La zapatilla con la que Renata castigaba a su amiga
Habían pasado un par de años desde que nos casamos y la vida seguía su curso sin grandes sobresaltos. El sexo se había ido calmando con el tiempo, pero por suerte conservábamos la fogosidad que dan la juventud y el deseo. Renata mantenía su temperamento intacto, y eso significaba que de vez en cuando me regalaba una buena tunda, unas veces con motivo más o menos justificado y otras no tanto. No pasaban dos semanas seguidas sin que probara su zapatilla.
Nunca le había dicho abiertamente que me gustaban los azotes, y los zapatillazos en particular, pero ella lo intuía. Lo intuía, supongo, por el sexo tan intenso que venía después de cada zurra. Tampoco yo sabía a ciencia cierta si a ella le gustaba castigar, pero alguien que lo hacía durante tanto tiempo, y de la forma en que lo hacía, tenía que disfrutarlo por fuerza.
La afición de Renata venía desde muy niña. A sus hermanos los azotaba tanto como su propia madre, y no solo cuando se quedaba a cargo de ellos. También lo hacía jugando. Desde pequeña inventaba con sus amigas y con alguno de sus hermanos un juego que llamaban «papás y mamás», pero que terminó convirtiéndose en otra cosa: ella siempre era la madre, y siempre acababa castigando con reprimendas y azotes a sus «hijos», al principio con la mano y, cuando creció un poco, con la zapatilla. Al fin y al cabo, era lo que veía en casa. Como todos los niños, copiaba lo que aprendía de los adultos.
Una de las amigas con las que jugaba era su vecina Lucía, apenas unos meses menor, aunque por el físico parecía que se llevaban un par de años. Lucía era fiel como una perra y habría matado por su amiga del alma. Por su carácter dócil y tranquilo aceptaba todo lo que Renata proponía, y Renata era mandona, manipuladora y necesitaba que las cosas fueran siempre como ella decía.
Una tarde, ya casi adolescentes, todo cambió para siempre. Los chicos se habían ido a jugar al fútbol y las dos amigas se quedaron solas. Renata hacía de madre, como de costumbre, pero esa tarde estaba especialmente irritada y la pagó con Lucía.
—¿Se puede saber por qué no te has tomado la leche, Lucía?
—Sí me la he tomado, mami.
—¿Le estás mintiendo a mamá?
—No, mami, me la he tomado entera.
—Eso es mentira. ¿Quieres que me quite la zapatilla y te pegue con ella en el culo?
—No, mami, con la zapatilla no, que duele mucho, por favor —Lucía le siguió el juego, aunque ya empezaban a ser demasiado mayores para esos jueguecitos.
Hasta ese momento Renata solo había azotado a su amiga con la mano; la zapatilla la reservaba para sus hermanos. Pero al amenazarla con ella se sintió más poderosa. Era dar un paso más en ese proceso invisible de dominación que ambas se llevaban entre manos sin saberlo del todo.
Esa tarde calzaba unas zapatillas de cuadros parecidas a las de su madre, en tonos azul claro. En cuanto empezó a descalzarse una con la intención de calentarle el trasero a su amiga, sintió por primera vez en su vida un calor interior tan placentero que enseguida se hizo adictivo. Ni ella sabía qué era aquel ramalazo que le subía hasta el estómago, pero le gustaba. Le gustaba demasiado.
Levantó la pierna derecha y se descalzó a la velocidad del rayo, como había visto hacer a su madre decenas de veces. Tomó a Lucía de la mano y empezó a asestarle zapatillazos secos sobre el fino vestido.
—Toma, toma, toma, esto por engañar a mamá.
En menos que canta un gallo le dio una buena azotaina. Lucía le seguía el juego al principio, pero acabó pidiendo clemencia entre lágrimas tan reales como la propia zurra. Fue la madre de Renata la que paró aquello al oír el escándalo y presentarse en el salón.
—¿Pero se puede saber qué pasa aquí?
—Nada, mamá, estamos jugando.
—¿Jugando? Vaya manera de jugar. Menuda paliza le estás dando a la pobre de tu amiga. ¿Quieres que me quite yo la zapatilla y juegue así contigo?
—No, mamá, ha sido sin darme cuenta.
—¿Sin darte cuenta? Pídele perdón ahora mismo.
—Perdóname, Lucía. ¿Te he hecho daño?
—Un poco, pero no pasa nada, doña Marta. Ha sido jugando.
—Eres más buena que el pan, hija. Y mi niña, una marimandona. Si se pasa contigo, me lo dices, que ya le bajo yo los humos.
***
Cuando las dos amigas se quedaron solas, se sentaron en el viejo sofá del cuarto trastero donde solían jugar. Renata le agradeció a Lucía que le hubiera echado un cable con su madre y luego, con curiosidad, le pidió ver el resultado.
