Las normas ocultas del piso de estudiantes
Empecé la universidad tarde, con veintidós recién cumplidos, después de dos años trabajando en el taller de mi tío en el pueblo. Cuando por fin conseguí plaza en Madrid, mis padres se pusieron pesadísimos con el tema del alojamiento. Un colegio mayor era carísimo y los pisos de estudiantes que había visto en las páginas de anuncios daban miedo por la humedad.
Fue Rubén el que me sacó del apuro. Lo había conocido ese verano en el pueblo. Él tenía veintisiete, iba dos cursos por delante y venía a pasar agosto en casa de su abuela. Se enteró de que yo andaba desesperado por encontrar sitio y me habló de un piso en Malasaña. El casero, un amigo de su familia, no quería alquilar a cualquiera; si Rubén me avalaba, la habitación era mía.
Acepté sin pensarlo. Ese verano nos habíamos hecho amigos rápido, y yo, que estaba todavía averiguando ciertas cosas sobre mí mismo, agradecía tener cerca a alguien que me daba confianza. Con una novia rota desde hacía dos años y un lío puntual con un chico de la cuadrilla —Nacho— del que nadie sabía nada, llegaba a la capital con más preguntas que respuestas.
Lo que no sospechaba era que Rubén me llevaba observando toda la vida. Ni que aquel escarceo con Nacho en el pajar, aquellas pajas y aquellas mamadas mutuas que no habían pasado de ahí, no habían sido tan improvisadas como yo creía.
El piso era grande, luminoso y estaba a diez minutos de la facultad. Rubén me enseñó la habitación, la cocina, el cuarto de la lavadora, y me leyó las normas del casero: no fumar dentro, no traer gente sin avisar, respetar los turnos de limpieza. Todo lógico. Todo razonable.
Las otras normas, las que aún no me tocaba conocer, me las guardó para más tarde.
Los primeros días fueron raros, en el buen sentido. Rubén se paseaba por el pasillo con una toalla mal cerrada, salía del baño desnudo del todo, cocinaba con un bóxer que no dejaba nada a la imaginación. Yo intentaba no mirar y siempre miraba. Se me marcaba la polla contra los vaqueros y él, que fingía no darse cuenta, se daba cuenta perfectamente. Por las noches oía la cama del cuarto de al lado crujiendo despacio y no podía dormir sin meter mano bajo las sábanas.
El viernes de la segunda semana pensé que estaba solo. Rubén había dicho por la mañana que se iba a Alcalá a ver a un colega y que no volvería hasta la noche. Aproveché para ducharme largo, con el agua muy caliente, dejando que el vapor lo cubriera todo. Entré al baño grande, dejé la ropa doblada encima de la tapa del váter y me metí bajo el chorro.
Cuando salí, no estaba mi ropa.
La toalla estaba, sí, pero la camiseta, los calzoncillos, los vaqueros y el móvil habían desaparecido. Me sequé rápido, con el pulso acelerado, y salí al pasillo enrollado en la toalla. Del salón venía una luz cálida y música baja.
—Ven —dijo la voz de Rubén desde el sofá.
Fui. Descalzo, con la toalla apretada a la cintura, se me erizaba la piel de los brazos. En el sofá estaba él, con un pantalón corto negro y el pecho al aire, y sobre las rodillas mi ropa doblada como si acabara de plancharla.
—Siéntate.
Me senté en el borde de la butaca, sujetando la toalla como si aún sirviera de algo.
—Cuando aceptaste la habitación —empezó, tranquilo— te contamos las normas normales. Este piso, sin embargo, es especial. Hay otras reglas que ahora te voy a explicar. Ese verano, en el pajar, te vi con Nacho. Vi cómo os magreabais y os la chupabais. No hace falta que lo niegues. Así que doy por hecho que lo que voy a decirte no te va a asustar.
Tragué saliva. No sabía por dónde iba, pero mi polla, debajo de la toalla, empezaba a decidir sola.
—El casero se llama Óscar y es un amo. Aquí, cuando él lo pide, se le obedece. Sexualmente también. ¿Sabes lo que es el BDSM?
—Algo he leído —dije, con la boca seca.
—Yo me la jugué contigo. Si no te ves capaz de ser sumiso, hay otro piso de un amigo suyo, con el mismo precio. Pero si te quedas aquí, aceptas la jerarquía. Óscar manda sobre nosotros dos y sobre los otros dos chicos que llegarán el mes que viene. Yo mando sobre los tres. ¿Nacho te llegó a follar?
—No —contesté, con la voz rota—. Solo pajas y mamadas.
Rubén sonrió como si aquello confirmara algo. Cogió el móvil.
—Puedes bajar —dijo—. Ha aceptado hablar contigo.
Óscar vivía dos pisos por encima. Tardó cuatro minutos. Cuando abrió la puerta con su propia llave, Rubén se puso de rodillas en el suelo con las manos abiertas sobre los muslos y la espalda muy recta. Yo, que no sabía qué hacer, me levanté sujetando la toalla.
