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Relatos Ardientes

Mi primer día de clase me convirtió en su esclava

Me llamo Noelia, tengo veintiún años y escribo esto por orden estricta de mi amo, don Teodoro. Él tiene sesenta y seis años y fue el hombre que decidió, hace casi dos, que mi vida y mi cuerpo le pertenecían por completo. Quiere que detalle mis pensamientos y, sobre todo, lo que me hace cada vez que me usa, para que vosotros me leáis y me corrijáis. Dice que mi proceso de sumisión sigue incompleto y que necesita vuestra mirada para pulirme.

Me da vergüenza, porque soy tímida por naturaleza. Me encojo sabiendo que vais a conocer exactamente lo que mi señor me pide y cómo debo aceptarlo sin protestar. Él lo resume en una frase: debo estar agradecida por lo que decida para mí. Me ha exigido sinceridad total, sin suavizar nada. Me cuesta escribir sin rodeos, pero lo intentaré, aunque me sienta expuesta al hacerlo.

Ayer volví a fallarle.

Durante el examen de Protocolo, don Teodoro me asignó mi tarea de siempre. Yo no sigo el ritmo de los demás, así que mi función es servir: repartir los exámenes, recoger los ejercicios terminados. Me movía entre las mesas con la cabeza gacha. Algunos compañeros levantaban la mano solo para obligarme a acercarme; otros me susurraban un «gracias, sirvienta» cargado de lástima y superioridad. Yo, según el protocolo, debo responder con un hilo de voz: «de nada, señor».

Entonces Bruno, el matón de la clase, dejó caer su lápiz y me ordenó con un gesto arrogante que lo recogiera. Sentí el peso de todas las miradas mientras me agachaba despacio. Él soltó una risa baja y murmuró: «buena chica». Mi mano tembló tanto que, al intentar dárselo, el lápiz resbaló y cayó sobre su entrepierna. Al inclinarme de nuevo, vi cómo su pantalón se tensaba.

Me quedé cortada. Busqué instintivamente la mirada de mi amo. Él me sostuvo la vista con una sonrisa fría y sentenció: «¿a qué esperas? Entrégaselo y deja de molestar». Con los dedos de punta, rozando apenas el muslo de Bruno, se lo entregué sin levantar la vista, mientras el aula se llenaba de risas contenidas.

Al terminar, don Teodoro me llamó aparte. —Ni siquiera sabes aceptar tu papel sin cagarla —me dijo. Me castigó toda la tarde: encerrada en mi habitación, sin móvil, con el ordenador desconectado de la red solo para escribir esto. Dijo que no fue más severo porque, al menos, no monté un escándalo que interrumpiera el examen.

Sé que estoy siendo adiestrada para entender que mi cuerpo ya no me pertenece. Mi única respuesta permitida, sin importar lo que me haga, es la mirada baja y un «gracias, amo». Para que me conozcáis, necesito explicar cómo llegué hasta aquí.

***

Nací en un pueblo cerca de Valencia, marcada por la muerte de mi padre y el desfile incesante de las parejas de mi madre. Aquella inestabilidad me obligó a crecer con la guardia alta. Me aterraba ser su reflejo, sobre todo porque, desde muy joven, tuve que soportar las miradas sucias que los hombres clavaban en mí.

Terminé la secundaria con un expediente desastroso y mi futuro no ofrecía ninguna salida. Por suerte, mi madre se enteró de unas ayudas para personas con fracaso escolar: una plaza en un centro de prestigio para cursar un Grado Medio de Ceremonial y Protocolo. Era un lugar carísimo que ella jamás habría podido costear con su sueldo de recepcionista.

El año previo al examen de acceso, mi cuerpo se transformó. Los hombres del barrio empezaron a mirarme de otra manera. Mi madre lo veía como un regalo: «gustar es poder, hija; aprende a usarlo». Me planté en un metro setenta, esbelta. Mis caderas se redondearon con una curva que me parecía ajena, mis pechos se volvieron firmes, con pezones que apuntaban hacia arriba como si suplicaran atención. Era un cuerpo que aún me resultaba extraño.

Aun así, como persona soy un poco lenta. Leer me da dolor de cabeza y me bloqueo si debo pensar mucho. Don Teodoro me lo repite siempre: «tu única utilidad es abrirte y recibir». Al escucharlo, bajo la mirada y asiento, y aunque no me guste, sé que tiene razón.

Un mes antes del examen asumí que no estaba preparada. Mi madre me propuso grabar un vídeo de presentación en el que apenas decía mi nombre y posaba bajo su guía. Mi amo dice que en ese vídeo vio mi alma: la de alguien que se deja moldear.

