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Relatos Ardientes

Lo dominé con mis pies hasta hacerlo suplicar

Estaba recostada en el borde de la cama, con las piernas abiertas apenas lo suficiente para que él entendiera la invitación sin que yo tuviera que decir una palabra. La luz del velador caía de lado sobre mi piel y hacía brillar el nylon negro que me subía hasta medio muslo. Encima, solo un sostén de encaje que no terminaba de cubrir nada. Sabía exactamente cómo me veía desde donde él estaba, de pie a los pies de la cama, y me gustaba que lo supiera también.

—¿Te gusta lo que ves, Damián? —pregunté, y dejé que la pregunta quedara colgando en el aire.

No me contestó enseguida. Tenía la mandíbula tensa y la respiración un poco más rápida de lo que él hubiera querido admitir. Esa era justo la parte que me interesaba: el momento en que un hombre se da cuenta de que ya no manda él.

—Sabés que sí —dijo por fin, con la voz baja.

—Entonces quedate quieto. Esta noche no te toco con las manos.

Lo vi tragar saliva. Justo así. Era lo que buscaba: que se preguntara qué pensaba hacer y que ese no saber lo pusiera más duro que cualquier caricia.

***

Levanté las piernas despacio, exigiendo a los músculos, hasta llevar mis pies a la altura de sus caderas. Las medias acentuaban cada línea, y él no podía dejar de mirarlas. Junté las plantas a los costados de su erección, todavía sin presionar, dejando que sintiera apenas el roce de la tela contra la piel. Esa primera fricción le arrancó un gruñido grave que le subió desde el pecho.

—Ni se te ocurra moverte —le advertí.

Con los dedos de los pies empecé a recorrerlo desde la base hasta la punta, sin apuro, marcando un ritmo que era mío y de nadie más. Sentía cómo crecía bajo el nylon, cómo respondía a cada paso de mis dedos. Lo tenía a mi merced y los dos lo sabíamos.

—Así, ¿no? —murmuré, curvando los labios—. Te gusta que decida yo.

—Sí —dijo, casi sin voz.

Apreté un poco más, cerrando las plantas alrededor de él, deslizándome arriba y abajo. La textura áspera de las medias contra su piel hacía que cada movimiento fuera distinto, más intenso. Yo también estaba mojada, lo sentía, el calor latiéndome entre las piernas con cada gemido que le sacaba. Pero esta noche no se trataba de mí todavía. Se trataba de verlo perder el control de a poco.

Me gustaba mirarlo desde abajo, desde mis pies, con esa perspectiva que lo volvía pequeño y entregado. Damián era un hombre acostumbrado a decidir, a llevar la voz cantante en todo lo demás, y por eso la imagen de él así, callado y a la espera de lo que yo quisiera hacerle, tenía algo casi adictivo. Cada músculo de su abdomen se tensaba cuando subía, se aflojaba cuando bajaba, y yo iba leyendo ese mapa con la planta de los pies como si supiera de memoria cada centímetro.

—Mirame —le pedí—. Quiero que me mires mientras lo hago.

Abrió los ojos y los clavó en los míos. Esa conexión, sostenida, mientras mis pies seguían su trabajo, era tan íntima como cualquier otra cosa que pudiéramos hacer. Le sostuve la mirada sin parpadear, marcando con eso también quién llevaba el control de la noche.

***

Mis dedos jugaban sobre él con una precisión calculada, tamborileando, soltando, volviendo a apretar. Lo miraba a la cara para no perderme nada: los ojos entrecerrados, la forma en que se mordía el labio cada vez que subía hasta la punta. Cada vez que lo soltaba un segundo, lo veía levantar apenas las caderas buscándome, y cada vez yo me apartaba lo justo para que no me alcanzara.

—Quieto —repetí, y él obedeció con un quejido de frustración que me encantó.

El aire del cuarto se había vuelto pesado. Se oía el mar afuera, las olas rompiendo lentas contra la arena, y ese sonido se mezclaba con su respiración entrecortada. Habíamos alquilado esa casa al lado de la playa justo para esto: para tener noches enteras sin que nadie nos escuchara.

—Decime qué querés —le pedí, deteniéndome del todo, con los dedos apenas apoyados sobre él.

—Que no pares.

—Eso no es pedir. Pedímelo bien.

Lo vi luchar contra su propio orgullo unos segundos. Después cedió, y eso fue lo mejor de todo.

—Por favor —dijo—. Por favor, seguí.

***

Sonreí y volví a moverme, esta vez más firme. Bajé un pie hacia sus testículos y los acaricié con el empeine, sintiendo el peso de cada uno contra la tela. Él dejó escapar un sonido grave, largo, y vi cómo se le tensaba todo el cuerpo. Con el otro pie seguía atendiendo su erección, alternando la presión, sin dejar que se acostumbrara a un solo ritmo.

—Una mano —le dije—. Podés usar una sola mano. Tocate las bolas mientras yo me ocupo del resto.

Obedeció al instante. Su mano bajó y empezó a masajearse despacio, sincronizándose con mis pies, y la imagen de él entregado de esa forma me prendió más todavía. Sentía el encaje de la bombacha empapado, pegado a mí, y tuve que apretar los muslos un momento para soportar las ganas.

