El atleta del gimnasio que me hizo perder la cabeza
Voy a confesar algo que no le he contado a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga. Soy de las que siempre hicieron lo correcto. Estudié, conseguí un buen puesto en una agencia de marketing y nunca me salí del guion que se esperaba de mí. Tímida, ordenada, predecible. Hasta que lo vi a él en el gimnasio, y descubrí que llevaba toda la vida deseando algo que no me atrevía ni a nombrar.
Se llamaba Damián. Lo recuerdo perfectamente porque tardé semanas en saber su nombre y, durante todo ese tiempo, fue simplemente «el de las pesas del fondo». Alto, de hombros anchos, con una espalda que se marcaba bajo la camiseta cada vez que levantaba. Entrenaba en serio, no como yo, que iba a la cinta tres veces por semana y miraba el reloj. Él parecía vivir ahí.
Empecé a cambiar mis horarios sin admitírmelo. De pronto las siete y media de la mañana me parecía la hora perfecta para entrenar, justo cuando él aparecía con su botella y sus auriculares. Me ponía en la elíptica que daba al espejo del fondo y lo observaba de reojo. Verlo sudar, verlo concentrado, verlo levantar como si el peso no existiera. Algo se encendía en mí que nunca antes había sentido por nadie.
Esto es ridículo, pensaba. Ni siquiera sabe que existo.
Pero un martes cualquiera, mientras yo intentaba ajustar una máquina que no entendía, se acercó él.
—Estás poniendo el seguro al revés —dijo, con una media sonrisa—. Si lo haces así, te vas a hacer daño en la espalda.
Sentí que se me subían los colores hasta las orejas. Me explicó cómo colocarlo, me corrigió la postura con una mano apoyada apenas en mi cintura, y juro que ese roce, que duró un segundo, me dejó sin aire. Olía a algo limpio y cálido a la vez.
—Soy Damián —añadió.
—Lucía —respondí, y mi propia voz me sonó extraña.
A partir de ahí, los saludos se convirtieron en charlas cortas, y las charlas cortas en sesiones enteras entrenando juntos. Me enseñó a hacer sentadillas sin lastimarme las rodillas, me hablaba de su trabajo en ventas y de las competiciones de atletismo en las que participaba los fines de semana. Yo asentía a todo, fascinada, mientras mi cabeza iba por otro camino mucho menos inocente.
Esa misma noche lo busqué en redes. Encontré su perfil enseguida, lleno de fotos: en la playa, en el gimnasio, en alguna carrera con el dorsal pegado al pecho. Pasé el dedo por la pantalla una y otra vez, sintiéndome una intrusa, sintiéndome viva. Había una foto suya recién salido del agua, con el bañador pegado al cuerpo, que me hizo cerrar el teléfono de golpe y volver a abrirlo treinta segundos después.
No me reconocía. La Lucía de siempre nunca le habría escrito un mensaje a un hombre así. Pero la Lucía de esa noche escribió antes de poder arrepentirse.
—Hola, Damián. ¿Estás libre el sábado? Me apetece ir a la playa y se me ocurrió que quizá querrías venir.
Tardó dos minutos en contestar. Dos minutos que se me hicieron eternos.
—Me encantaría. Te paso a buscar a las cuatro.
***
El sábado me probé tres bikinis distintos antes de decidirme por uno blanco que nunca me había atrevido a usar. Me puse un pareo encima, sandalias, y me miré al espejo preguntándome qué demonios estaba haciendo. Cuando llegó, con una camisa abierta sobre el pecho y unas gafas de sol, sentí que el estómago me daba un vuelco.
La playa estaba casi vacía. Caminamos por la orilla, con el agua tibia rompiéndonos sobre los tobillos, hablando de cualquier cosa para no hablar de la única cosa que importaba. Me contó que se había criado lejos de la costa y que el mar todavía le parecía un milagro. Yo le conté que llevaba años sin sentirme tan tranquila y tan nerviosa al mismo tiempo.
—¿Nerviosa por qué? —preguntó, deteniéndose.
No le respondí. Lo miré, con el sol bajándole por la cara, y entendí que ya no tenía sentido fingir.
