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Relatos Ardientes

Mi vecina madura me convirtió en su perro

Vivo en una urbanización tranquila, de esas donde casi todos dejamos el coche en la calle y nos cruzamos a diario al sacar la basura, volver del trabajo o salir a correr. Durante meses me acostumbré a verla de lejos, siempre a la misma hora, siempre regresando de caminar con paso firme, la coleta alta y esa manera despreocupada de moverse que hacía imposible no mirarla.

Se llamaba Nadia. Era una mujer claramente adulta, de esas que no necesitan aparentar nada para llamar la atención. Alta, rubia, con caderas amplias, cintura marcada y unas tetas grandes que casi nunca escondía del todo porque rara vez usaba sujetador. Yo fingía normalidad, pero cada vez que se cruzaba conmigo sentía el golpe seco del deseo en el estómago.

Aquella mañana hacía un calor pegajoso desde temprano. Yo iba tarde, con las llaves del coche en la mano, cuando la vi doblar la esquina de su chalet. Venía empapada de sudor, con una camiseta gris pegada al cuerpo y unos leggings negros tan ajustados que marcaban cada curva de sus piernas y de su culo.

No pude disimular. La tela húmeda dejaba adivinar los pezones bajo la camiseta, y cuando mi mirada bajó, el dibujo de su coño apretado bajo el pantalón me dejó clavado en la acera. Fue uno de esos segundos idiotas en que uno sabe que debería apartar los ojos y aun así no puede.

—Buenos días —dijo ella, deteniéndose a pocos pasos—. Qué calor tan asqueroso.

—Ya se te nota —solté, antes de pensar lo que decía.

Ella arqueó una ceja. Yo ya estaba rojo, pero lo peor vino después.

—Voy a ducharme, porque mira cómo vengo —añadió, señalándose la camiseta mojada.

Y yo, como un imbécil salido al que se le rompió el filtro de golpe, respondí:

—Vas preciosa. Yo te ducharía con la lengua.

El silencio me cayó encima como una losa. Su cara cambió. La mía también. Sentí la vergüenza subirme por el cuello, y estuve a punto de disculparme, de decir que era una broma estúpida, cualquier cosa que arreglara aquello.

Pero Nadia no dijo nada. Se dio media vuelta, caminó hasta su puerta y metió la llave. Antes de entrar, giró la cabeza y me miró por encima del hombro.

—¿De verdad quieres hacerlo? —preguntó con una calma que me descolocó.

—Sí —contesté al instante.

—¿Y tu mujer?

Tragué saliva.

—No tiene por qué enterarse.

Nadia abrió la puerta del todo y me sostuvo la mirada.

—Entonces entra. Vamos a hablar.

La seguí con el corazón desbocado. En cuanto crucé el umbral, me golpeó el olor de su casa: limpio, fresco, con un fondo de sudor reciente que venía de su cuerpo y me encendió todavía más. Cerró la puerta, dejó las llaves en una consola y se volvió hacia mí sin ninguna prisa.

—Si esto sigue, va a ser a mi manera —dijo—. Aquí mando yo. Tú obedeces. Si te doy una orden, la cumples. Si dudas, te vas. Así de simple.

Yo no podía apartar los ojos de su pecho subiendo y bajando bajo la camiseta húmeda.

—Sí.

—No me respondas como si estuvieras borracho. ¿Lo entiendes de verdad?

—Sí, lo entiendo.

Se acercó un paso más. Pude oler su piel caliente.

—No hay marcha atrás una vez empecemos —murmuró—. Si sigues, vas a hacer lo que yo diga aunque te dé vergüenza, aunque no te esperes lo que te pida. ¿Quieres seguir?

Me apretaba la polla dentro del pantalón solo con hablarme así.

—Sí. Quiero seguir.

La comisura de su boca se curvó apenas.

—Bien. Desnúdate aquí.

Miré el recibidor, el espejo, la escalera a un lado, y sentí un temblor de ridículo puro.

—¿Aquí?

—O obedeces o sales por esa puerta.

No me dio tiempo a pensarlo más. Me quité la camisa, luego los zapatos, el pantalón, los calzoncillos. Cuando terminé, estaba completamente desnudo frente a ella, tieso de nervios más que de excitación. Nadia me recorrió con la mirada despacio, sin pudor, evaluándome como si acabara de comprar algo que ahora inspeccionaba.

—Así que esta es la boca valiente que habla en la calle —dijo.

Me agarró la polla con una mano, no con cariño sino con autoridad, y tiró de mí hacia el pasillo.

—Ven.

Entramos en su dormitorio. Las persianas estaban a medio bajar y la habitación olía a crema corporal y ropa limpia. Ella se quedó en medio de la habitación, con las manos en la cintura.

—Ahora me desnudas.

