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Relatos Ardientes

Acepté ser su sumisa durante un mes entero

Ilustración del relato erótico: Acepté ser su sumisa durante un mes entero

Hoy es el día en que tengo que entregarme, y lo hago siendo libre. Lo decidí hace meses, aunque entonces no lo supiera del todo. La tarde en que me quedé desnuda en aquel despacho, de pie frente a él sin que nadie me lo ordenara, ya me había entregado. Solo que mi cabeza tardó en entenderlo. Ahora estoy otra vez en la misma puerta, esperando que me haga llamar.

Llevo un top de tirantes rojo y una falda negra, nada más. Los nervios de la espera se han transformado en algo distinto, más caliente, más urgente. Sin ropa interior noto cómo la humedad me corre por la cara interna de los muslos cada vez que cambio el peso de una pierna a la otra.

—Pasa —dijo su voz al otro lado.

Cuando entré, no estaba solo. Junto a su mesa había una mujer alta, de espalda recta, vestida únicamente con un arnés del que colgaba un falo de un tamaño que me hizo tragar saliva. Sus pezones rosados, en cambio, me llamaron de otra forma: me dieron ganas de acercarme y morderlos despacio. Él, el señor Duarte, iba impecable, igual que los días de clase, con la camisa abrochada hasta el último botón.

—Esta es Madame Sigma —dijo él—. A partir de hoy, le perteneces tanto como a mí.

Sobre la mesa había una mordaza de cuero. Algo dentro de mí supo de inmediato que era para silenciarme, que lo que venía no querían escucharlo en gritos. Madame Sigma me la colocó y la ató con un gesto seco, tan firme que por un instante sentí que me faltaba el aire.

El señor Duarte tomó una grabadora pequeña y la dejó entre los dos.

—Señorita Parra, voy a leerle el contrato en voz alta —dijo—. Si está en contra de algún punto, niegue con la cabeza. ¿Le molesta si a partir de ahora la llamo «perra»?

Negué. La palabra, en su boca, dejó de sonar a insulto y empezó a sonar a destino. Fue hasta la puerta y la cerró con llave. Mi pulso se disparó.

—¿Has venido aquí por tu propia voluntad? —Afirmé—. Hasta el treinta de julio, Madame Sigma te enseñará a comportarte. ¿Estás de acuerdo?

Afirmé otra vez. Mi mente lo tenía claro: si quería estar con él, primero tenía que ser perfecta para ella.

—Tus normas de higiene serán estrictas —dijo Madame Sigma, rodeándome despacio—. Te lavarás cuando yo lo diga, comerás cuando yo lo diga y te correrás solo cuando yo lo autorice. ¿Lo entiendes, perra?

Asentí. Me indicó que me desnudara, y obedecí sin dudar; aquellas paredes ya me habían visto sin ropa. Entonces me ciñó a la cintura una banda áspera, de esas que muerden la piel.

—No es para hacerte sangrar —murmuró contra mi oreja—. Es para que cada minuto recuerdes lo que eres ahora.

—A esta perra le dan asco los sujetadores corrientes —comentó el señor Duarte, casi divertido.

Madame Sigma me colocó uno tejido con el mismo material rígido. El roce contra los pezones me arrancó las primeras lágrimas, que la mordaza convirtió en un sonido ahogado.

—Ese te lo puedes quitar para dormir —concedió él—. Lo demás, no.

Por extraño que parezca, obedecer me hizo sentir más erguida, más elegante, más deseable. Madame Sigma me empujó con suavidad hasta tumbarme sobre la mesa, de cara a ella, y me penetró sin un solo preliminar. Dolió. Cada embestida hacía que el sujetador áspero se clavara un poco más en mi piel, y aun así, entre el dolor, había algo que crecía, una corriente que no sabía nombrar.

—¿Quieres seguir, perra? —preguntó ella, mientras él nos grababa desde un costado.

Intenté responder que sí y no pude; recordé la mordaza y asentí con todas mis fuerzas. Cada sonrisa del señor Duarte me empapaba un poco más. Sentí que mi cuerpo se tensaba, que estaba a punto de algo enorme, y justo entonces Madame Sigma se detuvo y salió de mí.

