La sesión bdsm después de una noche salvaje
Me llamo Mara y no voy a fingir pudor a estas alturas. Cuando me desperté aquella mañana, tenía la boca pastosa, el cuerpo molido y el olor de la noche anterior pegado a la piel como una segunda capa. Podía haberme duchado. Podía haberme lavado los dientes, despejado la habitación y hacer como si fuera una mujer decente recibiendo una visita cualquiera. No quise.
Me gustaba demasiado presentarme así: usada, sudada, marcada, todavía caliente por dentro. Había algo en verme convertida en el resto de la fiesta, en un cuerpo cansado que aún servía para más, que me encendía de una forma sucia y precisa. No era solo vicio. También era trabajo, juego y una forma muy concreta de poder.
La suite olía a alcohol derramado, perfume barato y sábanas húmedas. A mi lado dormía Lidia, enredada entre las mantas con una pierna encima de la mía, como si durante la noche hubiéramos acabado fusionadas. Le di un beso en la comisura de los labios. Ni se movió. Tenía la respiración pesada de quien había follado, bebido y corrido demasiado como para volver al mundo tan pronto.
Qué suerte la suya, pensé. Yo tenía una cita.
Me incorporé despacio. La nuca me latía. Entre los muslos notaba esa mezcla pegajosa de flujo seco, lubricante y semen viejo que una termina reconociendo sin necesidad de mirarse. Caminé descalza hasta el baño y al encender la luz me encontré una versión de mí que me hizo sonreír: rimel corrido, el pelo deshecho, mordidas antiguas en el cuello y la barriga plana surcada por marcas rojizas de manos y dientes.
Me dieron ganas de dejarme incluso peor.
Meé con calma, solo lo justo para aliviar presión. Sabía perfectamente lo que le gustaba a Darío, y parte de la diversión consistía en llegar al borde, no vaciarlo todo. Luego fui a la cocina de la suite, me serví un café oscuro y encendí un cigarro. Desnuda, despeinada, con la taza en la mano y la ceniza temblándome entre los dedos, esperé el timbre.
No tardó.
Miré por la mirilla para alargarle la espera dos segundos más. Ahí estaba: camisa cerrada hasta arriba, mandíbula tensa, los ojos hambrientos. Un hombre de esos que por la calle parecen ordenados y serios, pero que en cuanto cierras la puerta quieren arrastrarse detrás de un olor, una humillación o un agujero. Abrí sin taparme.
—Pasa —le dije, apartándome—. Llegas puntual, como siempre.
Su mirada me recorrió desde la cara hasta los pies con una avidez tan descarada que casi me hizo reír. Cerró la puerta detrás de él y se inclinó para besarme. Le devolví el beso con la lengua. Noté su aliento espeso, su urgencia, el pequeño gruñido que se le escapó cuando mi mano le rozó el paquete por encima del pantalón.
—Joder, Mara —murmuró—. Estás hecha un desastre.
—Y te encanta verme así.
—Sí.
—Lo sé.
Lo guié por el pasillo sin prisa, sabiendo que mis caderas le iban marcando el camino. Antes de entrar a la habitación secundaria, me giré y me llevé un dedo a los labios.
—Baja la voz. Mi amiga sigue dormida en la otra pieza.
Eso lo excitó aún más. Se le notó en la forma de tragar saliva, en el brillo de los ojos y en cómo se apresuró a desabrocharse la camisa en cuanto cruzó la puerta. Yo dejé el café sobre la mesa, me senté en una butaca frente a él y abrí las piernas lo justo para que viera el estado en que seguía.
—No me he duchado —le dije—. Ni me he lavado la boca. Ni he limpiado nada de anoche.
—Ya me di cuenta.
—Venías buscando exactamente eso.
—Venía a adorarte sucia.
Negué con una sonrisa corta.
—No. Venías a obedecer.
