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Relatos Ardientes

La vecina madura me dejó sus bragas como castigo

—Bruno, baja un momento a casa de la vecina, por favor. Tiene que salir y no quiere dejar solo al niño mientras duerme —gritó mi madre desde la cocina.

Solté el mando con rabia. Estaba a punto de terminar una partida y conocía ese tono: no era una petición, era una orden. Si protestaba, la discusión me costaría más que bajar un rato al piso de abajo.

Agarré un cuaderno para fingir responsabilidad y salí. En el rellano me repetí que al menos habría premio: verla a ella antes de irse, cruzar dos palabras, respirar ese perfume que siempre me dejaba atontado. La vecina se llamaba Clara, una mujer de poco más de treinta, casada, con un hijo pequeño y una forma de caminar que me jodía la cabeza desde hacía meses.

Yo ya era un adulto, aunque en su presencia me sintiera torpe. Ella me trataba con una mezcla de confianza y dulzura que me encendía más de la cuenta. Cada roce en el brazo, cada sonrisa rápida, cada beso en la mejilla al volver, se me quedaba grabado durante días.

Me abrió la puerta con una blusa clara y un pantalón ceñido que le marcaba el culo de una manera indecente. No iba provocativa en el sentido obvio, pero justamente eso me trastornaba más. Se veía elegante, tranquila, dueña de sí misma.

—Gracias por bajar tan rápido —dijo—. El niño está dormido. Solo es vigilar por si se despierta. No tardaré.

Se inclinó sobre la cuna para acomodar la manta, y yo no pude evitar mirar cómo la tela del pantalón se tensaba sobre sus nalgas. Al incorporarse me descubrió mirándola. No dijo nada, pero me sostuvo la vista un segundo más de lo normal.

—Ponte cómodo. Puedes estudiar en el salón —añadió con una media sonrisa.

Cuando se fue, el silencio del apartamento me cayó encima de golpe. Intenté sentarme con el cuaderno abierto, pero no duré ni diez minutos. Mi cabeza ya no estaba en otra parte que no fuera ella: en sus caderas, en su perfume, en la forma en que me había pillado observándola sin apartar los ojos.

Comprobé que el niño seguía dormido y empecé a pasear por la casa. Primero fue una simple curiosidad, la clase de impulso que uno intenta justificar mientras ya está cruzando la línea. Pasé por la cocina, por el baño, por el dormitorio, absorbiendo cada rastro suyo como un imbécil hambriento.

En el cuarto vi el armario entreabierto. Dentro colgaban vestidos, blusas, chaquetas, todo impregnado de ese olor limpio y femenino que me volvía loco. Abrí un cajón y encontré ropa interior doblada con cuidado: sujetadores, tangas, bragas de encaje, prendas suaves entre mis dedos y peligrosas en mi cabeza.

Me quedé quieto un segundo, sintiéndome culpable. Luego tomé una braga negra y la acerqué a la cara. Olía a detergente, a perfume, a algo más íntimo que yo quería imaginar. Solo con eso noté cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón.

La dejé donde estaba. Cerré el cajón. Di dos pasos hacia la puerta. Volví.

Esta vez la abrí sin fingir dignidad. Fui revisando una por una, tocándolas despacio, imaginando su coño dentro de cada tela, sus tetas llenando los sujetadores. Me saqué la polla y empecé a masturbarme frente al cajón abierto, con la respiración ya rota, sintiéndome un enfermo y disfrutándolo.

Pero aquello no me bastó. Quería algo usado. Algo que hubiera estado pegado a su cuerpo de verdad.

Fui al baño y encontré el cesto de la ropa sucia. Encima de unas toallas había una braga hecha un ovillo. La levanté y entonces sí: el olor era más fuerte, más denso, claramente suyo. Se me escapó un gemido. Había incluso un pequeño rastro seco en la entrepierna de la tela y eso me terminó de desarmar.

Me apoyé contra el lavabo, con la polla fuera, dura y caliente, y hundí la cara en la prenda. La olí una y otra vez mientras me la meneaba con fuerza. Después empecé a frotar el glande con el centro de la braga, pasando la tela húmeda por la punta hasta que me hizo temblar las piernas.

