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Relatos Ardientes

Confesión de una sumisa en una noche extrema

Todo empezó en la piscina de una casa alquilada para pasar el fin de semana. Éramos adultos, todos con más de treinta años, y hacía tiempo que mi esposo, Diego, y yo jugábamos con la idea de llevar mi sumisión más lejos. No era una fantasía nueva, pero esa tarde dejó de ser una conversación privada y se volvió algo real.

Yo nadaba sola cuando Bruno apareció en la terraza. Se quitó la camisa sin apuro, agarró el lubricante de una mesa y se metió al agua conmigo. Me besó como si ya tuviera permiso para hacerlo todo, y yo le respondí hundiendo los dedos en su nuca mientras sus manos me recorrían bajo el agua.

Primero me tocó los pechos, apretándolos con una seguridad que me hizo jadear contra su boca. Después bajó una mano entre mis piernas y encontró mi sexo mojado, caliente, abierto para él. Yo llevaba un plug pequeño desde la mañana, y cuando sus dedos jugaron con la base, me estremecí tanto que tuve que agarrarme del borde de la piscina.

—Te gusta que te preparen, ¿verdad? —murmuró.

—Sí —dije, sin poder fingir calma—. Me gusta mucho.

Salimos chorreando agua y me hizo inclinarme sobre una reposera. Me abrió las nalgas, puso más lubricante y empujó el plug despacio, sacándolo y metiéndolo hasta que mi culo empezó a ceder. El sol me calentaba la espalda, pero lo que me tenía temblando era la sensación de estar siendo abierta en una terraza donde cualquiera de los otros podía aparecer.

Y aparecieron. Diego llegó primero, con esa mirada tranquila que me volvía dócil, y detrás venía Ramiro, mi jefe, que ya conocía parte de nuestros juegos. Ninguno preguntó nada. Se acercaron, me tocaron como si mi cuerpo fuera el centro de la tarde, y yo abrí la boca antes de que me lo pidieran.

Les chupé la verga a los tres por turnos, de rodillas sobre la madera caliente. Diego me sostenía el pelo, Bruno me acariciaba el culo y Ramiro me metía los dedos en la boca cuando me apartaba para respirar. Yo sentía el sabor salado de sus pollas, la humedad en la barbilla, el peso de sus manos guiándome, y me excitaba saber que mi esposo estaba mirando cada gesto.

Traje una copa desde la mesa y la dejé a un lado.

—Quiero que acaben aquí —les dije—. Todo. No desperdicien nada.

Eso los encendió más. Diego me puso contra el borde de la piscina y me penetró por la vagina mientras Bruno me besaba y Ramiro me ofrecía la verga para que siguiera chupando. Mi esposo empezó con embestidas lentas, profundas, marcando un ritmo que me hacía abrir más las piernas. Cada vez que entraba hasta el fondo, yo gemía alrededor de la polla de Ramiro y sentía que perdía el control de mi propia respiración.

Bruno no tardó en reclamar su turno. Me puso de espaldas sobre la reposera, levantó mis piernas y me folló fuerte, con una mano en mi garganta y la otra apretándome una teta. Diego se quedó junto a mi cara, acariciándome el pelo mientras yo lo masturbaba, y Ramiro jugaba con mi culo, metiendo y sacando el plug hasta que me dejó suplicando por más.

—Dime qué quieres —ordenó Diego.

—Quiero que me usen —respondí—. Quiero que me abran toda.

Después de comer algo, mientras ellos seguían tocándome bajo la mesa, les hablé de Iván, un hombre con el que había estado la noche anterior. Cambié el nombre en mi cabeza incluso entonces, como si necesitara mantener una distancia mínima con la realidad, pero el deseo no tenía distancia. Les dije que podía llamarlo, que quería sentirlo otra vez, sobre todo en el culo.

Diego sonrió y me pasó el teléfono. Lo llamé con los dedos todavía manchados de lubricante.

—Si quieres venir a coger un rato conmigo, ven ahora —le dije.

