El disco que ella eligió antes de entregarse
Se lo debía desde el último encuentro, aquella tarde de caricias a medias en la que ninguno llegó a poseer al otro del todo y, aun así, terminaron agotados sobre las sábanas. Marina se lo recordó mientras subían la escalera del edificio, con esa media sonrisa que él se sabía de memoria.
—Hoy me apetece escuchar a Satie mientras me lo haces —dijo.
A Andrés se le aceleró el pulso como a un chaval. Esa mujer tenía la rara virtud de pedir las cosas más íntimas con la naturalidad de quien pide un café.
No hicieron falta más palabras. En cuanto cruzaron la puerta del piso, cada uno supo su papel. Ella fue directa al baño a prepararse; él buscó el vinilo en la estantería, repasó con el dedo los lomos gastados hasta dar con las tres Gymnopédies. Comprobó la duración en la contraportada, poco más de veinte minutos, y colocó el disco con cuidado sobre el viejo tocadiscos que había heredado de su padre. Lo dejó listo, con el brazo levantado en su sitio, esperando.
Marina apareció en el salón completamente desnuda. Y Andrés, como cada vez, se quedó prendado de esa normalidad perfecta de sus formas, del equilibrio sereno de un cuerpo que había parido dos veces y que había superado todos los sinsabores que la vida reparte por el simple hecho de vivirla.
—Date la vuelta —le pidió en voz baja—. Despacio.
Ella obedeció, girando sobre los talones descalzos. Estaba lejos de un cuerpo de veinte años, claro que sí, y mucho. Pero a él le parecía hermosa precisamente por eso, por ser Marina, por ser su amor de otoño y ofrecerse del modo en que lo hacía, sin pudor y sin reservas.
—Túmbate en el sofá —dijo—. Ahora voy yo.
Ella, que apenas había abierto la boca hasta ese momento, se recostó sobre los cojines y lo miró con los ojos entornados.
—Haz lo que quieras conmigo, cariño —murmuró—. Soy toda tuya.
Andrés la contempló un instante más, tendida y dispuesta a ser alimento de su deseo. Luego dejó caer el brazo del tocadiscos. La aguja chasqueó contra los primeros surcos y, tras un segundo de estática, la nota lenta del piano llenó la habitación. La música y su boca empezaron a la vez: un primer beso en los labios, suave, apenas húmedo, la tarjeta de presentación de todo lo que vendría después.
De ahí, su boca emprendió el viaje hacia el sur. Primero iban los dedos, abriendo el camino; detrás, los labios tanteando a ciegas. El recorrido era errático, casi imitaba el compás demorado del piano: se detenía en los pezones, rodeaba las areolas, calibraba la textura tibia de los pechos. No había prisa. Pero tampoco era lícito quedarse quieto cuando el premio aguardaba más abajo.
Los dedos cruzaron el vientre, sobrepasaron el vello que delimitaba su sexo y, en lugar de entrar, siguieron de largo. Recorrieron la cara interna de los muslos, bajaron hasta las rodillas, alcanzaron los tobillos y volvieron a subir con una lentitud deliberada que la hizo arquear apenas la espalda.
—No seas cruel —protestó ella, sin demasiada convicción.
Él no respondió. Sus dientes empezaron a mordisquear la carne blanda del pubis mientras la mano derecha alcanzaba por fin su objetivo y la izquierda se entretenía con los pechos. Marina cerró los ojos y dejó escapar el aire despacio.
El juego la fue llevando a recostar la cabeza contra el respaldo del sofá, hasta que su sexo quedó abierto y expectante frente al rostro de Andrés. Él, como cada vez que la tenía así, necesitó un momento de pura contemplación. Le gustaba la forma de los labios interiores, ese pliegue delicado que al casi cerrarse se ondulaba sobre sí mismo.
Pasó un dedo entre ellos y los separó. Tomó cada uno entre el pulgar y el índice y los extendió en todo su esplendor. Abiertos así, dejaban a la vista la perla del clítoris y, justo debajo, la entrada que se abría como una invitación.
Es lo más hermoso que conozco, pensó, antes de inclinarse de nuevo.
Le dio un lengüetazo largo, lento, que recorrió todo el surco de abajo arriba. Ella se estremeció. Después, dejando la lengua blanda, la deslizó entre los labios de un lado y de otro, juntándolos en un centro impreciso donde parecían acurrucarse. Tomó uno entre sus labios y lo succionó con suavidad, luego el otro. Se apartó un instante y alzó la vista: encontró a Marina observándolo desde una media sonrisa, con las mejillas encendidas.
Volvió a hundir la cabeza entre sus muslos. Esta vez pasó la lengua por los labios externos, ya algo hinchados, y notó el vello incipiente raspándole de un modo extrañamente agradable. Apenas había empezado cuando volvió a retirarse.
Ella lo miró con un reproche mudo. Él no le hizo caso. Se irguió sobre las rodillas hasta alcanzar los pechos que tanto adoraba y los mordisqueó con cuidado, chupando los pezones hasta que crecieron y se endurecieron bajo su lengua. Después los rodeó con las manos y los elevó, devolviéndoles por un segundo la insolencia que solo se tiene a los veinte.
