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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el tren nocturno frente a mi marido

Entramos al vagón que nos correspondía con la euforia de quienes empiezan algo largamente esperado. El viaje arrancaba en Barcelona con destino a Milán, y por fin, después de tanto postergarla, comenzaba nuestra luna de miel. Era un tren nocturno: subíamos a las siete de la tarde y, tras casi quince horas sobre las vías, llegaríamos a la mañana siguiente.

Los dos amábamos los trenes. Nos pareció mucho más apasionante cruzar media Europa así, viendo desfilar el paisaje por la ventana, que encerrarnos en un avión. Había algo de película antigua en la idea, y eso nos ponía de un humor especial.

Un poco de contexto antes de seguir. Tengo treinta y cuatro años y mi marido, Renzo, cuarenta y nueve. Somos argentinos de raíces italianas, llevábamos ocho años de novios y nos habíamos casado hacía apenas uno. Habíamos retrasado la luna de miel por cuestiones de trabajo: a él lo habían ascendido y no era buen momento para ausentarse, así que esperamos hasta que todo se acomodara.

Yo trabajé muchos años como modelo de publicidad y, con el tiempo, abrí mi propia escuela. Soy alta, de cuerpo firme, cara delicada, ojos verdes y una melena rubia que llevo larga. No lo digo por vanidad, sino porque es parte de esta historia: estoy acostumbrada a las miradas, y a Renzo le encanta provocarlas.

A mi marido le gusta admirarme, y todavía más le gusta ver cómo reaccionan los hombres cuando paso. Nuestra intimidad siempre estuvo cargada de ese morbo: fantasear con ojos ajenos, imaginar situaciones, llevar el deseo un paso más allá del dormitorio.

El camarote tenía cuatro literas en forma de cucheta y, en el centro, una ventana amplia para disfrutar de la vista. Nos había tocado uno de los últimos vagones, lo que agradecimos por la tranquilidad. Era un trayecto largo y dormir ahí nos ahorraba una noche de hotel.

Por un momento creímos que el compartimento sería solo nuestro. Pero al rato apareció un muchacho con su pasaje en la mano, italiano, de poco más de veinte años. Saludó con cortesía y se instaló en la litera de abajo. Iba a ser nuestro compañero de viaje.

El tren arrancó. La cuarta cama quedó vacía durante todo el trayecto.

Yo llevaba un short de jean holgado pero corto y un top fucsia. Como teníamos mantas, no me había preocupado por ir muy abrigada; la verdad, casi nunca lo hago.

Renzo y yo nos sentamos juntos en la litera de abajo, y el muchacho quedó enfrente, mirando por la ventana. Empezamos una charla cordial con él. Por suerte hablaba muy buen español, y eso ayudó a romper el hielo enseguida.

Nos contó que iba a visitar a su madre, que vivía cerca de la frontera, y que estudiaba arquitectura. Hablamos de todo un poco. Mi marido, que es simpático y conversador como pocos, generó un ambiente relajado y ameno en cuestión de minutos.

Disfrutábamos de la charla y del paisaje. En un momento, Renzo me pidió que buscara la botella de limoncello y los vasos del bolso que habíamos dejado en la litera de arriba, para brindar por el viaje. Entendí enseguida su intención: me quedé de espaldas al muchacho y me puse en puntas de pie para alcanzar el bolso, ofreciéndole sin disimulo un mejor ángulo.

Brindamos los tres y la cosa se puso alegre. Puse algo de música en el celular, no muy fuerte para no molestar a los vecinos, y empecé a moverme al ritmo. Comencé jugando, casi de broma, pero me fui encendiendo. Veía la cara de Renzo y notaba lo mucho que lo disfrutaba.

Moví más las caderas. Me acariciaba la cintura, el pelo, el pecho por encima de la tela, sin hacerme cargo de nada, riéndome divertida y traviesa. El muchacho intentaba mantener la compostura, pero se notaba que le gustaba. Reía un poco nervioso, y vi cómo, con disimulo, acomodaba la almohada sobre su regazo para ocultar lo que la situación le provocaba.

Nos mirábamos cómplices con Renzo. Los dos estábamos muy excitados. Muchas veces habíamos fantaseado con que yo estuviera con otro hombre delante de él, y esta era la oportunidad perfecta: un desconocido, la noche, un compartimento que parecía sacado de un sueño. Le susurré al oído si le gustaría verme en acción. Me respondió que le encantaría.

—¿Te parece que me ponga el camisón de satén para viajar más cómoda? —pregunté en voz alta, con tono inocente.

—Claro, mi amor, pero cámbiate acá. No creo que a Matteo le moleste, ¿verdad? —dijo Renzo, mirándolo.

El muchacho negó con la cabeza, tímido, sin atreverse a decir una palabra.

Me puse de espaldas a él y bajé el short despacio, sin doblar las rodillas, mirando a mi marido con una sonrisa pícara. Debajo llevaba una tanga mínima. Me saqué el top y quedé con el pecho al aire. El aire del camarote se volvió denso, caliente. Vi a Matteo tragar saliva.

