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Relatos Ardientes

Quedé con un lector y todo se torció en el baño

Hola otra vez, gente. Hacía tiempo que no me pasaba por aquí a contarles nada, y créanme que tengo material de sobra.

Después de aquella historia con mi vecino —el que me pidió que jamás dijera su nombre, así que ya saben por qué nunca lo nombro— seguimos viéndonos cada tanto. Ahora nos escribimos por mensajes, y me tiene guardada con un nombre falso para que su pareja no sospeche. Yo no borro nada de lo que nos mandamos. Me gusta guardar lo que ya probé, lo que todavía puedo probar y lo que tarde o temprano voy a volver a probar.

Pero hoy no vengo a hablar de él. Vengo a contarles la primera vez que quedé con un lector. Uno de verdad, de los que me escriben.

Ustedes saben que intento contestar todos los correos que me llegan, aunque a veces se me traspapelan, las conversaciones se enredan y algún mensaje se pierde en el camino. Mil disculpas a quienes alguna vez dejé en visto. En ese ir y venir, un lector consiguió llamarme la atención más de lo que debería.

Se llamaba Damián. O al menos así me dijo que se llamaba, y yo le creí. Me escribía con una insistencia paciente, sin agobiarme, sacándome información de a poco, mandándome fotos sin que se las pidiera y consiguiendo que yo le mandara alguna de vuelta. Y eso ya es mucho, porque yo no pido fotos y casi nunca las mando. Una imagen mal sacada puede arruinarlo todo antes de empezar.

Pensé: si este tipo me calienta tanto solo con palabras, si conoce mis relatos al dedillo, me ahorro la parte incómoda de explicar quién soy y qué me gusta. Ya lo sabe. Me acepta como soy. Podemos pasar un buen rato sin la presión de los teléfonos.

Le advertí que era la primera vez que quedaba con alguien que me había leído, y que no sabía cómo iba a terminar la noche, pero que como mínimo pensaba arrodillarme frente a él en algún momento. Él se volvía loco solo de imaginarlo.

—En cualquier caso —le escribí—, vas a leer cosas que quizá te descoloquen. Pero ya sabías cómo soy. A mi alrededor nada se descarta.

Quedamos un jueves, en un barrio tranquilo a las afueras llamado Vallcarral, un lugar al que yo bajo casi todas las tardes cuando vuelvo de la facultad.

***

Llegó puntual. Yo estaba sentada en un banco de la estación, armándome un cigarro y, aunque no me lo crean, bastante nerviosa. Llevaba un vestido corto negro, unas zapatillas blancas y una chaqueta clara de lana. Poco maquillaje: sombra, pestañas y un brillo rosado en los labios. Me había perfumado con algo dulce, por si alguien quiere imaginarse cómo olía esa noche.

Ya había visto fotos suyas. Del torso, de los brazos, de su miembro. No estaba mal el conjunto, pero lo que más me había llamado la atención era que, incluso erecto, no apuntaba recto hacia el vientre como casi todos. Se estiraba y se curvaba un poco hacia abajo. Un detalle tonto que lo hacía mucho más apetecible de lo que él imaginaba.

—¿Marina? —dijo acercándose al banco.

Levanté la vista y, sinceramente, me sorprendió. Iba con un vaquero ajustado que marcaba sus piernas, una camiseta blanca metida por dentro del cinturón sin asomo de barriga, y encima una camisa a cuadros abierta. Llevaba gafas de sol sobre la cabeza, sujetándose el pelo castaño para que no le cayera en los ojos. Ojos color miel, dientes perfectos, una barba de un día. Mierda, qué bueno estás, Damián.

Mi cara es el espejo de lo que pienso, así que apenas pude soltar un «hola» mientras recogía torpemente todo lo que tenía en el regazo. Se me cayó el encendedor y él, riéndose, se agachó a recogerlo. El muy descarado, al estar a centímetros de mis piernas, no perdió la oportunidad de echar una mirada hacia arriba. Como si yo no me hubiera dado cuenta.

Me lo devolvió, nos levantamos y me dio dos besos. Olía a un perfume amaderado que me encanta. Me sacaba una cabeza larga, pero nos veíamos bien juntos. Los dos estábamos más nerviosos de lo que cualquiera hubiera esperado.

—Así que tú eres la famosa Marina —decía él, cortado—. Eres más guapa en persona.

Yo me reía con cualquier tontería, pensando: esta no eres tú, pareces otra, contrólate.