—Joder... Clara... —murmuré, completamente perdido.

Envolví mi polla con la braga y me masturbé con ella, usando su propia tela como si me la estuviera pajearando ella. El roce era brutal, húmedo, íntimo de una forma obscena. No tardé nada en correrme. Me corrí dentro de la prenda, manchándola mientras soltaba el aire por la boca y cerraba los ojos como si estuviera follándomela de verdad.

Cuando terminé, el miedo me golpeó de nuevo. Limpié como pude, dejé todo casi en su sitio y regresé al salón con la cara ardiendo. Poco después ella volvió. Me miró apenas entrar, y algo en su expresión me hizo pensar que no se le escapaba nada.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí... sí, todo tranquilo.

Se acercó lo suficiente para que volviera a olerla. Me dio las gracias y me sostuvo la mirada un instante largo, inquisitivo. Bajé a mi casa convencido de que había sido un imbécil y de que jamás volvería a hacer algo así.

No duré ni una semana.

***

La segunda vez que me pidió ayuda bajé con el corazón disparado. Me abrió con una camiseta ceñida y el pelo recogido, como si no le importara en absoluto lo guapa que estaba. Me explicó lo mismo de siempre y se fue deprisa, pero antes de cerrar la puerta me soltó:

—El baño está sin ordenar. No te asustes si ves ropa por ahí.

Tardé menos de un minuto en entender que esa frase no era casual.

Fui directamente al baño. Encima del cesto, perfectamente visible, había una braga de encaje vino tinto doblada a medias, como colocada para que cualquiera la viera al levantar la tapa. Sentí un vuelco en el estómago. No parecía un descuido. Parecía una invitación.

La cogí con manos temblorosas y la acerqué a la cara. El olor era nítido, íntimo, inconfundible. Mi polla se puso dura al instante. Me la saqué sin pensarlo y empecé a masturbarme más rápido que la otra vez, dominado por la idea de que ella tal vez sabía, tal vez quería, tal vez estaba jugando conmigo.

Me corrí sobre la prenda otra vez, con violencia, dejando manchas espesas en el encaje. Después me quedé mirándola en silencio, excitado y asustado a la vez. Si aquello era una prueba, yo acababa de caer de cabeza.

Al regresar, Clara me observó antes incluso de dejar el bolso. Luego entró al baño. Yo la oí abrir la tapa del cesto y mi sangre se congeló. Volvió al salón despacio. No parecía enfadada. Eso era peor.

—Bruno —dijo con voz serena—. Ven un momento.

La seguí hasta el dormitorio. Cerró la puerta. Se quedó de espaldas a mí unos segundos, doblando una toalla sin necesidad.

—Quiero que me contestes con la verdad —dijo al fin—. ¿Has estado tocando mi ropa interior cada vez que te quedas aquí?

Se me secó la boca. Podría haber mentido, pero su tono no dejaba espacio para eso.

—Sí.

—¿Y te masturbas con ella?

Tragué saliva.

—Sí.

Se giró despacio. No había sorpresa en su cara, solo una calma dura, casi fría, que me puso aún más cachondo.

—Entonces no eres tan inocente como aparentas.

No supe qué decir. Miré al suelo, avergonzado y erecto de nuevo solo por escucharla nombrarlo. Ella se acercó hasta quedar a menos de un palmo.

—Mírame cuando te hablo.

Le obedecí al instante. Sonrió apenas, como si esa sumisión automática confirmara algo que ya sospechaba.

—Te he visto mirarme muchas veces. También he notado cómo te pones nervioso cuando te toco o cuando paso cerca de ti. Y sí, dejé esas bragas ahí a propósito. Quería comprobar hasta dónde llegabas.

Me ardieron las orejas.

—Perdón...

—No te he pedido perdón. Te he pedido sinceridad.

Su mano bajó hasta la parte delantera de mi pantalón y apretó el bulto con firmeza. Se me escapó un jadeo. Clara lo notó todo: la dureza, el temblor, la desesperación.

