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Relatos Ardientes

Llegó sin avisar y terminamos contra la pared del pasillo

Hola otra vez, queridos.

Sé que los tengo abandonados, lo admito. Entre el trabajo y el cansancio, la rutina se come la creatividad… aunque nunca las ganas de seguir alimentando estas pasiones que nos consumen a todos por aquí.

Les cuento por qué vuelvo justo hoy. Mi pareja me hizo una petición que me dejó pensando. Quiere una foto mía, de espaldas, de mi trasero. En sus palabras exactas: quiere mirarla cuando no estoy y tocarse pensando en mí. Y yo aquí, dándole vueltas, preguntándome qué opinan ustedes. ¿Se la mando o lo hago sufrir un poco más?

Porque la verdad es que a él le encanta esa parte de mi cuerpo. Dice que se siente increíble cuando me la mete por ahí, y yo, que soy más de tomármelo con calma, tengo que confesar que a mí también me gusta. Más de lo que me gustaría admitir en voz alta.

Y para que entiendan de dónde sale la dichosa petición, déjenme contarles lo que pasó la última vez. Porque esa última vez fue rápida, urgente, casi sin desvestirnos. Un encuentro de esos que se quedan grabados.

***

Era un día cualquiera entre semana. Yo acababa de llegar del trabajo, derretida. En esta ciudad el verano no perdona, y lo único que una quiere al cruzar la puerta es despojarse de todo lo antes posible. Quitarme los zapatos, la blusa, el pantalón mientras el aire acondicionado empieza a ganarle al bochorno es de las pocas glorias que me quedan en julio.

Me quedé un rato así, en ropa interior y top, tirada sobre la cama, dejando que el frío me secara el sudor de la espalda. No hablo de calentura todavía, ojo. Hablo de ese alivio puro de sentir el cuerpo bajar de temperatura después de un día largo. Para mí, eso es uno de los paraísos posibles.

Después me puse una playera vieja de algodón y un short holgado de andar por casa, de esos con elástico en la cintura que casi parecen una faldita. Comí cualquier cosa de pie, frente al refrigerador, y como traía un sueño de esos pesados, decidí robarle media hora a la tarde antes de ponerme con los pendientes.

Amo dormir. Nunca me alcanza, nunca es suficiente. Así que aprovecho cada ratito que la vida me regala como si fuera el último.

No sé cuánto pasó. Lo que sé es que unos golpes en la puerta me arrancaron del sueño. Me quedé quieta unos segundos, confundida. Casi nunca recibo visitas sin avisar, y no esperaba ningún paquete. ¿Quién diablos será a esta hora?, pensé, todavía con la marca de la almohada en la mejilla.

Me levanté de mala gana, me acomodé el short y caminé hasta la entrada arrastrando los pies.

La última persona que imaginé fue la que encontré del otro lado. Y si soy completamente honesta con ustedes, se me secó la boca. Dios mío. Fue exactamente como esas escenas de las novelas que tanto me gusta leer a escondidas.

Este hombre me desarma. Verlo ahí, de pie, con esa piel morena, los jeans gastados, una playera blanca y una gorra echada hacia atrás. Esa sonrisa de medio lado que pone cuando ya sabe lo que quiere. Por un instante me pregunté si seguía dormida y todo era parte de un sueño demasiado bueno.

—¿Te desperté? —dijo, apoyado en el marco de la puerta.

—Un poco —admití, sintiendo el calor subirme por el cuello—. Pasa.

Nos saludamos con un abrazo, de esos largos en los que el cuerpo entiende cosas antes que la cabeza. La conversación fue corta. Apenas cuatro frases sueltas, preguntas sin respuesta real, porque ninguno de los dos estaba ahí para hablar.

Lo supe en cuanto crucé mi mirada con la suya. Venía con una intención clarísima, escrita en los ojos. Venía con hambre, y la cena era yo.

***

Tengo que confesarles algo que me da un poco de vergüenza. Me vuelve loca esa fuerza que tienen ellos, la facilidad con la que un hombre puede manejarte si se lo propone. Y yo no soy precisamente una pluma. No soy delgada, tengo lo mío, y aun así él me mueve a su antojo, como si nada. Eso, juro, me enciende por dentro de una manera que no sé explicar.

Me excita esa diferencia de fuerza, sentir que cede el control sin que nadie lo obligue. Y que quede claro, porque es importante: estoy hablando de algo entre dos personas que se desean y que dijeron que sí. Lo demás no me interesa.

Él se sentó en una de las sillas del comedor. Yo me quedé de pie a su lado, y desde ahí abajo levantó la cabeza para mirarme. Me tomó de las caderas con las dos manos y me jaló hacia él, sin prisa pero sin permiso. Hundió la cara en el vértice de mis muslos y respiró hondo, como si quisiera quedarse con mi olor.