Cuando Iván llegó, los otros tres estaban alrededor de mí como si la tarde hubiera sido diseñada para eso. Era alto, ancho de hombros, con una calma que me puso nerviosa. Me arrodillé apenas entró, le bajé el cierre y le chupé la verga hasta que se endureció por completo en mi boca.

Diego le ofreció un jugo y yo lo besé, todavía con el sabor de Iván en la lengua.

—Tres condiciones —le dije, mirándolo a los ojos—: duro, profundo y sin compasión. Y cuando acabes, la copa.

Iván no perdió tiempo. Me empujó contra la pared de la terraza, me levantó una pierna y me metió la verga en el culo con una presión que me arrancó un grito. Estaba lubricada y abierta, pero aun así sentí cómo me partía despacio, centímetro a centímetro, hasta que apoyó la pelvis contra mis nalgas. Me quedé sin aire.

—Así —jadeé—. No pares.

Me folló contra la pared primero, con embestidas secas que me hacían golpear los azulejos con las palmas. Luego me llevó al mueble de exterior, me dobló sobre los cojines y siguió dándome por el culo mientras yo miraba a Diego, Bruno y Ramiro con los ojos llenos de lágrimas de placer. Ellos observaban, excitados, hasta que no pude callarme.

—¿Se van a quedar mirando o también me van a coger?

Se acercaron todos. Diego se puso frente a mi boca, Ramiro me ofreció la mano para que lo masturbara y Bruno se acomodó detrás de Iván, esperando su momento. Iván salió de mi culo y me penetró por la vagina, brutal, resbalando con la mezcla de lubricante y mi excitación. Diego ocupó mi boca y Bruno, después de preparar mi ano con más lubricante, entró despacio detrás de mí.

Sentí una verga en la boca, otra en la vagina y otra abriéndome el culo. El cuerpo me tembló entero. Ramiro me sostenía una mano sobre su pene y me decía que siguiera, que no dejara de tocarlo. Yo gemía ahogada, babeando sobre Diego, sintiendo que cada agujero estaba lleno y que esa presión me llevaba a un lugar donde solo existían el calor, el ritmo y las órdenes.

Acabaron por turnos en la copa. Algunos dentro de mí antes de retirarse, otros directamente sobre el vidrio, y yo miraba el líquido espeso acumularse con una mezcla de vergüenza y hambre. Cuando la copa llegó a la mitad, Diego le agregó vodka, me la acercó a los labios y yo bebí sin dejar una gota.

Más tarde Ramiro e Iván se fueron. Me quedé con Diego y Bruno, agotada, mojada y con el cuerpo sensible. Mi esposo sacó las muñequeras, las tobilleras y un collar negro. Me los puso uno por uno, con calma, y esa ceremonia simple me devolvió a mi lugar de sumisa.

Me cogieron varias veces durante la noche. Diego me sujetaba las muñecas por encima de la cabeza mientras Bruno me follaba por detrás, y después cambiaban, uno en mi boca y el otro entre mis piernas. Me hicieron correrme tantas veces que perdí la cuenta. Cuando Diego se durmió un rato, Bruno siguió conmigo, más lento al principio, besándome la espalda, y luego más duro, hasta dejarme temblando sobre las sábanas húmedas.

Al amanecer, Diego volvió con una manta. Dormí un poco entre los dos, y al despertar fui al baño, me lavé la boca y regresé desnuda al cuarto. Besé primero a mi esposo, profundo, agradecida por la forma en que sabía llevarme hasta el límite. Después besé a Bruno y bajé entre sus piernas.

Les hice sexo oral a los dos, alternando mi boca entre sus vergas duras. Me subí sobre Diego y lo monté despacio, sintiendo cómo me llenaba de nuevo, mientras Bruno se colocaba detrás de mí. Con más lubricante y paciencia, me penetró el culo al mismo tiempo que mi esposo empujaba desde abajo. La doble penetración me arrancó un gemido largo, casi ronco, y acabé inclinada sobre el pecho de Diego mientras ellos seguían moviéndose dentro de mí.

Desayunamos tarde, como si fuéramos personas normales, y después volvimos a coger. Bruno se fue cerca de las siete, y Diego y yo pasamos el resto del día entre siestas, duchas y sexo lento. Yo caminaba con las piernas flojas, abierta, dolorida de una forma que me hacía sonreír.

