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Relatos Ardientes

Subí a quejarme del ruido y bajé siendo suya

El reloj marcaba las dos de la mañana y los graves del apartamento de enfrente seguían haciendo temblar los vasos en mi alacena. Era la tercera noche seguida. Iván se había mudado hacía apenas un mes y parecía no entender que las paredes de este edificio eran de cartón y que el resto de los mortales teníamos que levantarnos a trabajar.

Me incorporé del sofá con una rabia que me quemaba el pecho. No me molesté en vestirme: me eché una bata de seda gris sobre el camisón corto, ese que apenas me tapaba los muslos y que no dejaba mucho a la imaginación bajo la tela fina. Salí al pasillo descalza, mis pasos casi mudos sobre la alfombra gastada del rellano.

Frente a su puerta, el ruido era una presencia física. Golpeé la madera con los nudillos, primero tímida, después con la fuerza de quien ya perdió la paciencia.

—¡Iván! ¡Abre de una vez! —grité, esperando atravesar el muro de sonido.

La música se cortó en seco. El silencio que quedó fue casi doloroso, un vacío repentino que me dejó el corazón latiendo a destiempo. Escuché el cerrojo girar y la puerta se abrió de golpe.

Iván no era el tipo de vecino con el que una discute en pijama a las dos de la mañana. Se quedó ahí, apoyado en el marco, sin camiseta, con unos pantalones de gimnasia que le caían peligrosamente bajos en la cadera. Tenía el pelo oscuro revuelto y unos ojos que me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que me hizo sentir desnuda al instante.

—¿Te molesta el ruido, Marina? —preguntó. Su voz no era la de alguien que pide disculpas. Era grave, áspera, y la sentí vibrar directamente en el bajo vientre.

—Son las dos, Iván —respondí, intentando que la voz no me temblara—. Entro a trabajar a las ocho. No es justo que todo el edificio aguante tu música.

En lugar de retroceder, dio un paso hacia el pasillo e invadió mi espacio. Yo me eché atrás por instinto hasta que mi espalda chocó contra la pared fría del rellano. Él apoyó una mano junto a mi cabeza y se inclinó. El olor a colonia cara, a tabaco y a un calor casi animal me envolvió entero.

—Lo que no es justo es que lleves un mes mirándome por la mirilla cada vez que entro o salgo, Marina —susurró, acercando su cara a la mía hasta que sentí su aliento—. Y lo que es un pecado es que subas con esa bata sabiendo perfectamente que no llevas nada debajo.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. El frío de la pared chocaba contra el fuego que salía de su cuerpo. Iván bajó la mirada hacia mi pecho, donde mis pezones, traicionados por el aire del pasillo y por la tensión del momento, se marcaban con descaro bajo la seda.

—¿Subiste a quejarte del ruido —preguntó— o subiste porque no aguantabas una noche más sin que te prestara atención?

Me quedé sin respuesta, atrapada entre el muro helado y el calor que desprendía su cuerpo. Su mirada no pedía permiso; tomaba posesión de cada centímetro de mi piel con una arrogancia que me hacía hervir la sangre y, al mismo tiempo, me aflojaba las rodillas. Intenté apartarle el brazo, pero fue como tratar de mover una viga.

—No sé de qué hablas —mentí, aunque la voz me salió como un hilo quebrado—. Solo quiero que bajes el volumen.

Soltó una risa seca. Se acercó tanto que su pecho rozó mis pezones endurecidos bajo la tela. La sensación fue eléctrica, un chispazo que me recorrió la columna y se instaló entre mis piernas, que ya empezaban a delatarme.

—Mientes tan mal como te escondes —murmuró, bajando la mano libre desde la pared hasta mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. Subiste con la excusa de la música porque necesitabas que alguien te pusiera las manos encima. Y yo no soy de los que dejan una cosa a medias.

Con un movimiento fluido me agarró de la cintura y me giró, estampándome de espaldas contra la puerta de mi propio apartamento, justo enfrente del suyo. El golpe no dolió, pero bastó para dejarme claro que ya no controlaba nada. Sus manos subieron por mis costados, apretando la carne bajo la bata.

—¿Quieres silencio? —preguntó, su boca rozándome la oreja mientras sentía el bulto inconfundible de su erección contra mi muslo—. Pues te voy a dar una razón de verdad para que te quedes muda. O mejor: para que seas tú la que despierte a los vecinos.

