La convirtió en su muñeca perfecta y ella obedeció
Camila es, hoy, lo que muchos llamarían una muñeca. Rubia, de labios llenos, de mirada dulce y vacía. Una bombón sin demasiadas ideas en la cabeza. Sonríe con facilidad y se lleva el dedo índice a la boca cuando no entiende algo, que es casi siempre.
Pero no siempre fue así.
Hasta hace tres años, Camila era una mujer culta, despierta, con opiniones firmes sobre todo lo que tocara: economía, política, los derechos de las mujeres. Cursaba el cuarto año de ciencias económicas y se imaginaba un futuro brillante, de oficinas con ventanales y decisiones importantes. Leía a los grandes autores y entendía cada línea. Discutía sin miedo y rara vez perdía una discusión.
Todo eso cambió cuando apareció Damián.
***
Fue una tarde cualquiera, a la salida de la facultad. Dos chicos pasaron corriendo y la empujaron sin querer; sus carpetas y apuntes terminaron desparramados por la vereda. Damián, que caminaba detrás, se agachó sin pensarlo a ayudarla a juntar las hojas que el viento intentaba llevarse.
—Gente que corre sin mirar —dijo él, alcanzándole un cuaderno—. ¿Estás bien?
Camila levantó la vista y se encontró con un hombre que rondaba los cuarenta, de sienes apenas plateadas y una calma que no se veía en los chicos de su edad. Hablaron unos minutos sobre nada y, antes de despedirse, él le propuso un café.
Esa primera charla bastó para que ella entendiera que tenía enfrente a alguien fuera de lo común. Damián era ingeniero, dueño de su propia empresa, y se movía por el mundo con la seguridad de quien rara vez escucha un «no». Le hablaba mirándola a los ojos, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo de la tierra para ella.
Empezaron a verse. En pocas semanas, Camila estaba enamorada de una manera que la asustaba. No era un enamoramiento tranquilo; era una necesidad. Pensaba en él todo el día, contaba las horas hasta el próximo encuentro, sentía que sin Damián la vida perdía color. Nunca le había pasado algo así con nadie.
Y entonces, unos tres meses después, él empezó a hablarle de sus gustos.
***
Fue una noche, en el departamento de Damián, con dos copas de vino servidas y la ciudad encendida del otro lado del vidrio. Él la miró largo rato antes de hablar, como midiendo si valía la pena decirlo.
—Me gustás, Camila. De verdad. Pero soy un hombre raro con esto.
—¿Raro con qué?
—Con lo que busco en una mujer.
Le explicó, sin vueltas, que las mujeres demasiado inteligentes lo agotaban. Que lo que a él de verdad lo encendía era otra cosa: una mujer dócil, simple, hecha para complacer y poco más. Una muñeca, dijo. Bonita, obediente, sin grandes preguntas. Lo opuesto exacto a lo que ella era.
—Por eso sé que esto, tarde o temprano, no va a funcionar —dijo, y apoyó la copa—. Sos demasiado para mí. Demasiado lista. Y yo no quiero eso.
Camila sintió que el piso se le abría. Salieron un par de veces más, pero él ya hablaba como quien se despide. Hasta que una tarde, en una confitería, se lo dijo de frente: era mejor dejar de verse.
Ella no pudo respirar. La sola idea de una vida sin Damián le resultaba insoportable, una oscuridad sin fondo. Y entonces, sin medir lo que decía, soltó la frase que iba a cambiarlo todo.
—Yo puedo ser lo que vos quieras que sea.
Damián la miró distinto. No con ternura: con interés.
***
Unos días más tarde la llamó y la citó de nuevo. Esta vez fue él quien habló despacio, eligiendo cada palabra.
—Estuve pensando en lo que dijiste. ¿Hablabas en serio?
—Completamente.
—Porque si vas a convertirte en la mujer que yo quiero, no alcanza con prometerlo. Hace falta cambiar de verdad. Por dentro y por fuera. ¿Entendés lo que te digo?
Camila asintió antes de pensarlo. Estaba dispuesta a todo con tal de no perderlo, y se lo dijo: aceptaba lo que él decidiera para ella.
Damián le explicó entonces algo que ella, en otra época, habría rechazado de plano. Existían métodos nuevos, todavía clandestinos, que combinaban sesiones de hipnosis profunda con cierta medicación. Bien aplicados, lograban que una persona fuera olvidando buena parte de lo que sabía, e incluso que su capacidad de razonar se volviera más lenta, más pequeña. Era ilegal, por supuesto. Pero él conocía a un profesional que lo hacía, a cambio de mucho dinero.
—Yo me hago cargo de todo —dijo—. Vos solo tenés que dejarte llevar.
Cualquier mujer en su sano juicio se habría levantado de la mesa. Camila, en cambio, sintió algo extraño: alivio. Si ese era el precio de quedarse con él, lo pagaría. Le tomó la mano y dijo que sí.
***
La primera sesión fue un mes después. Llegó temblando a un consultorio sin carteles, en un piso alto, y Damián la acompañó y se quedó con ella todo el tiempo, tomándole la mano mientras la voz del hipnotizador la hundía despacio en una calma espesa. Salió de ahí mareada, sin recordar bien qué había pasado, con un frasco de pastillas que debía tomar cada mañana.
