Mi novia trajo una jaula de castidad a la playa
Llegó septiembre y con él, por fin, las vacaciones que llevábamos meses planeando. Ese año elegimos un pueblo pequeño de la costa, un sitio de calas escondidas y casas blancas que se llamaba Punta Almez. Nada de hoteles enormes ni de playas con chiringuitos cada cien metros: queríamos desconectar, y queríamos hacerlo solos, Noa y yo.
Llevábamos ya un par de noches en un apartamento que habíamos encontrado de casualidad, con una terraza diminuta desde la que se veía un trozo de mar. Por las mañanas explorábamos los alrededores, y fue ella la que insistió en bajar a una cala nudista de la que había leído, una franja de arena gris escondida entre rocas que llamaban la Cala del Sauce.
Ninguno de los dos había practicado nudismo nunca. Nos daba curiosidad y un poco de vértigo a partes iguales, esa mezcla que tiene todo lo que deseas pero no te atreves a decir en voz alta. Era una buena ocasión para probar algo nuevo, así que metimos dos toallas, una sombrilla y unos bocadillos en la mochila y bajamos.
Las escaleras eran interminables, talladas en la piedra, y según bajábamos veíamos que la cala estaba casi vacía. Apenas ocho o nueve parejas repartidas por la arena y algún que otro hombre solo. Clavamos la sombrilla cerca del agua y entonces empezó la verdadera prueba.
—¿Lo hacemos? —preguntó Noa, mordiéndose el labio.
—Cuando tú quieras —mentí, porque el corazón me iba a mil.
Estuvimos cinco minutos largos sentados, debatiendo si teníamos el valor de quitarnos el bañador en mitad de todo aquello. Al final ella tomó la iniciativa, como casi siempre.
—A la de tres. Uno… dos… —su voz era un susurro travieso—. Tres.
Fuera. Los dos a la vez, sin pensarlo más. Vi de reojo cómo su coño se quedaba al aire, depilado a ras salvo por una fina línea oscura, y cómo sus tetas pequeñas se le movían al agacharse a doblar el bañador. Los pezones se le habían puesto duros solo con el aire, dos puntas rosadas que reclamaban una lengua.
Fue una sensación imposible de describir. Creo que era la primera vez en mi vida que el sol me daba en la polla y en los huevos, y había algo de libertad absurda en aquello, de quitarse no solo la ropa sino también una especie de armadura. Estábamos tan a gusto que hasta nos atrevimos a pasear por la orilla y a meternos en el mar, riéndonos como críos, con la polla balanceándose a cada paso y ella con las tetas rebotando suave.
Pero esa calma duró poco.
Cuando volvimos a la sombrilla, vi que Noa rebuscaba en el bolso con una sonrisa que yo conocía bien. De allí sacó una pequeña jaula de castidad de plástico negro, de esas que habíamos comprado medio en broma meses atrás y que casi nunca usábamos. La sostuvo en la palma de la mano como quien enseña una joya.
—No pretenderás pasearte enseñando esa polla delante de tantas chicas desnudas, ¿verdad? —dijo bajito, mirándome de arriba abajo, con los ojos clavados en mi verga que ya empezaba a hincharse solo de oírla—. Sería un poco vergonzoso. Mejor te la guardamos bien guardada.
No me dio tiempo a contestar.
Un escalofrío me recorrió la espalda entera, y antes de poder pensarlo siquiera ya me la estaba colocando yo mismo, con dedos torpes y la respiración acelerada, encajando el capullo dentro del plástico frío y pasando el anillo por detrás de los huevos. Ella cerró el pequeño candado con un clic seco y se colgó la llave de un cordón fino que llevaba al cuello, junto a una concha que habíamos recogido el primer día.
—Así está mejor —dijo, y me besó en la sien como si nada.
De pronto, sin saber muy bien cómo, me encontré paseando otra vez por la orilla de su mano, con la jaula bien ajustada y la certeza de que ahora sí dejábamos de pasar desapercibidos. Más de uno nos miraba de reojo, intentando disimular, todos fingiendo que observaban el mar mientras se les iban los ojos a mi entrepierna enjaulada, a esa polla ridícula asomando encogida por el plástico. Yo notaba el calor subiéndome a la cara, una mezcla de humillación y de algo más oscuro que no quería reconocer, mientras Noa caminaba a mi lado moviendo las caderas con toda la intención, sabiendo perfectamente que la miraban a ella y me miraban a mí, y disfrutando de cada segundo.