El camisón era suelto, corto, de color bordó, con toda la espalda al descubierto. Me lo deslicé encima como si nada, demorándome a propósito.

Matteo se acostó boca arriba y se tapó con una manta, pero no podía disimular el bulto que sobresalía bajo la tela. La luz estaba tenue, la noche ya había caído del otro lado de la ventana.

—Buona notte —murmuró, como buscando una salida elegante.

Miré a Renzo. Me hizo un gesto de aprobación. Me senté al borde de la litera del muchacho y empecé a acariciarlo por encima de la manta. Lo sentí duro. Yo estaba muy excitada, con los pezones tensos.

—¿Ya te vas a dormir? —le pregunté en voz baja.

Corrí la manta y él se dejó hacer. Los tres disfrutábamos de aquello, cada uno desde su lugar. Me incliné y empecé a recorrerlo con la boca, despacio, con ganas. Estaba apoyada sobre la litera con el cuerpo arqueado, dejándole a Renzo una vista privilegiada de toda mi silueta.

Le bajé el pantalón apenas lo suficiente para liberarlo, y el calor de su polla ya me golpeaba la cara antes de tenerla bien tomada. Lo atendí con dedicación, alternando entre caricias y chupadas, llevándolo al borde con la lengua húmeda, firme, sin apuro. Matteo temblaba cuando me metía más profundo, y yo le sujetaba los muslos para que no se me escapara. La respiración se le volvió rota, áspera, y tuvo que apretar los dientes para no gemir demasiado fuerte. Esa contención lo hacía todo más intenso.

Me incorporé. Él me corrió las tiras del camisón y me acarició el pecho con ardor, apretándome las tetas con ganas, hundiendo los dedos en la carne hasta hacerme jadear. Terminé de sacarme la prenda y la tanga, y me giré para que me devolviera las atenciones. Después le pedí que se acomodara sobre mí, de modo que pudiéramos atendernos al mismo tiempo, uno frente al otro.

Así lo hizo. La cercanía era total, el ritmo se volvió urgente. Me abrió bien las piernas y se acomodó entre ellas, rozándome el clítoris con la verga dura mientras yo lo lamía y le tragaba la polla con ansias. Me avisó que estaba por terminar y yo lo sostuve para que lo hiciera sin apuro. Le apreté las nalgas, lo empujé un poco más contra mi boca y dejé que se desbordara. Sentir ese momento fue eléctrico, una descarga que nos dejó a los dos sin aire por un instante.

Matteo se acostó de nuevo boca arriba. Yo seguí un rato más, chupándolo hasta dejarlo sensible, y después me aparté con la boca húmeda, la lengua llena de su gusto y los labios brillantes. Renzo nos miraba desde el costado, acariciándose, excitado pero sin prisa, saboreando cada detalle.

***

Unos minutos después, el muchacho volvía a estar firme. Esta vez sabía que duraría más. Lo hice ponerse de pie y nos acariciamos junto a la ventana, mientras el tren avanzaba en la oscuridad. Él me tomaba de las caderas con cada vez más confianza, y yo me sostenía del marco de la ventana, sintiendo el frío del vidrio contra la frente.

—¿Te gusta mi esposa? —le preguntó Renzo, con esa calma suya que lo hacía todo más provocador.

—Mucho, señor —respondió Matteo, todavía algo tímido.

—Y bien que lo demuestra —rió mi marido—. Disfrutala, que para eso estamos.

Me agaché un momento para asegurarme de que todo estuviera a punto y volví a la posición anterior, de espaldas a él, mirando el paisaje por la ventana. Empezó despacio, como le pedí, sin apuro. Yo me arqueaba para acompañarlo. Aquel muchacho tenía más experiencia de la que aparentaba.

Sentí cómo me rozaba la entrada, cómo se acomodaba entre mis piernas y empujaba de a poco, abriéndome con una presión deliciosa. Me fui dejando tomar, respirando hondo, mientras me penetraba desde atrás y el tren parecía crujir con nosotros. El vaivén era firme, cada golpe de cadera me hacía vibrar el vientre y mover las tetas al ritmo de su cuerpo. Matteo me agarró de las caderas con más fuerza, ganó confianza y me empezó a coger con decisión, profundo, clavando la polla hasta el fondo. Yo apoyé una mano contra el vidrio empañado y con la otra me agarré de la litera para no perder el equilibrio.

Me dejé llevar mientras observaba las luces de algún pueblo perdido pasar a toda velocidad del otro lado del cristal. Renzo se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Con la otra se acariciaba.

—¿Cómo estás pasando tu luna de miel? —me preguntó al oído.

—Increíble, mi vida —respondí entre suspiros—. Gracias por este viaje.

