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Relatos Ardientes

Confesión: el desconocido que me sometió por completo

Voy a contar algo que no le he dicho a nadie, ni siquiera a las amigas con las que comparto todo. Lo escribo porque necesito sacarlo de adentro, porque hay temporadas de la vida que te cambian tanto que después ya no reconoces a la persona que eras antes. La mía empezó un martes cualquiera, junto a los buzones del edificio.

Yo siempre tuve una debilidad que me costaba admitir en voz alta. Me atraían los hombres grandes, seguros de sí mismos, los que entran a una habitación y la ocupan entera sin pedir permiso. Por aquel entonces arrastraba una relación tibia con mi ex, Martín, un buen tipo que me curaba los días aburridos pero nunca me aceleraba el pulso. Habíamos vuelto a vernos, a tantear si quedaba algo. La verdad es que no quedaba casi nada, y los dos lo sabíamos.

Esa tarde yo revisaba el correo cuando él entró a repartir publicidad. Lo vi de espaldas primero: alto, de hombros anchos, con una calma que llenaba el portal. Cuando se giró y me miró, sentí esa corriente absurda que una cree que solo existe en las novelas. Se llamaba Bakary, era de Senegal, y tenía una manera de sostenerte la mirada que te hacía bajar la tuya.

—Buenas —dijo, y siguió metiendo folletos en los buzones como si yo no estuviera ahí.

Esa indiferencia me molestó y me encendió al mismo tiempo. Le dije algo cortante, una tontería sobre que ensuciaba el suelo con los papeles. Él se rió sin ganas.

—Una mujer así de guapa no debería estar de mal humor —contestó.

Me crucé de brazos, ofendida, y le solté una grosería. Lo que pasó después todavía me cuesta ordenarlo en la cabeza.

***

No me pegó ni nada parecido, que quede claro. Pero me sujetó de la muñeca con una firmeza que no admitía discusión, me miró desde su altura y dijo, muy bajito:

—¿Por qué finges que no te gusta?

Tenía razón y eso era lo peor. Forcejeé por orgullo, intenté soltarme, hasta empujé su pecho con la otra mano. Fue como empujar una pared. Soy una mujer fuerte, hago deporte, no me considero frágil, y sin embargo frente a él me sentí pequeña de una forma que nunca antes había sentido. Esa diferencia de fuerza, en lugar de asustarme, me derritió por dentro.

El cuarto de contadores estaba justo al lado, con la puerta entreabierta. No recuerdo quién dio el primer paso hacia ahí. Recuerdo el clic del cerrojo, la luz amarillenta de una bombilla pelada, el zumbido de los medidores. Y recuerdo su boca contra mi cuello, sus manos recorriéndome por encima de la ropa como si midiera lo que estaba a punto de tomar.

—Dime que pare —murmuró— y paro.

No se lo dije. Esa fue mi rendición.

Me besó como si llevara siglos esperándolo, y a la vez con una autoridad tranquila, sin prisa, seguro de que yo no iba a irme. Me levantó contra la pared con una facilidad que me dejó sin aire. Yo me aferré a sus hombros, mis piernas alrededor de su cintura, mi espalda golpeando suave contra los cables y los plásticos del cuadro eléctrico.

Él me abrió la ropa con manos firmes, sin torpeza, como si supiera de memoria qué botones deshacer y en qué orden. Yo le metí los dedos en el pelo corto, tirando apenas para acercarlo más, y él respondió con un gruñido bajo que me humedeció entre las piernas de una vez. El calor de su boca me bajó por el cuello hasta los pechos, que me apretó encima del sostén con una intención tan clara que casi me hace perder el equilibrio. Me arqueé hacia él, respirando a trompicones, y él se tomó su tiempo lamiéndome la piel, mordiendo suave, dejando marcas que me daban vergüenza y placer al mismo tiempo.

—Qué coño haces poniéndote así —me dijo, con la voz rota y pesada—. Me estás volviendo loco.