Había un hombre en particular que no disimulaba tanto. Estaba solo, a pocos metros, sobre una toalla azul. Delgado, de espaldas anchas, con esa marca clara de quien pisa el gimnasio a menudo. Tendría poco más de treinta años. Cada vez que pasábamos cerca, sus ojos volvían a nosotros, a ella, a mí, a la jaula. Tenía la polla gorda y pesada apoyada sobre el muslo, no empalmada del todo, pero sí lo bastante hinchada como para llamar la atención. Un buen rabo, de esos que se notan aunque estén en reposo.
—Te está mirando —me susurró Noa al oído, y noté que la idea le gustaba—. Y a ti también se te van los ojos a su polla, ¿verdad, cariño?
Me puse rojo hasta las orejas y no le contesté. Ella se rio bajito y me apretó la mano.
***
La cosa quedó ahí, de momento. Volvimos a la sombrilla, comimos los bocadillos, charlamos de tonterías mientras la tarde se ponía dorada. Para entonces ya casi nadie nos prestaba atención, salvo aquel hombre de la toalla azul, que seguía allí, paciente, como si esperara algo.
Sobre las cuatro y media decidimos recoger. Yo me había vuelto a poner el bañador encima de la jaula, ella se había puesto un vestido fino sin nada debajo. Empezamos a subir las escaleras y, justo al llegar al primer rellano, oímos pasos rápidos detrás.
—Perdonad —era él, algo cortado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón corto—. No he podido evitar fijarme… en lo que llevabais. Me ha parecido increíble. Me encantaría veros un poco más, si no es mucho pedir.
Nos quedamos mudos. Noa y yo nos miramos sin saber qué decir, y yo balbuceé lo primero que se me ocurrió.
—Es… es un juego nuestro, de pareja. Nada más.
—Lo sé, lo entiendo —dijo él, levantando las manos—. No quiero molestar. Solo mirar. Os doy cincuenta euros si me dejáis veros un rato. Sin tocar, lo prometo.
Lo dijo tan serio, tan sin doble intención aparente, que me descolocó del todo. Miré a Noa esperando que cortara aquello de raíz. En vez de eso, ella me miraba a mí con una ceja levantada y una chispa de diversión en los ojos. Tardó un par de segundos en responder, los dos a la vez, casi sin querer.
—Vale.
Él sonrió aliviado y nos dio las gracias como si le hubiéramos hecho el favor de su vida. Dijo que se llamaba Adrián, que tenía el coche arriba, y que nos seguiría hasta donde le dijéramos.
El trayecto fue corto y silencioso, con su coche detrás del nuestro por las calles estrechas del pueblo. Cuando aparcamos delante del apartamento, todavía me parecía mentira lo que estábamos a punto de hacer. Subimos los tres, casi sin hablar. Yo necesitaba ir al baño, así que me metí un momento mientras ellos se quedaban en el salón.
Desde dentro oí sus voces bajas, alguna risa contenida de Noa, el sonido de un cinturón cayendo, el roce de tela. Cuando salí, ella estaba de pie en mitad del dormitorio, con el vestido ya por el suelo y las tetas al aire, y se giró hacia mí con una calma que me puso la piel de gallina.
—He cambiado de idea —dijo—. Hoy el que va a mirar eres tú. Siéntate ahí y no apartes la vista. Como cierres los ojos, te juro que no te la quito en toda la semana.
Señaló una silla junto a la cama.
Mi polla intentó reaccionar dentro de la jaula y el tirón fue casi doloroso, un pinchazo caliente que me subió hasta el estómago. No me podía creer lo que acababa de decir. Quería que la mirase follar con otro, que me quedara quieto en una silla viendo cómo un desconocido se la metía delante de mí. No sabía si reírme o salir corriendo, pero había algo en su voz, esa autoridad tranquila, que me ataba más que cualquier candado. Como buen sumiso, me senté con las manos sobre las rodillas y los ojos muy abiertos, notando cómo el plástico se me clavaba en cada intento de erección.
***
Adrián se quitó la camiseta y el pantalón despacio, sin dejar de mirarla. Cuando se bajó los calzoncillos, la polla le saltó fuera medio empalmada, gruesa, con el prepucio ya recogido y un capullo oscuro y brillante. Se me hizo enorme comparada con la mía enjaulada. Ella se acercó, se la cogió con la mano como quien pesa una fruta, y antes de hacer nada más giró la cabeza hacia mí.