Óscar tenía unos cuarenta y pocos, hombros anchos, un tatuaje asomando por el cuello de la camisa. Se acercó, me miró de arriba abajo y me arrancó la toalla de un tirón. Quedé desnudo delante de los dos, con la polla dura de verdad y una gota clara ya bajándome por la punta.
—Las condiciones que te faltan —dijo, sin devolverme la toalla— son estas. Yo entro cuando me apetece y dispongo de vosotros cuando me apetece. Por casa vais desnudos o con suspensorio; el bóxer solo si os visita alguien de fuera. De cuello para abajo, siempre depilados; Rubén sabe cómo llevarte donde toca. Las puertas del dormitorio y del baño, si vais solo a mear, quedan abiertas. Si os digo que folléis con otro hombre, obedecéis. La palabra de seguridad es «rojo»; también vale levantar la mano o dar tres golpes en el suelo con el pie. El sexo seguro no se negocia. ¿Aceptas?
Iba a decir que no. Iba a decirlo. Pero la polla me latía sin permiso, y las rodillas ya me temblaban de otra cosa.
—Acepto —dije.
Un tortazo en pleno moflete me giró la cara. No dolió tanto como me humilló, y de pronto tenía la polla aún más dura.
—Cuando te dirijas a nosotros —dijo Óscar, sin subir la voz— dirás «señor» o «amo». Repítelo.
—Acepto, señor.
—Así me gusta. Antes de seguir, algo que debes saber: lo del pajar no fue casualidad. A Nacho me lo follo todos los veranos desde hace tres años. Le pedí que te tanteara. Quería saber por dónde ibas.
Se me abrió el suelo. Me habían montado la vida sin yo enterarme, y en lugar de asquearme, me estaba corriendo por dentro solo con oírlo.
Rubén se movió sin necesidad de que le mandaran. Me sujetó del cuello con la mano firme y me empujó hasta doblarme sobre la mesa del comedor. Me abrió los brazos en cruz y Óscar los ató a las patas con dos correas de cuero que sacó de un cajón como si aquella mesa fuera un altar montado desde el principio. Me quedó el culo en alto, las piernas separadas, la polla goteando contra la madera.
Rubén trajo un juego de plugs de silicona y un bote grande de lubricante. Me llenó el ano de lubricante frío con dos dedos, sin prisa. Los metió y los sacó despacio, abriéndome, buscándome, hasta que sentí que se me relajaba el esfínter y empujaba yo mismo contra su mano. Después vino el plug pequeño. Me lo entró casi entero de una sola vez y lo giró para que el lubricante me tapizara las paredes. Luego lo sacó y metió uno más grande. Y otro. Y otro. Cada vuelta era una vuelta de tuerca en el estómago.
—Está preparado —dijo Rubén, retirando el último plug.
Óscar se colocó detrás de mí. Oí el cinturón, el ruido metálico de la hebilla, el roce de la ropa cayendo al suelo. Me agarró de las caderas con las dos manos, marcándome los pulgares en la piel. Me metió el capullo primero, con cuidado, y luego, sin previo aviso, empujó hasta el fondo de una embestida. El grito se me quedó atrapado en la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Aguanta —dijo, muy bajo, junto a mi oreja—. Aguanta que ya viene lo bueno.
Empezó a follarme con embestidas largas, sacando la polla casi entera y volviendo a entrar hasta el tope. Cada embestida me arrancaba un gemido roto. Iba cambiando el ángulo, tanteando, hasta que dio con el punto que él quería encontrar. Cuando me tocó la próstata, la polla se me hinchó tanto que pensé que iba a reventar. Se me escapaba un hilo continuo de líquido preseminal que goteaba en el suelo. Estaba a un empujón de correrme sin que nadie me tocara.
Notó cuándo, exactamente cuándo, y cambió el ángulo para dejar de rozarme la próstata. Me quedé colgado del orgasmo, con la respiración descompuesta, jadeando de rabia.
—Todavía no —dijo—. Cuando yo diga.
Aceleró. Sus muslos golpeaban contra los míos con un chasquido húmedo. Un dedo suyo me apartó el pelo de la nuca y me sujetó de ahí, tirando hacia atrás para arquearme más. Debajo del abdomen mío, la polla latía sola. Empecé a soltar chorros de semen contra la madera de la mesa sin que nadie me la hubiera tocado, un trallazo detrás de otro, la vista blanca. Óscar aguantó dos, tres embestidas más y se corrió dentro de mí con un gruñido bajo, apretándome las caderas.
Se retiró despacio. El semen empezó a bajarme por la cara interna del muslo.
—Mañana, Rubén, ya sabes —dijo, mientras se subía la ropa—. Llévalo donde Tarek. Que lo prepare bien.
Cerró la puerta con la misma tranquilidad con la que había entrado.