Ese matiz cambió algo en el aire. A él le gustaba jugar al cerdo, al hombre dominado por sus propios fetiches, pero lo que de verdad lo sacaba de sí era que yo se lo dijera a la cara, que lo bajara un escalón y lo dejara ahí. Dio un paso hacia mí. Lo frené levantando la mano.
—Desnúdate. Despacio. Y no te toques.
Me obedeció. Primero la camisa, luego el cinturón, después el pantalón y los calzoncillos. Su polla cayó pesada, gruesa, todavía medio cubierta, y ya lo bastante dura como para señalar hacia su ombligo. Los huevos los traía cargados. Se le notaba en la tirantez de la piel y en esa forma de respirar a medias, conteniéndose.
—Llevas días guardándote para esto, ¿verdad?
—Sí.
—Qué buen perro.
Le indiqué la butaca con un gesto. Cuando se sentó, me acerqué y me arrodillé entre sus piernas. No lo besé ni le chupé la polla. Hundí la cara entre sus muslos y respiré. Sudor, piel cerrada, culo recién despierto. A él se le escapó un jadeo seco.
—Todavía no te la voy a mamar —le avisé—. Antes vas a ganártelo.
Le tomé una mano y la guié hasta mi taza de café. En la mesita había dejado un pequeño preservativo anudado que había encontrado más temprano entre las sábanas arrugadas. No necesitaba explicarle nada. Bastó con alzar una ceja.
—Ábrelo.
—Mara...
—Ábrelo y vacíalo en mi café.
Obedeció. Le temblaban un poco los dedos. El líquido más claro que espeso cayó en la taza oscura y formó una nube pálida antes de perderse. Yo lo miraba a él, no al contenido. Me gustaba más su cara que cualquier otra cosa: esa mezcla de vergüenza, deseo y alivio al saberse exactamente donde quería estar.
—Revuelve.
Lo hizo con una cucharilla. Después, sin que se lo pidiera, escupió dentro y volvió a mezclar.
—Muy bien —dije.
Tomé la taza, di un sorbo largo y no aparté los ojos de los suyos. El café ya estaba tibio, áspero, con ese gusto salado de fondo que a mí me calentaba más por lo que significaba que por el sabor en sí. Tragué despacio y dejé la lengua un segundo fuera, apenas para que la viera.
—Mírame mientras bebo.
Su polla dio un tirón. No la tocó. Sabía que si se corría antes de tiempo, lo haría pagar.
Dejé la taza a un lado y me agaché a sus pies. Llevaba zapatos sin calcetines. Se los quité, uno por uno, y el olor me golpeó de frente: cuero, encierro, sudor viejo. Justo lo que él sabía que yo había querido encontrar. Le besé el empeine, luego los dedos. Después abrí su pie con la mano y le pasé la lengua entre uno y otro.
—Así te quiero —murmuré—. Quieto y agradecido.
Le lamí las plantas con lentitud, ensuciándome la boca con su sabor. Él me miraba como si yo fuera un altar y una condena al mismo tiempo. Cuando terminé con un pie, seguí con el otro, chupando sus dedos uno por uno hasta dejarlos mojados.
—Ahora tú.
Lo hice tumbarse en la cama. Subí de pie al colchón y me coloqué sobre su cara. Mis pies estaban negros en las plantas de andar descalza desde la madrugada, y supe que los vio antes de besarme los tobillos. Le apoyé un pie sobre la boca.
—Límpialo.
Empezó por el talón, luego el arco, la almohadilla, los dedos. Abría la boca para atraparlos enteros, los chupaba, volvía a pasar la lengua por la suciedad pegada y gemía cada vez que le aumentaba la presión sobre la cara. Cuando un pie estuvo bastante limpio, le di el otro.
—Más.
Lo devoró con un entusiasmo obsceno. Yo tenía una mano apoyada en la pared y la otra entre mis piernas, rozándome apenas. No buscaba correrme todavía. Buscaba subirlo más, tensarlo, convertirlo en un cable a punto de romperse.
