La invitación de mi jefe que no debí aceptar
Gracias por la bienvenida que me dieron cuando me presenté hace unos días. De verdad me hizo sentir parte de algo, y por eso me animo a contarles esto, que es de las primeras cosas que me pasaron desde que empecé a trabajar. Tengo veintiséis años y este es mi primer empleo de verdad: ayudante administrativa, mano derecha del dueño de la empresa.
El primer día me recibieron casi igual de bien que ustedes. Llegaron los comentarios de siempre, lo de que era la cara nueva y bonita de la oficina, esas cosas que una agradece a medias porque nunca sabe del todo qué hacer con ellas. Yo sonreía, asentía y seguía con lo mío. Estaba demasiado ocupada aprendiendo nombres, contraseñas y dónde quedaba el café como para detenerme a pensar en otra cosa.
La empresa no es grande. Somos un puñado de personas en un piso lleno de archivadores, plantas que nadie riega y una cafetera que ruge como un avión cada mañana. Me asignaron un escritorio justo enfrente de la oficina del dueño, separados apenas por una mampara de vidrio esmerilado. Desde ahí lo veía moverse: una sombra que se levantaba, se sentaba, caminaba en círculos cuando hablaba por teléfono.
Lo que sí noté, conforme pasaban los días, fue a mi jefe.
Se llama Aurelio, aunque ese no es su nombre real, y debe rondar los cuarenta y nueve o cincuenta. Hombre serio, de voz pausada, de los que firman papeles sin levantar la vista. Vestía siempre camisa planchada y un reloj antiguo que le quedaba un poco grande. Tenía las sienes plateadas y unas manos firmes que me costaba no mirar cuando me pasaba un expediente. Manos grandes, de dedos largos, de esas que una imagina apretándole la cintura mientras la doblan sobre un escritorio.
Pero cada vez que nos quedábamos solos en su oficina, algo en él se descomponía. Carraspeaba. Reordenaba carpetas que ya estaban en orden. Dejaba frases por la mitad y volvía a empezarlas. Una vez le tembló tanto la voz al pedirme un informe que tuvo que mirar por la ventana para terminar la frase. Yo, que de tonta no tengo un pelo, me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Le pasaba lo que le pasa a cualquier hombre cuando tiene enfrente a una mujer que le calienta la sangre.
Y, no voy a mentir, me empezó a divertir. Empecé a quedarme un minuto de más cuando le entregaba algo, a inclinarme un poco al señalar una cifra en la pantalla para que se le fuera la mirada al escote, a sostenerle la mirada hasta que era él quien la apartaba. Un par de veces alcancé a verle el bulto marcado en el pantalón cuando se levantaba muy rápido de la silla, y me tuve que morder la sonrisa. Era un juego silencioso, y los dos lo jugábamos sin nombrarlo.
Un jueves por la tarde, mientras yo guardaba unos expedientes, se acercó al escritorio con las manos en los bolsillos como un adolescente.
—Oye —dijo, y se aclaró la garganta otra vez—, ¿no te gustaría ir a tomar algo cuando salgamos? Para… celebrar tu primera semana.
Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario. Sabía perfectamente lo que esa invitación significaba, o al menos lo que él quería que significara. Pude haber dicho que no. Pude haber inventado una excusa cualquiera. Pero llevaba días imaginándome cómo sería tenerlo encima, cómo sonaría gimiendo, cómo se le pondría la cara cuando se corriera. Y me picaba la curiosidad.
—Me encantaría —respondí.
***
Salimos de la oficina con esa distancia incómoda de dos personas que fingen que no pasa nada. Caminamos hasta un bar pequeño a un par de cuadras, de luz tenue y música baja, de esos donde uno puede hablar sin gritar. Pedimos algo de tomar, pero la verdad es que casi no tomamos. Hablamos mucho más de lo que bebimos.
Me preguntó por mi carrera, por mis planes, por mis amigos. Yo le contestaba y le devolvía las preguntas, curiosa por ver hasta dónde se animaba. Me sorprendió descubrir que detrás del hombre rígido de la oficina había alguien tímido, casi torpe, que se reía bajito de sus propios chistes y se disculpaba dos veces por cualquier cosa. Esa fragilidad, lejos de aburrirme, me gustaba. Me daba la sensación de tener el control, de saber que iba a ser yo la que le enseñara un par de cosas esa noche, y no al revés.
