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Relatos Ardientes

Fiesta, celos y sumisión entre amigas

Tuve que insistir bastante para sacar a Mara de casa aquella noche. No quería fiesta, no quería ruido y, sobre todo, no quería hablar de él. Yo sí. Llevaba dos días con una rabia pegada al pecho que no se me iba ni bebiendo, y sabía que, si nos quedábamos encerradas, terminaría dándole vueltas al mismo asunto hasta volverme loca.

—Si no sales conmigo, tendré que ir sola —le dije, levantando mi vaso—. Y luego no quiero escuchar quejas si aparece ese cabrón y decide recogerme otra vez.

Ella soltó una risa cansada y me miró como si ya supiera que estaba exagerando a propósito para arrastrarla.

—Eres una manipuladora —murmuró.

—Y tú una cobarde esta noche.

Eso la picó. Primero apareció con ropa cualquiera, como si fuera a comprar pan. Después, cuando le recordé que íbamos a una discoteca y que la idea era lucirnos, volvió al cuarto y salió hecha un escándalo: falda negra ajustada, blusa clara, tacones y esa cara de mujer ofendida que le quedaba mejor que cualquier maquillaje.

Mientras caminábamos con el primer trago en la mano, le fui soltando la verdad a medias. Le hablé de mi mal humor, de lo ridículo que me parecía que él se hubiera ido a trabajar justo esa noche, de cuánto me molestaba sentirme apartada. Lo que no le dije de golpe fue lo importante: que me estaba consumiendo no ser la única mujer girando alrededor de su deseo.

—Estás pensando demasiado —dijo Mara, dándome un sorbo a su vaso.

—Estoy pensando lo justo. Ese hombre sabe meterse en la cabeza de cualquiera.

—Pero también sabe cuidarte.

—No es suficiente.

—¿Suficiente para qué?

La miré de reojo. La calle estaba llena de gente y, aun así, sentí que la pregunta me empujaba contra una pared.

—Para hacerme sentir especial todo el tiempo —admití al fin—. ¿Contenta?

Mara no se rio. Solo asintió despacio, como si aquella confesión tuviera más sentido del que yo quería reconocer.

Llegamos al primer bar, pedimos otra ronda y nos dedicamos a hablar de cualquier cosa menos de hombres. Funcionó durante un rato. Reímos, nos pusimos al día, nos quejamos del trabajo, de la rutina, de la mala suerte. Hasta que un imbécil del pasado decidió aparecer con dos amigos, sonriendo como si el mundo le debiera algo.

—Mara, qué sorpresa —dijo—. No sabía que salías por aquí.

Ella se tensó a mi lado. Lo noté en el brazo que llevaba enganchado al mío.

—Hoy no —respondió seca—. Estoy con mi novia.

El tipo me miró de arriba abajo y se echó a reír.

—¿Tu novia? Vaya, qué moderna.

—Bisexual —le corrigió ella—. Y con menos ganas de aguantarte que nunca.

Uno de sus amigos silbó. El otro se quedó mirándonos con esa expresión babosa de quien cree que dos mujeres existen para entretenerlo.

—No sean así —insistió el primero—. Seguro que podemos arreglarnos los tres.

—No —dije yo, cortante—. Y tampoco los cuatro, por si tu imaginación ya iba por ahí.

El hombre dio un paso más, demasiado confiado.

—¿Y tú quién eres para decidir?

Yo le sostuve la mirada y le aparté la mano antes de que tocara a Mara.

—La persona que te está diciendo que te largues.

No sé si fue mi tono o la forma en que me acerqué. Tal vez fue el tatuaje que asomaba en mi costado cuando me moví. El caso es que la valentía se le encogió un poco. Aun así, necesitó hacerse el gracioso un par de segundos más antes de irse con sus amigos.

Cuando desaparecieron, Mara se dejó caer en la barra y cerró los ojos.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque me acosté con él hace unos días.

La confesión me sacó una carcajada incrédula.