Me acerqué y levanté su camiseta. El olor de su sudor me pegó de lleno, fuerte y animal, y me excitó más de lo que habría admitido jamás. Debajo aparecieron sus tetas pesadas, grandes, libres, con los pezones endurecidos por el calor. Bajé la prenda hasta quitársela del todo, y ella alzó los brazos sin ayudarme ni un poco.

Vi el vello oscuro de sus axilas y aquello me sacudió con una mezcla de morbo y sumisión que no sabía que tenía. Me arrodillé sin que me lo ordenara. Le desaté las zapatillas, se las quité y bajé poco a poco los leggings por sus muslos.

Cuando la tela cayó a sus tobillos, su coño quedó justo a la altura de mi cara. También tenía vello ahí, húmedo, aplastado por el sudor. Antes de que yo hiciera nada, Nadia me sujetó la nuca con fuerza y me estampó la boca contra su entrepierna.

—Límpiame el coño —ordenó—. Ya que te ofreciste, hazlo bien.

Saqué la lengua y la pasé entre sus labios. Sabía a sudor salado y a flujo caliente. Ella soltó un gemido grave y me apretó más la cabeza. Empecé a lamer con hambre, abriendo el coño con la lengua, metiéndola todo lo que podía mientras mis manos se agarraban a sus muslos.

—Así. Sin asco —dijo—. Quiero que te lo tragues todo.

Le lamí de abajo arriba, insistiendo en el clítoris hasta que le temblaron las piernas. Luego volví a hundir la lengua dentro, notando cómo se mojaba cada vez más. El olor era fuerte, sucio en el mejor sentido, y me estaba volviendo loco. Ella respiraba cada vez más deprisa, y de vez en cuando me frotaba el coño en la cara como si me usara de toalla.

—No pares, perro. No pares.

Aquella palabra me atravesó. Perro. No me humilló; al contrario, me puso durísimo. Seguí lamiendo, chupando, metiendo la lengua entre sus labios hinchados hasta que Nadia se corrió de repente con un espasmo brusco. Me apretó la cabeza contra su coño mientras se sacudía, y me llenó la boca de su corrida caliente.

Tragué sin apartarme. Ella jadeó, se aflojó un segundo y yo aproveché para besarle la vulva húmeda, limpiándola despacio.

—Buen chico —murmuró, y aquel elogio me encendió más que cualquier caricia.

Se dejó caer boca arriba sobre la cama, abrió las piernas y me miró con los ojos pesados de excitación.

—Ahora vas a ducharme de verdad con la lengua. Entera. Desde los pies hasta el cuello. No quiero una zona seca.

Me acerqué al borde de la cama y tomé uno de sus pies entre las manos. Empecé a lamer el arco, el talón, los dedos uno por uno, metiéndolos en la boca mientras ella se removía y exhalaba pequeños gemidos satisfechos. Nunca había hecho nada parecido, pero el modo en que me miraba, usándome sin vergüenza, me tenía completamente entregado.

Subí por sus tobillos y pantorrillas, dejando trazos lentos de saliva. Le besé las rodillas, el interior de los muslos, y cuando intenté volver al coño, ella me apartó con un gesto.

—Todavía no. Te dije entera.

Obedecí. Lamí sus ingles cubiertas de vello, luego su vientre húmedo, su ombligo, y seguí hasta sus tetas. Eran aún mejores de cerca de lo que había imaginado tantas veces. Grandes, pesadas, con la piel tibia y un olor limpio mezclado con sudor que me resultó obscenamente excitante.

Las besé por abajo, donde la piel estaba más caliente, y ella misma se las levantó para dejarme lamer el surco húmedo que se formaba debajo.

—Más —me dijo—. Debajo también sudo ahí. Quiero sentir tu lengua.

Le chupé los pezones con ansia, alternando una teta y otra, mordiéndolos lo justo para arrancarle un gemido más fuerte. Nadia me agarró del pelo y me obligó a subir hasta sus axilas.

—Limpia.

No discutí. Pasé la lengua por el vello mojado, respirando su olor corporal a quemarropa. Lo hice una y otra vez, despacio, mientras ella cerraba los ojos y arqueaba la espalda, claramente excitada por verse atendida de aquella forma tan exacta y tan guarra.

Yo estaba ardiendo. Mi polla colgaba dura y pesada, goteando sobre la colcha. Nadia abrió los ojos, la miró y sonrió.

—Veo que al perrito le gusta servir.

Me agarró por la barbilla y me hizo mirarla.

—Pero todavía no te has ganado nada.

Se giró en la cama y se puso a cuatro patas. El culo, amplio y firme, quedó frente a mi cara. Separó las nalgas con una mano y me mostró el ano apretado, limpio, provocador.

—Ahora cómeme el culo.