Llegó el día. El examen me salió fatal; no entendía las preguntas. Cuando nos dieron el psicotécnico me alegré, porque solo había que marcar cruces. Pero pronto aparecieron preguntas extrañas: si era virgen, si me gustaban solo los hombres, si era indecisa. Con el pulso tembloroso confesé mi virginidad y mi incapacidad para decidir. Creí que la honestidad me daría puntos, sin sospechar que el mío no era el psicotécnico estándar.

Esa misma tarde llamaron a mi madre: era apta. Me quedé helada, sin entender cómo habían decidido tan rápido si lo había hecho tan mal.

***

El primer día de clase empezó todo. Mi madre me preparó un vestido de seda sintética negra, de tirantes finísimos y escote acentuado. La espalda quedaba al descubierto y una franja de malla transparente revelaba mi vientre. La falda era tan corta que sentía el aire rozando mi zona íntima. Me prohibió llevar sujetador: «deja que esos pezones se marquen bien». Me maquilló con labial rojo y me puso tacones de diez centímetros que me hacían parecer una figurilla de cristal.

En la calle, los piropos groseros de unos obreros despertaron en mí una vanidad extraña. Al llegar al centro, rodeada de familias perfectas, sentí cómo mi presencia rompía la armonía. Me sentí fuera de lugar y, a la vez, halagada.

Me senté rápido en un pupitre, cruzando las piernas con cuidado para que la falda no subiera. Entonces me di cuenta del error: llevaba unas braguitas de algodón blanco con un conejito de dibujos y un lazo rosa. Las demás chicas vestían recatadas. Yo destacaba demasiado, y me consolé pensando que, si nadie veía esas braguitas infantiles, todo iría bien.

De pronto, el murmullo se cortó en seco. Unos zapatos hicieron vibrar el parqué; la vibración subió por las patas del pupitre hasta instalarse en mi pecho. Levanté la vista y ahí estaba él. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Instintivamente apreté los muslos y me incliné sobre la mesa, queriendo hacerme invisible. Sus ojos, maduros y serenos, se fijaron en mí con una autoridad que me dejó sin aliento.

Tenía sesenta y cuatro años entonces, era altísimo, con una barriga que tensaba los botones de su camisa verde militar y una barba blanca. Se movía con una calma absoluta, como si todo el espacio le perteneciera. Frente a él me sentía diminuta, con el vestido demasiado corto y los tacones que de repente parecían ridículos.

Se detuvo justo delante de mi mesa. —En este centro no todos partís de la misma base —dijo en un tono casi burlón—. Hay casos especiales que han necesitado un empujón extra. Espero que la cuidéis… aunque dudo que a los chicos os haya pasado desapercibida.

Unas risitas recorrieron el aula. El mensaje era claro: me señalaba públicamente como un reclamo. Me sentí insultada y aterrada, marcada como una marginada desde el primer minuto.

Cuando sonó la sirena, esperé a ser la última en salir. No quería cruzarme con nadie. Apreté la chaqueta contra el pecho y caminé hacia la puerta con la cabeza gacha. Pensé que el día terminaría ahí. Me equivocaba.

—Perdona, niña —su voz grave me golpeó la espalda—. Cierra la puerta y acércate.

Obedecí sin dudar. Cerré y me acerqué. Él se levantó y se puso delante de mí. Incluso con tacones, mi cabeza apenas le llegaba por debajo de la barbilla. Me recorrió con una mirada lenta que me hizo sentir desnuda. Luego, con esa media sonrisa fría, bajó la voz hasta volverla íntima.

—Escúchame bien, Noelia, porque voy a cambiar la forma en que te miras al espejo.

Hizo una pausa, disfrutando de mi desconcierto. Entonces soltó la verdad: mi propia madre había ido a verle y se había ofrecido a cualquier precio con tal de que me aceptara. La había rechazado a ella por no tener «la esencia» que buscaba, pero ella había insistido, rogándole una oportunidad para mí. Le dijo que yo necesitaba a alguien que me quitara «esos pajaritos del feminismo» de la cabeza, que confiaba en su criterio y que, con mis diecinueve años, yo sabría compensarle a mi manera.

—Te vendió, Noelia —resumió con una sonrisa cruel—. No quise que pagara la plaza con su cuerpo, así que me ofreció el tuyo.

Cerró la puerta con llave y corrió las cortinas, dejándonos en una penumbra rota solo por la lámpara del escritorio. Se acercó hasta acorralarme contra la mesa con la mera fuerza de su presencia. Sin tocarme, empezó a diseccionarme.

—Mírate, toda empoderada con ese vestidito y esos tacones. No me engañas. Los dos sabemos qué hay debajo: una niña que aprieta los muslos cada vez que un hombre de verdad la mira. Lo veo en cómo bajas la vista, como esperando que alguien decida por ti. Sacaste un cero en el examen, y en el psicotécnico que preparé solo para ti quedó confirmado lo que intuía.

