Lo que mi amante me ocultó hasta nuestro aniversario
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Carolina entrecerró los ojos sobre mí y me susurró que quería ver cómo le metía la verga al novio de Sofía. Y yo a ella nunca le he sabido decir que no.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Cuando Damián me ofreció el cuerpo de su modelo, supe que la cuenta iba a llegar. Y llegó, sobre su cama, con las muñecas atadas a la espalda.
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Cuando Damián se bajó el pantalón delante de mí y de su mujer, mi corazón se aceleró y supe que esa tarde no íbamos a volver de donde estábamos yendo.
El verano apretaba, la piscina se iba quedando vacía. Sus miradas se cruzaron una vez más de la cuenta, y las dos supieron que esa noche no se iban a casa solas.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.