Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi dueño me exhibió y selló mi sumisión

Los tres primeros días en el apartamento de Mauro no habían sido un juego ni una fantasía ligera. Habían sido una prueba dura, exacta, pensada para desgastarme y, al mismo tiempo, vaciarme de la vieja necesidad de discutirlo todo. Dormía sobre una manta tirada en el suelo, con el frío subiéndome por las piernas y las marcas recientes ardiéndome en las nalgas cada vez que cambiaba de postura.

Cada mañana empezaba igual. El sonido de sus pasos. El silbido breve de la vara cortando el aire. Diez azotes exactos, ni uno más ni uno menos. Después, mientras él desayunaba con una calma que a veces me desesperaba más que el castigo, yo limpiaba el apartamento desnuda, con el cuerpo sensible, los muslos tensos y una humedad constante entre las piernas que me avergonzaba admitir incluso a solas.

Lo peor no era el dolor. Era descubrir cuánto me excitaba obedecer.

Esa tarde del tercer día, sin embargo, algo cambió. Mauro salió del estudio con una bolsa negra en la mano y me la lanzó a los pies sin mirarme siquiera.

—Póntelo.

Yo abrí la bolsa despacio. Hasta entonces, mi piel había sido mi único uniforme. Lo que encontré adentro me hizo tragar saliva. Un body negro ajustado, de acabado brillante, con aberturas a los lados de la cintura y un cierre reforzado en la parte delantera. También había medias de red, unas esposas acolchadas y un collar ancho con una argolla metálica al frente.

—¿Ahora sí puedo vestirme? —pregunté, y mi voz sonó más temblorosa de lo que quería.

Él levantó la vista del teléfono y sonrió apenas.

—No te vistas. Arréglate para mí. Es distinto.

Me lo puse en el baño, mirándome en el espejo como si estuviera viendo a otra mujer. El body se pegó a mi piel como una segunda capa y apretó mis tetas hasta levantarlas. Las medias de red enmarcaban mis muslos con una delicadeza obscena, y el collar me hizo sentir inmediatamente más expuesta que cuando estaba desnuda. Cuando me ajusté las esposas, aunque todavía no estaban sujetas a nada, me estremecí.

Volví al dormitorio con el corazón golpeándome el pecho. Mauro estaba sentado al borde de la cama, observándome con esa calma fría que siempre me desarmaba más que un grito.

—Acércate.

Lo hice. Él pasó el pulgar por la argolla del collar, hizo sonar el metal y luego abrió más las piernas.

—Arrodíllate en la cama.

Me quedé inmóvil un segundo. La cama había sido territorio prohibido desde que crucé la puerta del apartamento. Verla tan cerca, ahora permitida por fin, me provocó una mezcla rara de alivio, orgullo y una excitación casi infantil. Subí al colchón y me arrodillé frente a él, con la espalda recta y las manos detrás.

—Así —dijo.

Se levantó, se colocó detrás de mí y empezó a peinarme con los dedos. Dividió mi cabello en dos coletas laterales, tirando de cada una hasta hacerme arquear la espalda. El gesto era humillante y provocador. No por parecer más joven, sino porque me hacía sentir fabricada por él, acomodada a su gusto, convertida en una muñeca viva con el coño latiendo entre las piernas.

—Mírate —ordenó.

Me llevó frente al espejo del armario. Vi el collar, las medias, la piel marcada, las coletas, el brillo en mis ojos. Parecía ridícula y, al mismo tiempo, increíblemente excitada. Tenía la boca entreabierta y el pecho subiendo rápido. Parecía una mujer desesperada por ser usada.

—Estás preciosa cuando aceptas lo que eres —murmuró a mi espalda.

Sentí el móvil en mi cara antes de entender lo que iba a hacer. Empezó a tomarme fotos. De rodillas. De perfil. Con la barbilla alzada por su mano. Con la espalda arqueada. Con las muñecas cruzadas delante del cuerpo para que se vieran las esposas y la argolla del collar.

—Sonríe.

Sonreí.

—Ahora baja la mirada.

Obedecí.

—Ahora abre un poco más las piernas.

Lo hice y el body se tensó sobre mi sexo. No estaba completamente cubierto; el corte de la prenda dejaba claro lo suficiente como para que la foto dijera exactamente qué clase de posesión estaba retratando. Sentí una punzada de vergüenza, seguida por una oleada brutal de deseo.

Él me mostró una de las imágenes en la pantalla. La mujer que vi ahí tenía aspecto de haber sido derrotada y, sin embargo, brillaba de orgullo. Me reconocí en esa expresión y me excitó todavía más.

—Perfecta —susurré sin pensar.

Mauro me sostuvo la mirada en el reflejo.

—Claro que sí.