Dudé un segundo. Ella giró la cabeza.

—Te avisé. Aquí mando yo.

La excitación pudo más que la sorpresa. Me incliné, aparté sus nalgas con ambas manos y empecé a lamerle el culo con cautela. Nadia soltó un gruñido satisfecho.

—Más. No me roces. Lame.

Obedecí. Saqué la lengua por completo y la hundí entre sus nalgas, pasando del coño al ano y del ano al coño, empapándola. Ella empezó a masturbarse por delante, metiéndose dos dedos con fuerza mientras yo trabajaba detrás. Cuanto más le lamía el culo, más se agitaba.

—Joder, sí... así... —jadeó—. Quiero sentirte ahí metido con la lengua. Más fuerte.

Le clavé la lengua todo lo que pude, insistiendo en círculos lentos alrededor del agujero y luego presionando en el centro. Ella empujaba el culo contra mi cara, prácticamente follándome la boca, mientras delante se corría sobre sus propios dedos. Cuando llegó al orgasmo, cayó medio de bruces en la cama y tembló con gemidos roncos que me dejaron todavía más sometido.

Seguí lamiéndola hasta que me apartó con una palmada suave en la mejilla.

—Uff... naciste para esto —dijo, aún jadeando—. Pero quiero comprobar hasta dónde llegas.

Se levantó, abrió el cajón de la mesita y sacó un frasco de aceite corporal.

—Ponte a cuatro patas en la cama.

La orden me dio un vuelco extraño en el pecho. Aun así, la cumplí. Sentí el colchón hundirse detrás de mí y, un instante después, las manos aceitadas de Nadia envolviendo mi polla desde abajo. Se la pasó despacio, apretando el tronco resbaladizo con firmeza, y yo solté un gemido que me avergonzó por lo necesitado que sonó.

—Mírate —se burló cerca de mi oído—. Tan salido que tiemblas solo porque una vecina te toca la polla.

Me masturbaba con un ritmo delicioso, largo, constante, usando más presión de la que yo mismo me habría dado. Sus tetas rozaban mi espalda cada vez que se inclinaba, y ese contacto blando y pesado me estaba deshaciendo. Yo respiraba con dificultad, completamente a su merced.

—¿Te vas a correr ya? —preguntó—. ¿Tan poco aguantas?

—No... —mentí, aunque estaba al límite.

Entonces metió un dedo en mi culo sin avisar.

Me tensé entero y solté un grito ahogado.

—Quieto —dijo, dándome una palmada seca en una nalga—. Aquí mando yo.

Retiró el dedo apenas un segundo, añadió más aceite y volvió a entrar, esta vez más hondo. Siguió pajeándome al mismo tiempo. El contraste entre la molestia del culo abriéndose y el placer brutal de su mano me dejó sin aire.

—Relájate —ordenó—. Si te cierras, duele más. Si obedeces, disfrutas.

Intenté aflojarme. Ella notó el cambio y sonrió.

—Eso es. Buen perro.

Metió un segundo dedo. La sensación se volvió más intensa, más sucia, más humillante y más excitante al mismo tiempo. Cada vez que me masturbaba hacia arriba, los dedos se movían dentro de mí y me arrancaban espasmos involuntarios.

—Mira cómo te gusta —susurró—. Te haces el sorprendido, pero estás chorreando.

Era verdad. La punta de mi polla estaba empapada. Nadia aceleró un poco, sin perder la presión de la mano ni el juego de los dedos dentro de mi culo. Yo ya no pensaba en nada. Solo gemía, apoyado sobre las manos, dejándome usar.

—Pídelo.

—Por favor...

—No. Pídeme que te deje correrte.

La frase me dio una vergüenza feroz, y quizá por eso mismo me quebró por dentro.

—Déjame correrme, por favor.

Ella me apretó más fuerte la polla.

—Dime quién manda.

—Tú.

—Otra vez.

—Tú mandas.

—Ahora sí. Córrete.

Me corrí al instante, sin remedio, con una sacudida brutal que me vació sobre la sábana en chorros espesos. Nadia no retiró la mano hasta exprimir la última gota. Sus dedos siguieron dentro de mi culo mientras yo jadeaba, temblando, completamente vencido.

Cuando recuperé un poco el aliento, sentí la tela bajo mi cara. Ella había levantado la sábana manchada y me la puso delante de la boca.

—Limpia.

La miré por encima del hombro, todavía jadeando.

—¿Qué?

Me dio otra palmada, esta vez más fuerte.

—No me hagas repetirlo.

Saqué la lengua y lamí mi semen de la tela. El sabor salado y espeso, sumado a la humillación de hacerlo mientras sus dedos seguían jugueteando en mi culo, me sacó otro gemido involuntario. Nadia se rió bajo, satisfecha.