Después subió la vista a mis ojos. Sin dejar de mirarme, deslizó una mano y bajó un costado de mi short. El elástico cedió sin resistencia, casi parecía hecho a propósito para ese momento. Y pegó la boca a la piel que acababa de descubrir.

Yo di un respingo hacia atrás por instinto. No me había bañado todavía, traía el día entero encima, y se lo dije a medias, avergonzada. Pero a él hoy no le importaba nada de eso. Al contrario.

—Así me gustas más —murmuró contra mi piel.

Sus manos empezaron a subir por mi cuerpo, lentas, abarcándolo todo. Cuando llegaron a mis pechos y descubrió que debajo de la playera no traía absolutamente nada, vi cómo se le encendía la mirada. Como si acabara de encontrar un regalo a medio envolver y no pudiera esperar a abrirlo.

Me levantó la playera de un tirón hasta dejarme los pechos al aire. Sonrió. Tomó uno con la boca, y sentir su lengua ahí me deshizo por completo. Lo noté de inmediato más abajo, esa humedad tibia entre las piernas que me delata siempre, por más que quiera disimular.

***

Se puso de pie sin soltarme y me guió hacia el pasillo, ese tramo estrecho entre la sala y las habitaciones. Yo intenté frenar un poco, lo confieso. Se suponía que esos días no debía tener sexo, por razones mías, y traté de hacérselo saber entre besos.

—Espera, no podemos… no como siempre —alcancé a decir.

Pero él y yo ya habíamos explorado otros caminos. Me giró con suavidad firme, de espaldas a él, y se acercó a mi oído. Sentí su aliento antes que sus palabras.

—¿Y por atrás? —susurró.

Se me erizó la nuca entera. Cerré los ojos un segundo, lo pensé medio segundo más de la cuenta, y dije que sí.

Ahí, sosteniéndome de la esquina de la pared, con las ansias ganándonos a los dos, pasamos los minutos más deliciosos que recuerdo en mucho tiempo. Entre besos en la nuca, caricias rápidas y mi respiración entrecortada, fue entrando poco a poco. Yo estaba empapada, pero aun así al principio nos costó. Mi cuerpo se resistía y se rendía al mismo tiempo.

Fue metiéndola con paciencia, primero solo la punta, y yo sentía ese cosquilleo extraño y exquisito que solo aparece cuando lo hacés por ahí. Una mezcla de presión, de pudor y de placer puro que no se parece a nada más.

Acomodé las caderas, busqué el ángulo, y lo dejé avanzar. Cuando por fin entró del todo, ya no pude contener los gemidos. Eché la espalda hacia adelante, levanté el trasero buscándolo, pidiéndole en silencio que no se contuviera. Y no se contuvo.

Arremetió con ganas, cada vez más hondo, y yo apretaba la palma contra la pared para no perder el equilibrio. Mis gemidos se mezclaban con los suyos, roncos, contra mi espalda. No hubo cama, ni romanticismo, ni preámbulos largos. Solo nosotros dos de pie en un pasillo, urgidos, sin poder esperar.

Terminamos casi al mismo tiempo, unos minutos después. Me encanta sentirlo llegar, ese momento en que se tensa entero y se vacía dentro de mí. Nos quedamos así un rato, él todavía dentro, abrazándome por la cintura, los dos tratando de recuperar el aire apoyados en la pared.

***

Cuando por fin nos separamos y fuimos a limpiarnos, nos dimos cuenta de que había habido un poco de sangre. Y aquí viene lo raro: en ningún momento sentí que me lastimara. Ni dolor, ni molestia, nada. No sé si fue la excitación, la prisa, o las dos cosas juntas, pero juro que no me dolió en absoluto.

Con gusto repetiría un encuentro así, sin pensarlo. De hecho, solo de recordarlo mientras les escribo esto, vuelvo a sentir esa cosquilla traicionera en el cuerpo.

Y de ahí, justamente de esa tarde, nació la dichosa petición de la foto. Él quiere llevarse un recuerdo de lo que pasó en ese pasillo, algo para mirar cuando no estoy.

Así que ahí lo dejo, queridos. La pregunta sigue en el aire. ¿Le mando la foto o lo hago esperar un poquito más?

Ustedes díganme. Un beso enorme y nos leemos pronto.

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Comentarios (5)

MartinCba

que buenísimo, me enganchó desde el primer párrafo!!! necesito mas

VeronicaRios

por favor segunda parte!! el final fue demasiado y quedé con ganas de saber todo lo que pasó despues

Luciano_BA

Lo leí de una sola vez sin pausar. Ese tipo de visitas inesperadas son siempre las mas intensas

josgon

jajaja la imagen de abrir la puerta medio dormida me mató. muy bueno

Caro_nocturna

Me encantó cómo lo contás, se siente real y nada forzado. La tension del principio es perfecta

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