—Las perras se corren cuando sus dueños lo ordenan —dijo—. Y yo no he ordenado nada.

Me quedé vacía, temblando, con la frustración latiéndome entre las piernas. Me dio dos golpes secos sobre la banda áspera y la excitación, en lugar de bajar, subió. Los dos rieron.

—Tu imagen ahora es mía —dijo el señor Duarte, acercando la cámara—. Y tengo que rentabilizarla. Hay gente dispuesta a pagar por verte así.

La vergüenza me subió a la cara. Eso no lo había imaginado. Madame Sigma me liberó la mordaza por fin.

—Durante las próximas semanas serás mi juguete —dijo—. Solo espero que no te rompas demasiado pronto.

—Gracias —respondí, y los dos se quedaron mudos un instante—. El día que la vi en el pasillo empecé a desearla. Quería ser justo esto.

—Ser mía —dijo él entonces— implica que te usará quien yo decida y cuando yo decida. Si eres una buena perra, recibirás una parte de lo que paguen por ti.

Eso no lo esperaba. Una cosa era pertenecerle a él; otra, distinta, sentirme una mercancía. Pero ya había dicho que sí, y ese sí lo abarcaba todo.

—Sal de aquí y espera —ordenó Madame Sigma—. Pronto iré a buscarte para enseñarte modales. ¿Aceptas?

—Sí, Madame. ¿Puedo recoger la falda?

—Con la tanga que te he dejado, sí.

Me horroricé al verla: del mismo material áspero que todo lo demás, pensada para clavarse donde más iba a notarlo. Me la puse de todos modos.

***

Cuando llegué a casa me quité la ropa y las bandas, y descubrí sobre el vientre y los pechos un dibujo de marcas rojas. Mientras el agua de la ducha me caía por los hombros, el móvil empezó a vibrar sin parar. Pensé en mis compañeros de clase, en la chica normal que había sido por la mañana, y decidí arreglarme para salir. Necesitaba, aunque fuera por una noche, no sentirme un objeto.

Al volver a la habitación encontré mensajes de un número desconocido. Los abrí.

«Buenas noches, señorita perra. Las imágenes ya están recaudando. Casi has pagado tu primer collar. Estarías preciosa con uno apretándote el cuello. ¿Nos vemos esta noche?».

Las fotos adjuntas me mostraban una cara que no reconocía, deformada entre el placer y el dolor. Me probé el sujetador áspero frente al espejo y, contra todo pronóstico, me pareció hermosa: mis aréolas asomando entre las anillas metálicas, la piel marcada como una firma. Entonces oí un ruido en el pasillo. Me cubrí con una toalla y salí a mirar.

***

Desperté en una cama desconocida, completamente desnuda, en una habitación a oscuras. Una luz potente se encendió de golpe y me cegó, y casi al mismo tiempo escuché voces y risas. Me tapé el sexo con una mano y los pechos con la otra. La cama transmitía leves descargas, suaves pinchazos que me obligaban a moverme. Bajé al suelo a cuatro patas, intentando alejarme, y el foco me seguía a donde fuera. No sabía desde dónde me observaban, y esa incertidumbre era peor que la propia desnudez.

Al cabo de una eternidad, la luz se apagó. Oí una puerta, después unos pasos lentos. Cuando volvió la claridad, frente a mí había un hombre enorme, también desnudo, recortado contra el foco.

No supe cómo, pero acabé inclinada contra el borde de la cama. Me dio varias palmadas que me ardieron y luego me tomó sin contemplaciones. Grité. Cada movimiento me arrancaba una lágrima y un pensamiento único: quiero volver a mi cama, a mi vida, a ser yo. Y, sin embargo, una parte de mí seguía mojada, seguía respondiendo, seguía perteneciéndoles.

Cuando terminó, las luces se apagaron de nuevo. Alguien dejó algo junto a la cama y se marchó. Al encenderse otra vez, vi un plato de comida. Tenía hambre y comí, despacio, sintiéndome exactamente lo que ellos querían que fuera. Después me estiré y, agotada, me quedé dormida.

