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Relatos Ardientes

Obedeció a su marido hasta en el quirófano

La mañana después de anunciar el embarazo, los compañeros de Gonzalo bromeaban junto a la máquina de café como si hablaran del tiempo.

—Oye, ¿ya pensaste en lo que pasa después del parto? —preguntó Sergio con una sonrisa torcida—. Dicen que ahí abajo todo queda más ancho. Que ya no se disfruta igual.

—No había oído eso —respondió Gonzalo, y algo en su pecho se tensó.

—Es así —añadió Hugo, encogiéndose de hombros—. Después de dar a luz, el coño cambia. Se afloja. Metes la polla y es como agitarla dentro de una jarra. Ley de vida, tío.

—A mi mujer le hicieron cesárea porque el niño venía mal puesto —intervino Esteban, el de contabilidad—. Y te juro que quedó como nueva. Sigue apretándomela igual que el primer día. No me puedo quejar.

—Punto a favor de Marcela —dijo Gonzalo, recordando a la mujer brasileña de su compañero.

Los cuatro rieron, pero Gonzalo se rió un segundo más tarde que el resto, como quien acaba de descubrir una grieta y finge no haberla visto.

—En fin —cerró Andrés, ya serio—. Ahora que lo sabes, es algo más que tener en cuenta. Follar con la parienta cinco años después de un parto natural no es lo mismo. No es ninguna tontería.

—Sí —murmuró Gonzalo—. Supongo que no.

Gonzalo tenía treinta y cuatro años, barba corta y una mirada que rara vez dudaba. Trabajaba como consultor de sistemas con la misma seguridad con la que ordenaba cada rincón de su matrimonio. Maite, su esposa, era arquitecta, tenía treinta y uno y un pelo castaño que le caía sobre los hombros. Había crecido en el norte, en una familia donde nadie levantaba la voz, y había encontrado en la entrega a Gonzalo la forma más limpia de ser ella misma. Ceder no la disminuía. La completaba.

Esa idea de la oficina, sin embargo, no lo soltó en todo el día.

***

Por la tarde, Maite acudió a la consulta del ginecólogo. Llevaba semanas con una ansiedad difusa, y aprovechó para soltarla.

—Doctor, llevo días dándole vueltas al parto —dijo, jugando con el anillo—. ¿Y si pido una cesárea? He leído sobre el dolor, las complicaciones…

—Es normal tener miedo —respondió el médico con calma—. Pero la cesárea es una cirugía mayor. Conlleva sus propios riesgos: infecciones, hemorragias, una recuperación más lenta. La reservamos para cuando es médicamente necesaria. En tu caso, si todo sigue así de bien, lo ideal es un parto vaginal.

Maite asintió, aliviada a medias. Entonces bajó la voz, como si la pregunta le diera vergüenza.

—¿Y mi cuerpo? ¿Quedaré… distinta? Me preocupa no gustarle igual a mi marido después. Ya sabe, en la cama.

—No te preocupes por eso ahora —dijo el médico con paciencia—. El coño puede quedar algo distendido al principio, sí, pero nada que no se recupere con ejercicios. Te daré una hoja con los de Kegel. En unas semanas lo tendrás igual de estrecho que antes y tu marido no notará la diferencia cuando te penetre.

Salió de allí tranquila. Tenía un plan, tenía respuestas, y tenía la certeza de que su cuerpo volvería a ser suyo. Lo que no imaginaba era que esa certeza no le pertenecía a ella decidirla.

***

Esa noche, en casa, abordó el tema con cuidado, midiendo el momento como medía siempre las cosas que sabía que a él podían no gustarle.

—Gonzalo, ¿puedo contarte lo que dijo el médico? —preguntó, buscando su aprobación antes de seguir.

Él levantó la vista del móvil y asintió.

—Me recomendó el parto natural —dijo ella, despacio—. Dice que, salvo complicación, es lo mejor para mí y para el bebé. Y lo de mi coño se arregla con unos ejercicios. Sé que te preocupaba, pero…

Gonzalo frunció el ceño.

—Quiero que volvamos a hablar con él. Sobre la cesárea.

—Pero ya lo hablé. Y me explicó los riesgos. Es una operación, Gonzalo.