—Así que esto te pone así de fácil —murmuró—. Mi ropa usada. Mi olor. El riesgo de que te descubra. Muy bien.

Me abrió el botón del pantalón y metió la mano dentro de los calzoncillos. Su contacto directo me hizo cerrar los ojos.

—No los cierres. Quiero verte la cara.

Me acarició la polla despacio, solo lo justo para mantenerme al borde. Yo estaba a punto de perder la razón. Había fantaseado con ella durante meses, pero no con esta claridad brutal, con esta autoridad seca que me desarmaba.

—¿Quieres correrte? —preguntó.

—Sí.

—No te he dado permiso.

Retiró la mano. La falta de contacto me dolió físicamente.

—Desnúdate de cintura para abajo.

Obedecí sin discutir. Ella se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas mientras me observaba. Yo quedé frente a ella con la polla tiesa, expuesto como un idiota.

—Ahora dime exactamente qué haces con mis bragas.

Me costó, pero empecé. Le dije que las olía, que me las pasaba por la polla, que me corría sobre ellas pensando en su coño. Cada palabra me daba vergüenza y me excitaba más. Clara escuchaba sin pestañear.

—Qué guarro —dijo en voz baja—. Y mírate, te pone que te humillen por ello.

Asentí, incapaz de negarlo.

Se levantó y abrió el cajón de la ropa interior. Sacó una braga clara y me la lanzó a la cara.

—Huele.

La obedecí al instante, inhalando con ansia.

—Mastúrbate, pero despacio. Quiero ver cómo lo haces cuando nadie te mira.

Empecé a mover la mano sobre mi polla, lentísimo, con la tela pegada a la nariz. Ella se quedó delante, observando, completamente vestida, mientras yo jadeaba como un animal. La diferencia de posiciones —ella serena, controlando; yo desnudo, obediente y excitado— me hizo palpitar el glande.

—Más despacio —ordenó.

Casi me dolía contenerme, pero seguí su ritmo. Clara deslizó un dedo por encima de la tela de su pantalón, entre sus muslos, y esa mínima imagen me dejó al borde del orgasmo.

—No te corras —dijo—. Si lo haces sin permiso, se acaba todo.

Me mordí el labio y aparté la mano. Ella sonrió. Disfrutaba viéndome así, dominado, colgado de cada palabra suya.

—Arrodíllate.

Lo hice de inmediato. Desde abajo, su figura imponía más. Me agarró del pelo y tiró apenas hacia atrás para que la mirara.

—Vas a aprender a comportarte. Si te dejo jugar con mis cosas, será cuando yo quiera y como yo quiera. ¿Entendido?

—Sí.

—Señora —corrigió.

—Sí, señora.

Su mano volvió a mi polla, esta vez con una firmeza que me arrancó un gemido ronco. Me masturbó un poco más deprisa, solo unos segundos, y luego me abofeteó suave el glande con la tela de la braga.

—Mira cómo estás. Todo por un poco de olor a coño.

—Sí, señora.

—Qué fácil eres.

Me sacó la lengua con dos dedos. —Lámalos.

Lo hice sin pensar, chupándolos despacio. Ella exhaló por la nariz, satisfecha, y entonces desabrochó por fin su pantalón. No se lo quitó del todo; solo lo bajó junto con la ropa interior hasta medio muslo. Ver su coño de cerca, afeitado a medias, brillante, real, me dejó temblando.

—Acércate.

Fui a cuatro patas hasta quedar entre sus piernas. El olor era mucho más fuerte que en cualquier tela, húmedo y caliente. Mi polla dio un salto.

—Si vas a disfrutarme, primero me demuestras que sabes obedecer. Come.

No esperé más. Le abrí los labios con los dedos y pasé la lengua por su coño de abajo arriba. Clara soltó un jadeo bajo y me agarró del pelo con más fuerza. Lamí despacio al principio, saboreándola, metiendo la lengua entre sus pliegues, chupando su clítoris cuando ella me guiaba con la mano.

—Así... ahí... no pares.

La escuché respirar cada vez más fuerte. Me apretaba la cabeza contra su sexo, me marcaba el ritmo, me usaba de una manera que me volvía loco. Yo estaba duro hasta doler, con la polla golpeándome el vientre mientras la comía como un desesperado.