Mis manos, que se habían alzado para empujarlo, terminaron aferradas a sus antebrazos. Era una rendición silenciosa. Iván lo notó y su sonrisa se volvió más peligrosa. Metió una mano por la abertura de la bata, buscando el contacto directo con mi piel. Cuando sus dedos rozaron la curva de mi pecho, solté un jadeo que ahogó al instante con su otra mano sobre mi boca.

—Shhh —ordenó, y el brillo de sus ojos me dejó claro que no era una sugerencia—. Si vas a gritar, asegúrate de que sea porque yo te lo pido.

El sensor de movimiento del pasillo se apagó, dejándonos en una penumbra cómplice, rota apenas por la rendija de luz que salía de su puerta abierta. En la oscuridad sentí cómo desataba el nudo de mi bata con una destreza insultante. La seda se deslizó por mis hombros y quedó colgando de mis codos.

—Mírate —gruñó él—. Te gusta la idea, ¿verdad? Que alguien abra su puerta ahora mismo y te vea así, contra la pared, reclamada por el vecino al que tanto dices odiar.

Sentí sus dedos pellizcar mis pezones con una presión que me hizo arquear la espalda. El miedo a que nos descubrieran se fundió con un deseo salvaje, una mezcla que me daban ganas de suplicarle que no parara.

—¿Sabes qué pasa con las quejas por ruido, Marina? —susurró, su voz un ronroneo bajo—. Que a veces el castigo tiene que ser igual de escandaloso que el delito.

De pronto se oyó un ruido metálico: alguien en el piso de abajo había cerrado una puerta. El pánico me subió por la columna, pero él no se inmutó. Al contrario, pareció alimentarse de mi miedo. Me soltó la boca solo para tomarme del brazo con firmeza y arrastrarme hacia el umbral de su apartamento. No fue brusco, sino una demostración de poder puro; yo era una hoja arrastrada por su corriente.

***

Entramos en su salón. La luz era baja, cálida, y olía a cuero y a whisky. Iván cerró la puerta de un puntapié, pero no echó el cerrojo. Me empujó suavemente hacia una mesa alta que separaba la cocina del salón y me sentó en el borde, con las piernas colgando y mis ojos a la altura de los suyos.

—Ahora que estamos en mi territorio, las reglas cambian —dijo, colocándose entre mis muslos abiertos y obligándome a rodearle la cintura con las piernas—. Aquí, el único volumen que me importa es el de tus gemidos. Pero antes quiero ver hasta dónde llega tu paciencia.

Metió las manos bajo mi camisón, esta vez sin barreras, y me agarró las nalgas con una fuerza que me arrancó un grito sordo. Sus dedos se hundieron en mi carne, reclamándome. Después, con una lentitud exasperante, empezó a frotar el centro de mi humedad, rozando apenas el clítoris a través del encaje de mi ropa interior.

—Dime que lo quieres —ordenó, clavándome la mirada—. Dime que llevas fantaseando con que el vecino ruidoso te hiciera esto desde el primer día que me viste en el ascensor.

—Iván… —logré articular, la cabeza cayéndome hacia atrás mientras mi cuerpo empezaba a temblar—. Por favor…

—¿Por favor qué? ¿Por favor que pare? ¿O por favor que te dé lo que te mereces? —Se inclinó y me mordió el lóbulo de la oreja, un dolor agudo que se convirtió en una descarga de lujuria—. Vas a pasar el resto de la noche intentando no despertar a los vecinos. Porque si te escucho gritar una sola vez antes de que yo te lo autorice, se acaba el juego. ¿Entendido?

Solo pude asentir, hipnotizada por la autoridad que salía de él. Iván sonrió, una sonrisa cargada de promesas oscuras, y me bajó la ropa interior de un tirón, dejándola caer al suelo como un trofeo. Estaba expuesta, abierta para él, bajo la luz de su salón, sabiendo que en cualquier momento podía decidir devolverme al pasillo o dejarme ahí, temblando, esperando su siguiente orden.

***

No perdió el tiempo. Con un movimiento seco me bajó de la mesa, pero no para liberarme. Me obligó a darme la vuelta y me presionó el pecho contra la superficie fría y pulida de la madera. Mis brazos quedaron extendidos al frente mientras él, con una mano firme en la nuca, me empujaba para que las caderas se me elevaran, ofrecidas a su merced.

—Quédate así —ordenó, y la frialdad de su voz contrastaba con el calor de su cuerpo pegado a mi espalda—. Quiero que sientas el peso de tu propia decisión. Viniste buscando al vecino ruidoso y lo encontraste. Ahora vas a aprender lo que es la disciplina.