Cuando terminé con sus labios en mis pies, me di la vuelta y bajé el cuerpo hasta sentarme sobre su cara. Su primera respiración contra mi coño fue un golpe de calor. Jadeó como si de verdad hubiera estado esperando ese olor toda la mañana.
—Come —le ordené.
La lengua apareció de inmediato. Primero me lamió los labios, separándolos poco a poco, recogiendo la humedad vieja mezclada con la nueva. Después se metió más hondo, buscándome con hambre, repasando mi entrada, subiendo al clítoris, bajando otra vez. Yo abrí más las piernas y le sujeté el pelo.
—Sin prisa, cerdo. Quiero que te empapes bien.
Me obedeció. Chupaba y lamía con una devoción casi ridícula, pero no había nada tierno en ello. Era sucio, hambriento, ansioso. Le moví las caderas para frotarme mejor contra su boca y le noté el gruñido atrapado en la garganta. Mi coño empezaba a palpitar. El cansancio de la mañana se iba apartando, reemplazado por esa corriente densa que me convertía otra vez en pura necesidad.
—Méteme la lengua de verdad.
La hundió dentro. Entraba y salía, luego volvía al clítoris, luego a mi entrada otra vez. Yo me sostuve sobre sus hombros y empecé a cabalgarle la cara más fuerte. Cada vez que rozaba su nariz con mi raja, soltaba un gemido bajo. Estaba empapándome de saliva y deseo.
—Eso es. Así. No pares.
Me corrí la primera vez apretándole la cara entre los muslos. No fue un orgasmo delicado ni elegante. Fue un espasmo bronco que me dejó temblando y me hizo descargarle en la boca con un gemido ronco, apenas reprimido para no despertar a Lidia. Darío siguió lamiendo mientras yo me recuperaba, aprovechando cada contracción, tragándose todo lo que podía.
Me separé un momento, respirando fuerte. Su polla estaba tiesa, roja, brillando en la base de tanto tensarse sola. Aun así no la toqué. Bajé la vista a su cara mojada y sonreí.
—Todavía no te ganaste la corrida.
—Fóllame la cara con el coño otra vez —me pidió, casi suplicando.
—Qué bien suplicas.
Me giré de nuevo, esta vez dándole la espalda por completo. Me puse en cuclillas sobre su boca, abriéndome con las manos para él. Sentí el aire de su respiración en el culo antes de que sacara la lengua y me la clavara en el agujero con una avidez que me hizo estremecer.
—Ahí —dije—. Ahí quiero esa lengua.
Me lamió el ano como si fuera a encontrar oro. Lento al principio, luego con más insistencia, abriendo, mojando, metiendo la punta y sacándola. Yo me agarré al cabecero y empecé a mover la cadera hacia atrás, restregándole el culo en la boca. Cada contacto me daba un calambre de placer sucio que me bajaba directo al coño.
—Más adentro.
La lengua volvió a entrar. Gemí sin disimulo. Me encantaba notar cómo se entregaba a lo que yo le diera, cómo convertía mi cuerpo entero en un menú. Coño, culo, muslos, pies, sudor, saliva. Todo era suyo solo porque yo decidía que lo fuera.
Cuando ya lo sentí temblar debajo, me bajé de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Por fin envolví su polla con la mano. El simple contacto lo hizo cerrar los ojos con violencia.
—Mírame —le exigí.
Los abrió.
—Si te corres sin permiso, se acaba.
—No lo haré.
Le bajé el prepucio despacio con la lengua pegada a la punta. El glande estaba húmedo, caliente, sensible. Lo lamí alrededor, recogiendo el sabor concentrado que llevaba guardado. Luego lo tomé en la boca y empecé a chuparlo con calma, sin dejar que entrara entero. Solo la punta, la corona, pequeños movimientos para torturarlo.
—Joder... —soltó, apretando las sábanas.
—Eso no fue una orden. Quédate quieto.
