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Relatos Ardientes

El secreto humillante de mi amigo de la facultad

Antes de empezar, os aviso de que este relato va a tener un formato un poco distinto. Esto es básicamente yo hablándoos directamente y contándoos una experiencia rarísima que me pasó una vez, aunque he cambiado un par de detalles para que resulte más entretenido. Vosotros decidís si me creéis o no.

Me llamo Noa y soy estudiante. Ahora mismo estoy terminando el tercer año de carrera. Soy una chica joven, delgada, con el pelo teñido mitad azul y mitad negro, un septum en la nariz y algún que otro tatuaje repartido por la piel. Tengo el pecho pequeño pero respingón; mi punto fuerte es el culo, que la verdad llama bastante la atención cuando salgo.

Para que me entendáis: me encanta salir de fiesta con la gente de la facultad. Y entre ellos hay uno, llamémosle Adrián, que siempre fue especial para mí. No voy a negar que en cierto modo me atraía. Era majo, tranquilo, pasábamos un montón de tiempo juntos y casi siempre hacíamos los trabajos en pareja. El típico amigo con el que coqueteas a medias sin atreverte a dar el paso.

Una noche como cualquier otra salimos a tomar algo, bebimos de más y estuvimos haciendo el tonto por bares hasta tarde. Sin pensarlo demasiado, alguien propuso jugar al «yo nunca». Supongo que conocéis las reglas, así que no me voy a entretener explicándolas. Lo importante es que, cuando juego con mis amigos, siempre, y repito, siempre acabamos derivando al terreno sexual. Nos gusta cotillear, y nos da un morbo absurdo descubrir intimidades de los demás.

Aquella noche no debería haber destacado en nada, salvo porque el tema que salió a relucir fueron mis fetiches.

Veréis, yo tengo muchísimos fetiches. Algunos bastante oscuros, otros de lo más normales, pero la cuestión es que me encanta probar cosas nuevas. Adrián estaba allí esa noche y, lo cierto es que, sin que yo me diera cuenta, fue convirtiendo el juego en una especie de interrogatorio. «¿Qué fetiches? ¿Qué cosas te gustan? ¿Hasta dónde llegarías?» Yo le resté importancia. Había bebido, supuse que era simple curiosidad. O eso, o me estaba juzgando de alguna manera. Daba igual; me reí, contesté a medias y cambié de tema.

Me olvidé del asunto por completo. Pasaron las semanas y no le di más vueltas, aunque sí notaba a Adrián algo nervioso cada vez que estábamos cerca. Lo achaqué a tonterías mías.

Volviendo al meollo: nos mandaron un trabajo en grupo y quedé con él para ir a su casa y terminarlo. Lo normal entre estudiantes, ¿no? Una tarde, dos portátiles y un par de cafés.

La tarde fue extraña desde el principio. Adrián estaba raro, incómodo, distraído, como si tuviera la cabeza en otra parte. Estábamos en su habitación, sentados frente al escritorio, peleándonos con el documento compartido, cuando de repente se levantó de golpe y soltó un grito.

—¡Mierda! ¡Joder! —y una retahíla de insultos—. ¡Otra vez no!

Fue imposible no darse cuenta del manchón que le había aparecido en la entrepierna. Y después el olor, inconfundible. Se había meado encima. Estaba pálido, temblando, como si el cerebro se le hubiera bloqueado del todo. Se quedó de pie, con la mancha justo a la altura de mi cara, sin saber qué hacer ni dónde meterse.

No sé si fue mi instinto maternal —suponiendo que tenga algo de eso— o las ganas de ayudarle, pero le cogí de la mano.

—No pasa nada, ha sido solo un accidente —le dije intentando calmarle—. ¿Te lo has… soltado todo o aún te queda?

—A-aún me queda —respondió, sin atreverse a mirarme.

Lo llevé al baño con cuidado, lo dejé dentro y cerré la puerta tras él.