Rubén me soltó las correas, me acarició la espalda un instante y me mandó a ducharme. Me avisó de que a la mañana siguiente estuviera listo a las diez.
***
El sábado se levantó antes que yo. Cuando entró en mi habitación, abrió el armario, revolvió la ropa y sacó un chándal gris y una camiseta blanca. Los dejó sobre la silla y me ordenó ir al baño a vaciarme y esperarlo en el plato de la ducha, de rodillas.
Obedecí sin discutir. Me vacié con la pera, meé, me arrodillé sobre el plato. El agua fría del suelo me clavó un escalofrío en las tibias. Rubén entró con paso tranquilo, se metió bajo el chorro, se enjabonó de arriba abajo delante de mí y, cuando terminó, se apartó y meó sobre mi pecho y mi cara. El chorro era caliente, largo, y me caía por la barbilla, por el cuello, entre las clavículas. Cerré los ojos y bajé la cabeza. Cuando terminó, abrió el agua y me limpió con la mano libre como quien enjuaga un plato.
Vestido con el chándal, salí detrás de él a la calle, un paso por detrás como me había mandado. Caminamos por Lavapiés hasta unas calles muy retorcidas y nos paramos delante de una puerta pequeña de metal. Rubén dio tres golpes secos. Se entreabrió y pasamos.
Dentro había un pasillo estrecho, iluminado con bombillas rojas. Al fondo, un cuarto con una camilla y un armario de vidrio lleno de tarros y aceites. Un hombre —Tarek, me dijeron después—, cuarentón, moreno, con las manos anchas, me indicó que me desnudara y me tumbara boca abajo.
Extendió sobre mí una crema que él mismo se preparaba. Era una mezcla de crema depilatoria con aceites cálidos y aromáticos: canela, cardamomo, algo que picaba un poco. Cubrió cada milímetro de piel de mi espalda, mis nalgas, mis muslos, mis pantorrillas. Esperó quince minutos, retiró la crema con una espátula y una toalla húmeda, y repitió el proceso boca arriba. Cuando terminé de aclararme, era otro cuerpo: limpio, terso, sin un solo pelo del cuello a los tobillos.
Mientras Tarek me depilaba, a Rubén se lo habían llevado a otro cuarto, colgado de las muñecas. Su patrón, un hombre mayor, le probó tres látigos distintos sobre los omóplatos y la espalda baja. Rubén no se quejó; no habría podido aunque hubiera querido, tenía una mordaza de cuero entre los dientes. Cuando lo vi salir, un rato después, tenía las marcas rojas cruzándole toda la espalda, y una sonrisa serena que yo no era todavía capaz de entender.
Antes de irnos, Tarek dijo que faltaba el pago.
Me hizo arrodillar sobre una alfombra. Se abrió el pantalón y me sacó la polla delante de la cara. Era larga, con el capullo grueso. Le pasé la lengua por el frenillo primero, lo lamí de arriba abajo, chupé la punta como quien saborea un caramelo. Se le puso durísima en la boca en segundos. Entonces me agarró del pelo, me la metió entera y empezó a follarme la boca a su ritmo, sacándola solo lo justo para dejarme respirar. Me atraganté dos veces. Los ojos se me llenaron de lágrimas y saliva. Aceleró hasta correrse en el fondo de mi garganta, y sin sacarla del todo empezó a mearme dentro de la boca, obligándome a tragar. Alcancé a tragarlo casi entero. Un hilo se me escapó por la comisura y me bajó por la barbilla.
Después vino el tatuaje. Una técnica antigua con dos maderas, tinta natural y un patrón pequeño que Óscar había elegido para mí: en la nuca, escondido bajo el pelo. Cuando terminaron, un anciano de barba blanca entró en la habitación, se acercó, me tomó de la polla y me la pajeó varias veces sin dejarme correr.
—Rubén —dijo, sonriendo—, buena puta nos habéis traído. La próxima nos la follamos.
***
Volvimos a casa hablando de tonterías, como dos amigos cualquiera un sábado por la mañana. Comimos, fregamos platos, tendimos ropa. A la hora de la siesta bajó Óscar con su llave, cogió a Rubén de la muñeca y se lo llevó al dormitorio del fondo. Yo, en la cocina, oí durante media hora la cama golpeando la pared y a Rubén gimiendo como si le fuera la vida en cada embestida.
Cuando me acosté por la noche, me creí capaz de dormir. Aquel primer sábado se me estaba haciendo eterno. Pero cuando ya empezaba a irme, sentí el peso de alguien colocándose en la cama, la mano firme moviéndome boca abajo y la piel caliente pegándose a la mía. Abrí obedientemente las piernas. El glande de Rubén, ya lubricado, se abrió paso muy lento hasta quedar dentro. Empezó una metisaca suave, casi tierna. Me mordió el hombro y me habló al oído.
—Vas a pasar los años más excitantes de tu vida.
Lo creí. Ya lo estaba pasando.