Cuando le conté, como quien no quiere la cosa, que no tenía pareja, vi cómo se le iluminó la mirada. Se puso todavía más nervioso, si eso era posible, y le tembló un poco la mano al dejar el vaso sobre la mesa. Hizo girar el hielo dentro del whisky un par de veces, buscando qué decir, y al final solo soltó un «vaya» que me hizo sonreír. Yo, por debajo de la mesa, había cruzado las piernas de un modo en el que la falda se me había subido más de la cuenta, y él lo miraba a hurtadillas cada vez que creía que yo no me daba cuenta.
Ahí decidí que era mi turno de mover las piezas.
—¿Jugamos a algo? —propuse—. Preguntas y respuestas. Pero de las honestas.
Él aceptó, creo que sin medir en lo que se metía. Empezamos suave, con tonterías, y de a poco fui subiendo la temperatura. Color de la ropa interior. Le dije que la mía era negra, de encaje, sin sostén a juego porque el que tenía puesto se me marcaba con la blusa. Se le atragantó el trago. Número de parejas. El lugar más extraño donde lo habíamos hecho. Yo le conté que una vez me habían cogido contra la puerta de un baño de discoteca, con la música retumbando, y le vi cómo tragaba saliva. Cada respuesta nos acercaba un poco más sobre la mesa, las voces más bajas, las miradas más largas.
—Última —dije, mordiéndome el labio—. Tu fantasía. La que nunca cumpliste.
Aurelio se quedó callado, sopesando si decirla o no. Al final me la confesó, con la voz baja, pegada al oído. Me dijo que siempre había querido que una mujer le chupara la polla mirándolo a los ojos, sin cortarse, hasta correrse en su boca, y que después se abriera de piernas para él y le pidiera que se la metiera. Lo dijo entrecortado, mirando la mesa, y cuando terminó estaba rojo hasta las orejas. Después me devolvió la pregunta con la voz ronca.
—Tengo una desde hace rato —admití, acercándome hasta que sintió mi aliento—. Siempre quise estar con un hombre mayor. Con alguien que sepa lo que hace. Con alguien que me agarre por el pelo y me use la boca a su gusto, sin pedir permiso.
No dijo nada. Empezó a acariciarme la cara con el dorso de los dedos, despacio, como si tuviera miedo de romperme. Me rozó la mejilla, la línea de la mandíbula, el borde de los labios. Yo abrí la boca apenas y le chupé la yema de un dedo, mirándolo fijo. Se le escapó un suspiro y sentí cómo la mano le empezaba a temblar. Yo dejé que lo hiciera, disfrutando de cómo le costaba contener las ganas.
—Si quieres saber lo que sé hacer con esta boca —le susurré—, vamos a tener que ir a un lugar más privado.
Pidió la cuenta sin soltarme la mirada.
***
Salimos a la calle y el aire fresco no apagó nada. Al contrario. Caminamos pegados, su mano rozando la mía a cada paso, sin atrevernos todavía a entrelazarlas, como dos adolescentes que estiran el momento previo a propósito. Yo sentía el corazón en la garganta, pero no de miedo: de esa anticipación que es casi mejor que lo que viene después. Ya se me habían empapado las bragas de solo pensar en lo que le iba a hacer.
Habíamos dejado su auto estacionado en una callecita lateral, oscura, con un par de árboles que tapaban las pocas luces que había. No llegamos a más. La calentura era tanta que ni se nos ocurrió ir a otro lado, ni pensar en un hotel, ni en su casa, ni en la mía. Lo único que importaba estaba ahí, a un paso, y ninguno de los dos quería esperar.
Abrió la puerta trasera y se metió primero. La puerta abierta hacía de pantalla, ocultándome del resto de la calle vacía. Yo me acomodé entre sus piernas, de rodillas sobre el asiento, mientras él se reclinaba con la respiración ya entrecortada. Le abrí la camisa un par de botones, le pasé las uñas por el pecho, le mordí despacio el cuello. Él dejó caer la cabeza contra el respaldo y soltó el aire de golpe.