Le masajeé los huevos con la mano libre, pesándolos, notando la carga. Después sí lo metí más adentro, tragando poco a poco hasta sentirlo golpearme el fondo de la garganta. Me retiré para coger aire, escupí sobre el glande y volví a engullirlo, esta vez con un ritmo más firme. Mi mano trabajaba la base mientras la boca subía y bajaba. Lo oí jadear, lo sentí intentar no empujar.
Me saqué la polla de la boca con un hilo de saliva colgando y me la restregué entre los labios del coño. Estaba tan mojada que se deslizaba sola.
—¿Ves esto? —le dije—. Es por tenerte debajo obedeciendo como un cerdo hambriento.
Sin darle tiempo a responder, me subí encima de él y me senté sobre su polla de un golpe seco.
Los dos soltamos aire al mismo tiempo.
La tenía gruesa, dura de verdad, llena de esa presión retenida que yo le había cocinado durante toda la sesión. Bajé hasta el fondo, notando cómo me abría, y me quedé ahí un segundo, con las manos apoyadas en su pecho, disfrutando de esa sensación de llenura total.
—Ahora sí —murmuré—. Ahora me vas a follar cuando yo te deje.
Empecé a moverme despacio. Arriba y abajo. Muy despacio. Lo justo para que me notara apretada, caliente, empapada. Cada vez que subía, la punta me rozaba por dentro y me arrancaba un pequeño espasmo. Cada vez que bajaba, sentía sus huevos golpearme el culo.
Darío me miraba fascinado, como si le doliera no embestir de una vez.
—No te muevas —le repetí—. Quieta esa cadera.
Seguí cabalgándolo con un ritmo que era más castigo que placer para él, y precisamente por eso me estaba poniendo loca. Luego me incliné hacia adelante, le metí dos dedos en la boca y dejé que los chupara. Mientras lo hacía, empecé a moverme más rápido.
La cama crujió. Mi coño ya no deslizaba: lo ordeñaba. Subía casi hasta sacármela y volvía a caer, clavándomelo entero. Una y otra vez. Sentía cómo su polla se endurecía todavía más dentro de mí, cómo su abdomen se contraía cada vez que estaba por perder el control.
—Dime quién manda.
—Tú.
—Más claro.
—Tú mandas.
—¿Y tú qué eres?
Tragó saliva.
—Tu sumiso.
—Mi sumiso sucio —corregí, y le di una bofetada leve en la cara—. No lo olvides.
Me agarró de las caderas solo cuando se lo permití. Entonces sí le dejé acompañar mis movimientos, primero con empujes cortos, luego con embestidas más serias. El cambio me atravesó. Mi espalda se arqueó sola. Me corrí un poco en cada golpe, pero aún no del todo. Necesitaba más.
Me aparté de su polla, lo giré boca abajo y me coloqué a cuatro patas sobre la cama.
—Ven. Fóllame así.
Lo escuché levantarse detrás de mí. Me abrió las nalgas con las manos y me escupió justo en el culo antes de pasar la lengua una vez más por el agujero. Ese detalle me hizo gemir con rabia. Después colocó la punta en mi coño y me penetró de una sola embestida hasta el fondo.
—Ah, hijo de puta...
—Perdón —jadeó.
—No te disculpes. Sigue.
Empezó a follarme duro. Ya no había espacio para la ceremonia. Su pelvis golpeaba mis nalgas con un sonido húmedo y repetido. Yo me agarraba a la sábana, la cara hundida en el colchón, dejando que me abriera a su gusto mientras él obedecía la única orden que importaba: no parar.
—Más fuerte.
Me dio más fuerte.
—Así. Así. Revienta ese coño.
Las palabras salían solas, mezcladas con gemidos y aire. Él gruñía detrás de mí, descontrolado pero aún pendiente de no correrse. Le notaba la urgencia en la forma de clavarse más adentro, en cómo me sujetaba las caderas para hundirme de nuevo contra su polla cada vez que intentaba apartarme un centímetro.