—¿Con ese pedazo de idiota?

—Sí.

—Joder, Mara.

—Ya lo sé.

La miré mejor. No tenía cara de presumir. Tenía cara de cargar una culpa fea y silenciosa. Entonces se me pasó la rabia.

—¿Te cuidaste?

—Sí.

—Bien. Porque bastante desastre eres ya de por sí.

Ella sonrió apenas.

—Quería aclararme.

—¿Y te aclaraste?

—Sí. Quiero seguir con él.

—Entonces ya está.

—No, no está. Hay que contarlo.

Pedimos otra ronda. Luego otra. Y cuando nos dimos cuenta de que el alcohol ya nos calentaba la lengua y las piernas, decidimos movernos a la discoteca. Íbamos agarradas de la cintura, más por equilibrio que por teatro al principio, aunque el teatro apareció solo en cuanto vimos la fila y las miradas.

—Si algún pesado pregunta, somos pareja —dijo Mara.

—Ni siquiera hace falta avisarlo —le contesté.

Nos dimos un beso corto antes de llegar a la puerta. Un simple pico. Pero no fue tan simple. Sus labios estaban tibios, un poco pegajosos por la bebida, y la forma en que se quedó un segundo más cerca me dejó una corriente en el vientre.

El portero nos miró con media sonrisa de listo.

—Cinco cada una.

—Qué caro sale el amor —dijo Mara.

—¿Alguna forma de convencerte? —pregunté, siguiendo su juego.

El tipo apoyó un brazo en la valla y sonrió peor.

—Si son pareja de verdad, demuéstrenlo.

Yo tendría que haberlo mandado a la mierda. En lugar de eso, miré a Mara. Ella ya estaba sonriendo con esa cara peligrosa que se le ponía cuando se le cruzaban el alcohol y la curiosidad.

—Ven acá —le dije.

La agarré de la nuca y la besé de verdad. Nada de un roce tonto. Abrimos la boca, nos tragamos el aliento de la otra, y en cuanto nuestras lenguas se tocaron sentí un golpe seco entre las piernas. Mara gimió bajito contra mi boca y me apretó la cintura. La gente detrás empezó a hacer ruido, a reír, a jalear, pero en ese instante lo que más me importó fue la mano de ella subiendo por mi costado hasta agarrarme una teta por encima de la blusa.

Yo le devolví el gesto. La apreté también, firme, notando el pezón endurecido bajo la tela del sujetador. Mara soltó aire por la nariz, excitada, y me mordió el labio de una forma que no tenía nada de broma.

—Ya, ya, pasen —dijo el portero, incómodo y encendido a la vez.

Entramos riéndonos, pero la risa nos duró poco. Adentro, con las luces pulsando y el bajo golpeando el pecho, el beso se me quedó ardiendo en la boca. Pedimos una copa más y nos quedamos muy juntas, demasiado juntas para que siguiera siendo un juego inocente.

—No debimos hacer eso tan bien —murmuró Mara.

—Habla por ti.

—Estoy hablando por las dos.

Fuimos a la pista y ahí se rompió el último freno. Al principio bailamos pegadas como dos amigas borrachas. Luego mi mano bajó a su cadera. La suya se metió entre mi espalda y mi culo. Cuando la música cambió a algo más lento y sucio, Mara me dio la vuelta y se pegó por detrás, rozándome con el muslo entre las piernas. Sentí un chispazo tan claro que se me escapó un jadeo.

Giré para mirarla. Tenía la boca entreabierta, las pupilas enormes y una expresión que le conocía de sobra: la misma con la que se rendía cuando alguien le daba una orden que deseaba obedecer.

—No me pongas esa cara —le dije al oído.

—¿Cuál?

—La de guarra.

Ella sonrió.

—Entonces deja de tocarme así.