—¿Tanto daño te he hecho?
—Sí que picaba.
—Enséñamelo. Tengo curiosidad.
—No, me da vergüenza.
—Venga, enséñame el culo y te lo curo.
—Que no, Renata, de verdad, me da mucha vergüenza.
Renata se levantó como un resorte, alzó de nuevo la pierna y puso la mano sobre la zapatilla.
—¿Me la quito otra vez?
Volvió a sentir aquel calor que iba desde el vientre al estómago y terminaba en la punta de los dedos. La sensación era tan agradable como intensa, hasta el punto de secarle la boca. Lucía, que vio venir otra tunda, se levantó deprisa.
—Te lo enseño, te lo enseño.
Se subió el vestido y ambas vieron las marcas rojas en la parte alta de los muslos. Pero Renata quería ver más, como siempre lo quería todo, y sin dudarlo le bajó las bragas de un tirón. Las dos se quedaron fascinadas del tono rojizo que unos pocos zapatillazos habían dejado en la piel blanca de Lucía.
—Madre mía cómo te he puesto el culo, con cuatro golpes.
—No han sido cuatro, guapa, han sido más, y muy fuertes.
—No exageres. Si vieras los que da mi madre…
—Déjame, a ver si te alivio un poco.
Renata empezó a posar las palmas sobre las nalgas enrojecidas de su amiga con la intención de calmarla, y lo consiguió.
—Mmm, qué fresquitas tienes las manos. Me alivia mucho.
—Y tú qué caliente tienes el culo. Bien calentito te lo he dejado.
Siguió moviendo las manos, al principio con timidez y luego con más confianza, hasta que empezó a oír una especie de gemidos.
—¿Te gusta?
Lucía no contestó. Un azote seco con la mano abierta rompió el silencio.
—Te he hecho una pregunta.
—¡Ay, sí! Claro que me gusta, mucho más que cuando me pegas.
—¿Entonces también te gusta cuando te pego?
—Yo no he dicho eso. He dicho que me gusta más cuando me pasas la mano.
—Si te gusta más, es porque lo otro también te gusta un poco, ¿no?
—Bueno… un poco sí.
—A mí también me gusta pegarte. Y después curarte.
En ese instante le coló un dedo entre las nalgas, y Lucía dio un respingo que solo logró que el dedo se hundiera un poco más.
—¿Qué haces? Me has asustado.
—Yo no he hecho nada, has sido tú la que ha sacado el culo. Serás golfa…
—Perdóname, Renata. Todo esto es muy extraño para mí, pero por favor, esto no se lo decimos a nadie. Tiene que quedar entre nosotras.
—Entonces quieres que te pegue y que después te cure cada vez que nos veamos, pero en secreto, ¿no?
—Algo así.
—Ya veremos.
***
Los juegos siguieron durante años. Casi siempre Lucía terminaba con el trasero como un tomate; unas veces recibía las caricias de su castigadora y otras no, pero en todos los casos las dos disfrutaban, cada una a su manera. Ni siquiera la boda los detuvo, aunque sí hubo cierto parón. A los dos meses de casada, Renata se cruzó con su amiga en la tienda del pueblo y la encaró sin rodeos.
—Oye, ¿a ti te pasa algo conmigo?
—Hola, Renata. ¿Qué me va a pasar? Nada, mujer.
—¿Entonces por qué no vienes a verme? ¿Eres tonta o qué?
—He estado liada, y…
—Me voy a casa ahora mismo. Voy a hacer café, y no me gusta tomarlo frío, así que ya sabes.
—Sí, sí. En cuanto compre, voy para tu casa.
—Por la cuenta que te trae.
Aquella amenaza disparó el pulso de Lucía. No paraba de pensar en su amiga, aunque le daba reparo presentarse en casa de una mujer casada. Pero aquellos ojos verdes imperativos le habían avivado el deseo como solo Renata sabía hacerlo.
Cuando llegó, el café humeaba recién retirado del fuego y Renata la recibió como un vendaval.
—Por fin se digna la señora a hacerme una visita.
—No es eso, Renata, pero ahora es distinto.
—¿Distinto por qué?
—Estás casada. Está Tomás.
—Calla, calla, no sigas por ahí. Ahora arreglaremos cuentas tú y yo. ¿Quieres un poco de anís?
—No, gracias.
—Toma, te echo un poco. Te hará falta.
Se tomaron un par de cafés bien regados y hablaron de lo que hablan las amigas de veintipocos años. Cuando ya llevaban media hora de charla, un poco más animadas, Renata estiró la pierna derecha y empezó a hacer chancletear la zapatilla contra el talón.
—Y dime una cosa, ¿la echas de menos?