Escuché el metal de su cinturón al desabrocharse. El tintineo fue una bofetada de realidad que me hizo contraer los muslos. Estaba inclinada en su salón, con la puerta sin cerrar del todo, sabiendo que cualquier paso en el pasillo podía descubrir mi desgracia, o mi mayor gloria. Iván se tomó su tiempo. Recorrió la curva de mis nalgas con el dorso de la mano, una caricia lenta que terminó en un azote seco y sonoro.

El grito me nació en la garganta, pero recordé su advertencia y lo ahogué mordiéndome el labio hasta saborear sangre.

—Buen instinto —susurró, y sentí su aliento caliente en la parte baja de mi espalda—. Pero no es suficiente.

Sentí sus dedos, lubricados con mi propio deseo, empezar a jugar con mi entrada. No buscaba placer inmediato; buscaba recordarme que cada milímetro de mi cuerpo estaba bajo su jurisdicción. Se inclinó sobre mí, su pecho aplastándome la espalda, y con la mano libre me agarró del pelo, tirando hacia atrás para que mi cara quedara expuesta en el espejo de la entrada.

—Mírate —exigió—. Mira la cara que pones mientras tu vecino te prepara como si fueras un objeto. Esa es la cara de una mujer que dejó de mandar.

En el espejo vi mis ojos dilatados, mis mejillas encendidas, mi boca entreabierta buscando un oxígeno que parecía haberme robado. Era una imagen extraña y excitante: la vecina perfecta, la que siempre cumplía las normas, sometida por el hombre que las rompía todas. Iván introdujo un dedo, luego dos, con una firmeza que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido sordo contra la mesa.

—Estás tan empapada que cuesta creer que no hayas subido antes —se burló, aumentando la fricción—. Pero esta noche no vas a ser tú la que marque el ritmo. Vas a aguantar cada embestida y me vas a dar las gracias por cada segundo de este castigo.

Soltó mi pelo y se acomodó detrás de mí. La dureza de su cuerpo contra mi espalda me hizo entender que el juego previo había terminado. Estaba a punto de ser reclamada de una manera que haría que cualquier ruido anterior pareciera un susurro.

—Recuerda lo que pactamos —gruñó, su voz vibrando contra mi espalda como un trueno bajo—. Ni un solo ruido.

Sin más preámbulo se hundió en mí de una estocada profunda. El impacto fue tal que mi pecho golpeó la madera y mis uñas rasparon la superficie pulida. Un grito intentó salir, pero hundí la cara en mi propio brazo y lo ahogué hasta convertirlo en un sollozo mudo. La sensación de plenitud era abrumadora; me reclamaba con una fuerza que desmantelaba cualquier rastro de mi educada identidad de vecina.

Empezó a moverse, marcando un ritmo implacable. Cada embestida era una lección de autoridad. No buscaba armonía; buscaba conquista. Sus caderas chocaban contra las mías con un sonido seco que, en el silencio sepulcral de la casa, parecía amplificarse.

—Así —susurró, inclinado sobre mí, su sudor goteándome en los hombros—. Así es como quiero que me recibas. Abierta y en silencio, como una buena vecina.

De pronto un sonido del pasillo me heló la sangre: pasos pesados y el tintineo de unas llaves. Era el vecino del apartamento contiguo, un hombre mayor y chismoso que siempre vigilaba cualquier anomalía en el rellano. Iván lo escuchó perfectamente, pero en lugar de detenerse lo tomó como un desafío. Sus estocadas se volvieron más rápidas, más profundas, obligándome a luchar contra el placer violento que amenazaba con hacerme estallar en un grito que nos delataría.

—¿Lo oyes? —siseó a mi oído, su mano volviendo a enredarse en mi pelo—. Don Rivas está justo ahí fuera. Si sueltas un solo gemido, abrirá la puerta y nos verá. Me verá tomándote así, sobre mi mesa, como si fueras mía.

El riesgo era una droga. Sentirlo invadirme con esa ferocidad mientras la posibilidad del escándalo flotaba a pocos metros me llevó a un estado de delirio. Mis músculos se contrajeron a su alrededor en espasmos involuntarios y sentí el orgasmo subir desde lo más hondo del vientre. Era una ola de fuego que no podía contener. Iván lo notó; sus embestidas se volvieron frenéticas, su respiración un rugido contenido.

—Aguanta… —ordenó, la voz cargada de urgencia—. ¡Aguántalo para mí!