—Métela bien —ordenó.

Hundí la lengua cuanto pude y luego añadí dos dedos. Estaba mojada de verdad, resbaladiza, abierta para mí. Los metí y saqué despacio al principio, luego con más ritmo, mientras chupaba su clítoris. Clara arqueó la espalda y me insultó entre dientes.

—Joder, sí... así, cabrón... así.

Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos. Se corrió con un gemido ahogado, sujetándome fuerte del pelo mientras me empapaba la boca. Tragué todo lo que pude, excitado por haberla hecho correrse y por seguir aún de rodillas, obedeciendo.

Cuando recuperó el aire, me levantó la cara con la mano.

—Ahora sí vas a follar, pero no porque tú lo quieras. Porque yo te lo permito.

Me arrancó un gemido solo con esa frase.

Se quitó del todo el pantalón y se recostó sobre la cama. Abrió las piernas sin pudor, dominante incluso así.

—Ponte un preservativo. En el cajón de la mesita.

Lo hice con manos torpes. Ella me miraba trabajar como si le divirtiera mi urgencia. Cuando estuve listo, me hizo una seña con dos dedos.

—Ven. Y no entres hasta que te lo diga.

Me coloqué entre sus piernas, con la punta de la polla rozándole la entrada. Estaba tan mojada que ese simple contacto me hizo jadear.

—Mírame —dijo.

Le sostuve la mirada mientras el glande resbalaba apenas sobre su coño.

—Ahora fóllame.

Entré de una embestida contenida, pero profunda, y los dos soltamos el aire a la vez. Su coño me apretó caliente, húmedo, perfecto. Me quedé quieto un segundo para no correrme en ese instante.

—No te me quedes parado —espetó—. Muévete.

Empecé a follarla con un ritmo corto y firme, clavando la polla y sacándola casi hasta la punta antes de volver a entrar. La cama crujía bajo nosotros. Ella mantenía las piernas abiertas y una mano en mi nuca, como si dirigiera incluso la forma en que debía usar mi cuerpo.

—Más fuerte.

Obedecí. Las embestidas se volvieron secas, ruidosas. Su coño sonaba húmedo cada vez que la golpeaba. Clara gemía sin delicadeza, con la boca entreabierta y los ojos clavados en mí.

—Eso es. Así quería verte. Tan necesitado que casi das pena.

Sus palabras me atravesaban tanto como la sensación de estar dentro de ella. Me sujetó la mandíbula.

—Dime qué estás haciendo.

—Te estoy follando, señora.

—¿A quién?

—A ti.

—¿A tu vecina madura que te vuelve loco?

—Sí.

—¿A la mujer cuyas bragas te pajeabas a escondidas?

—Sí, joder.

Se rio con una crueldad suave y me hizo cambiar de postura. Me puso boca arriba sobre la cama y se montó encima. Verla así, cabalgándome, con las tetas balanceándose bajo la blusa medio abierta y el coño tragándose mi polla hasta el fondo, casi me hace perder el control.

Clavó las manos en mi pecho y empezó a subir y bajar con un ritmo preciso, frotándose en cada descenso. Yo le agarré las caderas, pero ella me apartó las manos.

—No toques. Solo aguanta.

Se movía como si supiera exactamente cómo usarme. Bajaba lenta, me exprimía dentro, luego subía apenas y volvía a caer más fuerte. Sus gemidos se hicieron más agudos. Yo estaba al límite, viendo cómo se humedecía más y más alrededor de mi polla.

—No te corras —dijo, respirando entrecortado—. Si te corres antes que yo, te dejo con las ganas la próxima vez.

La próxima vez.

Esa promesa me atravesó como una descarga. Aguanté por puro miedo a perderla. Ella se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse mientras me cabalgaba. La imagen era obscena: su coño abriéndose sobre mí, su mano trabajando donde yo no llegaba, su expresión de placer desarmado.

—Joder... sí... ahí... no aflojes —ordenó, aunque era ella quien marcaba el ritmo.