Marina hizo los comentarios de siempre, los que él ya conocía: que estaban más caídos, que ya no eran firmes, que el tiempo no perdona. Andrés la hizo callar acercándose a su cara y estampándole un beso hondo en la boca.
—Aquí y ahora son míos —le dijo contra los labios—, y son lo más bonito que existe. No vuelvas a hablar mal de ellos en mi presencia.
La autoestima de Marina creció tanto como la erección de su amante. Al incorporarse para besarla, ella había notado el bulto duro presionándole el muslo.
—¿Quieres metérmela? —preguntó, con la voz ronca.
Andrés negó con la cabeza, sin dejar de chupar la piel fina que protegía el clítoris. Eso la hizo estremecer otra vez.
—Te voy a meter la lengua tan adentro como pueda —susurró—. Tú quédate quieta.
Como si quisiera ayudarlo, ella levantó ambas piernas y con las manos se abrió, ofreciéndose lo más accesible posible para esa lengua deseada. Andrés tensó el músculo hasta convertirlo en un pequeño ariete duro y nervioso. Observó cómo, al separarse los labios, la entrada también se entreabría. Empezó rodeando, presionando, recorriendo cada pliegue, hasta abrirse paso hacia lo más profundo que era capaz de alcanzar.
Hay momentos en que la lengua tiene ventajas que la verga no posee: su elasticidad, su incapacidad para quedarse quieta. Y esa sensación de algo vivo moviéndose dentro de ella era justo lo que Marina estaba sintiendo, un placer ancho que la obligó a soltarse para acariciarse los pechos, buscando conectar todos los centros de placer que pudiera a la vez.
Andrés acudió en su ayuda. Le sujetó los muslos y se los abrió aún más. Ahora era la nariz la que se hundía a curiosear mientras la lengua seguía su trabajo. Desde esa posición, respirando con cierta dificultad, la veía a lo lejos amasarse los pechos con los ojos cerrados. Tuvo que apartarse para recuperar el aliento, pero ni así dejó de acariciarla con los dedos.
Tomó el frasco de lubricante que había dejado preparado al principio y le vertió un buen chorro sobre el sexo. Con la palma abierta lo repartió, restregándolo despacio hasta que no quedó ni un punto seco. Después, con la mano hacia arriba, le introdujo dos dedos, el índice y el corazón, lo justo para curvarlos dentro y empezar un movimiento oscilante, ese gesto idéntico al de llamar a alguien con un dedo.
Acomodó la barbilla en el dorso de su propia mano y volvió a trabajar el clítoris con la lengua. Lo lamía, lo chupeteaba, lo pinzaba apenas entre los labios, sin perder de vista nunca la mano que jugueteaba en su interior. Marina empezó a mirarlo suplicante desde arriba. Él no se dejó conmover. Prefirió entretenerse escribiendo despacio su nombre, letra por letra, M-A-R-I-N-A, a lo largo y ancho de un sexo que ya rezumaba puro deseo.
Una voz lejana, apenas audible, le pidió que la dejara correrse.
Quizá sea el momento, pensó. El primero de la tarde, el más necesario.
Abandonó todo juego y se concentró. La mano derecha, que jamás había salido de su encierro, recibió una nueva dosis de lubricante. Con la izquierda acarició los labios externos, ya gruesos e hinchados. La boca se centró por completo en el clítoris: primero con suavidad y, a medida que la vagina iba apretando sus dedos, aumentando el ritmo y la presión.
Marina, entre gemidos, usó una mano para levantar el pubis y ofrecer todavía más su centro. La otra la cerró sobre la nuca de Andrés, sujetándolo contra sí como si quisiera quedárselo dentro para siempre. A él le venía bien: no podía evitar los movimientos cada vez más bruscos de sus caderas, ni los pequeños espasmos que iban apareciendo.
Por fin se dejó ir. Un grito ahogado al principio, fuerte al final, sin soltar en ningún momento la cabeza de su amante. Cuando el orgasmo pasó, todavía necesitó un rato para volver, como si una parte de ella se hubiera marchado a un lugar lejano del que no tuviera ganas de regresar.
Andrés subió hasta su cara para besarla. Ella, en un arranque de pasión sin límites, le lamió la cara entera, empapada de sus propios fluidos y del lubricante. Después, cuando ya solo quedaba saliva, se entregaron a un beso tibio y largo.
—¿Te apetece que te lo haga otra vez? —preguntó él, sonriendo.
—Hasta que te dé un calambre en la lengua, cariño —respondió ella.
No vamos a contar los orgasmos de aquella tarde. Baste decir que las Gymnopédies de Satie habían terminado hacía un buen rato y que ninguno de los dos se había dado cuenta. La aguja giraba sola en el surco final, repitiendo su rasgueo vacío, mientras ellos seguían inventando música por su cuenta.