Así se sucedieron las sesiones, semana tras semana. Hipnosis y pastillas. Al principio Camila pensó que no surtía efecto. Se sentía igual de lúcida que siempre; repasaba mentalmente lo que sabía de su carrera y todo seguía en su lugar.
Hasta que empezó a fallar.
Fue inquietante la primera vez. Quiso recordar un dato de historia que había sabido toda la vida y, por más que lo buscó, no estaba. Como una habitación a la que entrás y olvidás a qué ibas, pero permanente. Después fueron otros datos. Después, ideas enteras. De a poco notó que le costaba seguir una conversación si el tema se ponía complejo, cosa que antes hacía sin esfuerzo.
Estaba pasando de verdad. Lo sentía como una marea que bajaba y se llevaba pedazos de ella. Debería haberla aterrado. Y a ratos la aterraba. Pero entonces pensaba en Damián, en sus brazos, en su voz diciéndole que la quería así, y la marea le parecía un precio justo.
El tratamiento siguió hasta que un día, simplemente, terminó. Y los cambios fueron innegables.
***
Antes le fascinaban los documentales sobre ciencia, historia, el fondo del mar. Ahora la aburrían hasta el bostezo; perdía el hilo a los cinco minutos y no entendía de qué hablaban. ¿Quién gobernaba tal país? Antes lo sabía. Ahora no tenía la menor idea, y si se lo decían, lo olvidaba enseguida. De los grandes temas del mundo no le quedaba nada.
Lo que la entretenía ahora eran los programas de chimentos, las telenovelas, las revistas de moda y de belleza. De eso sí estaba al tanto, casi de nada más. Antes devoraba novelas difíciles y disfrutaba cada página. Ahora apenas abría un libro, y cuando lo hacía era alguna novelita rosa, lo único que podía leer sin perderse.
Un test hecho al comienzo había medido su coeficiente muy por encima del promedio, en el rango que algunos llaman brillante. Otro test, al final del proceso, la dejó bastante por debajo de la media. No era una incapaz; podía manejarse, hacer las compras, llevar una casa. Pero seguir la trama de una película algo enredada ya le resultaba imposible. Cuando miraban una en casa, a cada rato debía pedirle a Damián que le explicara qué estaba pasando, y él lo hacía con paciencia, divertido, sabiendo que su muñeca ya no daba para más.
***
El cuerpo cambió a la par de la mente. Damián la fue moldeando también por fuera, con la misma calma con que había moldeado lo otro. Una operación le agrandó el busto hasta volverlo imposible de ignorar. Otra le redondeó las caderas y el trasero. Se tiñó de rubio claro el cabello castaño que él decía que la afeaba, y unas inyecciones le llenaron los labios.
Cada semana, sin falta, pasaba la tarde en el salón de belleza: uñas, depilación, peinado, todo en regla, para estar siempre linda cuando él llegara. Esa era Camila ahora, exactamente lo que Damián había pedido. Una muñeca adorable, de curvas grandes y cabeza pequeña.
Y era feliz. O eso creía, que para el caso es lo mismo. Vivían juntos como marido y mujer. Él la trataba con dulzura, le hablaba bajito, la premiaba cuando obedecía. Cada aniversario de aquella tarde en la vereda aparecía con flores y bombones, porque sabía cuánto le gustaban las dos cosas. Ella aplaudía como una nena.
Las mañanas eran siempre iguales. Damián se iba a trabajar y Camila se ocupaba de la casa con el dinero que él le dejaba. Limpiaba, lavaba, hacía las compras. A media tarde empezaba el ritual largo de ponerse linda para recibir a su hombre.
***
Aquella noche se cumplían tres años desde que se habían casado. Camila lo recibió en la puerta con un beso largo, colgada de su cuello como si no lo hubiera visto en meses. Damián fue hasta la cocina y ella le sirvió una cerveza y algo para picar, contenta, atareada, hablando de nada.
Como siempre, él la tomó de la cintura y la sentó en sus rodillas. Desde ahí podía mirarle el escote, cosa que nunca dejaba de hacer.
—¿A que no sabés qué te traje? —dijo, sacando un estuche del bolsillo del saco.
Camila se llevó el dedo a la boca y abrió mucho los ojos, con esa media sonrisa boba que se le había vuelto natural.
—No sé… no sé…
Damián abrió el estuche. Adentro brillaba una gargantilla con dos esmeraldas. Ella soltó un gritito y corrió al espejo a probársela, girando el cuello de un lado a otro para verse mejor.
—Es precioso, mi amor —dijo, volviendo a acomodarse en sus rodillas y dándole otro beso.
Damián la abrazó y sonrió por encima de su hombro, satisfecho. Él era el hombre culto, el ingeniero exitoso, el que decidía. Y ella era su mujer: una muñeca de labios pintados y mirada dulce, hecha entera a su medida, sin una sola idea propia que estorbara.
Vacía, sí. Pero, a su manera, perfectamente feliz.