Me mordí el labio hasta que el dolor fue lo único que me impidió gritar su nombre. Los pasos se detuvieron frente a su puerta por un segundo eterno y luego siguieron hacia el otro apartamento. En ese instante de alivio, la tensión se rompió y mi cuerpo se convulsionó en un clímax violento que me dejó sin visión, mientras él me poseía con una última estocada que selló mi rendición.

***

Todavía me temblaban las piernas cuando me obligó a levantarme de la mesa. El aire del salón me golpeó la piel húmeda, pero la tregua duró un segundo. Su deseo parecía alimentarse de mi agotamiento. Me tomó del brazo, con esa mezcla de firmeza y posesión que ya había aceptado como mi nueva realidad, y me condujo hacia el gran ventanal del salón.

—El patio interior tiene una acústica excelente, Marina —susurró, abriendo apenas la hoja de cristal. El aire de la noche entró con un silbido bajo—. Y desde aquí, cualquiera de las otras ventanas podría estar mirando.

Me empujó contra el cristal frío y me obligó a apoyar las palmas sobre la superficie transparente. Afuera, las luces de los apartamentos vecinos formaban un mosaico de sombras. Estaba desnuda, expuesta ante el vacío, con Iván cubriéndome la espalda como una armadura de carne caliente.

—Míralos —ordenó, rodeándome el cuello con una mano, no para apretar, sino para recordarme que mi cabeza se movía solo si él lo decidía—. Todos esos vecinos que tanto te preocupan. Ahí están, durmiendo, ajenos a que su vecina ejemplar está aquí fuera de sí, entregada al hombre que odiaba hace una hora.

Se colocó de nuevo detrás de mí, pero esta vez no hubo entrada inmediata. Sacó un pañuelo de seda del bolsillo y, con una destreza que me hizo temblar, me vendó los ojos. La oscuridad absoluta me sumergió en un mundo donde solo existían el tacto de sus manos y el sonido de mi propia respiración agitada. Al perder la vista, el frío del cristal contra mis pechos y el calor de su cuerpo rozando mis nalgas se multiplicaron por mil.

—Ahora no puedes ver quién te mira —siseó a mi oído—. Solo puedes sentir lo que te voy a hacer. Y cada vez que sientas el aire frío, recordarás que estás a la vista de todos.

Bajó las manos hasta mis tobillos y me obligó a separar las piernas más de lo que mi equilibrio permitía. Sentí cómo introducía algo frío y vibrante entre mis muslos, un pequeño juguete que empezó a zumbar rítmicamente contra mi clítoris. El contraste entre la vibración mecánica y el calor de su otra mano, que ahora exploraba mi interior con dos dedos hambrientos, me arrancó un sollozo.

—¡Iván, alguien me va a ver! —jadeé, mi frente golpeando el cristal.

—Ese es el castigo, Marina. El miedo a que te vean es lo que te mantiene viva —respondió, subiendo la intensidad de la vibración—. Ahora vas a decirme lo que eres. Vas a decírselo a la noche y a todos esos vecinos detrás de los cristales.

—Soy… soy tuya —gemí, perdiendo la batalla contra la venda y la oscuridad.

—Más fuerte. Que el patio lo oiga si quiere.

—¡Soy tuya, Iván! ¡Soy tu vecina y estoy a tu merced!

Él rió, una risa baja y triunfante, antes de retirar el juguete y sustituirlo por su propia dureza en una embestida que me hizo resbalar sobre el cristal. La dominación era total: vendada, expuesta y temblando bajo el mando de un hombre que no conocía la piedad. Me poseía frente al abismo del patio, marcando un ritmo que hacía vibrar el ventanal contra mis manos, convirtiéndome en el ruido más hermoso y prohibido de todo el edificio.

Sus embestidas se volvieron cortas y rápidas, diseñadas no para darme un placer pausado, sino para llevarme al frenesí total. Yo estaba perdida en un laberinto de sensaciones: el frío del cristal en la frente, el aire nocturno en la espalda y el fuego abrasador de Iván rompiéndome la voluntad desde adentro.

—Vas a llegar ahora —sentenció con una autoridad que no admitía réplica—. Pero vas a hacerlo sin gritar. Te vas a tragar cada gemido, te vas a morder la lengua si hace falta, pero quiero que tu clímax sea un secreto que solo mis oídos puedan reclamar.