—Termina ahí tranquilo si te queda más —le dije desde fuera.

Tardó unos segundos en contestar, tartamudeando.

—Y-yo creo que… necesito ayuda.

Suspiré. Creo que para entonces yo estaba tan nerviosa como él. Abrí la puerta. Se había quitado la camiseta, pero seguía con el pantalón empapado. Adrián era un chico de lo más común: ni delgado ni gordo, ni alto ni bajo, pelo castaño corto, ningún tatuaje, nada que destacara. El vecino de al lado.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Necesito ayuda, me ti-tiemblan mucho las ma-manos —dijo.

Y fue justo ahí cuando me di cuenta. Todo aquello era un montaje. Lo había planeado. El interrogatorio de la fiesta, los nervios de las últimas semanas, la tarde de trabajo en su cuarto… Era una excusa elaborada para que lo viera así, para llevarme a su pequeño juego pervertido. Lo entendí en un segundo.

Debería marcharme. Debería dejarlo aquí plantado hasta que se le pase.

Pero me podía la curiosidad. Y, en el fondo, ese chico me gustaba. Así que tragué saliva y me acerqué un paso más.

—¿Necesitas que te baje los pantalones? —pregunté. Ya me había puesto colorada.

Él asintió con la cabeza, sin una palabra.

—Vale —dije, intentando sonar serena—. No pasa nada. Ha sido un accidente. Yo te ayudo.

Me agaché. Olía mal, era algo asqueroso, pero eso no me impidió bajarle el pantalón despacio, dejando a la vista el calzoncillo, también mojado y maloliente. Le empujé un poco por los muslos para acercarlo al váter y, con otro suspiro, terminé de bajárselo todo.

La tenía enana. Sucia, sin un solo pelo alrededor, muy arrugada. En aquel momento no supe identificarlo, pero el prepucio no se le abría del todo. El pis se le había enfriado encima, así que me imaginé que el frío tenía algo que ver, e intenté no reaccionar. Lo acerqué un poco más a la taza. Me incomodó verla así, tan pequeña, casi como la de un crío.

—Suelta lo que te quede, anda —dije, muerta de vergüenza.

No sé si fue poco o mucho rato, pero a mí se me hizo eterno. Se quedó ahí plantado, con la polla al aire, sin mear. Y yo, lo confieso, me quedé mirándola algo embobada.

Tengo que reconoceros una cosa. Ahora tengo veintiséis años; cuando pasó esto tenía veintidós. En mi vida he estado con varios hombres y con varias mujeres. Tampoco creo que sea una lista larguísima, pero algo he visto. Y os juro que nunca, nunca había estado con un hombre de tamaño normal. Todos, sin excepción, rondando los diez centímetros o menos. Será mala suerte, no lo sé.

Empecé a sentirme rara ahí agachada, mirando su pene, esperando a que meara en aquella situación absurda. Así que, casi sin pensarlo, extendí la mano y se la rodeé con los dedos. Él dio un pequeño respingo de sorpresa. Al tacto la tenía blanda y húmeda por el pis.

—A ver si así te sale —dije, apuntando la punta hacia la taza, deseando que acabara de una vez.

Y aquí confieso un cambio en mi actitud que todavía me da algo de pudor. Porque tanto entonces como ahora tengo claro que todo formaba parte de su estratagema pervertida, que yo había caído de lleno… y que, aun sabiéndolo, empecé a notar un calor lento subiéndome desde el estómago. Él se había meado encima y tenía una polla diminuta, sí. Pero era yo la que estaba allí arrodillada, tocándosela, ayudándole a vaciar la vejiga. Y en ese reparto de papeles, la patética era yo.

El pis no tardó en salir, clarito, directo a la taza. Me quedó claro que se había pasado el día entero bebiendo agua para asegurarse de tener ganas en el momento justo. Todo calculado.

—¿Mejor? —le pregunté.