—Lo sé. —Dejó el móvil sobre la mesa, sin prisa—. Pero hoy en el trabajo salió el tema de cómo cambia el cuerpo de una mujer después de un parto natural. Cómo se le queda el coño ancho, flojo. Y pensé en nosotros. En cómo follamos. Merezco seguir metiéndotela y sentirte tan apretada como siempre. Y tú mereces seguir sintiéndome llenarte igual que ahora.

—El médico fue muy claro —insistió ella, sin alzar la voz—. Y lo nuestro en la cama es más fuerte que cualquier cambio físico. ¿No lo crees?

—Creo que esto me importa de verdad. —La miró fijo, con esa firmeza serena que siempre la desarmaba—. Salvo que haya riesgo para el bebé, quiero que sea por cesárea. No quiero arriesgarme a perder ni un gramo de deseo por ti. Ni un solo apretón cuando te folle.

Maite sintió el viejo miedo trepándole por dentro. No quiero decepcionarlo. No quiero que algún día me mire distinto. No quiero que un día se le baje la polla mirándome. Suspiró.

—Quiero lo mejor para nosotros —dijo al fin—. Si es tan importante para ti, volvemos a hablar con el médico. Lo importante es estar bien. Juntos.

Gonzalo sonrió, y en esa sonrisa había algo más que ternura. Había satisfacción.

***

Al día siguiente, Maite le contó sus dudas a Lorena, su ayudante en el estudio.

—No hace falta pasar por un quirófano por eso —le dijo Lorena—. Con los ejercicios de Kegel recuperas la elasticidad y el coño te queda como el de una cría. Lo hacen un montón de mujeres y vuelven a follar igual. ¿Por qué arriesgarte a una cirugía pudiendo evitarla?

—Eso mismo me dijo el médico —admitió Maite—. Pero para Gonzalo es importante.

Lorena la miró un instante, como si quisiera decir algo más, y al final solo sonrió.

Esa misma semana, animada por él, Maite llamó también a Marcela, la mujer de Esteban, que había pasado por una cesárea.

—Sí, la mía fue porque el niño venía del revés, no quedaba otra —le contó Marcela al teléfono—. Todo salió bien, no te voy a engañar, pero la recuperación fue dura. Los primeros días apenas podía moverme, y la cicatriz daba guerra. Si no hubiera sido por la seguridad del bebé, no lo habría hecho. Tú piénsatelo bien, que es una operación de verdad.

Maite colgó más inquieta que antes. Y aun así, esa misma tarde llamó a su prima Beatriz, casi buscando que alguien le diera permiso para hacer lo que ya sabía que iba a hacer.

—¿Una cesárea sin necesidad? —Beatriz sonó alarmada—. Maite, eso no se toma a la ligera. Más riesgo, peor recuperación.

—Lo sé. Pero Gonzalo está muy preocupado por cómo el parto podría afectarme. Y él tiene la última palabra en esto.

Hubo un silencio al otro lado.

—Bueno —dijo Beatriz al fin, resignada—. Si es tan importante para él, supongo que lo mejor es hacer lo que él decida. A veces conviene no llevarles la contraria a los maridos, aunque cueste algo.

—Eso pienso yo —respondió Maite, y al colgar se sintió extrañamente en paz. Como si hubiera devuelto un peso a quien sabía cargarlo mejor.

***

Antes de volver al ginecólogo, ella intentó un último gesto, más por costumbre que por convicción. Se acercó a él por detrás mientras trabajaba en el ordenador, le pasó la mano por el cuello y bajó los labios hasta su oreja.

—No hace falta una cirugía, cariño —susurró con voz mimosa—. Con un poco de ejercicio verás que sigo teniendo el coño tan apretado como a ti te gusta. Voy a exprimirte la polla igual que siempre, te lo prometo. Hay movimientos especiales para eso.

Le mordió el lóbulo. Metió una mano por dentro de la camiseta y le buscó la entrepierna. Se la encontró blanda, muerta, indiferente.

—Maite, no empieces. —Gonzalo ni siquiera levantó la vista—. Será por cesárea porque lo digo yo. No pienso ceder.