***

El frío me despertó. Me hice un ovillo, como un animal buscando calor. Esta vez, cuando la luz se encendió, pude ver dónde estaba: un cuarto con paredes y techo de espejo, una sola cama y, a pocos metros, una ducha. Yo, repetida hasta el infinito en cada reflejo.

La puerta se abrió y entró un hombre vestido de negro, con el rostro cubierto. Me trasladó como si no pesara nada y sujetó mis muñecas a una anilla del techo, dejándome estirada, apenas tocando el suelo con las puntas de los pies. Un chorro de agua fría me recorrió la piel entera. Cuando paró, tomó una esponja y me lavó despacio, casi con cuidado, un contraste que me confundió más que cualquier golpe. Luego se abrió el pantalón, me separó las piernas y entró en mí de una sola vez. Lloré; él permaneció en silencio. Cuando acabó, aflojó la cuerda lo suficiente para que apoyara los pies. Sobre el suelo, frente a mí, dejó un billete pequeño. «Aparte de perra», pensé, «soy barata».

Miré mi cara en la pared de espejo: los ojos enrojecidos, la expresión rota y entregada a partes iguales. Una voz habló por un altavoz oculto.

—Hola. ¿Sigo hablando con la misma de ayer? —dijo, burlón.

—Ayer me convertiste en perra —respondí con la voz ronca—. Hoy me has enseñado que cobro por el uso de mi cuerpo.

—Y, sin embargo, todavía te queda algo de dignidad en la forma de hablar.

No supe dónde la veía él. Yo sentía que había dejado de ser quien era para volverme suya por completo.

El hombre calló. Al rato entró una mujer. Se arrodilló, pasó la lengua por mis labios húmedos y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Luego me besó en la boca y, en ese beso, me devolvió mi propio sabor mezclado con el de la noche.

—Córrete para mí, perra —ordenó, mientras recorría mi cuerpo con la esponja.

Y esta vez, por fin autorizada, dejé que el placer me llenara hasta el último rincón. Me deshice contra sus manos, temblando, agradecida.

—Buena perra —susurró—. Obediente.

Cuando terminó de lavarme el pelo, me colocó un collar de cuero con su correa y me dejó calzarme unas botas de tacón alto. Me guio hasta una habitación contigua, caminando a su lado, y allí estaban Madame Sigma y el señor Duarte, esperándome.

—¿Le diste permiso para correrse? —preguntó él a la mujer.

Bajé la mirada al suelo. Una fusta restalló contra mis nalgas, y el ardor se mezcló con algo parecido a la felicidad.

—Gracias, señor Duarte —dije.

Hubo más golpes, pero estaba demasiado contenta para contarlos. Volví a sus pies y me quedé allí, pendiente de él, mientras los dos hablaban entre sí. Después Madame Sigma tiró de la correa y me condujo de nuevo ante un espejo. Me mostró un collar más estrecho, otro de esos que muerden, y al tensarlo grité. Ella rió con una crueldad que ya empezaba a resultarme familiar.

—Si en un solo día he conseguido esto de ti —dijo, mirando mi reflejo—, imagina lo que serás dentro de un mes.

Volvieron a encerrarme en el cuarto de espejos. A cuatro patas, contemplé mi imagen multiplicada en cada pared y, en lugar de horror, sentí orgullo. Me había entregado por voluntad propia, y cada hora que pasaba me hundía un poco más en aquello que tanto había deseado sin atreverme a nombrarlo.

Quedaban casi treinta días. Y, por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente lo que era y para qué servía.

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Comentarios (3)

ValeSurOk

Tremendo relato!! Me tuvo en vilo de principio a fin, no pude parar de leer.

Manu_BA

Por favor seguí escribiendo, esto tiene mucho mas por contar. Quede con ganas de saber como termino el mes entero

HectorBsAs

Esto si que es una historia con profundidad. No es solo lo obvio, hay algo en la dinamica entre los dos que se siente real. Muy bueno.

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