—Eres más guarro de lo que aparentas.

Retiró la mano por fin y me hizo incorporarme. Luego me señaló la puerta del baño.

—Ven. Aún no he terminado contigo.

Fui detrás de ella como si llevara una correa invisible. En el baño, abrió la mampara de la ducha y señaló el plato.

—De rodillas.

Obedecí. El azulejo estaba frío bajo las rodillas. Nadia entró conmigo, se apoyó una mano en la pared y me abrió las piernas para acercarme de nuevo su coño a la cara.

—Chupa.

Volví a lamerla con avidez. A esas alturas ya estaba totalmente entregado a su olor, a su sabor y a esa mezcla de autoridad y descaro con que me manejaba. Le hundí la lengua dentro, subí al clítoris, bajé otra vez, sintiendo cómo se iba poniendo más blanda de placer contra mi boca.

—No apartes la cara pase lo que pase —advirtió.

La frase me desconcertó apenas un segundo. Entonces entendí por qué lo había dicho. Sin dejar de presionar mi cabeza, empezó a orinar. El chorro caliente me dio en la boca, la barbilla y el pecho. Mi impulso fue retirarme, pero ella me sujetó con fuerza.

—Quieto. Sigue.

Obedecí. Seguí lamiendo como pude entre el flujo tibio que me caía encima. La sensación era extrema, sucia, inesperada, y sin embargo me puso aún más duro de lo que ya creía posible después de haberme corrido. Nadia gemía mientras se meaba sobre mí, excitadísima por dominar cada una de mis reacciones.

Cuando el chorro terminó, me dejó respirar un segundo, pero enseguida volvió a empujarme contra su coño.

—Ahora termíname esto.

Le chupé el clítoris con insistencia, usando la lengua en círculos cortos y rápidos. Ella empezó a temblar otra vez, se agarró a mi pelo y me frotó contra ella hasta correrse de nuevo en mi cara, esta vez con un orgasmo largo, tembloroso, que la dejó apoyada en la pared recuperando el aire.

Abrió el grifo de la ducha. El agua cayó templada sobre los dos, arrastrando sudor, saliva, restos de orina y el olor espeso del sexo que llenaba el baño.

—Has aprobado —dijo al fin, mirándome de arriba abajo—. Con nota.

Me tendió un bote de gel.

—Ahora lávame.

Le enjaboné el cuerpo entero con las manos, pero cuando intentaba bajar rápido por sus muslos, ella me detenía.

—Despacio. Quiero que me toques bien.

Le lavé las piernas, el vientre, las tetas, las axilas, el culo. Cuando llegué al coño, separó más las piernas y me dejó hacerlo con cuidado, acariciándola entre los labios con espuma y agua caliente. Ella sonreía como quien disfruta de un servicio merecido.

Luego me hizo girarme.

—Tu turno.

Me enjabonó el pecho y el abdomen, bajó por la polla ya medio dura otra vez y la frotó con suavidad burlona. Después metió dos dedos entre mis nalgas para limpiarme por dentro con una minuciosidad casi obscena.

—Esto tiene que estar bien limpio para mí —dijo, como si ya diera por hecho que habría otra vez.

Y yo, en lugar de escandalizarme, sentí un deseo inmediato de asentir.

Nos secamos en silencio. Ella se puso una bata ligera. Yo me vestí con las manos todavía algo temblorosas, tratando de ordenar la cabeza. No sabía si acababa de engañar a mi mujer, de descubrir una fantasía enterrada o de meterme en un lío del que iba a querer más.

Nadia me acompañó hasta la puerta. Antes de abrir, me tomó de la barbilla y me besó con fuerza. No fue un beso tierno: fue un morreo sucio, dominante, en el que todavía pude saborear algo de ella y de mí mezclados.

Cuando se separó, me dio una palmada en el culo.

—Adiós, perro. Cuando vuelva a estar sucia, quizá te llame.

Salí a la calle con las piernas flojas y la cabeza hecha un nudo. Los coches seguían aparcados donde siempre, un vecino regaba unas plantas al fondo, y el sol caía con la misma normalidad de cualquier mañana. Pero yo ya no era exactamente el mismo.

Durante semanas había fantaseado con las tetas de mi vecina madura, con sus leggings pegados y su culo moviéndose al caminar. Nunca imaginé que bastaría una frase idiota, salida de mi boca sin permiso, para que me abriera la puerta de su casa y me enseñara hasta dónde podía llegar obedeciendo.

No sé si Nadia era mi amante, mi ama o simplemente la dueña de una parte de mí que no conocía. Solo sé que desde ese día, cada vez que oigo su puerta abrirse al otro lado de la calle, siento el mismo latigazo en el cuerpo y una sola idea me cruza la cabeza.

Ojalá hoy vuelva a llamarme.

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