—Tú mandas —dijo ella, con una pizca de fastidio. No por la decisión en sí, sino porque él ni se había molestado en convencerla. Sabía que no le hacía falta. Y eso, en el fondo, también le humedecía las bragas.

En la consulta, fue Gonzalo quien habló.

—Después de pensarlo, hemos decidido que será cesárea.

—Es una opción válida en ciertos casos —respondió el médico, midiendo las palabras—, pero el parto natural ofrece una recuperación más rápida y menos riesgos. No hay peligro para el bebé que justifique la cirugía.

—Sé que tiene razón, doctor —intervino Maite—. Pero la opinión de mi marido es muy importante para mí. Quiero hacerlo feliz. Si eso significa una cesárea, asumo los riesgos.

El médico los miró a ambos un largo segundo. Sabía leer ciertas dinámicas, y esta no era la primera vez que la veía.

—Si están plenamente decididos y bien informados, procederemos —cedió—. Mi prioridad es vuestra salud.

Al salir, Maite besó a Gonzalo en la mejilla.

—Qué pesado este médico —bromeó—. No entiende lo que de verdad nos importa.

Gonzalo le pasó el brazo por la cintura, dueño y señor. Ella se dejó llevar, convenciéndose de que también había sido decisión suya.

***

Esa noche, con la luz de la luna filtrándose por las persianas, Gonzalo la observó desde la cama. El embarazo había transformado el cuerpo de Maite de formas que ella aún no sabía mirar: los pechos hinchados, con los pezones más oscuros y sensibles que nunca, las caderas un poco más anchas, el vientre redondeado con una serenidad que a ella le costaba reconocer como belleza.

—Ven aquí —dijo él, tendiéndole la mano.

Maite se deslizó entre las sábanas desnuda y apoyó la cabeza en su pecho. Él acarició su vientre, trazando círculos lentos sobre la piel tirante.

—Estás preciosa —murmuró contra su pelo—. No te sientas torpe ni pesada. Nunca te he deseado más. Nunca se me ha puesto tan dura mirándote.

Ella sonrió, pero sus ojos no terminaban de creérselo. Gonzalo lo notó, y en lugar de insistir con palabras, bajó la boca a la curva de su hombro, luego al cuello, luego al lóbulo de la oreja. Le lamió el borde y ella se estremeció. Bajó más, muy despacio, y le tomó un pezón hinchado entre los labios. Lo chupó con calma, sin prisa, jugando con la lengua alrededor de la areola oscurecida por el embarazo, y Maite se arqueó porque le dolían y le ardían al mismo tiempo. Cambió al otro, y a este le clavó los dientes con suavidad hasta que ella soltó un jadeo.

—Están enormes —susurró él, mordiéndoselos—. Voy a comerte las tetas enteras.

Sus manos recorrieron cada cambio del cuerpo de ella con una devoción nueva. Le abrió los muslos con la palma y le acarició la cara interna, subiendo despacio, sin llegar. Le rozó los labios del coño con dos dedos, muy leves, y los encontró ya empapados.

—Qué mojada estás ya —dijo, y se los llevó a la boca para chuparlos delante de ella—. Sabes distinta desde que estás preñada. Sabes más fuerte.

Maite cerró los ojos y dejó que el calor de aquellas palmas le disolviera las dudas, una por una. Gonzalo bajó por su vientre a besos, se demoró en el ombligo, y siguió bajando hasta que la cabeza se le hundió entre los muslos abiertos de ella. Le pasó la lengua entera por el coño, de abajo arriba, lento, cerrando los labios sobre el clítoris al final. Maite gimió y le hundió los dedos en el pelo.

Él la comió a fondo. Le separó los labios con dos dedos y le lamió por dentro, buscando, chupando, hundiendo la lengua tan adentro como podía. Le rodeó el clítoris con la punta y luego lo aspiró entero, tirando hacia arriba, y Maite le clavó los talones en los hombros. Estuvo así hasta que ella empezó a temblar y a apretarle la cabeza contra el coño, medio ahogándolo, jadeando obscenidades que en otro momento le hubieran dado vergüenza.

—Sí, así, cómemelo, no pares, chúpame el coño, por favor…

Gonzalo la detuvo justo antes del final. Subió reptando por su cuerpo con la barbilla brillante y le pasó la boca por encima de la suya, mojándola con su propio sabor. Maite lamió, ávida.