Subió una de las fotos a sus redes. Luego entró en mi cuenta, porque yo misma le había dado las claves el primer día, creyendo que aquello sería una fantasía corta. Publicó la misma imagen desde mi perfil con una frase breve, brutal, imposible de malinterpretar.

Yo no aparté la vista de la pantalla. Noté el golpe en el estómago. Imaginé mensajes, llamadas, juicio, escándalo. Y en lugar de pedirle que se detuviera, sentí cómo se me mojaban más los muslos.

—Todos lo sabrán —dijo.

—Sí, señor.

Él dejó el móvil en la mesita, me agarró de la argolla del collar y me hizo volver a la cama a cuatro patas. El colchón se hundió bajo mis rodillas. Yo respiraba demasiado rápido. Tenía el cuerpo entero atento, como si la piel se me hubiera vuelto oído.

—Dime por qué no te importa.

Tragué saliva.

—Porque ya no quiero esconderlo.

—No. Otra vez.

Sentí un tirón seco en el collar.

—Porque lo que piensen los demás me da igual si usted está satisfecho.

—Mejor.

Su mano me acarició la espalda, lenta, desde la nuca hasta la base de la columna. No era ternura. Era inspección. Cuando llegó a mis nalgas, apretó con fuerza sobre las marcas recientes y dejé escapar un gemido.

—Todavía te duele.

—Sí, señor.

—Y aun así estás chorreando.

Me mordí el labio. Él separó mis muslos con la rodilla y deslizó dos dedos por debajo del body, directo entre mis labios hinchados. Entraron solo un poco, lo suficiente para recoger mi humedad y enseñármela luego frente a la cara.

—Mira qué puta estás.

Se los chupó sin apartar los ojos de mí. Ese gesto me estremeció más que cualquier orden. Quise frotarme contra la cama, pero me quedé quieta.

—No te muevas —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento.

Metió la mano debajo de mi vientre, tiró del cierre del body y lo abrió de golpe. Después rompió la tela de la entrepierna con un tirón seco. El sonido me atravesó. Sentí el aire frío en el coño mojado y se me escapó un jadeo vergonzoso.

—Mire cómo está, señor... por favor.

Él me dio una palmada fuerte en una nalga.

—No pidas. Espera.

Obedecer era una tortura. Lo oí abrirse el pantalón detrás de mí. Oí la hebilla, la cremallera, el roce de la tela. Mi cuerpo reaccionó solo; se me tensaron los hombros y empujé el culo hacia atrás.

—Desesperada —murmuró.

Su mano me sujetó la nuca. La otra se colocó entre mis piernas, guiando la punta dura de su verga por mis pliegues. La pasó una vez, dos, frotándome el clítoris sin entrar. Yo ya temblaba.

—Diga quién la va a follar.

—Usted, señor.

—¿Quién la va a abrir?

—Usted.

—¿De quién es este coño?

Cerré los ojos un instante, derrotada por completo.

—Suyo.

Entonces me penetró de una sola embestida.

Grité. El golpe me abrió por dentro y me empujó el cuerpo hacia delante. Mauro se quedó enterrado hasta el fondo un segundo entero, dejándome sentirlo todo: el grosor, la presión, el dolor mezclado con el alivio animal de tener por fin lo que llevaba tres días deseando.

—Así —gruñó contra mi oído—. Así te quería.

Empezó a moverse sin suavidad. Salía casi por completo y volvía a entrar con un ritmo brutal que hacía crujir la cama y golpear la cabecera contra la pared. Yo apenas conseguía sostenerme con los antebrazos. El collar me apretaba la garganta cada vez que él tiraba de mí hacia atrás para recibir otra embestida.

—Más abierta —ordenó.

Separé más las rodillas. La nueva postura hizo que entrara todavía más hondo. Solté un gemido ronco y se me doblaron los codos.

—Eso, puta. Aguanta.

Me folló así varios minutos, fuerte y parejo, golpeándome el culo con las caderas mientras una de sus manos me apretaba la cintura y la otra se enredaba en mis coletas para mantenerme erguida. El placer llegó como algo sucio, caliente, creciendo a la vez en el vientre y en la boca del estómago. Yo jadeaba su título cada pocos segundos.

—Señor... señor... joder...

—Habla claro.

Otra embestida. Otra más.

—Me está follando como una puta.

Él soltó una risa baja, seca.

—Porque eso eres aquí.

Metió una mano entre mis piernas y me encontró el clítoris hinchado. Empezó a frotarlo con dos dedos mientras seguía penetrándome al mismo ritmo, y la mezcla casi me rompió. Mi cuerpo ya no sabía si apartarse o empujarse más contra él. Solo podía temblar y recibir.

—No te corras hasta que te lo diga.

La orden me arrancó un gemido más alto. Me sujeté a la sábana con los dedos, apretando tanto que me dolieron las manos esposadas. Mauro siguió dándome verga y dedos al mismo tiempo, llevándome justo al borde y dejándome ahí, con el coño contrayéndose alrededor de él.