No la obedecí. Le metí el muslo entre las piernas y la apreté contra mí. Mara dejó caer la cabeza hacia atrás un instante y me dejó ver cómo tragaba saliva. Mi mano subió por su vientre, rozó el borde de sus tetas y volvió a bajar despacio, marcando territorio. Ella me agarró la muñeca, no para apartarla, sino para guiarla más abajo.

Seguimos bailando así, frotándonos sin disimulo. Mi coño ya estaba húmedo, tanto que el roce de la ropa empezaba a molestarme de puro placer contenido. Mara no estaba mejor. Cada vez que mi muslo le presionaba el centro, temblaba y soltaba un sonido ahogado contra mi cuello. La pista se había convertido en un escaparate y nosotras lo sabíamos. Los hombres alrededor miraban como perros hambrientos, pero por primera vez esa atención no me daba asco. Me daba poder.

La besé otra vez. Esta vez más sucio. Metiéndole la lengua hasta escucharla gemir. Mi mano le estrujó el culo con ganas y la suya bajó por la parte interna de mi muslo, acariciándome apenas por encima de la falda. Si seguía un centímetro más, me metía los dedos delante de todos.

—Para —susurré—. O no respondo.

—No quiero que respondas —dijo, y me chupó el lóbulo de la oreja—. Quiero que me mandes.

La frase me atravesó. Ahí estaba otra vez ese juego que él había instalado entre nosotras sin estar presente. Dominación, sumisión, deseo mezclado con celos y con hambre. Le agarré la barbilla y la obligué a sostenerme la mirada.

—Entonces pórtate bien y aguanta.

Obedeció de inmediato. Se mordió el labio y asintió. Ese gesto me calentó más que cualquier roce.

Volvimos a la barra sudadas, temblando y con sed. El camarero nos invitó la siguiente ronda sin preguntar. Le agradecimos y nos apartamos a un rincón más oscuro. Ahí nadie nos dejaba en paz del todo, pero por lo menos podíamos respirar.

—Nos vamos después de esta —dijo Mara.

—Si llegas viva, sí.

—No te hagas la dura. Estás igual que yo.

No contesté. En vez de eso, le pasé el pulgar por el labio inferior, quitándole el brillo corrido del beso, y luego me llevé ese dedo a la boca. Mara me miró tragar y casi se le doblaron las rodillas.

Un desconocido intentó meter las manos en nuestras cinturas y lo mandamos a la mierda entre las dos. Ya no teníamos humor para idiotas. Terminamos la copa de un tirón y salimos de la discoteca con el cuerpo encendido y la cabeza espesa.

***

El aire de la calle no nos enfrió nada. Caminábamos agarradas del culo, riéndonos por cualquier cosa, todavía con esa electricidad sucia pegada a la piel.

—¿Tú crees que él sospecharía de esto? —preguntó Mara.

—Él sospecha de todo.

—No me refiero a sospechar. Me refiero a... si le pondría.

La miré de lado.

—Le pondría muchísimo. Y a ti también, deja de hacerte la santa.

—Nunca me hice la santa contigo.

Seguimos andando hasta que un tipo salido de la nada nos cerró el paso. No olía a peligro elegante. Olía a borracho agresivo. Nos dijo una idiotez, intentó agarrarnos y yo saqué del bolso el aerosol que siempre llevaba desde hacía meses. Un segundo después él gritaba, cegado, y nosotras corríamos calle abajo sin mirar atrás.

Entramos en casa con el corazón desbocado. Cerramos ventanas, echamos llave y, cuando por fin respiramos, nos vinimos abajo de golpe. El miedo dejó un silencio raro en el salón.

Mara se sentó en el sofá y me miró el bolso sobre la mesa.

—¿Siempre llevas eso?

—Desde que aprendí que me gusta jugar fuerte, pero no estar indefensa.

—Nos salvaste.

—Nos salvamos las dos.

Nos servimos agua. Luego otro poco de whisky para bajar el susto. Nos sentamos muy cerca, casi hombro con hombro. Hablamos de él otra vez. De cómo había entrado en nuestras vidas. De cómo a mí me había enseñado a desear la mano firme, la orden seca, el placer de rendirme y también el de sujetar a otra persona cuando me lo pedía.