Por la noche, cuando regresé de hacer unos pendientes, Diego me estaba esperando con una caja nueva sobre la cama.

—Tenemos salida —dijo.

No pregunté demasiado. Me puso un dilatador anal de bolas grandes, una por una, hasta que el culo me quedó lleno y pulsando. Después me folló analmente, duro, apoyándome contra el colchón, y me dio un dildo de base gruesa para que yo misma me sentara encima. Obedecí. Lo puse en el piso, me agaché sobre él y empecé a bajar, sintiendo cómo me abría otra vez mientras Diego me ordenaba ir más rápido.

Antes de salir me puso un plug de bolas en el culo y unas bolas chinas grandes en la vagina. Me ayudó a entrar en un traje negro de látex con cierre frontal, completo, ajustado, y me tomó fotos para los hombres. Luego, antes de subir al carro, me recostó contra la puerta, abrió el cierre y cambió las bolas chinas por un vibrador vaginal. Cerró de nuevo, me dio un abrigo largo y manejó hasta un restaurante elegante.

Durante la cena, Diego encendía y apagaba el vibrador desde su teléfono. Yo apretaba los muslos, mordía el borde del vaso y fingía leer la carta mientras el placer me subía por la espalda. Frente a nosotros había un hombre solo, de unos treinta y tantos, musculoso, con camisa blanca y mirada curiosa. Diego me pasó un mensaje por debajo de la mesa.

«¿Quieres ser mi sumisa sexual toda la noche?»

Le respondí sin dudar: «Sí. Dame mucho placer, duro y profundo».

El siguiente mensaje me hizo temblar más que el vibrador. Me ordenó acercarme al hombre, decirle que me siguiera al baño del piso de abajo y pedirle que me cogiera el culo con condón. Cuando Diego subió la intensidad al máximo, me levanté casi sin poder caminar.

Me senté frente al desconocido y le mostré el mensaje. Él leyó, me miró, miró a Diego y tragó saliva.

—¿De verdad quieres eso? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí—. En el baño de abajo. Duro.

Bajamos por la escalera de emergencia. Me quité el abrigo y él se quedó inmóvil al verme en látex, con el cierre apenas entreabierto y el plug marcando mi culo. Le puse un condón en la mano, me incliné contra la pared y le pedí que bajara el cierre.

Me quitó el plug con cuidado, pero cuando entró fue directo. Su pene era normal, firme, suficiente para hacerme gemir con el cuerpo todavía sensible de la noche anterior. Me folló en la escalera, con una mano en mi cintura y la otra tapándome la boca cuando mis gemidos subían demasiado.

En el baño le puse otro condón y volvió a meterme la verga en el culo. Diego encendió el vibrador desde arriba justo cuando el hombre aceleraba, y tuve un orgasmo fuerte, doblada sobre el lavamanos, con el látex pegado al cuerpo y las piernas temblando. Lo hicimos una tercera vez antes de que me ayudara a poner de nuevo el plug y cerrar el traje.

Al volver a la mesa, Diego ni siquiera fingió sorpresa.

—¿Cuántas veces? —preguntó.

—Tres.

—¿Bien adentro?

—Sí, señor.

—Entonces prepárate. Lo de esta noche apenas empieza.

Después me llevó a un hotel BDSM llamado El Umbral. En la habitación nos esperaba un hombre mayor, fuerte, vestido de negro, encargado de atarme como Diego quisiera. Mi esposo abrió el cierre del traje, retiró los juguetes que llevaba dentro y me penetró el culo allí mismo, de pie, como si necesitara marcarme antes de entregarme al resto de la noche.

Había una máquina folladora con dos dildos grandes. Cuando la vi, se me secó la boca.

—¿Eso es para mí?

—Para ti —dijo Diego—. Para que no olvides quién manda.

Me guiaron a un cepo donde metí la cabeza y las manos. Cerraron la pieza de madera y quedé doblada, expuesta, con las piernas abiertas. Colocaron una punta frente a mi vagina y otra contra mi culo, lubricaron todo y encendieron la máquina a baja velocidad. La primera entrada me hizo gritar. La segunda me hizo empujar hacia atrás.