Las lágrimas me caían sin control. Sus palabras me golpeaban como puñetazos: la certeza con la que describía cada gesto mío, la verdad de que bajo el vestido me sentía pequeña e insegura.

Me arrebató la chaqueta que apretaba contra el pecho y la tiró al suelo, delante de sus zapatos. Se inclinó a mi oído.

—No te hagas ilusiones. Aún no eres nada ni de nadie. Antes de que te use, tendrás que ganarte el derecho. Tu belleza no basta conmigo.

De pronto, su enorme mano me atenazó la cabeza y me obligó a bajar las rodillas hasta el suelo, sobre mi propia chaqueta. La falda se subió, dejando a la vista el borde de mis braguitas. Con la punta del zapato enganchó la tela y la desplazó despacio.

—Vaya, vaya —soltó una carcajada seca—. Por fuera vas vestida como una mujer, pero debajo llevas dibujitos. ¿En serio?

En un acto reflejo, llevé las manos temblorosas al dobladillo de la falda, intentando cubrirme. No me dejó. Me agarró del pelo y me forzó la cabeza hacia arriba, obligándome a mirarle. Me escupió entre los pechos, y por culpa de mi escote aquella humedad resbaló libremente por mi piel, atravesó mi vientre y se perdió bajo el borde del vestido.

—Ahora ya tienes algo mío. Dame las gracias.

Con la voz rota y las lágrimas cayendo, le dije lo que quería escuchar: —Gracias, amo.

—Bien. Es hora de que trabajes. Desabróchame la bragueta.

Vi cómo la tela del pantalón tensaba un bulto enorme. Me quedé paralizada. Quería suplicar o retroceder, pero mi cuerpo se negaba a obedecer a mi cerebro.

—Ay, Noelia, qué decepción. Tienes un envoltorio precioso, pero no vales nada si no entiendes una orden simple. Como veo que no es a propósito, tendré paciencia: hasta un animal tan básico como tú puede aprender si tiene un buen maestro.

No parecía desesperado por poseerme. Se tomaba su tiempo, y aquella calma me resultaba más inquietante que cualquier arrebato de violencia. Me cogió de la barbilla.

—Escucha bien y mira aquí abajo.

El chasquido de su botón rompió el silencio. Antes de que pudiera apartar la vista, me atenazó la muñeca y me hundió la mano tras la goma de sus calzoncillos, obligándome a cerrar el puño alrededor de su miembro, una carne pesada y latiente que me recordaba qué tipo de hombre me hacía todo aquello.

—Esta es tu primera lección, y deberás memorizarla. Ojos cerrados. Abre la boca hasta que la mandíbula no ceda más y saca la lengua como símbolo de ofrecimiento. No la cierres sin mi permiso. ¿Entendido, perra? No hables.

Obedecí mecánicamente, con los músculos temblando. Estiré la lengua, forcé la mandíbula y le ofrecí mi boca. Esperaba el impacto de su sexo, pero no llegó. Después de unos segundos, noté un chorro caliente que entraba directamente en mi boca a presión constante. El calor me quemaba la lengua. Él me tapó la nariz, cortándome la respiración, y no tuve más remedio que tragar. El gusto metálico y salado se quedó impregnado mientras él soltaba un suspiro de alivio. Lo entendí entonces, y por dentro grité: «se ha meado en mí». No lo dije. Callé, consintiendo, petrificada por el terror.

—La verdad es que no mereces el honor de tener mi polla en la boca —dijo con desprecio—. Pero para mearte sí te he creído apta. ¿Dónde mejor que en el orinal que tenía más cerca? Este es mi segundo regalo. Dame las gracias.

En ese instante pensé en mi futuro, en la vida que siempre había soñado: un título, valerme por mí misma. Sentí que, si decía «gracias» porque un viejo me meara en la boca, esa Noelia desaparecería para siempre. Con un hilito de voz, logré decir:

—No quiero… ¡eso es muy feo!

Mi comentario era infantil ante semejante humillación. Esperaba un bofetón, pero él me miró con una risa seca y articuló tres aplausos.

—Eres un caso especial. La mayoría se resiste un poco, necesitan que las vayan quebrando despacito. Tú no. Tú te entregas entera desde el primer minuto. Pero bueno, si te parece «muy feo», haberlo dicho antes. Paramos aquí, te pones a estudiar y apruebas por ti sola. Aunque los dos sabemos que eso va a ser difícil.

—Aún me río con tu examen. Definiste la «opinión pública» como «cuando una empresa se hace famosa y todo el mundo le manda likes». Eres preciosa, sí, pero cabeza no tienes. Sin mí, te hundirás sola. Eres libre, puedes irte cuando quieras.

Me quedé bloqueada. ¿De verdad no habría consecuencias? Mi cerebro me decía que irse era lo sensato, pero las ideas se atropellaban. De pronto, mi propia voz me traicionó.