—Casi hablas enamorada —dijo Mara.

—Quizá lo esté un poco.

—Pobre de mí por meterme en medio.

—Tú no estás en medio —le respondí, mirándola fijo—. Tú estás dentro del problema.

Nos quedamos calladas. Ella bajó la vista a mi boca. Yo a la suya. El whisky terminó de quitar la prudencia que nos quedaba.

—Bésame otra vez —dijo Mara muy despacio.

—No me des órdenes si no vas a soportar lo que siga.

—No es una orden. Es una súplica.

Le agarré el pelo y la besé tan fuerte que chocamos los dientes. Mara abrió las piernas en el sofá y me recibió entre ellas. Nuestras lenguas volvieron a buscarse con hambre, sin el ruido de la discoteca alrededor, sin testigos, sin excusas. Solo nosotras y esa calentura que ya no tenía disfraz.

La tumbé de espaldas y me puse encima. Le levanté la blusa, aparté el sujetador y le saqué una teta. El pezón estaba duro, oscuro, precioso. Me lo metí a la boca y empecé a chupar mientras le sujetaba la otra teta con la mano, apretándola lo bastante fuerte como para hacerla gemir.

—Joder... —resopló—. Así no.

Le solté el pezón con un hilo de saliva.

—Así sí. Y te callas.

La obediencia le volvió a encender la cara. Se mordió el labio y asintió. Yo le bajé la falda y después las bragas. Estaba mojada de una forma indecente. No apenas húmeda. Mojada de verdad, con el coño brillándole bajo la luz tenue del salón.

—Mira cómo estás —le dije, pasándole dos dedos por los labios—. Y todavía querías fingir que esto era una broma.

Mara se removió, avergonzada y excitada a la vez.

—No finjo nada ya.

Le separé bien las piernas y metí la cara entre ellas. El primer lengüetazo se lo di largo, desde abajo hasta el clítoris. Ella dio un respingo entero y me clavó los dedos en el hombro. Seguí lamiéndola despacio primero, saboreándola, abriéndole los labios con los pulgares, chupándole el clítoris hasta que empezó a jadear mi nombre.

—No me cierres las piernas —la regañé.

—No puedo...

Le di una palmada seca en el muslo.

—Sí puedes.

Las abrió otra vez de inmediato. Le metí un dedo. Luego dos. Entraron fáciles de lo mojada que estaba. Empecé a follarla con la mano mientras le chupaba el clítoris en círculos cortos y duros. Mara ya no intentaba hacerse la contenida. Gemía, se retorcía, me agarraba del pelo y luego se obligaba a soltarme cuando yo levantaba la cabeza para mirarla.

—¿Te gusta que te use así?

—Sí.

—No te oigo.

—Sí, joder, sí.

Le metí los dedos más hondo y la hice arquearse. Noté cómo me apretaba por dentro, cómo su coño empezaba a latir en serio. Estaba cerca. Lo sabía por su respiración rota, por el sudor en el cuello, por esa forma de suplicar sin palabras.

—No te corras todavía —le dije.

Ella gimió con frustración. Saqué los dedos y me los llevé a la boca. Luego me senté y me quité las bragas de una vez. Mara se incorporó para verme y soltó un jadeo al notar la mancha húmeda entre mis muslos.

—Ahora me toca a mí —dijo.

—Te tocará si te portas bien.

La hice arrodillarse en la alfombra. Le agarré la barbilla y le acerqué la cara a mi coño. Mara entendió sola. Sacó la lengua y me lamió despacio, probándome primero como si quisiera asegurarse de que yo también estaba tan caliente como parecía. Cuando notó cuánto me mojaba, soltó una risa pequeña contra mi piel.

—Calla y sigue.