—Sí… —respondió en un hilo de voz.

Me puse de pie y lo hice caminar un par de pasos hasta la ducha.

—Vamos, te limpio un poco.

Cualquier chica con dos dedos de frente le habría pegado una bofetada y se habría largado dando un portazo. Yo, en cambio, seguía allí, siguiéndole el juego, cada vez más metida.

Esperé a que el agua saliera caliente y empecé a lavarle las piernas. Y, por supuesto, también el pene. Lo acaricié un par de veces. Quizá fueron demasiadas. Vi con mis propios ojos cómo se le iba enderezando, apuntando despacio hacia mí, recto y todavía oculto bajo su pielecita. Estaba dura y firme, aunque seguía siendo igual de pequeña.

—Mmm… esto… tienes la cosita dura —dije en voz alta, y me sentí estúpida en el acto. Primero porque era obvio que él ya lo sabía. Y segundo porque, no sé por qué, siempre me sale llamarla «cosita».

—Sí… lo siento —respondió.

Le ayudé a salir de la ducha y a secarse con la toalla. Vuelvo a avergonzarme al contarlo, porque sé que no debería, pero estaba cachonda. Ese chico tan patético, con su polla minúscula y su fetiche guarrísimo, me estaba poniendo a cien.

—Vamos a ponerte algo de ropa, anda.

Él asintió. Lo cogí de la mano y lo acompañé de vuelta a la habitación. Me dispuse a rebuscar en los cajones.

—Espera —me dijo, ahí de pie, todo orgulloso con su pequeña erección, mirándome hurgar entre su ropa—. Mira debajo de la cama.

Metí el brazo y saqué un paquete de plástico. Era un pack de pañales para adultos, casi terminado.

—Cómo no —se me escapó con sarcasmo.

—Los necesito —dijo—. Si no, siempre acabo montando un estropicio —me explicó, como si fuera lo más razonable del mundo.

—No pasa nada —le respondí.

La verdad es que yo no tenía ni idea de cómo se pone un pañal. Cero experiencia.

Él se tumbó en la cama con las piernas abiertas y flexionadas. Podía vérselo todo: el pene duro, los huevos pequeños y arrugados, incluso el ano al aire apuntándome de frente. Coloqué el pañal estirado por debajo de su cuerpo y me quedé mirándolo un momento, pensando qué hacer a continuación.

No me siento orgullosa, pero en ese instante metí la mano dentro de mis propios pantalones. Tenía las bragas empapadas, y simplemente me dejé llevar. Me quité el pantalón, el top, el sujetador y, por último, las bragas. Él me observaba en silencio, despatarrado sobre la cama. Fui hasta mi bolso y saqué un condón.

Me coloqué encima de él. Adrián se incorporó un poco y empezó a chuparme los pezones con ganas mientras me toqueteaba. Era humillante. Un tío tan patético consiguiendo que yo hiciera justo esto… y lo peor es que me ponía sentirme así, degradada, rebajada hasta el suelo.

Soy una puta y una guarra, pensé. Y me gustó pensarlo.

Me senté sobre su patética polla. Pero yo era todavía más patética que él, porque, por minúscula que fuera, no tardó nada en hacerme gritar. Me corrí mirando fijamente el paquete de pañales abierto a un lado de la cama.

Humillante, ¿verdad?

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Comentarios (5)

NachoCba77

increible jaja, me mato el principio con el juego ese. No me esperaba para nada como termino. 10/10

Sandra_lectora

Que bueno!! Me enganche desde el primer parrafo y no pude parar de leer. Hace falta mas relatos así de bien escritos en esta categoría

Nico_Sur

tremendo final, genial

PabloViajero

Jaja me recordó a una situacion parecida con un conocido de la facultad. Nunca pense que algo asi pudiera pasar de verdad. Muy bueno!

RamonARG

necesito la segunda parte urgente jajajaja

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