—No te vas a correr hasta que yo lo diga —avisé.

—Selene… —protestó, usando mi nombre como si fuera una súplica.

—Hasta que yo lo diga.

***

Me estiré hacia el borde de la cama, donde tenía a mano un frasco de lubricante, sin dejar de mirarlo. Lo abrí con un clic y dejé caer una buena cantidad sobre el nylon que me cubría los pies. El líquido se sentía fresco al principio y enseguida se volvía tibio, sedoso, perfecto. Dejé caer unas gotas más sobre él, viendo cómo resbalaban lentamente por toda su longitud.

—Esto te va a gustar todavía más —dije.

Cuando mis pies volvieron a él, ahora resbaladizos, todo cambió. Cada deslizamiento era más fluido, más profundo, sin fricción que cortara la sensación. Él echó la cabeza hacia atrás contra la almohada y se le escapó un gemido que no pudo contener.

El lubricante hacía que mis pies se movieran sobre él como sobre seda. Lo envolvía con las dos plantas, lo dejaba escapar, lo volvía a atrapar. De a ratos subía un pie hasta la punta y giraba apenas los dedos, dibujando círculos lentos justo donde sabía que más le costaba aguantar. Cada vez que lo hacía, él soltaba el aire de golpe y se le escapaba mi nombre entre los dientes.

—Dios, Selene, eso se siente increíble —dijo entre dientes.

—Ya sé —contesté, divertida—. Para eso lo hago.

Aceleré, deslizando mis pies arriba y abajo con un ritmo constante, presionando justo en la punta cada vez que llegaba ahí. Lo conocía lo suficiente para saber dónde estaba su límite y cuánto podía hacerlo esperar antes de que se quebrara.

***

—Estoy cerca —avisó, con la voz tirante—. Estoy muy cerca.

—Todavía no —ordené, y bajé el ritmo a propósito, dejándolo en ese punto exacto donde el placer se vuelve casi insoportable.

Lo vi temblar, lo vi apretar las sábanas con la mano libre, lo vi mirarme con una mezcla de desesperación y deseo que me hizo sentir más poderosa que nunca. Esa era mi parte favorita: tenerlo justo al borde y decidir yo cuándo dejarlo caer.

—Por favor —repitió, y esta vez la palabra le salió rota.

Me incliné apenas, sin soltarlo, y le hablé bajito.

—Decime quién manda esta noche.

—Vos —dijo enseguida—. Vos mandás.

—Buen chico.

***

Recién entonces volví a acelerar, esta vez sin freno. Mis pies se movían con una urgencia controlada, cada deslizamiento apuntado directo al centro de su placer. Sentía cómo latía contra mis plantas, cómo se le contraía todo el cuerpo, cómo se acercaba el momento que yo había administrado durante tanto rato.

—Ahora sí —le dije, mirándolo a los ojos—. Ahora dejate ir.

No necesitó más. Con un gemido largo y entrecortado se entregó por completo, el cuerpo sacudiéndose bajo mis pies mientras llegaba al final. Sentí el calor de su placer derramándose tibio sobre el nylon negro, y la imagen de eso —el contraste sobre la media oscura, el modo en que él se deshacía— me hizo apretar los muslos y morderme el labio para no acabar yo también ahí mismo.

Seguí moviéndome despacio mientras él terminaba, alargando cada segundo, hasta que el último temblor lo dejó hundido en la cama, respirando hondo, con los ojos cerrados.

***

—Increíble —murmuró cuando recuperó algo de aire—. Sos increíble.

Bajé las piernas despacio y me acomodé de costado para mirarlo. Tenía esa expresión de hombre vencido que tanto me gustaba, la cara aflojada, el orgullo guardado en algún rincón al que no iba a volver por un buen rato.

—Te dije que no te tocaba con las manos —le recordé, con una sonrisa.

—Y cumpliste.

—Siempre cumplo.

Me acerqué hasta quedar a un palmo de su cara. Todavía sentía latir todo entre mis piernas, la noche apenas empezaba para mí y él lo sabía. Le pasé un dedo por el pecho, despacio, marcando el camino de lo que venía después.

—Descansá un minuto —le dije al oído—. Porque esto fue solo el principio. La parte en la que me toca a mí todavía no llegó.

Afuera, el mar seguía rompiendo contra la arena, parejo, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos.

—Mañana también —agregué, antes de besarlo—. Y pasado.

Él se rió bajito contra mis labios, todavía temblando, ya rendido a la idea. No hacía falta decir nada más. Los dos sabíamos quién iba a decidir cada cosa de ahí en adelante.

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Comentarios (5)

CarlosV85

increible!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

Mauro_baires

Que tension tan bien lograda, se siente la dinamica desde el primer parrafo. Muy buen relato!

Dominick_Sur

jajaja al principio pense que iba a ser uno mas del monton pero me sorprendio bastante, muy bueno

NocheBuenosAires

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber como termina la noche

Kari_noche

me encanto el tono, muy bien escrito sin ser burdo. Sigue asi!!

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