—Mírame —dijo.

Giré la cabeza como pude. Él me obligó a vernos en el espejo del armario: mi cuerpo inclinado, el body roto, las medias, el collar, su mano en mi pelo, su polla entrando y saliendo de mí sin compasión. Verlo fue peor. O mejor. Mi cuerpo respondió con un espasmo tan fuerte que se me escapó un sollozo.

—¿Eso querías? ¿Ver cómo te usan?

—Sí, señor.

—¿Que todos sepan lo caliente que te pone pertenecerme?

—Sí.

—Entonces gánatelo.

Me soltó de golpe y me dio la vuelta. Caí de espaldas sobre el colchón, todavía abierta, todavía húmeda, con el pecho subiendo y bajando. Él me agarró de los muslos y me arrastró hacia el borde de la cama. Mis piernas quedaron alzadas sobre sus hombros.

La siguiente penetración, cara a cara, fue todavía más profunda. Lo vi apretar la mandíbula mientras me taladraba a un ritmo duro, constante, entrando justo donde me hacía perder la respiración. Mis tetas rebotaban con cada golpe. Él las apretó sin cuidado, pellizcó mis pezones a través del body y luego bajó la boca para morder uno por encima de la tela.

—Diga que le gusta.

—Me gusta.

—Más fuerte.

—¡Me gusta que me folle así!

Él me dio una bofetada leve en la mejilla, más humillante que dolorosa.

—¿Así cómo?

Yo estaba tan abierta, tan excitada, que las palabras salieron solas.

—Como su puta. Como su sumisa.

La respuesta lo encendió. Me embistió todavía más fuerte, levantándome casi de la cama con cada golpe. Yo sentía cómo mi coño se abría una y otra vez alrededor de él, cómo el placer iba dejando de ser fino para volverse una necesidad ciega, grosera, puramente física.

Entonces me soltó los muslos, me agarró una muñeca y la llevó a su boca. Besó la piel enrojecida por la esposilla y luego escupió sobre mis dedos.

—Chúpate la mano.

Lo hice sin pensar. Él me observó un segundo y apartó la mirada con satisfacción, como si ese gesto de obediencia lo excitara casi tanto como follarme.

Después salió de mí. El vacío me hizo protestar con un sonido patético.

—A cuatro patas otra vez.

Bajé de la cama torpemente, con las piernas temblando. Él me colocó de rodillas en el borde, con el pecho hundido en el colchón y el culo levantado. Me abrió con los dedos, escupió entre mis nalgas y llevó un dedo a mi culo, presionando lento.

Me tensé.

—Respira.

Obedecí. El dedo entró despacio, quemando un poco. Luego se movió dentro, preparándome, mientras con la otra mano volvía a acariciar mi clítoris. Esa combinación me hizo gemir en la sábana.

—Eso también va a aprender a obedecer.

No fue un castigo ni una sorpresa; fue una advertencia dicha con total naturalidad. Sacó el dedo, me dio una palmada fuerte y volvió a penetrarme en el coño antes de que pudiera pensar más. La embestida me arrancó un grito y me dejó chorreando sobre mis propios muslos.

—Todavía no —dijo, notando seguramente cómo me contraía—. Aguanta.

Se inclinó sobre mí, pegando su pecho a mi espalda, y me habló al oído mientras seguía follándome.

—Tu familia va a mirar esa foto y no va a entender nada.

Otra embestida.

—Tus amistades van a escribirte como si tuvieran derecho a opinar.

Otra.

—Pero este cuerpo responde mejor a mi verga que a cualquier consejo que te hayan dado en tu vida.

—Sí, señor —jadeé, casi llorando de excitación.

—Y lo sabes.

Lo sabía. Joder si lo sabía. En la mesita, el móvil vibró varias veces seguidas. Mauro estiró la mano, lo tomó y me lo mostró unos segundos sin dejar de moverse dentro de mí. Eran llamadas perdidas. Mensajes entrando uno tras otro. Nombres conocidos.

La vergüenza me atravesó como una descarga. Y enseguida esa vergüenza se convirtió en combustible. Me corrí un poco sin permiso, apenas un espasmo húmedo, y él lo notó.

—¿Te has corrido?

—No... un poco... perdón...

Me agarró del cuello y tiró de mí hacia arriba hasta obligarme a arquearme contra su pecho.

—No te he dado permiso.

—Perdón, señor.

Su mano bajó entre mis piernas y empezó a frotarme con violencia, castigándome justo en el punto que ya estaba demasiado sensible. El placer se volvió casi insoportable.

—Ahora sí vas a correrte cuando yo quiera, y vas a hacerlo diciendo quién manda.

