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Relatos Ardientes

La tarjeta que me abrió la puerta prohibida del hospital

Buenas, queridos lectores. Lo que voy a contarles me pasó de verdad, en mi trabajo, y todavía me cuesta creer que me animara a hacer lo que hice. Soy enfermera, amo mi profesión, pero como en todos lados, cuando una mujer trabaja rodeada de hombres y encima en turnos de madrugada, una termina enterándose de cosas. Pasa de todo en los pasillos vacíos de una clínica, créanme.

En aquel entonces tenía poco más de treinta años. Pelo lacio, oscuro, cintura estrecha y unas caderas anchas que siempre fueron lo que más miraban los hombres. Lo supe desde muy joven, por los comentarios que escuchaba en la calle, sobre todo de los señores mayores. Esa curva en la espalda, según ellos, era mi mejor carta. Yo aprendí a vivir con eso, ni orgullosa ni avergonzada, simplemente consciente.

Después de mucho esfuerzo me trasladaron a una clínica grande, de esas con pasillos interminables, decenas de consultorios y depósitos llenos de cajas. Los primeros meses fueron de aprender las rutinas: dónde esconderse para dormir un rato, cómo turnarnos para no dejar a nadie sin atención, quién era buena compañera y quién no. Conocí a los médicos, cada uno con su carácter. Y conocí, sobre todo, al doctor Mauricio.

Mauricio era el jefe de planta. Alto, canoso, bastante mayor que yo, con esa seguridad de hombre que sabe que manda. A veces se quedaba en los turnos de madrugada, supuestamente para supervisarnos desde su oficina, donde tenía acceso a las cámaras y a ciertas áreas restringidas, esas puertas que solo se abren con tarjeta.

Por ser la nueva, muchas veces era yo la que atendía cuando aparecía un paciente de urgencia. «Hasta que entre otra más nueva, pagás derecho de piso», me decían entre risas las antiguas. No me molestaba. Las guardias largas tienen su ritmo propio: las jóvenes nos turnábamos para robar minutos de sueño, las veteranas ya habían aprendido a domar el cansancio. Y después estaban las parejitas, claro, esas que se metían en consultorios desocupados y aprovechaban el silencio de la noche para lo suyo.

Al principio una se hace la distraída. Después aprende a leer las señales: una colega que desaparece justo cuando todo está tranquilo, un médico que se demora más de la cuenta en un sector vacío, las miradas que se cruzan en la entrega de turno y dicen más que cualquier palabra. La clínica de noche es otro lugar, uno donde las reglas se aflojan y el cansancio borra la vergüenza. Yo lo veía todo y me callaba, pero por dentro guardaba cada detalle, como quien colecciona secretos ajenos sin saber todavía para qué.

***

Yo soy curiosa por naturaleza. En mis ratos libres me gustaba recorrer la clínica, conocer cada rincón. Una de esas noches llegué al sector donde hacían los estudios de audiometría, un cuarto totalmente aislado, a prueba de sonidos, pensado para que ni el ruido más mínimo se filtrara hacia afuera ni hacia adentro. Entré solo a mirar, por puro chusmerío, y ahí, tirada en el piso, encontré una tarjeta de acceso, de esas que abren las puertas restringidas.

No lo pensé dos veces. La levanté y me la guardé en el bolsillo del ambo. Algún día me servirá, me dije, sin imaginar para qué.

Pasaron unos días. Una madrugada tranquila, sin pacientes, estaba apoyada contra una pared cuando vi a una de mis colegas avanzar hasta el fondo del pasillo y abrir con su tarjeta una de esas puertas prohibidas. Pensé que iba a esconderse a dormir. Pero al rato vi algo más: el doctor Mauricio caminando rápido, casi nervioso, hacia el mismo fondo. Entró por esa puerta y la cerró tras de sí.

Desde mi rincón, solo yo había visto las dos escenas. Y el morbo me empezó a quemar por dentro. ¿Qué hacían ahí, encerrados, a las tres de la mañana? La imaginación me mataba. Los minutos se hacían eternos y la curiosidad terminó por ganarme.

Me puse de pie sin hacer ruido y, cuidando que nadie me viera, corrí hasta esa puerta. Saqué la tarjeta del bolsillo, la pasé y entré. Adentro estaba todo en penumbra. Algo en mí me empujaba hacia el mismo cuartito aislado donde días antes había encontrado la tarjeta.

Avancé con sigilo, pegada a la pared. No se oía nada desde el pasillo, así que tomé coraje y empujé despacio la puerta del fondo. Entré casi gateando. Cuanto más me acercaba, más empezaba a escuchar: murmullos, un golpeteo suave, una respiración entrecortada. El corazón se me iba a salir del pecho de la emoción de encontrarlos así, sin que ellos lo supieran.

***

Me acomodé en el suelo y busqué la rendija que esas puertas tienen en la base. Y por fin los vi.