Le desabroché el pantalón sin apuro. Le bajé el cierre diente por diente, para que lo escuchara, y le metí la mano por encima del bóxer. La tenía dura como una piedra, palpitando, y una mancha húmeda le manchaba la tela. Le apreté por encima, la sentí latir contra la palma, y él dejó escapar un gruñido que me erizó la piel. Quería que sintiera cada segundo, que la espera lo volviera loco antes que cualquier otra cosa.
Cuando por fin le bajé el bóxer y le saqué la polla, era más grande de lo que había imaginado. Gruesa, tirante, con la punta brillante de tanto ganas. Se me hizo la boca agua. Lo miré a los ojos y empecé a acariciarlo, lento, con la mano apenas cerrada, subiendo y bajando desde la base hasta el glande, observando cómo se le tensaba la mandíbula con cada movimiento. Le pasé el pulgar por la punta, le esparcí el líquido que le brotaba, y él soltó un jadeo largo, con los ojos entrecerrados.
—Mírame —le dije—. No cierres los ojos.
Junté un poco de saliva y la dejé caer despacio desde arriba, un hilo largo que le cayó justo en la punta, sin dejar de mirarlo, y la desparramé con la mano por toda la verga hasta que quedó brillante y resbaladiza. Se la empecé a masturbar con las dos manos, una arriba de la otra, girando las muñecas, apretando fuerte en el tronco. Él soltó un gemido grave que pareció salirle de lo más hondo. Le gustaba mirar tanto como le gustaba sentir, y yo lo sabía, así que le di las dos cosas.
Me lo llevé a la boca por fin, pero igual de despacio. Primero le chupé la punta, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, hundiendo la puntita en el agujerito, saboreándole el sabor salado que le seguía brotando. Le fui bajando de a poco, apenas unos centímetros, chupando y soltando, chupando y soltando, mientras seguía masturbándole el resto con la mano. Quería que sintiera mi lengua jugando con él, recorriéndolo entero, como un masaje sin prisa.
Le saqué la polla de la boca y le lamí toda la parte de abajo, subiendo y bajando por la vena gruesa que le latía en el medio, con la lengua bien abierta, plana, como si fuera un helado. Después me metí las bolas en la boca, de a una, chupándoselas despacio, mientras le seguía haciendo la paja. Aurelio enredó los dedos en mi pelo, no para apurarme, sino para tener de dónde sostenerse. Murmuraba cosas que no terminaban, mi nombre a medias, alguna palabra suelta, un «mierda» que se le escapó cuando le pasé la lengua justo debajo de las pelotas.
Volví a subir y me la metí entera. Bien al fondo. Le apoyé la nariz contra el pubis y me quedé ahí unos segundos, con la garganta apretándole el glande, haciéndole tragar cada centímetro. Él soltó un grito ahogado y la cadera se le levantó del asiento sola.
—Joder, joder —repetía—. Joder, cómo la chupas.
La parte que más me gusta siempre llega después, cuando subo el ritmo. Empecé a mamársela rápido, hasta el fondo, dejando que la garganta se me cerrara alrededor, que se me llenaran los ojos de lágrimas, que me chorreara la saliva por la barbilla y le mojara las bolas. Cada vez que llegaba al fondo me quedaba un segundo más, tragando, apretando, hasta esa sensación al borde de la asfixia que, no sé explicarlo bien, me enciende como pocas cosas. Se me humedecen las bragas, se me endurecen los pezones, y termino follándome la cara con su polla yo sola.
Él no se lo esperaba. Le tembló todo el cuerpo y tuvo que apoyar la cabeza contra la ventanilla. Me apretó el pelo con las dos manos, ya sin cuidado, guiándome, marcándome el ritmo. Yo le dejé hacer. Le dejé que me follara la boca a su gusto, que empujara hacia arriba con las caderas, que me la clavara hasta el fondo una y otra vez. Le hice caso a la fantasía que me había contado en el bar sin decírselo, y él lo entendió.
—Despacio, despacio —pidió de pronto, tirándome el pelo hacia atrás—, o esto se termina ya.