Yo apenas podía respirar. Él aumentó el ritmo, metiéndomela a fondo una y otra vez mientras sus dedos me trabajaban sin piedad. El sonido húmedo entre mis piernas llenó el dormitorio. La cama golpeaba la pared. Yo solo podía gemir, morder la sábana y temblar.

—Dígalo.

—Usted manda.

—Más fuerte.

—¡Usted manda!

—¿Quién decide cuándo te corres?

—¡Usted, señor!

—Entonces córrete.

El orgasmo me reventó por dentro. No fue una ola suave; fue una descarga brutal que me hizo perder la fuerza en las piernas. Sentí el coño apretarlo con espasmos rápidos mientras gritaba contra el colchón. Mauro no aflojó. Siguió follándome durante todo el orgasmo, alargándolo hasta que dejó de ser placer limpio y se volvió una sensibilidad cruda, casi dolorosa.

—Eso es —gruñó—. Así me gusta verte.

Yo seguía temblando cuando me sacó de golpe y me giró otra vez. Se sentó en el borde de la cama, con la verga dura, húmeda y brillante, y me tiró suavemente de la argolla del collar.

—Abre la boca.

La abrí de inmediato. Mauro me metió la punta, golpeándome la lengua una vez, dos veces, antes de entrar más hondo. Instintivamente apoyé las manos en sus muslos. Él me sujetó del pelo con una mano y con la otra guio el ritmo.

—Quiero verte tragar.

Lo chupé como me había enseñado en esos días: lengua plana, labios húmedos, respirando por la nariz, relajando la garganta cuando me empujaba hasta el fondo. La cabeza me daba vueltas, pero también me sentía absurdamente orgullosa de hacerlo bien. Cada vez que la punta me rozaba el fondo de la garganta, los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Buena chica —dijo, y el elogio me atravesó entera.

Eso me hizo redoblar el esfuerzo. Lo tomé más hondo, moviendo la cabeza con hambre real, con esa mezcla de sumisión y deseo que ya no podía fingir que no me pertenecía. Él empezó a empujar las caderas, usándome la boca con más fuerza. La saliva me corría por la barbilla y manchaba el body roto sobre mi pecho.

—Así, joder... así...

Noté cuándo estaba cerca por la tensión en sus muslos y por cómo me sujetó más firme del pelo. Me hundió hasta el fondo y se quedó ahí un segundo antes de correrse. La primera descarga me golpeó la garganta caliente y espesa. Tragué por reflejo. Luego vino otra, y otra. Mauro no me soltó hasta vaciarse por completo en mi boca.

Cuando al fin me dejó apartarme, tenía los labios hinchados y la respiración hecha mierda. Él pasó el pulgar por la comisura de mi boca, recogió un resto de semen y me lo volvió a meter entre los labios.

—Todo.

Lo tragué mirándolo a los ojos.

—Muy bien.

Ese «muy bien» me dejó más desnuda que todas las fotos juntas.

Me derrumbé de costado sobre la cama, jadeando, con el coño todavía latiendo y una parte de su corrida resbalándome por la barbilla hasta el cuello. Mauro no me abrazó. Nunca confundía posesión con consuelo. Pero me dejó quedarme allí, con la cabeza cerca de su muslo, como si ese lugar ya me correspondiera.

El móvil volvió a vibrar en la mesita. Esta vez no quise mirar. Ya sabía lo que había afuera: preguntas, escándalo, miedo ajeno. Dentro de ese cuarto solo importaba el cuerpo rendido que yo tenía y el hombre que acababa de usarlo exactamente como quería.

—Mírame —dijo al cabo de un rato.

Levanté la cara.

—No hay vuelta atrás.

Me humedecí los labios.

—Lo sé, señor.

—¿Y?

Sentí el peso del collar, el ardor en las nalgas, la garganta usada, el coño sensible y abierto. Sentí también una paz sucia, intensa, completamente nueva.

—Y no quiero volver.

Mauro asintió, satisfecho. Me hizo una seña con dos dedos para que volviera a arrodillarme entre sus piernas. Lo hice sin vacilar. Apoyé la mejilla en su muslo mientras él me acariciaba el cabello deshecho, ya sin el cuidado teatral de antes. Afuera seguiría sonando el mundo. Ahí dentro, en cambio, todo había quedado claro.

Por primera vez desde que había cruzado aquella puerta, no me sentí a prueba. Me sentí aceptada en mi sitio exacto: agotada, marcada, exhibida y, precisamente por eso, más entregada que nunca.

Supe entonces que lo que había empezado como una fantasía ya era otra cosa. No amor limpio. No romance. Algo más crudo, más incómodo y más honesto. La certeza de que mi cuerpo había encontrado a quién obedecer.

Y esa certeza me hizo volver a abrir las piernas incluso antes de que me lo ordenara.

Si este relato te dejó con ganas, conocé acompañantes en Mar del Plata: perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.