Yo no podía contestar sin gemir. Sentí sus manos bajar por mi cintura, colarse bajo la tela, buscar el borde de mi ropa interior, y cuando por fin me tocó ahí, directo, sin rodeos, me arrancó un sollozo breve que me avergonzó y me excitó más todavía. Estaba empapada. Tan empapada que él soltó una risa grave contra mi boca antes de besarme otra vez, como si le divirtiera haberme arrancado esa necesidad de un solo gesto.

Esto es una locura, pensé. No conozco a este hombre.

Pero mi cuerpo iba por delante de mi cabeza, y mi cabeza, por una vez, había decidido callarse.

***

No voy a fingir delicadeza al contarlo, porque delicado no fue. Fue intenso, casi brusco, y yo lo necesitaba exactamente así. Cuando me tuvo, me sentí partida en dos y completamente viva. Me desabrochó el sujetador con una destreza que me dejó temblando, me tomó un pecho entero en la mano y me chupó el otro con una hambre tan directa que se me aflojaron las piernas. Yo le arañé la espalda por encima de la camisa, desesperada, y él me respondió hundiendo la cara entre mis pechos, respirando fuerte como un animal contenido.

—Mírame —ordenó, levantando el rostro.

Lo miré. Tenía la boca húmeda, los ojos oscuros, la mandíbula apretada. Me bajó los pantalones con un tirón seco, luego la braguita, y el aire frío del cuarto me rozó el coño ya abierto y latiendo. Me dio un segundo para sentirme expuesta y después volvió a tocarme, esta vez con dos dedos, despacio al principio, empujando apenas, abriéndome más con una paciencia que me hizo gemir de frustración.

—Estás hecha para aguantarme —me dijo—. Mira cómo me recibes.

Y sí, lo recibía con ganas, con las caderas empujando solas, con la respiración rota en la garganta. Él no tenía apuro; me conoció en ese instante por la forma en que mis piernas se abrían para él, por el modo en que me tensaba cada vez que me rozaba el clítoris con el pulgar, por cómo yo misma le buscaba la polla a través de la ropa, notando el bulto duro y caliente que me hizo tragar saliva. Cuando por fin se liberó el cinturón y los pantalones, vi su verga pesada, gruesa, venosa, y me dio un vuelco el estómago. No era bonita, era potente. Era una promesa de dolor rico y de entrega total.

—¿La quieres? —preguntó, sosteniéndome la barbilla.

Asentí antes de que se me escapara un sí demasiado débil. Él se frotó contra mí, despacio, rozando mi entrada con la punta, empapándola con mi propia humedad, y yo sentí la primera presión como un desgarro delicioso, una invasión tan llena que me hizo clavarle las uñas en los hombros. Entró de a poco, obligándome a respirar, dejándome notar cada centímetro, cada pulgada brutal que me abría hasta el fondo. Cuando estuvo dentro del todo, quieto un segundo, yo ya estaba llorando de placer sin querer admitirlo.

—Así —murmuró, pegado a mi boca—. Así me gustas.

Y empezó a moverse. Primero lento, profundo, arrancándome gemidos pequeños que se me escapaban entre los dientes. Después más duro, más seco, con el sonido pegajoso de nuestros cuerpos chocando en aquel cuartucho, mis muslos golpeando la pared, su pelvis clavándose entre los míos con una precisión salvaje. Cada embestida me llenaba por completo y me dejaba vacía al retirarse, y ese vaivén me llevaba al borde de algo que ya no era simple deseo, sino una necesidad física, una exigencia de cuerpo entero.

—No te tapes la boca —me ordenó, apartándome la mano—. Quiero oírte.

Y obedecí, claro. Obedecer empezaba a sentirse natural con él, como si una parte de mí que llevaba años dormida acabara de despertar. Me sujetó de las caderas con esas manos enormes y marcó un ritmo que yo no controlaba, que no podía controlar, y eso era exactamente lo que me volvía loca. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto: primero protesta, luego súplica, al final pura entrega. Sentía el frío de la pared en la espalda y el calor de su cuerpo en el pecho, dos extremos que me tenían temblando.