—Mírame a los ojos —me ordenó—. Quiero que veas bien cada cosa que le hago a esta polla.
Y sin apartar la vista de mí ni un segundo, se arrodilló en la alfombra, se la metió en la boca de golpe y empezó a chupársela hasta el fondo. La oía tragar, la veía escupir saliva sobre el capullo y masajearla con las dos manos, sacándosela para lamerle los huevos y volviendo a metérsela entera. Adrián echaba la cabeza hacia atrás con un gemido ronco cada vez que le llegaba a la garganta. Pero ella no lo miraba a él. Me miraba a mí, todo el rato, con esa polla ajena entrando y saliendo de su boca, la barbilla brillante de baba y los ojos clavados en los míos como si aquello fuera un mensaje dirigido solo a mí. Era la cosa más perturbadora y excitante que había sentido nunca, ese contacto fijo mientras chupaba a otro lo que tantas veces me había chupado a mí.
—Está riquísima —murmuró, sacándosela un segundo para hablarme a mí—. Mucho más gorda que la tuya, cariño. Me llena entera.
Y volvió a comérsela, apretando los labios en la base y subiendo despacio, chupando con ganas. Yo apreté los puños en la silla, con la jaula clavándoseme cada vez más.
Después lo empujó sobre la cama y se colocó encima en sentido contrario, los cuerpos cruzados, cada uno con la boca en el sexo del otro. Yo veía desde mi silla cómo Adrián le abría el coño con los dedos y le pasaba la lengua entera, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para chupárselo como si le fuera la vida. Ella se retorcía sobre su cara, restregándose, mientras seguía tragándose aquella polla que ya le goteaba líquido preseminal en la comisura de los labios. La habitación olía a coño mojado y a sudor, y yo, incapaz de moverme, sentía cómo la jaula se me llenaba de un jugo triste que se escapaba entre las rejillas.
—Métesela dos dedos —le pidió Adrián con la voz quebrada.
—No —cortó ella, girándose otra vez hacia mí—. El único que va a meterme dedos hoy es él. Desde la silla no, todavía no.
Y siguió con el sesenta y nueve, moviendo el culo encima de la cara de Adrián, dejándose comer y devolviéndoselo con la boca, sin dejar de buscarme con la mirada por encima de aquel cuerpo, comprobando que no me perdía detalle.
Tras unos minutos se incorporó de golpe, con el pelo revuelto, las mejillas encendidas y los labios hinchados de tanto chupar.
—Ven —me dijo—. Ya es hora de que colabores.
Me levanté como un autómata. Entonces vi que, en algún momento que se me había escapado, ella se había puesto un pequeño plug con una piedra azul que le brillaba entre las nalgas. Se lo retiró con cuidado, dejando el culo abierto un instante, un agujero rosado y dilatado que se cerraba despacio. Cubrió a Adrián de lubricante desde la base hasta el capullo, se agachó sobre él a horcajadas de espaldas, se cogió aquella polla con la mano y, muy despacio, se la fue metiendo por el culo, apretando los dientes hasta que se sentó del todo, con el rabo entero enterrado dentro y un suspiro largo saliéndole del pecho.
—Dios, qué grande —jadeó, moviéndose apenas.
En esa postura, con él clavado dentro de su culo, se llevó la mano al cuello, soltó el cordón con la llave y por fin abrió el candado que me había tenido encerrado toda la tarde. La jaula cayó al suelo con un ruido seco.
La liberación fue casi tan intensa como un orgasmo. Se me empalmó al instante, dolorida, hinchada, con el capullo morado y la piel tirante. Ella la miró y sonrió.
—Pobrecita, cómo está —murmuró—. Ven aquí y méteme en el coño esa polla desesperada. Despacio, que no quiero que te corras a los dos segundos.
Me acerqué temblando, me arrodillé entre las piernas de Adrián y la vi ahí, empalada en aquel rabo, el coño abierto justo encima, brillante, esperándome. Me la agarré, apunté y entré en ella de una embestida lenta. Nada más hacerlo noté lo que nunca había sentido: la presión del otro cuerpo a través de la fina pared que nos separaba, la polla de Adrián empujando contra la mía desde el otro lado, tan cerca que notaba hasta el pulso de sus venas. Estaba follándome a mi novia doblemente atravesada, con otro hombre metido hasta el fondo del culo, y aquello era demasiado.