Se corrió otra vez con un gemido roto, apretándome dentro con espasmos intensos. Sentí su coño cerrar y abrirse sobre la polla, y tuve que apretar los dientes para no seguirla.

Clara bajó de mí y me giró sin demasiada ceremonia.

—A cuatro patas sobre el borde.

Me coloqué como me indicó. Ella se puso detrás, me guio la polla de nuevo a su entrada y se dejó empalar de una vez. Después empezó a follarse ella sola contra mí, echando el culo hacia atrás con cada golpe. Yo gemía con la cara hundida en la colcha, sintiendo cómo me vaciaba la cabeza a base de placer y obediencia.

—Ahora sí, dame fuerte —dijo.

Tomé sus caderas y empecé a embestir de verdad. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Ella gritaba sin contenerse, animándome con órdenes sucias, pidiéndome más fondo, más ritmo, más fuerza. Mi pelvis golpeaba su culo una y otra vez, y cada impacto me acercaba al borde.

—Voy a correrme —avisé con la voz rota.

—No hasta que yo lo diga.

Aflojé lo justo para resistir. Ella se dio la vuelta, me agarró la polla con la mano y me la metió otra vez dentro.

—Ahora. Córrete follándome.

La embestí tres, cuatro veces más, completamente fuera de mí, y me corrí dentro del preservativo con un gemido que me vació entero. Clara me apretó contra ella hasta el final, recibiendo cada sacudida, respirando fuerte. Cuando salí, las piernas casi no me sostenían.

Se levantó con toda naturalidad, se limpió y empezó a vestirse mientras yo seguía desnudo, deshecho y todavía procesando lo que acababa de pasar. Eso también formaba parte del juego: ella ya recompuesta; yo aún bajo su efecto.

—Escúchame bien —dijo, abrochándose el pantalón—. No vas a tocar nada mío sin permiso. Si quiero darte una prenda, te la dejaré. Si quiero que me comas el coño o que me folles, te lo diré. Y si vuelves a hacerte el listo por tu cuenta, se acabó.

—Sí, señora.

Se acercó, me acomodó la camiseta como si nada y me besó la mejilla con una ternura absurda después de todo aquello.

—Muy bien. Ahora ve al salón y compórtate. Dentro de diez minutos volveré a ser solo tu vecina.

La miré, todavía jadeando.

—¿Y cuando vuelva a pedirme que baje...?

Sonrió con calma, dueña de mi ansiedad.

—Entonces sabrás si hoy hay premio o castigo.

Salí del dormitorio con la polla aún sensible y la cabeza hecha mierda. En la cuna, el niño seguía dormido. En el espejo del pasillo vi mi cara roja, los ojos brillantes, la expresión de alguien que acababa de descubrir que su fantasía era mucho más peligrosa —y mucho mejor— cuando una mujer madura decidía adueñarse de ella.

Unos minutos después, Clara tomó el bolso, me dio las gracias por ayudarla y me abrió la puerta con su sonrisa impecable. Nadie habría imaginado que, detrás de esa calma de vecina amable, acababa de ponerme de rodillas, hacerme comerle el coño y follarme la cabeza mucho antes que el cuerpo.

Y mientras subía la escalera de regreso a mi casa, entendí que aquello no había terminado. Apenas acababa de empezar.

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Valora este relato

Comentarios(7)

martin_rr

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, se lo recomende a un amigo enseguida jaja

Gonzalo_Mdq

Por favor seguí con esto. Me dejo con mucha intriga y quiero saber como termina.

LectorNocturno_ok

Me encanto como lo fuiste construyendo de a poco. Se nota cuidado en cada detalle, no es un relato al apuro.

Curiosa_MDP

jajaja el titulo ya lo dice todo pero igual hay que leerlo para entenderlo de verdad

Tato_BA

Genial!!! sigue asi

NocheEnVela

Me hizo acordar a algo que vivi hace unos años, mucho menos cinematico pero igual de intenso jaja. La tension esta muy bien manejada, de lo mejor que lei por aca en mucho tiempo.

Ricky_noche

segunda parte por favor??? me dejo con ganas de mas

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