***

Poco a poco nos fuimos soltando. Terminamos en un parque cercano, uno que él no conocía pero en el que yo había pasado infinidad de tardes. Nos sentamos en un banco a compartir una cerveza. Él no paraba de halagarme: que le encantaban mis labios, que no podía dejar de pensar en mí, que las fotos que me pedía eran cada vez más específicas y atrevidas.

Yo no le decía lo que pensaba, pero lo miraba de arriba abajo todo el tiempo. Cada vez que se acomodaba el pelo con la camisa remangada, los brazos se le tensaban. Iba al gimnasio, se notaba, pero sin obsesión.

—Bueno, ¿y qué piensas de mí? ¿Te gusto? Dime algo, Marina —se reía, necesitando que le alimentara el ego.

Ya relajada por el cigarro y la cerveza, me sentía más yo. Me giré hacia él, pensé en besarlo, me arrepentí en el último segundo y terminé apoyando la cabeza en su pecho, riéndome como una tonta. Él me acarició el pelo, me levantó la cara con la mano y entonces sí, me besó.

Nos besamos lento y profundo, con sabor a cerveza, cada vez con más hambre. Empecé a acariciarle el pecho por encima de la camiseta mientras su mano bajaba por mi rodilla. Joder, qué bien empieza esto.

Su mano subió por la cara interna de mi muslo, despacio, erizándome la piel, hasta llegar al borde de mi ropa interior. Yo separé las piernas casi por instinto. Él notó lo mojada que estaba y, sin dejar de besarme, apartó la tela hacia un lado y empezó a acariciarme.

No fue brusco, pero tampoco demasiado suave. Una mezcla bien medida. Las dos primeras veces que hundió los dedos en mí, los sacó para llevárselos a mi boca. El muy maldito había leído lo suficiente como para saber que así me gusta cuando me toco a solas. Probarme a mí misma.

Después se los chupó él mientras me miraba, se relamió y volvió a besarme. Alternaba con bastante arte: me penetraba con los dedos, me acariciaba el clítoris, dibujaba círculos y volvía a hundirlos. Solo despegamos las bocas cuando le mordí el cuello y se lo chupé, justo en el momento en que me hizo terminar.

Tuve que retocarme el brillo y acomodarme la ropa. Yo no lo había tocado a él, y aun así se había encargado de todo. Me gusta este chico, pensé.

—¿Nos fumamos otro y vamos yendo? —dije, todavía agitada, sin querer darle importancia.

—Claro, me parece bien —respondió, más que satisfecho.

***

Llegamos al restaurante donde teníamos reserva. Por lo que voy a contar, prefiero no decir el nombre del lugar. Casi todas eran mesas para dos, parejas, música de fondo, un ambiente íntimo y media luz. Apenas se distinguían los rostros de los comensales de alrededor.

Durante la cena hablamos casi únicamente de sexo. Damián estaba tremendamente excitado, lo cual era lógico: yo todavía no le había hecho nada y él había venido con la certeza de que, como mínimo, se la chuparía. A cada cosa que decíamos se removía en la silla y murmuraba lo dura que la tenía. A mí me hacía gracia verlo sufrir y esperar su turno. Yo tenía el control.

Aquí necesito hacer un paréntesis. Normalmente vuelvo a casa en tren, casi siempre a la misma hora y en el mismo vagón. Y hay algo que ustedes, los hombres, hacen: si detectan un patrón, fuerzan para coincidir, para sentarse enfrente y, con suerte, robar una mirada de más.

Yo voy atenta, observándolos con mi música puesta, pensando quién tiene cara de qué. Y reconozco caras que ya me suenan. Hay días en que me tapo y no les sigo el juego, y días en que vengo muy arriba y hasta separo un poco las piernas para volverlos locos, solo para que duden de si lo hago a propósito o es un descuido.

Con un par de chicos del tren me pasé de la raya en esos viajes. Uno era tan descarado y tan guapo que yo, convencida de que era gay curioso, llegué a abrirme un poco la falda y dejarle ver más de la cuenta. Más de un trayecto, sentado enfrente. Y en las últimas paradas, cuando el vagón iba vacío, llegué a acariciarme delante de él, apenas. Él solo miraba. Inmóvil, sin mover un músculo, pero sin apartar los ojos.

Para mí había sido como un pequeño experimento. ¿Qué harían ustedes si una desconocida los mira a los ojos mientras se toca? Pues este chico, nada.

