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Relatos Ardientes

Mi jefa sabía mi secreto y me hizo su esclava

El mensaje le llegó a las seis y diez de la tarde, cuando el resto de la planta ya recogía sus cosas. «Sube a mi despacho cuando se vaya todo el mundo. Tenemos que hablar de la caja menor.» Renata leyó esas dos frases cinco veces seguidas, y a la quinta el estómago se le había cerrado del todo.

Llevaba meses esperando ese mensaje sin querer reconocerlo. Cada vez que cuadraba los gastos del departamento sabía exactamente cuánto faltaba, y cada vez se prometía que sería la última. Primero fueron cuarenta dólares para llegar a fin de mes. Después un poco más, porque nadie revisaba, porque Daniela confiaba en ella, porque era tan fácil que parecía casi una tontería no hacerlo.

Subió en el ascensor con las manos frías. El piso veinte estaba vacío, las luces de las oficinas apagadas, solo el resplandor de la ciudad entrando por los ventanales. La puerta del despacho privado estaba entreabierta. Daniela la esperaba de pie junto al escritorio, perfecta como siempre, el traje sastre impecable a esa hora a la que cualquier otra persona ya estaría arrugada.

—Cierra la puerta —dijo, sin levantar la vista de la carpeta abierta frente a ella.

Renata obedeció. Y cuando se giró, lo entendió todo de golpe.

***

Renata temblaba cuando Daniela la empujó contra el sofá de cuero del despacho privado. El aire acondicionado zumbaba bajo, casi inaudible, pero ella tenía la piel ardiendo. La carpeta seguía abierta sobre el escritorio, con todas las pruebas a la vista: nueve meses de pequeños desvíos, cantidades que sumadas pasaban de los once mil dólares de la caja menor. Nada que la mandara presa demasiado tiempo. Pero suficiente para destrozar su nombre, su matrimonio y cualquier carrera que pretendiera tener después.

Daniela se inclinó sobre ella. Una mano en el cuello —sin apretar, solo marcando el control—, la otra deslizándose por debajo de la falda recta hasta rozar la tela ya húmeda de la ropa interior.

—Quítate la blusa, Reni. Despacio. Quiero ver de una vez esas tetas que tanto le gustan a Hugo.

Renata negó con la cabeza. Las lágrimas le bajaban calientes por las mejillas.

—Daniela… por favor… yo no soy así. Nunca he estado con una mujer. No puedo… esto no.

Daniela soltó una risa corta, sin pizca de calor, y cerró un poco más los dedos en su garganta para obligarla a sostenerle la mirada.

—¿Sabes cuánto te llevaste exactamente? Once mil doscientos cuarenta. En nueve meses. Lo detecté en tu segunda semana. ¿Y sabes por qué me callé? Porque te quería justo aquí. En mis manos. Temblando, mojada, suplicando para no terminar en una comisaría. Y porque Hugo lleva mirándote desde el día que entraste por esa puerta. Dice que tienes el cuerpo de las que no se olvidan.

Renata sollozó, pero su cuerpo la desmentía sin permiso. Los pezones se le habían endurecido contra la blusa y entre las piernas sentía un latido que no quería reconocer.

Hugo entró en ese instante y giró la llave a su espalda. Traía la camisa abierta hasta la mitad, el pecho marcado por una capa fina de sudor. Bajo el pantalón ya se le adivinaba la erección, una curva gruesa tensando la tela.

—Quítate la ropa —ordenó Daniela, soltándola para cruzarse de brazos y observar—. O llamo ahora mismo a la policía y a recursos humanos. Tú eliges.

Con los dedos torpes, Renata se desabrochó la blusa. El sostén cedió y sus pechos quedaron libres, pesados, los pezones oscuros ya tensos. Hugo gruñó algo de aprobación y se acercó. Le tomó los pechos con las dos manos, los apretó, le pellizcó los pezones hasta arrancarle un gemido en el que el dolor y el placer ya no se distinguían.

—Mira esto —le dijo a Daniela sin apartar las manos—. Valía la pena la espera.

Renata mantenía los ojos clavados en un punto cualquiera de la alfombra, como si no mirar pudiera devolverle algo de control. No funcionaba. Cada pellizco le mandaba una descarga directa al vientre, y odiaba que su cuerpo respondiera con esa claridad, sin pedirle permiso, delante de las dos personas que más poder tenían sobre su vida en ese momento.

—Te has puesto roja —observó Daniela, divertida, dando una vuelta lenta alrededor del sofá—. ¿Es por la vergüenza o por otra cosa? Porque desde aquí no parece vergüenza.

Renata no contestó. No confiaba en su voz.

Daniela se desnudó con calma, como quien tiene todo el tiempo del mundo. El cuerpo firme, la cintura estrecha, el sexo afeitado y ya brillante. Se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas y se señaló con dos dedos.

—Arrodíllate aquí, Reni. Vas a usar la lengua hasta que yo te lo permita. Y mientras tanto, Hugo te va a recordar por qué nadie va a creerte si un día abres la boca para otra cosa.