Él bajó una mano entre nosotros y volvió a tocarme donde más me ardía, frotando el clítoris con una insistencia cruel que me hizo retorcerme. Me dijo que quería verme correrme así, abierta para él, gimiendo su nombre como una chica mala. Yo le contesté con palabras sueltas, rotas, diciéndole que me follara más fuerte, que no parara, que me iba a volver loca si seguía así. Y siguió, claro que siguió, metiéndome la verga hasta el fondo con golpes cada vez más secos, cada vez más precisos, hasta que la tensión se me amontonó en el vientre como una bola candente.

Me corrí primero con un espasmo violento que me dobló el cuerpo y me hizo morderle el hombro para no gritar. Él no aflojó; al contrario, me sostuvo firme mientras yo temblaba alrededor de él, empujando aún dentro, alargando mi orgasmo hasta dejarme sin fuerzas. Sentí cómo el coño se me contraía, cómo el placer me subía por las piernas y me dejaba la cabeza en blanco. Después me mantuvo ahí, pegada a su pecho, mientras yo seguía estremeciéndome, y su respiración se volvió más áspera, más urgente.

—Así, joder… —gruñó—. Así te quiero.

Entonces él también se vino. Lo sentí tensarse de golpe, apretarme las caderas con una fuerza que me dejó marcada, y luego una sacudida profunda dentro de mí, seguida de otra, mientras soltaba un gemido grave que me vibró en el oído. Se quedó un momento empujando despacio, vaciándose en mi interior, caliente, pesado, mientras yo seguía abrazada a él, notando cómo la corrida me llenaba y me hacía temblar otra vez. El olor a sudor y sexo era brutal, casi animal, y yo estaba tan usada, tan abierta, que apenas podía sostenerme.

Y me oyeron. Estoy segura de que mis gemidos cruzaron el portal entero. Nadie bajó. Nadie golpeó la puerta. Quizá entendieron, quizá no quisieron entender.

Cuando terminó, no me soltó enseguida. Me mantuvo contra él, su frente apoyada en la mía, los dos respirando agitados en aquel cuartucho que olía a cobre y a sudor. Me sentía mareada, con las rodillas temblando, incapaz de pensar una frase entera. Él salió de mí despacio, y la pérdida me dio una punzada extraña, una mezcla de vacío y de hambre que me hizo agarrarme a su cintura. Seguía húmeda, deshecha, con la piel sensible y el coño palpitando por dentro.

—Eres mía ahora —dijo. No como una amenaza. Como un hecho.

Lo absurdo, lo que me da vergüenza confesar, es que asentí. Asentí sin dudar, como si llevara toda la vida esperando que alguien me lo dijera con esa seguridad.

***

Esa misma noche subió a mi casa. Martín, mi ex, quedó borrado de un plumazo; ni siquiera tuve la decencia de avisarle. Bakary se instaló en mi vida como quien se instala en un sillón que siempre fue suyo. Y empezó la etapa más confusa de mi historia, esa de la que de verdad no estoy orgullosa pero que tampoco puedo borrar.

Me convertí en otra. Yo, que presumía de independiente, que repartía órdenes en el trabajo y no le aguantaba una a nadie, me descubrí cocinándole, planchándole la ropa, organizando mis días enteros alrededor de sus horarios. Él comía como un rey y yo disfrutaba sirviéndole. Le afeitaba con una navaja vieja mientras él cerraba los ojos y se dejaba hacer, confiando en mis manos. Pagaba sus caprichos sin pestañear. Mis amigas me decían que me había vuelto loca. Tenían razón, claro, pero la locura se sentía deliciosa.

En la cama mandaba él, siempre. Me hacía pedir las cosas, me hacía esperar, me llevaba al borde y se detenía solo para recordarme quién decidía. Había noches en que yo intentaba rebelarme, recuperar un poco de control, y él lo permitía un rato, divertido, antes de sujetarme las muñecas por encima de la cabeza y demostrarme con calma que el juego siempre lo ganaba él. Me abría de piernas con la rodilla, me empujaba boca abajo sobre el colchón, me follaba por detrás hasta dejarme con la cara hundida en las sábanas y el culo ardiendo, y cuando me veía perder el juicio me levantaba otra vez para meterme la polla en la boca, lenta, obligándome a tragarle el ritmo, el sabor, su dominio entero.

—¿Quién manda? —preguntaba contra mi oído.