Metí una mano entre mis piernas y me froté el clítoris mientras me follaba. Eso fue suficiente para lanzarme. El orgasmo me subió desde la pelvis a la garganta como una descarga. Me corrí de verdad, apretándole la polla con el coño mientras temblaba y decía su nombre entre dientes.
Él soltó un gemido roto.
—No te corras todavía —le ordené, todavía estremeciéndome.
Se quedó dentro, quieto, respirando como un animal acorralado. Yo me di la vuelta, lo empujé para sentarlo en el borde de la cama y volví a arrodillarme. Me pasé la lengua por los labios y envolví su polla otra vez. Sabía a mí, a saliva, a sexo recién batido. La chupé con brutalidad, apretando la base con la mano, masajeando sus huevos al mismo tiempo.
—Ahora sí puedes suplicarlo.
—Déjame correrme en tu boca —dijo con la voz quebrada.
—Eso está mejor.
Lo metí hasta el fondo y empecé a tragarlo con un ritmo constante, profundo, húmedo. Su respiración se volvió errática. Me agarró del pelo, no para mandar, sino para sujetarse. Yo seguí mamando, mirándolo desde abajo, sintiendo el momento exacto en que perdió toda la pelea.
—Me corro... me corro...
Le respondí metiéndomelo más hondo.
Se vació en mi boca con espasmos largos. Lo sentí pulsar una, dos, tres veces, descargando caliente contra mi lengua y mi garganta. No lo solté. Tragué, volví a chupar, lo ordeñé hasta la última gota. Cuando por fin lo dejé salir, aún le temblaban las piernas.
—Muy bien —dije, limpiándome la comisura con el dorso de la mano—. Te portaste como debías.
Él seguía jadeando, con esa expresión vacía y satisfecha que me gustaba ver al final. Lo llevé al baño para que se enjuagara la cara y orinara. Me arrodillé otra vez frente a él cuando terminó y le lamí las últimas gotas de la punta, despacio, solo para verlo cerrar los ojos otra vez.
—Siempre consigues dejarme hecho mierda —murmuró.
—Por eso vuelves.
—Sí.
—Y volverás más necesitado.
—También.
Le sonreí. No hacía falta decir mucho más. Cuando salió vestido de la suite, me dejó el sobre sobre la mesa y me besó con suavidad, casi contradictoria después de todo lo demás. Cerré la puerta y me apoyé un momento en ella, notando el cansancio regresar poco a poco, mezclado con esa paz densa que queda después de una buena corrida.
***
Volví al dormitorio principal desnuda, todavía húmeda entre las piernas. Lidia seguía dormida de lado, con el culo apenas cubierto por la sábana. La habitación olía a encierro, sudor femenino y deseo reposado. Me metí detrás de ella buscando calor. Al pegarme a su espalda, soltó un murmullo y movió la cadera contra mi pubis.
—¿Ya terminaste? —preguntó sin abrir los ojos.
—Sí. Duérmete.
Le metí la mano entre los muslos. Estaba mojada.
—Mentira —dijo, con media sonrisa—. Huelo en ti que no fue para dormir.
—Luego te cuento.
Le apreté un pezón y ella suspiró. Yo aún tenía el sabor de Darío en la boca, el coño sensible y el cuerpo rendido, pero también esa saciedad animal que me dejaba blanda y feliz. La abracé por la cintura, pegué la nariz a su nuca y cerré los ojos.
Antes de dormirme, pensé que quizá la gente sí notaba algo cuando me cruzaba con ella por la calle: no un olor exacto, sino una clase de abandono, una forma de caminar después de haber sido usada y haber disfrutado hasta el fondo. Y la verdad es que me daba igual. Porque esa mañana, una vez más, había hecho exactamente lo que había querido con mi cuerpo, con su deseo y con el mío.
Y no se me ocurría una manera mejor de volver a dormir.
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