La revisión médica que mi cuñado no pudo negarme
Desde aquella tarde en el despacho, la relación con mi cuñado había entrado en una guerra fría silenciosa. En los últimos meses nos habíamos cruzado en un par de comidas familiares, sosteniendo las apariencias delante de Mateo y de Noa con una naturalidad fingida que a mí me resultaba deliciosamente perversa. Hugo seguía siendo la versión mejorada de mi marido, pero yo ya no lo miraba con la inocencia de antes.
Ahora, cuando mi vista recorría su cuerpo, me detenía siempre en sus manos. Eran lo que más me gustaba de él de todo lo que se podía ver con ropa. Unos dedos largos y firmes que delataban su nerviosismo cada vez que yo le aguantaba la mirada un segundo más de lo necesario. Le gustaba imaginarse al mando, y eso era precisamente lo que yo disfrutaba desmontando.
Vino a visitarnos un miércoles a media mañana, aprovechando un viaje de trabajo de Noa. Llegaba de baja: se había operado de vasectomía tres días antes. Le abrí la puerta y lo ayudé con la maleta. Mateo libraba ese día y estaba repantingado en el salón.
Al verme de frente, los ojos de Hugo se abrieron de par en par durante una fracción de segundo, delatando el pánico de quien revive de golpe lo que pasó aquella tarde. Cojeaba de forma ostensible.
—Cuñada, ¿qué tal estás? —acertó a saludar, recomponiéndose a trompicones para darme dos besos tensos.
Yo mantuve intacta mi máscara de anfitriona perfecta.
—Yo muy bien. Tú, en cambio, caminas como el jorobado de Notre Dame —bromeé con una calma calculada al milímetro—. Los primeros días son complicados, ¿verdad?
—Bastante. No puedo cargar peso, y el roce al andar me molesta un horror —confesó con una mueca.
Mateo se levantó del sofá para darle un abrazo con esa palmada en la espalda de quien ya pasó por el mismo trance.
—¡Hombre, el eunuco! Bienvenido al club —celebró mi marido con sorna.
—Qué cabrón eres. La verdad es que estoy un poco preocupado con la cicatrización. Nunca había pisado un quirófano y lo veo con un color feo, formas raras… Como si los puntos no curaran bien.
—Pues que te lo mire Vera —terció Mateo con total naturalidad—. Ella me hizo las curas a mí cuando me operé. Tiene un máster en escrotos rajados.
—¡¿Que me lo mire Vera?! —exclamó Hugo, mirándome con auténtico espanto.
—Ya me dirás. Yo no te la reviso, que me mareo solo de ver la herida —sentenció mi marido encogiéndose de hombros.
—A ver, par de flojos —intervine, tomando las riendas con una sonrisa que solo yo entendía—. No soy enfermera, pero ya pasé por esto y sé qué aspecto debe tener. Cuando te duches, le echo un vistazo y nos quedamos tranquilos.
—Bueno. Si a vosotros no os importa… A mí me da un apuro tremendo —terminó cediendo, visiblemente acalorado.
Ahí estaba la primera rendición. Las demás vendrían solas.
***
Después de comer, Hugo se retiró al cuarto de invitados —el mismo del despacho— a darse una ducha en el baño contiguo. Mateo y yo nos quedamos en el salón. Cuando el agua dejó de correr, mi marido se levantó.
—Vamos a inspeccionar a este quejica, no se le vaya a gangrenar el asunto —dijo enfilando el pasillo.
Lo seguí con el corazón dándome un vuelco. La idea de volver a ver el imponente sexo de mi cuñado me encendía, y tener a mi marido presente, lejos de atarme, multiplicaba el morbo. Someter a Hugo delante de su propia sangre, con él incapaz de protestar, era una tentación que no pensaba desaprovechar.
Entramos. Hugo estaba sentado al borde de la cama, recién secado, con la toalla enrollada en la cintura como un kilt.
—¿Qué necesitas? —preguntó al verme entrar con una cajita en las manos, tensándose al ver que su hermano se sentaba tranquilamente en la silla del escritorio.
—Gasas estériles, un poco de clorhexidina y unos guantes de nitrilo que nos sobraron de la pandemia —enumeré, acercándome mientras me enfundaba la protección azul.
El chasquido de la goma elástica resonó en la habitación y le dio a la escena un aire clínico, casi ridículo. A él se le cortó la respiración con ese sonido. Lo había escuchado mil veces en una consulta, pero nunca dirigido a él de esa forma.
—Túmbate un poco más atrás, apoya bien la espalda y deja que yo tenga buena luz —ordené.
Dejé el botiquín sobre el colchón. Él separó las piernas para que me colocara entre ellas, inclinándome sobre su regazo. Mateo observaba la escena a un par de metros, de brazos cruzados, ajeno por completo a lo que de verdad estaba pasando allí.
—Venga, destápate, que no hay nada que no hayamos visto ya —lo animó mi marido, sin captar la doble lectura de su propia frase.
—Voy. Perdón. Es que… —balbuceó Hugo, desatando la toalla con manos temblorosas.
Quedó expuesto: el sexo completamente depilado, los testículos algo inflamados, con hematomas y un par de hilos oscuros asomando de la piel. Aquella envergadura que meses atrás yo ya había estudiado, ahora flácida y vulnerable, igual de imponente. Clavé los ojos en ella mucho más tiempo del estrictamente médico, solo para que él lo notara.
—Es todo muy raro —murmuró apartando la mirada hacia el techo, las mejillas ardiendo.