Las vergas artificiales entraban y salían con una precisión despiadada. Mi esposo me azotaba las nalgas con la mano abierta, y cada golpe me hacía contraerme alrededor de los dildos. Subieron la velocidad poco a poco, hasta que ya no podía distinguir entre dolor y placer. Me corrí con la frente apoyada en la madera, babeando, mientras Diego me metía su verga en la boca y me obligaba a recibirlo en la garganta.

Después me quitó el traje de látex por completo. Me dejaron desnuda, me cruzaron cuerdas por el pecho, la cintura y los muslos, y volvieron a colocarme frente a la máquina. Me cogió durante tanto tiempo que perdí noción de los minutos. Me venía, bajaban la velocidad, me recuperaba un poco y volvían a subirla hasta arrancarme otro orgasmo.

Cuando por fin me desataron, me vendaron los ojos y me pusieron una mordaza que me mantenía la boca abierta. Me arrodillaron con las manos sujetas al collar. Al principio solo sentí manos: en los pechos, en las nalgas, entre las piernas, comprobando lo mojada y abierta que estaba. Luego entró la primera verga en mi boca.

Otra se apoyó contra mi culo. Lubricante frío, presión caliente, una embestida lenta y profunda. Después otra boca cerca de mi oído, otra mano sujetándome la cintura, otro pene frotándose contra mi vagina. No sabía cuántos eran. Solo sabía que Diego estaba cerca, porque reconocía su voz cuando decía:

—Así. Recíbelos.

Me levantaron entre varios y terminé con una verga en la vagina y otra en el culo, suspendida por brazos firmes que me sostenían los muslos. Luego me llevaron a una mesa, me ataron de nuevo y empezaron a cogerme por turnos. Una verga salía de mi boca y otra entraba en mi coño; cuando esa se retiraba, otra ocupaba mi culo. Yo ya no pensaba. Gemía, tragaba, me abría, obedecía.

En una silla, con las piernas sujetas hacia arriba, volvieron a penetrarme una y otra vez. El cuerpo me ardía. Tenía los muslos temblando, la garganta sensible y el culo tan abierto que cada entrada parecía imposible y, aun así, mi cuerpo la aceptaba. Me corrí varias veces más, con espasmos que me dejaban sin fuerza.

El último tramo fue en una mesa más baja. Me pusieron con las piernas levantadas, las muñecas atadas y la cabeza hacia atrás, mientras las vergas entraban por turnos, profundas, fuertes, llenándome hasta el límite. Cuando todo terminó, yo estaba sudada, ronca, con el cuerpo marcado por las cuerdas y los golpes.

Diego me quitó la venda. Tenía una copa llena en la mano.

—Para ti —dijo—. Sin dejar una gota.

La bebí despacio, mirándolo a los ojos. Me puso el abrigo encima y me llevó a casa cerca de las cuatro de la mañana. Me dolía todo, pero era un dolor lleno de memoria.

Me bañé con agua tibia y, cuando salí, Diego me mostró un video. Ahí estaba yo, atada, abierta, rodeada por cinco hombres adultos, incluido mi esposo, entregada a una noche que todavía me hacía temblar. Poco después llegó un mensaje de Ramiro: «Quédate trabajando desde casa. Descansa. Seguro mañana todavía vas a sentirlo».

Dejé el teléfono boca abajo y me acosté junto a Diego. No necesitaba responder. Mi cuerpo ya lo había dicho todo.

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Comentarios(6)

Nati_GBA

increible!!! me dejo sin palabras

CristinaLect

Me encanto como esta contado, se siente real sin pasarse de la raya. Gracias por compartirlo!

MarceloRdz

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

Tomi_83

jajaja el titulo ya me atrajo de entrada y no pude soltar el relato. Tremendo

Luciana_Baires

Me recordo a algo que vivi hace unos años, aunque bastante mas tranquilo jaja. Muy bien narrado

Fer_Neuquen

Esto es real? Como se anima alguien a confesarlo asi de detallado jaja, respeto total

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