Les cuento todo esto porque ese mismo chico estaba sentado en una de las mesas del restaurante donde yo cenaba con Damián.

***

No paraba de mirarme, y yo no podía dejar de devolverle la mirada. Era incómodo no parecer descortés con mi acompañante, así que se lo dije:

—Hay un chico que creo que viene siempre conmigo en el tren.

Me callé la parte de acariciarme delante de él, claro. Pero le comenté que estaba convencida de que era gay, porque cenaba con otro hombre en la mesa de al lado.

En un momento de la noche, en una de esas veces en que nos cruzamos la mirada, él me sacó la lengua y sonrió. Me quedé descolocada, pero a la siguiente le tiré un beso. Estábamos teniendo una conversación muda entre mesas, cada uno con su respectiva cita.

Entonces se levantó un poco para besar a su acompañante y, justo después, me miró fijo y se levantó para salir.

No me di tiempo a pensar.

—Voy un momento al baño, siento la cerveza rara en la tripa —le dije a Damián.

—Tranquila, lo que necesites. ¿Te pido una infusión? —respondió, nervioso y atento.

—No, no, ahora vuelvo.

Le di un beso corto y fui hacia los baños. Eran tres puertas: damas, caballeros y solo personal. Entré al de mujeres, me senté con la única idea fija de salir y entrar al de hombres. Había dudado en la puerta. ¿Y si lo había malinterpretado todo? ¿Y si me estaba montando una película yo sola? Al fin y al cabo, acababa de besar a otro hombre delante de mí.

Salí decidida igual. Y al abrir la puerta del baño de mujeres, ahí estaba él, apoyado en la del de hombres, con los brazos cruzados.

—Hola. ¿Me estás siguiendo? —preguntó en tono burlón.

—A lo mejor eres tú el que me sigue a mí —reí, sin moverme—. Te he visto en el tren, coincidimos muy a menudo.

Se acercó a susurrarme al oído.

—Te recuerdo que eres tú la que me enseña la ropa interior de vuelta a casa.

Me pilló desprevenida. Qué descarado. Me gustaba.

—Para lo que sirve —le contesté—. Me miras y me miras, y cuando me hago la interesante solo sigues mirando hasta que me bajo.

Interpretó lo que le decía, me tomó la mano y la apoyó sobre el bulto que le reventaba el pantalón.

—¿Y esto qué te parece? —murmuró con esa voz de descarado.

Me mordí el labio. No sabía qué decir.

—¿Quieres que hoy te la enseñe yo a ti? —añadió, riéndose.

No contesté. Solo lo miré a los ojos y asentí con la cabeza.

***

Tiró de mi mano hacia el interior del baño de hombres. No había nadie. Entramos en la segunda cabina y cerró tras de sí. Olía más fuerte que en el otro, a un sitio donde los hombres apuntan, muchas veces mal.

Sin mediar palabra, se desabrochó el pantalón, bajó la ropa interior y dejó caer un miembro considerable. Circuncidado, como me gustan. Parecía erecto, aunque sin toda la rigidez. Me arrodillé, lo tomé con la mano, me lo acerqué a la cara y lo olí. Olía limpio, a perfume. Estiré la piel hacia atrás y, cuando vi el glande, no pude más. Abrí los labios, cerré los ojos y me lo metí en la boca.

Lo siento, Damián.

Le hice el sexo oral al desconocido del tren —ese que yo creía gay— antes de volver a la mesa con mi cita. Chupé y chupé mientras él acompañaba con un movimiento suave de cadera, intentando no hacer ruido. Con la mano derecha lo masturbaba; con la izquierda le acariciaba y le recorría los testículos, sopesándolos en la palma. Estaba perfectamente depilado, así que me decidí a chuparlos también, primero uno y luego el otro, haciendo esos ruiditos absurdos que tanto les gustan.

—Debí imaginar que eras así —susurraba mientras me follaba la boca cada vez más rápido—. Enseñándome la ropa interior de vuelta a casa y ahora esto. Sigue.

Yo lo miraba desde abajo, sosteniéndole la mirada, pensando: qué hijo de puta, y cuánta razón tiene.

Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a empujar más hondo, golpeando levemente mi nuca contra la puerta de madera. El ruido empezaba a ser un problema. De pronto sonó la puerta del baño y los dos nos quedamos congelados, pegando la oreja para escuchar. Alguien se encerró en uno de los reservados del fondo. Suspiramos.