—Joder, joder —jadeé yo, sin poder moverme del susto de placer.
Noa me agarró del cuello y me besó con una furia que no le conocía, mordiéndome el labio, clavándome las uñas en la nuca, con la lengua todavía sabiendo a la polla del otro.
—Quiero que me lo deis los dos —dijo en voz alta, sin soltarme la mirada ni un segundo—. Todo. Los dos rabos moviéndose a la vez, follándome hasta que no pueda andar. Y os corréis dentro, ¿me oís? Los dos.
Empezamos a movernos sin coordinación al principio, encontrando luego un ritmo torpe pero brutal. Adrián empujaba desde abajo, embistiéndole el culo con golpes secos que la hacían botar, y yo aprovechaba la subida para clavármela en el coño hasta los huevos. Notaba cada empuje del otro a través de ella, el roce doble, mi polla resbalando contra la suya con solo un tabique de carne caliente entre ambas. Sentía las contracciones de ella apretándome, chupándome, y también cómo Adrián se hinchaba dentro de su culo, palpitando.
—Más fuerte —jadeaba Noa—. Folladme más fuerte los dos, joder, no os cortéis.
Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, le pellizqué los pezones mientras la embestía a fondo. Ella tenía la boca abierta, la lengua fuera, los ojos entrecerrados, y no paraba de soltar guarradas.
—Así, sí, así… me estáis destrozando… qué gustazo tener dos pollas dentro… corréos ya, quiero sentirlo, quiero notar cómo me llenáis los dos agujeros a la vez.
Era un placer que no sabía ni nombrar, una sobrecarga de sensaciones que me nublaba. La polla de Adrián rozando la mía a través de ella, el culo de Noa apretado, su coño chorreando, sus tetas rebotando bajo mis manos, su voz de puta desatada dándonos órdenes. Ella era la dueña absoluta de aquello que ella misma había montado, y nosotros dos éramos solo dos rabos a su servicio.
No aguantamos mucho. Noa fue la primera, arqueándose entera, con un grito que seguramente se oyó en la calle, apretando el coño y el culo a la vez alrededor de las dos pollas como si quisiera exprimirnos. Ese temblor nos arrastró a los dos casi a la vez. Sentí a Adrián correrse en su culo con un gruñido largo, notando cada latigazo de su corrida a través del tabique, y eso me disparó a mí también. Descargué en el coño de Noa con tres, cuatro, cinco chorros que me sacudieron entero, apretando los dientes, embistiendo hasta la última gota. Terminamos dentro, tal y como ella lo había pedido, los tres derrumbados sobre la cama, sudados y sin aire, con la mezcla de las dos corridas escapándosele a ella entre las piernas y por el culo, chorreándole por los muslos hasta manchar las sábanas.
***
Nos quedamos un rato así, en silencio, oyendo solo nuestras respiraciones recuperándose. Yo veía cómo un hilo blanco y espeso le bajaba a Noa por la cara interna del muslo, y no sabía si era mío o de él, y me di cuenta de que ya me daba igual. Luego Adrián se levantó sin decir gran cosa, se limpió la polla con una toalla, se vistió despacio y, antes de marcharse, dejó un billete sobre la mesa de la entrada, bastante más de lo prometido, junto a un papel con su número garabateado «por si alguna vez os apetece repetir». Nos dio las gracias con una sonrisa tímida, casi la misma con la que se había acercado en las escaleras, y se fue.
Cuando la puerta se cerró, Noa y yo nos miramos, los dos colorados, sin terminar de creernos lo que acababa de pasar. Y entonces nos entró la risa, esa risa nerviosa e incontrolable que viene después del vértigo. La abracé fuerte, ella enterró la cara en mi pecho, y nos quedamos así un buen rato, con su semen y el mío todavía escurriéndole por los muslos.
—¿Demasiado? —preguntó al fin, levantando la cabeza.
—Para nada —contesté, y noté que la llave seguía colgada de su cuello.
Habíamos ido a aquella cala buscando un poco de libertad y nos volvimos con otra cosa, algo más complicado de explicar, un día que ninguno de los dos olvidaría jamás. Y mientras la ayudaba a recoger, viéndola caminar desnuda por el pasillo con el coño aún goteando, supe sin ninguna duda quién mandaría la próxima vez.