Entonces sí. Se puso a comerme el coño con ganas, ya sin timidez. Tenía una lengua torpe al principio, menos entrenada que la mía, pero mucho más hambrienta. Se aferró a mis muslos y me chupó el clítoris mientras yo le sujetaba el pelo en una coleta improvisada. La sensación me hizo abrir más las piernas. Le guié el ritmo, moviéndole la cabeza como quería.

—Así. Más duro. No aflojes.

Me obedeció jadeando, como si también le excitara que la dirigiera. Bajé una mano y empecé a jugar con sus tetas mientras me lamía. Le pellizqué los pezones. Le apreté uno hasta hacerla soltar un gemido que vibró directo sobre mi coño y casi me hizo correrme ahí mismo.

—Joder, Mara...

Ella redobló el esfuerzo. Me metió dos dedos, torpes pero decididos, y los movió dentro de mí mientras seguía chupando. La mezcla me quebró las piernas. Me apoyé en el respaldo del sofá y la dejé trabajar, dándole indicaciones entre jadeos. Cuando encontró el ritmo correcto y presionó con los dedos justo donde debía, se me escapó un gemido ronco.

—Ahí. No pares. Ahí mismo.

Me corrí sujetándole la cabeza entre los muslos, temblando. No fue delicado. Fue un orgasmo brusco, húmedo, de esos que te dejan la respiración descompuesta. Mara siguió lamiendo hasta que la empujé con la rodilla, demasiado sensible para aguantar más.

La levanté y la besé, haciéndole probarme en su propia boca. Después la empujé otra vez al sofá, me acomodé entre sus piernas y le metí los dedos de nuevo, esta vez sin paciencia. Ella ya estaba al borde desde antes. Solo necesitaba el empujón final.

—Córrerte me lo pides —le dije.

—Hazme correr, por favor.

—Pídelo bien.

—Hazme correr, por favor... necesito correrme, necesito que me hagas acabar.

Le chupé el clítoris con firmeza mientras mis dedos entraban y salían rápidos. Mara gritó, de verdad gritó, y se corrió temblando entera, apretándome la cara con los muslos. Su orgasmo le sacudió el vientre y le dejó lágrimas pequeñas en las comisuras de los ojos. La seguí lamiendo hasta que empezó a suplicarme que parara.

Entonces sí la solté. Caímos las dos rendidas, sudadas, con la ropa a medio quitar y el salón oliendo a sexo sin vergüenza.

Durante unos minutos no hablamos. Solo respiramos.

Luego Mara giró la cara hacia mí y sonrió con una mezcla de culpa y satisfacción.

—Ahora sí tenemos un problema.

—No. Ahora tenemos una verdad.

—¿Y mañana?

Le acaricié el muslo, todavía húmedo por dentro.

—Mañana veremos qué hacemos con él, contigo y conmigo. Esta noche, en cambio, te vienes a dormir pegada a mi cuerpo y te callas.

—Sí.

—¿Sí qué?

Ella soltó una risa agotada y me besó suave.

—Sí, señora.

Nos acomodamos en el sofá, desnudas de cintura para abajo, abrazadas y todavía temblando a ratos. Afuera la noche seguía igual de sucia y peligrosa. Adentro, en cambio, habíamos cruzado una puerta que ya no pensaba cerrar.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Villa Devoto, con fotos reales.

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Comentarios(8)

Flor_Tucuman

increible, no lo pude dejar de leer hasta el final!!!

MarinaMdeo

Me encantó como está escrito, se siente muy real. La tension entre las dos se palpa desde el principio. Sigue asi!

Valentina_Sur

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber que paso despues

Gonza_Lee

Me recordó a una situacion parecida que viví en una fiesta, aunque no llegó tan lejos jajaja. Muy bien contado.

Lector2984

buenisimo!!!

MaiteNocturna

La parte de los celos fue lo que mas me atrapó, muy humano todo. No se siente forzado para nada.

Pipe_0811

tremendo relato, de los mejores que leí aca

SolDeInvierno_33

¿Van a seguir siendo amigas despues de todo esto? jaja me dejó con la intriga

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