Mi colega estaba completamente desnuda, de pie contra la pared, arqueando la espalda y levantando el trasero. El doctor Mauricio, arrodillado detrás, le abría las nalgas con las dos manos mientras hundía la cara entre ellas. Le pasaba la lengua por todo, despacio, con una devoción que yo nunca había visto en un hombre. Pasaban los minutos y él seguía ahí, lamiéndola sin apuro, como un animal que disfruta de su presa.

Ella gemía bajito, parando la cola, agachándose apenas para ofrecerse mejor, para que la lengua de él llegara más adentro. Yo apenas respiraba. Tenía la boca seca y un calor que me subía desde el vientre.

Hubo un silencio largo cuando él se incorporó. Pegó el pecho contra la espalda de ella, los dos de pie, los dos unidos.

—Hoy estás más abierta que la última vez —le dijo al oído—. Mi lengua entra sin que te resistas. Contame... ¿tu marido te lo hizo antes de venir a trabajar?

Mientras hablaba, simulaba penetrarla, rozándola sin entrar todavía. Ella temblaba.

—Métemelo, Mauro —suplicaba—. Por favor, metémelo.

Él la obedeció. La penetró de pie, así como estaban, y ella soltó un gemido largo. Después el gemido se volvió un quejido más agudo, y yo entendí, por el tono, que él se lo había metido por otro lado. Las tetas de ella rozaban la pared fría mientras se dejaba caer hacia atrás, contra él.

—Decímelo otra vez —insistía él, sin moverse—. Tu marido te lo hizo hoy, ¿verdad?

—Sí, sí... me lo hizo, me terminó adentro —jadeaba ella—. Pero me gusta más la tuya. La tuya es enorme, fuerte, sos un caballo, mi amor. Movete.

El doctor, excitado por la confesión, aceleró. La embestía con fuerza, clavándola contra la pared, y el ruido de los cuerpos llenaba el cuartito aislado. Yo seguía en el piso, espiando por la rendija, y sin darme cuenta ya tenía la mano debajo de la falda del ambo. Me tocaba lento, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

***

Y entonces escuché algo que me terminó de prender fuego.

—Me voy a comer a la enfermera nueva —dijo Mauricio, con la voz ronca—. La que entró hace poco. La contraté porque tiene un culo perfecto, paradito, levantado. Y no tiene marido. Yo voy a ser el que la monte, acá mismo, en este cuarto. Las voy a poner en turnos separados para disfrutarlas a las dos.

Tardé un segundo en darme cuenta de que la nueva era yo. Estaba hablando de mí.

Se me cortó la respiración. El corazón me golpeaba como un tambor y la mano se me movía sola. La idea de ser yo la que estuviera contra esa pared, la que recibiera esa lengua y todo lo demás, me arrastró sin remedio. Imaginé que era yo la que gemía, la que se ofrecía, la que respondía a los caprichos del jefe cuando él me lo pidiera.

El placer me llegó de golpe, intenso, mientras seguía espiando por la rendija. Tuve que apretar la otra mano contra mi boca para que no se me escapara ni un sonido. Me quedé temblando ahí, agachada en la penumbra, sintiéndome la mujer más sucia y más viva del mundo.

***

Cuando logré recomponerme, salí del cuartito casi gateando, midiendo cada movimiento para no delatarme. Ya en el pasillo me incorporé y corrí, corrí sin parar hasta la sala de descanso. Mis compañeros dormitaban en los sillones, ajenos a todo. Me acomodé entre ellos, fingiendo que venía de cualquier lado, disimulando que acababa de presenciar el sexo más lujurioso que había visto en mi vida.

Esa noche no pegué un ojo. Cada vez que cerraba los párpados, volvía a ver al doctor arrodillado, la lengua, las manos abriendo, los gemidos contra la pared. Y volvía a escuchar esa frase: «me voy a comer a la enfermera nueva».

Los días siguientes los viví distinta. Cada vez que cruzaba a Mauricio en un pasillo, sentía que me ardía la cara. Él me saludaba con esa media sonrisa de hombre que sabe lo que quiere, sin imaginar que yo ya conocía su secreto. Y lo peor era que, en lugar de incomodarme, eso me encendía todavía más.

En mi casa, sola en la cama, me tocaba bajo las sábanas recordando cada detalle. Las caderas, que siempre fueron mi mejor carta, ahora me parecían una promesa. Una promesa de lo que tarde o temprano iba a pasar en esa clínica, en ese cuartito aislado donde el ruido nunca sale.

Pero esa parte, la de lo que pasó cuando el doctor finalmente se acercó a la nueva presa, es otra historia. Una que les voy a contar más adelante, porque forma parte de cómo es la vida de una mujer demasiado curiosa en un mundo de hombres morbosos.

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Comentarios (5)

Chucho85

que relato!! me atrapó desde el inicio

NatiRosario

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mas

Manu_Lector

Bien narrado, ese ambiente de hospital de madrugada ya de por si da escalofrío... y encima esto jaja. Muy logrado

LoreZapata

Me recordó a una guardia de noche que viví hace años. Son esas coincidencias que no planeás y te cambian el turno entero

Nocturna_K

El detalle de la tarjeta como excusa es lo que mas me gusto, muy creíble eso

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