Así que aflojé. Lo saqué, lo dejé descansar un instante contra mis labios, contra mi lengua, jugando con él por fuera para que recuperara el aire y la cordura justo lo necesario para volver a perderlas. Le pasé la lengua por la punta, le di besitos en el glande, se la volví a masturbar suave con la mano llena de saliva. Cada vez que creía que se calmaba, yo volvía a empezar. Se la metía hasta la garganta y me quedaba ahí, tragando, mirándolo a los ojos con la cara llena de lágrimas y baba. Después la sacaba y volvía a los besitos, a los lengüetazos suaves.
Le tenía la polla a mi merced. Podía hacer que se corriera o que aguantara diez minutos más, y él lo sabía. Se retorcía en el asiento, con la camisa arrugada, con el pantalón enredado en las rodillas, gimiendo bajito, pidiéndome sin pedirme. En un momento le metí un dedo entre las bolas y el culo, apretándole ese punto que a los hombres los vuelve locos, mientras le mamaba la punta con ganas. Casi se levanta del asiento.
—Me voy a correr, me voy a correr —empezó a repetir, ya sin poder contenerse.
Era todo un espectáculo y los dos lo sabíamos. La última vez tomé aire, lo llevé hasta el fondo una vez más y aceleré sin avisar. Le agarré las bolas con una mano, apretando suave, y con la otra le hice la paja en la base al ritmo de la boca. Él intentó decir algo, una advertencia que nunca llegó a formar, y terminó ahí mismo, con un gruñido largo que le nació del pecho. Le sentí la polla latiendo dentro de la boca y el primer chorro me golpeó la garganta caliente y espeso.
Se notaba que llevaba demasiado tiempo sin nada parecido, porque casi me desbordó. Chorro tras chorro, no paraba de correrse, llenándome la boca de semen. La saqué apenas un poco, para que él lo viera, para que viera cómo le seguía saliendo la corrida sobre mi lengua, sobre mis labios, cómo un hilo me caía por la barbilla. Le seguí haciendo la paja despacio, sacándole hasta la última gota, mientras él temblaba entero, con la mandíbula floja y los ojos vidriosos.
Cuando terminó, cerré la boca, lo miré fijo, y tragué. Todo. Le enseñé la lengua limpia después, para que no le quedaran dudas.
Me quedé quieta un momento, sosteniéndole la mirada, y después me erguí despacio, acomodándome el pelo como si no acabara de pasar nada. Le pasé el pulgar por la comisura de mis labios, recogí lo que se me había escapado y me lo llevé de nuevo a la boca. Él seguía recostado, sin aliento, con una sonrisa boba que no se le borraba, mirándome como si acabara de ver un milagro.
***
Lo que dijo después fue casi tan rico como lo demás. No paraba de repetir que nunca le habían hecho algo así, que en su vida se había corrido tan fuerte, que dónde había estado yo toda su vida, que tendríamos que repetirlo pronto. Que la próxima vez él quería devolverme el favor, que quería comerme el coño hasta hacerme temblar, que quería metérmela en todos lados. Incluso se animó a decir, medio en broma medio en serio, que en la oficina había un sillón muy cómodo en su despacho, y que la puerta tenía llave.
Me reí, le acomodé la corbata que ni siquiera se había sacado y le di un beso corto en la comisura de los labios, dejándole el gusto de él mismo.
—Vamos viendo —le dije.
Así fue como, en mi primera semana de trabajo, me convertí en la favorita del jefe. No por las planillas ni por lo rápido que aprendía los sistemas, aunque también, sino por una noche que ninguno de los dos había planeado y que los dos terminamos buscando repetir.
Desde entonces, cada vez que me llama a su oficina y cierra la puerta, ya no es él el que se pone nervioso. Soy yo la que decide qué tan lejos llega la tarde, si me arrodillo bajo el escritorio a chupársela mientras él intenta atender el teléfono, o si me subo a horcajadas sobre él en el sillón y me la clavo yo misma hasta que los dos nos mordemos la boca para no gritar.
Espero que les haya gustado esta confesión. Cuéntenme qué les pareció.