Lucía se puso roja, un poco de vergüenza y un poco de placer. Sabía perfectamente lo que insinuaba. Durante aquellas semanas había echado de menos las zurras, ya no como juego sino como una rutina que ambas necesitaban. Al ver aquella zapatilla con una florecita blanca en el empeine balanceándose en el pie, sintió una punzada entre las piernas que le mojó las bragas al instante.
—Bueno, un poco sí, la verdad.
—¿Un poco? Por la cara que has puesto, estás deseando que te la rompa en el culo. A mí no me engañas, Lucía. Y motivos no me faltan.
—¿A qué motivos te refieres?
—¿Te parece poco no venir a verme en dos meses? ¿Te parece poco ignorarme como a una desconocida? Contéstame.
—Lo siento de verdad, sabes que no era mi intención.
—Lo único que sé es que la necesitas como el comer.
Renata dio una patadita para que la zapatilla derecha saltara del pie, la asió con fuerza y le habló con un tono que no admitía réplica.
—Ya sabes dónde te quiero.
Dócilmente, Lucía dejó la taza sobre la mesa y se tendió sobre el regazo de su amiga. Renata no perdió el tiempo. Empezó a castigar las nalgas respingonas sobre el fino vestido de lino, no menos de diez o doce zapatillazos que hicieron aullar a la dueña de aquellas posaderas. Luego le levantó la falda, descubrió unas bragas blancas y se dispuso a continuar.
—¿Te parece bonito tenerme aquí olvidada? Yo también te echaba de menos. ¿En qué pensabas, Lucía?
—¡Ay! Lo siento, Renata. No sabía qué hacer. Perdóname, por favor, no volverá a pasar.
—Tranquila, que ya me encargo yo de que no vuelva a pasar. De esta te acuerdas de cómo me llamo.
Renata hizo caso omiso de las súplicas y le bajó las bragas. Ahora la suela castigaba directamente la carne ya enrojecida, dejando marcada su silueta una y otra vez. Lucía se estremecía con cada golpe; los gemidos de dolor se confundían con los de placer. Era una paliza en toda regla, y solo cuando Renata lo consideró oportuno cesó la tunda.
Lucía lloraba a lágrima viva, dolorida pero feliz. Estaba sobre el regazo de la mujer de la que llevaba años secretamente enamorada, y no había en el mundo lugar donde quisiera estar más. Respiró hondo y se relajó, sobre todo cuando notó la mano de Renata acariciarle las nalgas magulladas.
—¿Te duele, cariño?
—Me duele, pero lo tenía merecido. He sido una tonta, has hecho bien en pegarme.
—Ya, ya, tranquila. Déjame ponerte un poco de crema, verás cómo te alivia.
La crema y el masaje suave refrescaron la carne castigada hasta arrancar suspiros de puro placer. Renata seguía untándole el trasero y los muslos mientras Lucía abría las piernas pidiendo guerra. Y justo cuando le susurró «tontina», le deslizó el dedo corazón en el sexo, que no estaba húmedo sino empapado, de modo que el dedo se coló hasta el fondo.
El gemido, primero de sorpresa y después de placer, se oyó en todo el salón. Lo que ninguna de las dos sabía era que no estaban solas. Yo había entrado sin hacer ruido a buscar un documento y me había topado con la escena desde el principio. Me quedé hasta el final, sorprendido y sobre todo excitado de descubrir que mi mujer no solo me calentaba a mí, sino que dominaba así a su amiga del alma. Casi más que los azotes, me encendía la complicidad lésbica que se adivinaba entre las dos.
El dedo de Renata siguió hurgando, al principio despacio y luego en un vaivén vertiginoso, hasta hacer que Lucía se corriera en una descarga que la dejó derrengada y radiante. Cuando lo retiró, ella se incorporó para sentarse en el regazo de su amada como una niña, vio el dedo brillante de su propio deseo y se lo llevó a la boca, saboreándolo despacio. Después las dos se miraron y se fundieron en un beso largo, con lengua, en el que Renata llevaba la iniciativa como siempre. Yo me dejé llevar en la habitación contigua sin perder detalle.
Tras el beso, Renata recompuso el gesto y volvió a poner las cosas en su sitio.
—Este beso no significa nada. Quiero a Tomás con locura, es mi marido y no lo voy a dejar por nadie. Lo nuestro es otra cosa, ¿lo sabes?
—Sí, claro que sí. Lo último que quiero es meterme entre vosotros. Este beso ha sido algo sin pensar…
—El beso ha sido cosa de las dos, y a las dos nos ha gustado. A mí me gusta azotarte, y a ti que te azote, pero mi marido es mi marido. A mí me gustan los hombres. Tú deberías buscarte alguno que te quiera y te caliente de vez en cuando.
—No digas eso, Renata. Yo quiero que me calientes tú.
—Ya hablaremos de eso tú y yo. Te queda mucho que aprender todavía.