—Yo lo veo bastante normal. Muy normal, de hecho —comenté, sujetando la base de su miembro con la mano enguantada para apartarlo hacia el abdomen y despejar la incisión.
Pegó un respingo ante el tacto frío del nitrilo, que contrastaba con el calor que irradiaba su piel. Apreté un poco más de lo necesario. No se quejó.
—La herida está limpia, la zona está sana —seguí, explorando los pliegues con una profesionalidad perfectamente fingida—. Los puntos son reabsorbibles, van desapareciendo hacia dentro. El color es por el yodo.
—¿Ves? Te lo dije. Mi mujer es una experta —presumió Mateo.
—La cirugía externa está perfecta —dictaminé irguiéndome—. Pero, cariño, ¿te acuerdas de lo que dijo el urólogo sobre la presión de los conductos y la purga interna?
—Ostras, es verdad. Los temidos granulomas —corroboró mi marido asintiendo con gravedad.
—Exacto. —Me giré hacia Hugo con mi mejor tono de autoridad—. Sigues produciendo esperma que se queda atascado en el corte. La única manera de saber si la sutura interna aguanta la presión, o si hay líquido acumulado, es provocar una erección completa y vaciarlo.
—¿Ahora? —se alarmó, los ojos desorbitados.
—Ahora. Bajo supervisión. No te lo recomendaría hacer solo los primeros días, podrías reabrir algo. —Lo miré fijamente—. Empieza tú. Despacio.
Lo vi tragar saliva. Buscó a su hermano con la mirada, una última súplica muda.
—No me mires a mí —rio Mateo—. Si la enfermera lo dice, será por algo. Yo solo controlo que no te desmayes.
Y así, sin red, Hugo se llevó la mano a su sexo. Lo rozó apenas, con un pudor de adolescente, vigilándome de reojo a cada movimiento.
—Más firme —corregí—. No vas a romper nada por tocarte. Quiero ver cómo responde la zona, no que la acaricies como si fuera de cristal.
Obedeció. Cerró los dedos largos que tanto me gustaban y empezó a moverlos de verdad. La piel depilada hacía que cada gesto fuera visible, sin un solo escondite. Yo mantenía mi mano enguantada apoyada en su muslo, supuestamente para «estabilizar la zona», en realidad para que sintiera que cada cosa que hacía era con mi permiso.
—Así. ¿Notas dolor en la incisión cuando endurece? —pregunté con voz neutra, mientras él se ponía rígido entre sus propios dedos.
—No… no duele —jadeó—. Tira un poco, nada más.
—Bien. Sigue. No pares hasta que yo te diga.
Esa frase lo deshizo. Le encantaba la idea de mandar, y descubrirse obedeciéndome, desnudo, empalmado y vigilado por su hermano, le encendía tanto como lo humillaba. Lo leí en su respiración entrecortada, en cómo evitaba mirarme a la cara y a la vez no podía dejar de buscar mi aprobación.
—Mateo, pásame una gasa —dije sin apartar los ojos de mi cuñado.
Mi marido se levantó, rebuscó en el botiquín y me la tendió, completamente ajeno, convencido de estar asistiendo a una cura. Esa inocencia suya era el ingrediente que volvía todo irresistible. Tenía a los dos hermanos exactamente donde quería: uno trabajando para mí sin saberlo, el otro entregado del todo.
—Vas bien —le susurré a Hugo, lo bastante bajo para que solo él lo registrara como lo que era—. Pero lo estás haciendo para mí. No lo olvides.
Apretó los dientes. El movimiento de su mano se volvió más rápido, más torpe, más desesperado. Tenía la frente perlada y el pecho subiendo y bajando como si llevara una hora corriendo. Yo no lo tocaba apenas; no hacía falta. El poder no estaba en mis manos, estaba en que cada orden mía pesara más que su vergüenza.
—Voy a… —empezó, con la voz quebrada.
—Todavía no —corté—. Aguanta. Te diré yo cuándo.
Lo vi temblar de pies a cabeza, frenándose al límite por la simple razón de que yo se lo había mandado. Su hermano comentaba algo sobre lo bien que se veía la herida; ninguno de los dos le prestaba la menor atención. Dejé pasar unos segundos eternos, observando cómo se mordía el labio para no desobedecer.
—Ahora —concedí al fin, acercando la gasa—. Suéltalo.
Se vació con un gemido sordo que intentó disimular en un carraspeo, todo el cuerpo en tensión, los dedos cerrados con fuerza. Recogí con la gasa, examiné el resultado con una calma de bata blanca y asentí despacio.
—Limpio. Sin sangre. Los conductos aguantan perfectamente —anuncié, retirándome los guantes con dos chasquidos secos—. Caso cerrado.
—Pues qué bien, ¿no? Ya te quedas tranquilo —dijo Mateo dándole una palmada en el hombro, mientras Hugo, derrumbado sobre la cama, todavía recuperaba el aliento—. Hay que ver cómo te cuida mi mujer.
—Sí —murmuró él, mirándome por fin a los ojos con una mezcla de rendición y de algo que se parecía mucho a la gratitud—. No tengo palabras para agradecérselo.
—No hace falta que las tengas —respondí guardando el botiquín, la voz otra vez de anfitriona impecable—. Para eso está la familia. Cualquier cosa que necesites estos días, me lo dices a mí. Lo que sea.
Salí de la habitación con la cajita bajo el brazo y una sonrisa que no le enseñé a ninguno de los dos. Hugo había llegado creyendo que la guerra fría seguía igualada. Se marcharía sabiendo, sin atreverse a decirlo en voz alta, quién había ganado la batalla y a qué precio pensaba cobrarme las próximas.