—Esta noche —susurró él contra sus labios— te lo voy a hacer por detrás. Te voy a follar por el culo.

Maite sintió el cosquilleo nervioso en el estómago. Desde que el embarazo avanzaba habían sido cuidadosos, cariñosos, pero él no había pedido eso. Hasta ahora.

—No sé si podré —dijo, bajando la mirada—. Me da miedo por el bebé. Y así, embarazada, me va a doler.

Gonzalo le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a sostenerle la mirada.

—No te va a doler —prometió, con esa mezcla de mando y ternura que la deshacía—. Iremos despacio. Muy despacio. Voy a abrirte el culo con paciencia, con aceite, hasta que te entre entera. Y si quieres parar en cualquier momento, paramos. Pero confía en mí.

—Siempre me haces daño cuando me la metes ahí —murmuró ella.

—Solo un poco, cielo. Y esta vez no.

Maite asintió. Siempre confiaba. Ya había cedido con lo de la cesárea; ceder el culo también era, simplemente, lo que ella era. Y lo era con gusto.

***

Gonzalo la besó con una dulzura que contrastaba con lo que acababa de pedir, y empezó a prepararla con paciencia infinita. La colocó de costado, con la espalda pegada a su pecho y una pierna levantada sobre la suya, para no aplastarle el vientre. Le mordió la nuca con suavidad, le lamió el hombro, le atrapó el lóbulo de la oreja entre los dientes.

Su mano bajó por delante del vientre y le buscó el coño otra vez. Lo encontró chorreante. Le metió dos dedos de golpe y Maite gimió y echó el culo hacia atrás, buscándolo. Notó la polla de él dura contra las nalgas, gruesa, palpitante, marcándole el muslo.

—Mira cómo estás —le susurró él al oído, meneando los dedos dentro—. Se te sale por todos lados. Me estás empapando la mano solo con pensar que te la voy a meter por el culo.

—Cállate —jadeó ella, pero embistió las caderas contra sus dedos.

Gonzalo sacó los dedos, brillantes de flujo, y los arrastró por el surco entre las nalgas, extendiendo la humedad hacia atrás. Empapó bien la entrada estrecha y arrugada del ojete. Después la masajeó en círculos, sin empujar, solo tocando, tanteando el músculo cerrado.

Ella se abandonó al tacto, sintiendo cómo el placer iba ocupando el espacio del miedo. Cuando los dedos de él insistieron con más intención, Maite contuvo el aliento y apretó por instinto.

—Respira —murmuró él contra su piel—. Solo respira. Ábrete para mí.

La presión fue mínima al principio, apenas un roce, un masaje circular que pedía permiso más que exigía paso. Maite notó cómo su culo se resistía por puro instinto, cómo se cerraba negándose a ceder.

—No puedo —susurró, hundiendo la cara en la almohada—. No entra.

—Sí puedes —respondió él, sin dejar de acariciarla—. Tómate tu tiempo. No hay prisa ninguna. Vamos a estar toda la noche si hace falta, pero al final vas a tener mi polla entera dentro del culo.

Los minutos se estiraron. Gonzalo no paró: alternaba el masaje con besos en la espalda, en las nalgas, en la nuca, mientras su otra mano descansaba sobre el vientre de ella, recordándole a cada instante que lo que crecía dentro estaba a salvo, que nada de lo que hacían podía dañarlo si lo hacían así. Poco a poco, la tensión empezó a aflojar. Su respiración, cálida y constante en el oído de Maite, la mantenía presente, sin huir del momento.

Cuando por fin la yema de su dedo traspasó el primer anillo de resistencia, ella ahogó un sonido que no era de dolor. Era de alivio, de sorpresa, de entregarse justo a lo que más temía.

—Así —susurró él—. Así, poquito a poco. Qué bien lo haces. Se te está abriendo el culo entero para mí.

El dedo avanzó milímetro a milímetro, deteniéndose cada vez que ella aguantaba el aire, retomando cuando la sentía lista. La sensación era extraña, invasiva y a la vez íntima de un modo que Maite no sabía nombrar. Como si él la estuviera reclamando desde dentro.