Renata negó otra vez. La voz se le rompía.

—No… Daniela… nunca he hecho esto… no sé cómo.

Daniela la agarró del pelo y tiró hacia abajo, hasta dejarla de rodillas entre sus muslos abiertos. El olor llegaba denso, íntimo, imposible de ignorar a esa distancia.

—No te estoy preguntando. Te lo estoy diciendo. Abre la boca y empieza. O mañana a esta hora sales esposada de este edificio.

Renata cerró los ojos. Sacó la lengua, temblando, y el primer contacto la atravesó como una corriente. La carne tibia, suave, contra su boca. Daniela soltó un gemido grave y empujó las caderas hacia delante.

—Así. Más fuerte. No te hagas la inocente ahora.

Renata obedeció. Lengua plana, recorriéndola de abajo a arriba, después círculos lentos donde la otra reaccionaba más. Daniela gemía cada vez más alto, le sujetaba la cabeza con las dos manos para guiarla, marcándole el ritmo contra su propia cara. La humedad se le repartía a Renata por la barbilla y bajaba.

Hugo se colocó detrás de ella y se bajó el pantalón. Pasó la punta entre los muslos de Renata, separándola, comprobando lo mojada que estaba a pesar de todo.

—Está chorreando —dijo, casi divertido—. Tanto teatro y mírala.

Empujó de una vez, hasta el fondo. Renata gritó contra el sexo de Daniela, el cuerpo cediendo a un estiramiento que la dobló por dentro. Hugo la embistió con golpes largos y profundos, y cada uno la lanzaba más contra Daniela, de modo que sus propios gemidos ahogados se volvían vibración sobre la otra.

El sonido del despacho era obsceno. El choque húmedo de Hugo entrando y saliendo, los jadeos sofocados de Renata, la respiración entrecortada de Daniela arriba, el golpeteo de la piel contra la piel.

—No pares —jadeó Daniela, tirándole del pelo—. Te falta poco para que esto deje de ser un castigo.

Daniela llegó primero. Se arqueó sobre el sofá, le clavó los dedos en la nuca y la apretó contra ella mientras temblaba, repitiendo su nombre entre maldiciones. Renata siguió con la lengua, obediente, hasta que la otra le apartó la cabeza, demasiado sensible para soportar más.

Hugo aceleró. Bajó una mano hasta el clítoris de Renata y empezó a frotar con dedos firmes.

—Termina ya —le ordenó al oído—. Quiero que tu jefa vea cómo te corres.

Y Renata se corrió, a su pesar, el cuerpo entero sacudiéndose alrededor de él en oleadas que no pudo contener. Hugo no se detuvo. Siguió hasta que un gruñido ronco le quebró la voz y se hundió hasta el fondo, vaciándose dentro de ella con una serie de empujones cada vez más lentos.

Se retiró despacio. Renata quedó de rodillas, la respiración rota, el sudor pegándole el pelo a la frente.

Daniela bajó del sofá y se arrodilló frente a ella. Le tomó la cara con una mano, casi con ternura, y le limpió una lágrima con el pulgar.

—Mírate —murmuró—. Llevabas meses fingiendo que no querías esto.

La besó. Un beso largo, hondo, que Renata no supo si devolver o aguantar, y que al final devolvió. Cuando se separaron, Daniela le sonreía con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

—Esto es solo el principio, Reni. A partir de ahora te quedas después de hora cuando yo lo diga. Vienes a mi casa los días que yo decida. Eres nuestra, de los dos, hasta que a mí se me ocurra otra cosa. ¿Lo entiendes?

Renata asintió en silencio, incapaz de mirarla a los ojos.

—Y si algún día se te ocurre decir que no —siguió Daniela, recogiendo la carpeta del escritorio y dándole unos golpecitos contra la palma de la mano—, esto va directo a la policía. Y a tu marido. Una llamada. Nada más.

Renata se quedó tendida en el sofá cuando los dos terminaron de vestirse y volvieron al mundo de afuera como si nada hubiera pasado. El cuerpo le dolía en sitios que no sabía que existían. Tenía la piel marcada, la ropa hecha un bulto en el suelo, el maquillaje corrido.

Debería haber sentido vergüenza. Debería haber sentido pánico. Y los sentía, en parte.

Pero también, entre las piernas, latía algo más oscuro que no se atrevía a nombrar. Una anticipación.

El viernes.

Se vistió despacio, recompuso lo que pudo frente al espejo del baño privado y bajó al estacionamiento con la cabeza gacha. En el ascensor, su reflejo le devolvió la mirada de una mujer que ya no era exactamente la misma que había entrado esa mañana.

Sabía que volvería. Y no solo por miedo a la carpeta.

Esa fue la parte que más le costó perdonarse.

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Comentarios (4)

Tito_88

tremendo!!!

Kari_noche

No pude parar de leer, me engancho desde el primer parrafo. Muy bueno.

LectoR_Pampa

El final me dejo con ganas de mas... hay continuacion? por favor que la haya

DominioFelino

La tension desde el arranque es increible, muy bien llevada. Seguí publicando!

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