—Tú —respondía yo, y odiaba cuánto me gustaba decirlo.

***

Había algo más, algo que tardé en confesarme a mí misma. Yo quería tener un hijo suyo. No de manera sensata, planificada, de las que se hablan tomando café. Lo quería de una forma primitiva, casi animal, que no me reconocía. Me imaginaba embarazada de él, paseando por el barrio, que todos lo vieran y supieran que ese hombre enorme me había elegido. Era un deseo irracional y lo abrazaba sin pudor.

Él lo sabía. Lo alimentaba. Me lo decía al oído en los momentos más intensos, y yo me deshacía. Durante esos meses dejé de cuidarme, dejé de poner barreras, lo arriesgué todo por una fantasía que ni yo misma entendía del todo.

Hubo un embarazo. Lo busqué, lo deseé con cada célula del cuerpo. Y lo perdí. Nuestra forma de querernos era demasiado bruta, demasiado intensa, y mi cuerpo no aguantó. Lloré durante días. Él, a su manera tosca, también lo sintió, aunque jamás lo dijera con palabras. Lo intentamos otra vez, con el mismo final triste. Después de eso, algo se quebró entre nosotros, una grieta silenciosa que ninguno de los dos supo reparar.

***

Bakary terminó marchándose. Encontró a otra mujer, una más resistente que yo según supe después, que sí pudo darle los hijos que él tanto quería. Me dolió como duelen las cosas que una sabía que iban a terminar mal desde el principio. Pero, curiosamente, no le guardé rencor. Lo que me dio fue irrepetible, y lo que me quitó me hizo más dura, más libre, más dueña de mis propios apetitos.

Volví a buscar a Martín, mi ex paciente y bueno. Él me recibió, me curó los rasguños del alma con esa ternura suya de siempre. Quiso retomar lo nuestro como si nada hubiera pasado. Pero yo ya no era la misma mujer que él había conocido. Donde antes había dudas, ahora había certezas. Donde antes había vergüenza, ahora había hambre confesada. No supe explicarle que la persona que él quería recuperar ya no existía.

—Has cambiado —me dijo una noche, mirándome como a una desconocida.

—Lo sé —respondí. Y no me disculpé.

***

De aquella etapa aprendí cosas de mí que preferiría no saber y que, sin embargo, agradezco. Aprendí que el deseo no se razona, que a veces el cuerpo decide por una y que negarlo solo nos hace más infelices. Aprendí que rendirse, en el contexto correcto y con la persona correcta, puede ser la forma más honesta de libertad. Y aprendí que mi gusto por los hombres seguros, dominantes, capaces de mirarme y hacerme bajar la vista, no era un defecto que esconder, sino una parte de mí que merecía ser vivida.

Después de Bakary vinieron otras historias, otras noches que quizá cuente algún día. Ninguna fue como la primera, claro. La primera vez que una se entrega del todo, que renuncia al control por completo, no se repite igual nunca más. Pero gracias a aquel desconocido de los buzones aprendí a buscar lo que de verdad me gusta sin pedirle disculpas a nadie.

Hoy soy una mujer que sabe lo que quiere. Y lo que quiero, lo confieso sin temblar, es seguir sintiendo alguna vez esa rendición absoluta, esa entrega que solo encuentro cuando alguien me mira con la certeza de que voy a ser suya. Esto es lo que tenía guardado. Ahora que lo escribí, respiro un poco más liviana.

Disfruten de la confesión.

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Comentarios(7)

Marito_BA

Dios mio que bueno esto. Sigue escribiendo!!

SilvinaCba

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues. Muy bien contado.

LectorBA_92

Me recordo a algo que me paso hace unos años, esa sensacion de perder el control sin quererlo... increible como lo describiste

ClaudioMZA

Como te animaste a volver al edificio despues de eso? jaja me quede con la duda

FernandoK

Lo del cuarto de contadores me mato jajajaja, siempre los lugares mas inesperados...

Ramiro_P

Buenisimo!!! mas de esto por favor

NocheDespierta

Me encantan las confesiones que se sienten reales. Hay algo en como lo contas que te hace creer que paso de verdad. Esperando el proximo con ansias.

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