Cuando estuvo del todo dentro, los dos se quedaron quietos unos segundos. Ella notó su culo adaptándose a la presencia ajena. Luego, muy despacio, él empezó a moverse: un vaivén leve, casi imperceptible, sacando el dedo hasta la mitad y volviéndolo a meter entero. Maite apretaba las sábanas con los puños, mordiéndose el labio, pero ya no era el dolor lo que la estremecía. Era algo nuevo, una mezcla de placer y vulnerabilidad que la desbordaba.

—Te voy a meter otro —avisó él—. Aguanta.

Añadió un segundo dedo, y esta vez sí ardió. Maite chilló bajito contra la almohada y él se detuvo dentro, quieto, esperando a que el músculo cediera. Con la otra mano volvió a buscarle el clítoris y empezó a frotárselo con dos yemas, en círculos rápidos, hasta que ella se derritió y el culo se relajó alrededor de sus dedos.

—Eso es —susurró—. Cuando te toco el coño se te abre el culo solo. Qué guarra eres, mi vida.

Empezó a moverlos, dos dedos entrando y saliendo del ojete de su mujer, abriéndolo, estirándolo, preparándolo para lo que venía. Maite jadeaba, empujaba las caderas hacia atrás para sentirlos más adentro, gimiendo cada vez que él las separaba en tijera dentro de ella.

—¿Duele? —preguntó él, deteniéndose.

Ella negó con la cabeza, sin palabras.

—¿Quieres que pare?

Otra negativa, esta vez más firme.

—Dime lo que quieres.

—Métemela —susurró Maite, roja de vergüenza—. Métemela ya. Por favor.

Gonzalo sonrió contra su nuca y retiró los dedos con la misma lentitud con que los había metido. Tomó el frasco de aceite de la mesilla y se lubricó generosamente la polla, de arriba abajo, embadurnándose la cabeza hinchada hasta que brilló entera. Vertió otro chorro directamente entre las nalgas de ella y lo dejó resbalar hasta el agujero. Con la punta empezó a frotarle el culo, arriba y abajo, mojándolo, y Maite volvió a tensarse.

—Tranquila —murmuró él—. Voy muy despacio. Tú respira y empuja suave cuando yo te diga, como si fueras a cagar. Así se abre.

Ella asintió, aferrada a la almohada. Él apoyó la cabeza de la polla contra el ojete y presionó, muy lento. La presión creció, y por un instante el dolor amenazó con volver. Pero entonces los brazos de Gonzalo le rodearon el vientre, abrazándola desde atrás, protegiéndola, y sus dedos encontraron el clítoris y empezaron a acariciarlo con la misma calma con que él avanzaba.

—Empuja, mi amor. Empuja para fuera.

Maite obedeció. Sintió el músculo abrirse y la cabeza gruesa de la polla forzar el paso, ancharla, meterse dentro con un ardor sordo que la hizo gemir largo. Gonzalo se quedó quieto en cuanto pasó el glande, jadeando contra su nuca.

—Joder —masculló—. Joder, qué apretada estás.

El contraste fue arrollador. La presión de atrás se mezcló con el placer de delante en una combinación que le nubló la vista. Gimió, esta vez sin pudor, sintiendo cómo su cuerpo, por primera vez, aceptaba aquella entrada sin rechazarla del todo. Gonzalo empezó a hundirse más, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que la notaba tensarse, retomando en cuanto ella respiraba. Sus dedos no dejaban de trabajarle el clítoris, y cada vez que Maite jadeaba de placer, él aprovechaba para meter un poco más.

Cuando por fin sintió sus pelos contra las nalgas de ella, se detuvo del todo.

—Ya está —susurró él cuando estuvo completamente dentro—. Ya la tienes toda. Toda mi polla dentro del culo. Yo dentro de ti, mis manos en tu barriga, nuestro hijo creciendo ahí. Eres mía de todas las formas posibles.

Maite lloró. No de dolor, sino de la pura intensidad del momento. De sentirse tan poseída, tan suya, tan follada, tan unida a él que ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba él.