—Perdón, don Teodoro. No volveré a desobedecer. Gracias por su regalo —respondí con la cabeza gacha, suplicando perdón.

Volvió a acercarse y, ¡plas!, me soltó un bofetón seco sobre los pechos. El impacto hizo que mi top de seda no aguantara la presión y un tirante se soltó, dejando uno al descubierto. Él recorrió mi pecho desnudo con sus ojos fríos, pero no dijo nada.

—El bofetón es por la desobediencia anterior. Yo solo castigo a quien es sumisa por voluntad. ¿Lo entiendes?

Contesté que sí sin entender muy bien. Unos segundos después noté un movimiento en mi barriga: la consciencia de tener dentro su orina, recordándome que mi cuerpo ya no me pertenecía.

—Esto es una escuela y has venido a aprender. Tus evaluaciones dependerán solo de tu servidumbre hacia mí. Ahora, sin cubrirte el pecho, levántate y ve hacia la pizarra.

Me incorporé temblando. Me plantó la mejilla contra la pizarra fría y mi pecho descubierto quedó apoyado en el borde.

—Cara pegada. Manos atrás. Ni una palabra.

Sentí sus dedos gruesos apartando las braguitas a un lado. Me dio dos toques en los tobillos con su zapato; entendí que debía separar las piernas. Quedé reclinada, con el culo alzado a su disposición. Yo creía que me preparaba para sodomizarme, pero me equivoqué. La punta fría de algo enorme presionó contra mi entrada y empezó a forzarla con una lentitud que era pura tortura. Mi cuerpo cedía poco a poco, hasta que un empujón final me arrancó un dolor agudo y profundo. Logré no gritar y mantener las manos quietas contra la pared, donde me había ordenado, a pesar del fuego que me atravesaba.

—Aguanta, Noelia. Pronto se te pasará, en cuanto te tomes esto —dijo, ofreciéndome un calmante—. Ahora mírate. Tienes algo de mi propiedad metido dentro. Recuerda que tú no eres más que un objeto, igual que ese juguete. Sois dos pertenencias mías.

Solo cuando me dio permiso me atreví a mirar atrás: era un falo de plástico negro, con unos testículos de gran realismo presionados contra mí. Me recolocó las braguitas con un fuerte azote en el trasero.

—Coge la fregona del armario y limpia los rastros de orina que no pudiste tragar. Quiero ver cómo te desenvuelves. Ni una palabra hasta que yo lo autorice.

Me tragué la pastilla sin saber qué era. Fui hasta el armario en silencio. Mientras fregaba con el pecho descubierto, sentí el calmante mitigar la presión del falo en mi interior. Él me observaba con una sonrisa de suficiencia.

—Eres una completa incompetente con una simple fregona. No sirves ni para limpiar.

Cuando decidió que era suficiente, se acercó a mi oído.

—No te quitarás el juguete bajo ningún concepto. Dormirás con él, mearás con él. Mañana me recibirás igual. No comas nada hoy ni mañana; así estarás limpia por dentro. ¿Entendido, perra?

—Sí, señor —respondí automáticamente. Sentía que detectaría cualquier mentira. Él sonrió y por fin me permitió cubrirme el pecho y bajarme el vestido, no sin antes una pregunta final.

—¿De verdad eres tan patética que no te has dado cuenta de cómo chorreas? Tócate y comprueba la puta que eres.

Obedecí, temblorosa. Al rozar mi intimidad descubrí, asombrada, que estaba empapada. No era su orina, sino mi propia vagina goteando deseo en respuesta a su crueldad. Retiré los dedos brillantes ante su risa baja, sin saber dónde mirar.

Salí de allí atolondrada, recuperando mi forma sensual de andar a pesar de la invasión en mi interior. El juguete se reacomodaba con cada paso. Me hacía la indignada ante ese trato vejatorio, y lo estaba. Pero también era cierto que había sido la primera vez que me corría; nunca lo había conseguido tocándome sola. Ya en ese primer día empecé a entenderlo: ser la sumisa de don Teodoro quizá fuera mi nuevo propósito. Aún no había perdido mi virginidad ante él, pero empezaba a entender que, cuando pasara, sería el mayor honor que alguien como yo podía esperar.

Continuará…

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Comentarios (5)

Claudio_Baires

Tremendo relato. Me enganché desde el primer párrafo y no pude soltar hasta el final. Mas por favor!

Valentina_BA

Wow... que manera de escribir esto. Se nota que es vivido, tiene una autenticidad que no es facil de lograr. Esperando la continuacion!

DiegoT55

Excelente. Atrevido pero bien escrito, sin caer en lo vulgar. Felicidades

Lectura_roja

Me dejó con ganas de saber mas!! Segunda parte cuando??

MarisolK

jaja lo del inicio donde cuenta que lo escribe por orden... ese toque me parecio muy original, le da mucha vida al relato

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