Aumentó el ritmo hasta un punto insoportable. Mis músculos se tensaron, mi vientre se convirtió en un nudo de éxtasis y sentí la primera oleada subir por mis piernas. Era una tortura deliciosa. Me golpeaba con una precisión quirúrgica, buscando el punto exacto que me haría quebrar.

—¡Ahora! —gruñó.

El mundo estalló. Mis uñas rasparon el cristal y mis rodillas cedieron, pero él me sostuvo con fuerza, manteniéndome erguida mientras mi cuerpo se convulsionaba en un clímax silencioso y violento. Me mordí el brazo con desesperación, ahogando un grito que habría despertado a medio vecindario. Las lágrimas de placer humedecieron la venda mientras Iván, con un último rugido sordo, se vaciaba en mí, sellando su posesión en la oscuridad de su salón.

***

El silencio volvió al salón con una pesadez casi física, interrumpido solo por el eco de nuestras respiraciones entrecortadas. Iván me sostuvo contra el cristal unos segundos más, dejando que mi cuerpo asimilara la magnitud de la rendición. Mis piernas eran de gelatina y el sudor frío me hacía temblar, pero la calidez de su pecho contra mi espalda era lo único que me mantenía en pie.

Con una lentitud deliberada me desató la venda. La luz tenue me golpeó los ojos y parpadeé mientras recuperaba la vista. El reflejo en el ventanal me devolvió una imagen que no reconocí: labios hinchados, pelo hecho un nido, piel marcada por sus dedos y por el roce del cristal.

Me giró para que lo mirara de frente. No mostraba ni rastro de cansancio; sus ojos oscuros brillaban con la satisfacción de quien ha conquistado un territorio difícil. Con el pulgar me limpió una lágrima que resbalaba por mi mejilla.

—Mírate, Marina —susurró, su voz recuperando ese tono aterciopelado y dominante—. ¿Dónde quedó la vecina que venía a darme lecciones de comportamiento?

No pude responder. Bajé la cabeza, pero él volvió a sujetarme de la mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada.

—Mañana, cuando nos crucemos en el ascensor, llevarás tu ropa de oficina y tu cara seria —continuó, una sonrisa ladina dibujándose en su rostro—. Pero bajo esa ropa sentirás el escozor de mis marcas. Y cada vez que escuches un ruido en mi apartamento, por pequeño que sea, recordarás cómo te sentiste esta noche. Recordarás que me perteneces.

Se agachó, recogió mi ropa interior de encaje del suelo y se la guardó en el bolsillo con un gesto que sellaba su victoria.

—Esto me lo quedo —sentenció—. Es mi fianza. Si la quieres de vuelta, ya sabes dónde vivo. Pero no vuelvas a llamar a la puerta para quejarte. Si llamas, será para ponerte de rodillas.

Me soltó y caminó hacia la puerta, abriéndola de par en par. El pasillo estaba desierto y frío, iluminado por la luz aséptica del sensor de movimiento. Me entregó la bata de seda y él mismo me la colocó sobre los hombros, ocultando mi desnudez pero no mi sumisión.

—Ve a dormir, vecina —ordenó, dándome un último azote suave pero posesivo en la cadera—. Intenta no hacer ruido al entrar. No querrás que los vecinos piensen que algo ha cambiado, ¿verdad?

Caminé por el rellano como un autómata, sintiendo el aire frío entre las piernas y el latido de mi deseo todavía vivo. Entré en mi apartamento y cerré la puerta, apoyando la frente contra la madera. A través de la pared escuché cómo Iván subía de nuevo el volumen de su música, solo un poco, lo justo para que yo supiera que seguía allí, mandando sobre el silencio y sobre mí.

El castigo había terminado, pero yo sabía, mientras me tocaba los labios aún encendidos, que mi libertad se había quedado en el apartamento de enfrente. Y que mañana sería yo la que buscaría cualquier excusa para volver a ser castigada.

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Comentarios (5)

Dante_BA

El titulo lo dice todo jajaja. Tremendo relato, me enganche desde la primera linea

RosarioSur

Por favor que haya segunda parte... asi no se puede dejar colgado al lector! Quede con ganas de saber que paso despues

FacuMdq

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

Noctua_Ros

Me recordo a una situacion parecida que me conto una amiga, la verdad que nunca saben cómo pueden terminar estas cosas jajaja. Muy bien narrado, se siente real sin ser exagerado

Lucia_BA

Lo que mas me gusto es cómo va cambiando el estado de animo del personaje a lo largo del relato. Sin vulgaridades innecesarias, muy bien escrito. Seguí!

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