundos más. Sentí las sacudidas calientes, el temblor en sus piernas y luego la retirada lenta de ambas pollas, dejándome vacía de golpe y chorreando.

Me bajaron al suelo con cuidado relativo. Mis rodillas no respondieron. Quedé de cuatro patas sobre la alfombra, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Entonces Darío se acercó al fin.

—Mi turno —dijo.

Lo miré por debajo del cabello pegado a la cara. Tenía la polla dura, roja, brillante de tanto masturbarse viéndome. Me agarró del collar, levantó mi cabeza y me obligó a sostenerle la mirada.

—Lo has hecho bien. Ahora vas a correrte conmigo una vez más.

Se colocó detrás de mí y me la metió en el coño de una sola vez, empujando dentro de la mezcla espesa de flujo y corridas ajenas. Gemí tan fuerte que casi me caí de brazos. Él me sujetó de la cintura y empezó a follarme con violencia controlada, como si quisiera marcar su propiedad sobre un cuerpo que acababan de compartirle.

—Así —jadeó—. Así te quiero. Abierta, usada y todavía hambrienta.

Me pasó una mano por delante y encontró mi clítoris inflamado. Empezó a frotarlo con precisión brutal, sin reducir el ritmo de las embestidas. Yo ya estaba al límite, tan sensible que cada roce me dolía y me encantaba al mismo tiempo.

—Diles de quién eres.

Tragué saliva. Apenas me salía la voz.

—Suya... —murmuré.

Me tiró del collar hacia atrás.

—Más claro.

—Soy suya.

Los hombres alrededor soltaron murmullos satisfechos. Darío aceleró. Su pelvis chocaba contra mi culo con golpes secos que retumbaban en la sala. Yo me deshacía debajo de él, abierta, empapada y todavía buscando más aire.

—Córrete —ordenó, frotándome más fuerte.

Me corrí de inmediato. El orgasmo me vació por dentro. Temblé, me derrumbé sobre los antebrazos y sentí cómo él seguía dándome unas cuantas embestidas más antes de correrse también, enterrado hasta el fondo.

Quedamos así unos segundos. Su polla dentro, mi respiración hecha pedazos, el silencio de los otros hombres reacomodándose la ropa, sirviéndose whisky, volviendo poco a poco al papel ejecutivo que habían dejado aparcado durante horas.

Darío salió de mí y me dio una palmada en el culo.

—A la mesa no. Al suelo. Quédate disponible.

Y eso hice.

Durante el resto de la reunión, mientras hablaban de contratos, cifras y cargos, yo seguí en la alfombra, de rodillas, con el collar puesto. Cada vez que alguno me llamaba con un gesto o con un chasquido de dedos, me acercaba. A veces era para chupar una polla hasta dejarla limpia. A veces para dejar que me tocaran las tetas mientras cerraban un trato. A veces solo para abrir la boca y recibir la punta caliente, unos minutos, el tiempo suficiente para que descargaran tensión sin interrumpir la conversación.

No volví a ser una persona en esa sala. Fui una extensión del poder de aquellos hombres. Una herramienta. Un premio. Una mascota bien adiestrada que gateaba entre zapatos caros y sillas de cuero, con el maquillaje corrido y el cuerpo marcado por dedos, dientes y palmadas.

Cuando por fin salimos, ya era de noche. Apenas podía caminar recto. En el ascensor, Darío me sostuvo por la cintura y me miró reflejada en el espejo: el cuello ceñido por el collar, el pelo deshecho, la blusa mal abrochada, la expresión vacía y satisfecha.

—Van a pedirte otra vez —dijo, con una sonrisa tranquila—. Les encantaste.

Yo debería haberme sentido sucia. Debería haber llorado o haberme negado a volver. En vez de eso, apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos, sintiendo todavía el eco de todas aquellas manos en mi piel.

—Lo sé —respondí.

Y lo peor, o quizá lo más sincero, fue que una parte de mí ya estaba esperando la siguiente reunión.

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Comentarios(7)

CarlosBA

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Soñadora_mx

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo

TintaNocturna

Me encanto la tension desde el principio, se siente muy real. Sigue subiendo relatos asi!

Fernanda_08

Me recordo una situacion parecida que vivi hace años... todavia lo pienso jaja. Muy buen relato

Marto_99

increible, de los mejores que lei en este sitio

PabloCorvalan

Cuanto de esto es real? porque se siente muy autentico, demasiado bien descripto para ser solo fantasia

NocturnaLect

Lo lei de un tiron. Muy bien narrado, con mucha tension y ritmo. Espero el proximo

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