Matteo me sujetaba con firmeza y aceleraba el ritmo. Me metía la verga con insistencia, hasta arrancarme gemidos que ahogué mordiéndome los labios. El placer fue creciendo, espeso, brutal, hasta hacerme acabar de una forma intensa, con las piernas temblando y la respiración cortada. Él siguió un par de embestidas más, se tensó entero y terminó poco después, agotado y agradecido.

Un poco avergonzado por la intensidad de todo, se apartó. Le pedí con amabilidad que fuera un rato al vagón cafetería para darnos algo de privacidad. Apenas salió, Renzo y yo nos abrazamos con un morbo que no recordaba haber sentido nunca. Estaba tan encendido que esta vez no aguantó demasiado. Me acomodó contra él, me besó con hambre y me llevó otra vez sobre la litera, donde me abrió las piernas y me cogió rápido, con una necesidad casi salvaje. Después nos acurrucamos en la litera de abajo, abrazados, todavía con el cuerpo latiéndonos por todo lo que habíamos hecho, y nos quedamos dormidos, exhaustos del viaje y de la noche.

***

Al despertar, estaba amaneciendo. Sentí a Renzo despertando contra mi espalda, todavía con ganas. En la litera de enfrente, Matteo dormía, pero también la mañana lo había encontrado bien dispuesto.

Me moví apenas para despertar a mi marido y le señalé la escena con la mirada.

—¿Vas por tu desayuno? —me susurró, divertido.

—Así es —respondí.

—Muy bien, andá tranquila.

Crucé el camarote, levanté la manta del muchacho y empecé a atenderlo con calma. Él se despertó sorprendido, pero al darse cuenta de la situación se relajó enseguida y se entregó a mis cuidados. Renzo nos observaba desde su litera, disfrutando del espectáculo de la mañana.

Le tomé la polla con la mano, la acaricié despacio y luego me incliné a chuparlo con paciencia, disfrutando cada reacción de su cuerpo. Acomodé una almohada en el piso y me arrodillé un poco de costado, para que mi marido pudiera ver bien. Matteo se sentó al borde de la cama. Por momentos llevé sus manos a mi cabeza para que marcara el ritmo, y él empezó a cogerme la boca con más confianza, empujando apenas, midiendo la presión. Lo seguí hasta sentir que ya no podía más; entonces me aparté apenas y dejé que el final me alcanzara en el rostro y en los labios, tibio, espeso, manchándome la piel y el gusto.

Me giré hacia Renzo, que tenía el celular en la mano registrando todo. Me sacó fotos y un par de videos para nuestro recuerdo privado mientras yo me limpiaba con los dedos, mirándolo a los ojos.

Matteo, que ya había entendido nuestra dinámica, se retiró discretamente para dejarnos solos. Entonces me entregué a mi marido con furia y ternura a la vez, sintiéndome más deseada que nunca. Me levantó, me puso contra la ventana y me susurró al oído las cosas más íntimas mientras veíamos las montañas recortarse a lo lejos, con la primera luz del día.

Me abrió las piernas de nuevo, me sostuvo por la cintura y me entró despacio al principio, disfrutando de la humedad que todavía me corría entre los muslos. Después empezó a moverme contra el vidrio, endureciendo el ritmo, haciendo chocar nuestros cuerpos con esa urgencia que solo aparece cuando ya no queda pudor. El camarote se llenó de nuestros jadeos, del roce de la piel y del vaivén de la litera golpeando apenas con cada embestida. Yo me agarré de sus hombros, él me sostuvo firme y me folló con esa mezcla de cariño y brutalidad que siempre tuvo conmigo, hasta dejarme temblando otra vez.

Para entonces el tren ya estaba más despierto. Aunque el compartimento tenía puerta, el vidrio dejaba poca privacidad, y eso, lejos de cohibirnos, nos encendió todavía más.

El resto del viaje transcurrió tranquilo. Los tres estábamos risueños y de buen humor por la complicidad de la noche. Seguimos charlando con Matteo, que de vez en cuando se animaba a rozarme la pierna cuando creía que nadie lo veía.

Antes de bajar, le prometimos que lo invitaríamos a tomar algo en el hotel alguno de los días de nuestra estadía en Milán.

Pero eso ya es otra historia.

Espero que les haya gustado. Leo sus comentarios.

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Comentarios(7)

RubenJl

Tremendo!!! Me quede sin palabras, que historia

Sandra_lectora

Por favor que haya una segunda parte, no me puedo quedar con esa duda jaja

ViajeroSom

Me recordo a un viaje largo que hize en tren hace unos años, aunque en mi caso termino mucho mas aburrido jajaja. Buen relato

noctambulo22

Y el marido? al final se dio cuenta de algo o estaba perdido en lo suyo? eso me quedo dando vueltas

Romantica_Cba

Me encanto como esta narrado, se siente que es algo real. La tension que se arma desde el principio te atrapa de inmediato

PasajeroK

Ahora cada vez que tome un tren de noche voy a mirar los camarotes de otra forma jajaja

CarlosV_Mza

Un relato que te engancha desde la primera linea. Corto pero intenso, espero que haya continuacion

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