Los movimientos fueron lentos, casi ceremoniales. Empezó a mecerse dentro, saliendo apenas y volviendo a hundirse hasta el fondo. Cada embestida era un suspiro, una caricia, una promesa. Con cada vaivén, el culo de Maite le apretaba la polla como un puño caliente, y Gonzalo tenía que apretar los dientes para no correrse ahí mismo. Pero no buscaba su propio final, sino el de ella; solo quería demostrarle que podía entregarse entera, sin miedo.

Aceleró apenas un poco. Los dedos en el clítoris se movieron más rápido, y con la otra mano metida entre sus muslos le hundió tres dedos en el coño, llenándola por delante y por detrás al mismo tiempo. Maite gritó contra la almohada.

—Sí, sí, así, no pares, así…

—Estás doble llena, mi amor —le jadeó él al oído—. La polla en el culo y los dedos en el coño. Te siento por todos lados. Te noto latir.

Ella se corrió sin previo aviso. No explotó: la recorrió como una ola larga y profunda, de los pies a la cabeza, haciéndola temblar entre sus brazos mientras un gemido ronco se le escapaba y el culo se le cerraba como una tenaza alrededor de la polla de su marido. Gonzalo notó cómo se contraía sobre él, cómo lo ordeñaba desde dentro, y ya no pudo aguantar.

—Me corro —gruñó—. Me corro dentro, mi vida.

—Sí, córrete, lléname el culo…

La embistió tres veces más, hondo, y se vació dentro de ella con una ternura que desmentía la crudeza del acto. Maite sintió los chorros calientes de semen llenándola por dentro, y cerró los ojos, saboreando cada espasmo de la polla contra las paredes de su culo. Permanecieron unidos, abrazados, sintiendo cómo los últimos espasmos se apagaban y volvía la calma.

Muy despacio, él se retiró. La polla salió con un ruido húmedo y un hilo blanco y espeso se derramó por el muslo de ella hasta la sábana. Gonzalo lo miró con una satisfacción oscura y le pasó dos dedos por encima, recogiéndolo, y se los llevó a los labios de Maite. Ella abrió la boca sin abrir los ojos y se los chupó.

***

Cuando por fin se separaron, Maite se giró como pudo y se acurrucó contra su pecho. Gonzalo le acarició el pelo, la espalda, el vientre.

—¿Te duele?

—Un poco —admitió ella, con una sonrisa cansada—. Pero ha merecido la pena.

Él le besó la frente. Después, casi distraído, deslizó un dedo entre sus piernas: le hurgó el coño hinchado y palpitante, y lo encontró húmedo pero firme, apretado, justo como a él le gustaba. Lo metió hasta el fondo y ella se contrajo alrededor por reflejo, ordeñándoselo suavemente. Gonzalo sonrió. Lo comprobaba como quien revisa que un tesoro sigue intacto.

—Todo lo que hacemos juntos merece la pena —murmuró—. También la cesárea. Para que sigas teniendo el coño exactamente así. Para que siempre me lo aprietes como esta noche.

Ella cerró los ojos, dejándose vencer por el sueño. En algún rincón de su mente seguían las dudas: sobre su cuerpo, sobre el quirófano, sobre el futuro. Pero allí, arropada por el calor de Gonzalo, con la semilla de él aún escurriéndosele entre las nalgas y por la certeza de que él decidiría siempre lo mejor para los dos, todo le parecía soportable.

Incluso dejar de tener miedo.

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Comentarios(7)

Gonzalo_87

Tremendo relato, lo lei de una sentada. Muy bien escrito!!!

FrancoSB

Que historia tan intensa... necesito que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue.

SolaBajoLluvia

Me quede sin palabras al terminar. Hay algo en esa dinámica que te atrapa desde el principio y no te suelta hasta el final. Gracias por compartirlo.

JulietaKM

¿Esto esta basado en algo real? Se siente muy autentico, demasiado detallado para ser inventado jaja

Marcos_Lee

increible!!! uno de los mejores que encontre por aca en mucho tiempo

DarkReader_Mx

La tensión que va construyendo desde el comienzo es lo que mas me gusto. Te mantiene enganchado sin necesitar nada mas.

MaiteNocturna

Me recordó a algo que yo tambien viví, aunque mucho menos extremo jaja. Muy bien contado, en serio.

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