Nos metimos en el agua. Las olas eran pequeñas y el mar estaba caliente como una bañera. En un momento una ola más grande me empujó hacia él y sus manos me sujetaron por la cintura para que no perdiera el equilibrio. No me soltó. Yo tampoco me aparté. Quedamos así, pegados, con el agua hasta el pecho y su mirada clavada en la mía.
—Si sigues mirándome así, no voy a poder controlarme —murmuró.
—¿Y quién te ha pedido que te controles? —contesté, y no me reconocí en mis propias palabras.
Me besó ahí mismo, en medio del agua, con una mano enredada en mi pelo mojado y la otra firme en mi espalda. Fue un beso lento al principio, de prueba, y luego se volvió hambriento. Sentí su cuerpo entero contra el mío y noté, sin ninguna duda, cuánto me deseaba él también.
***
Su apartamento estaba a diez minutos. No recuerdo bien el camino; recuerdo su mano en mi muslo en el coche y el silencio cargado, ese silencio en el que todo ya está decidido y solo falta que ocurra.
Apenas cerró la puerta, lo tenía encima. Me besó el cuello, la clavícula, fue bajando el tirante de mi vestido con una paciencia que me volvía loca. Yo le quité la camisa de un tirón y por fin pude tocar esa espalda que había mirado durante semanas a escondidas. Era todo músculo cálido bajo mis dedos.
—Despacio —pedí, aunque no sé si lo decía por él o por mí.
—Tenemos toda la tarde —respondió contra mi piel.
Me llevó al sofá. Se arrodilló frente a mí y me separó las piernas con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus manos. Cuando su boca llegó donde yo más lo necesitaba, tuve que morderme el labio para no gritar. Sabía exactamente qué hacer, cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo dejarme casi llegar para detenerse y empezar otra vez. Le clavé los dedos en el pelo, arqueé la espalda, perdí la noción de dónde estaba.
—Por favor —supliqué, sin reconocer mi propia voz—. Te necesito ya.
Me alzó como si no pesara nada y me llevó al dormitorio. Me dejó sobre la cama y se tomó un instante para mirarme, entero, como si quisiera memorizar cada detalle. Esa mirada me encendió más que cualquier caricia.
Cuando por fin se hundió en mí, lo hizo despacio, atento a cada gesto de mi cara, deteniéndose cada vez que notaba que necesitaba un segundo. Yo lo recibí con un gemido largo que me salió de muy dentro. Llené el silencio de la habitación con sonidos que jamás había hecho con nadie. Él se movía con un ritmo perfecto, una mano sosteniendo mi cadera y la otra entrelazada con la mía contra la almohada.
—Mírame —me pidió—. Quiero verte.
Y lo miré. Nos miramos mientras el placer subía como una marea, ola tras ola, hasta que ya no pude sostenerlo más. Me deshice debajo de él temblando, aferrada a su espalda, repitiendo su nombre como si fuera lo único que recordaba decir. Él me siguió poco después, con un gruñido ronco contra mi cuello, y se quedó quieto, abrazándome, los dos empapados y sin aliento.
***
Pasamos el resto de la tarde entre las sábanas, hablando entre risas, volviendo a empezar cuando creíamos que ya no podíamos más. Me contó cosas de su vida que no salían en ninguna foto, y yo le confesé que llevaba semanas cambiando mis horarios solo para verlo entrenar. Se rio con ganas.
—Yo cambié los míos por lo mismo —admitió—. Pensaba que no te ibas a fijar nunca en mí.
Cuando el sol empezó a bajar, nos quedamos en silencio frente a la ventana, su brazo rodeándome, mi cabeza apoyada en su pecho. Sentí algo que no había sentido en años: la certeza de que acababa de hacer exactamente lo que quería, sin permiso de nadie, sin culpa.
Esa noche, en mi casa, no pude dormir. No por nervios, sino por la sonrisa tonta que no se me iba de la cara. La Lucía ordenada y predecible se había quedado en algún punto de aquella orilla, y la que volvió a casa era otra mujer.
Han pasado varios meses desde entonces. Seguimos viéndonos, y cada vez que entro al gimnasio y lo encuentro al fondo, levantando como el primer día, vuelvo a sentir el mismo vértigo. Pero ya no finjo no mirarlo. Ahora cruzo todo el gimnasio, me planto a su lado y le sostengo la mirada hasta que sonríe.
Sé que volveré a su cama esta noche. Y sé, sobre todo, que no pienso volver atrás.