Mientras esperábamos en silencio, no podía dejar de mirar lo dura que la tenía ahora sí. Le veía las venas marcadas, el glande totalmente hinchado y, en la punta, un hilo brillante que caía y goteaba sobre mi pierna y mi vestido. Me había manchado.

Volvió a deslizar la punta entre mis labios. Espera, le dije solo con la mirada. Él negó con la cabeza, divertido.

—Tú chupa —susurró.

Y no pude negarme. Las pocas palabras que me decía eran gasolina. Bajé la mano entre mis piernas y empecé a tocarme mientras él entraba y salía despacio, midiéndose para no hacer ruido. Yo estaba al límite. Toda la situación era nueva para mí y tenía demasiados ingredientes encendidos a la vez.

De repente sacó la polla de mi boca y se giró hacia el inodoro, como dispuesto a terminar ahí. Lo agarré de la rodilla y lo hice volver.

—Espera, que me corro —susurró.

Lo único que hice fue mirarlo, abrir la boca y sacar la lengua. Los ojos se le abrieron de par en par. Entendió lo que yo esperaba y empezó a masturbarse delante de mí con una sonrisa de niño. El primer chorro me alcanzó desde el labio hasta el ojo y tuve que cerrarlo. Le corregí la postura tirando un poco de su muñeca, y el segundo me dio de lleno en la comisura de la boca. Ante la dificultad, decidí abrazar el miembro con los labios para no desperdiciar nada más. Lo apuré con las dos manos hasta la última gota, me lo saqué, me relamí lo que me quedaba en la mejilla y, después de tragar, le dije:

—¿Me pasas papel, por favor?

Él se reía bajito para no delatarnos. Mientras me limpiaba el ojo, tiraron de la cadena en el fondo. Salió primero a comprobar y me hizo una seña.

—Vamos, sal ahora.

Como una ladrona, salí del baño de hombres y me metí en el de mujeres a revisarme. Al pasar, me dio una palmada en el trasero y se fue al comedor. Intenté borrar los restos de la cara, pero la verdad es que ni me enjuagué. Volví a mi mesa así.

***

—¿Estás bien? —me preguntó Damián, preocupado.

Asentí, restándole importancia, aunque mi cara decía otra cosa. Entonces me señaló el vestido.

—Te has manchado.

—Uy, qué vergüenza —respondí.

—No te preocupes —dijo, y se levantó a darme un beso corto. No sé si notó algo en mi aliento o en el sabor de mis labios. Si lo hizo, no dijo nada.

Terminamos de cenar. Yo, un poco más apagada, mostraba un cansancio evidente.

—¿Nos vamos ya? —preguntó.

—Sí, por favor, estoy agotada.

Esa noche no cumplí con Damián, aunque él sí lo hizo conmigo. Y viví algo que me hizo sentir profundamente como lo que soy. Siento que te enteres así, querido Damián, pero ya sabes cómo soy, y por esto mismo no busco relaciones serias. Sé que tenemos pendiente otra cita y que me has insistido por correo. No te enfades si a veces no te contesto: todavía pienso en aquello, y cuando voy a verte siento una mezcla absurda de morbo y culpa que no quiero en mi vida. Si lo hablamos y lo entiendes, quizá podamos retomar algo.

Gracias a todos los que me leen y opinan sobre mis historias. Perdónenme si alguna vez les fallo o no puedo darles lo que esperan. Saben que es parte del juego y que lo hago sin maldad.

Quédense al menos con eso. Un beso.

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Comentarios(7)

LauraB91

Dios mio!!! que historia tan buena, me tuvo enganchada de principio a fin

SolFuentes

Me recordó a algo que me paso hace un tiempo jaja, esa sensacion del encuentro inesperado es imposible de ignorar

Fede_Cba

Por favor, necesito saber como siguio todo. No puede quedar asi!!

Nacho_BA

Ey una pregunta, el del tren ya te habia visto antes o fue todo casualidad esa noche?

Curioso_Sur

Que bien manejada la tension, se siente autentico. No es facil escribir algo asi sin que suene forzado o inventado

hansolo69

jaja ese titulo me metio directo sin necesitar mas. buenisimo

ElenaR

Me encanto como lo fuiste armando de a poco, eso de los meses escribiendose antes le da un contexto que lo hace mucho mas interesante

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