Mi novio lo organizó todo y acabé dejándolo por él
Tengo treinta y cuatro años y por primera vez voy a contar esto en voz alta, aunque sea por escrito y sin mi nombre. Lo cuento porque nadie me obligó a nada, y eso es justo lo que todavía me cuesta explicar. El hombre que cambió mi vida no lo busqué yo. Llegó a mí como un regalo envenenado, y quien me lo envolvió fue la persona en la que más confiaba por entonces: mi propio novio.
La idea fue suya desde el principio. Llevaba semanas insistiendo, primero entre risas y después con una seriedad que me asustaba un poco. Quería verme follada por otro hombre. No por cualquiera: por uno «de los que dan miedo», decía él, alto, fuerte, con una polla enorme, alguien que me abriera de una forma que él sabía que no podía. Yo me reía y le decía que estaba loco. Pero algo en mí, una curiosidad oscura que prefería no mirar de frente, empezó a despertarse cada vez que me lo susurraba al oído mientras me follaba. Me lo decía con la verga hundida hasta el fondo: «Imagínate una polla el doble de gorda que la mía metiéndote hasta el estómago, imagínate cómo te correrías.» Y yo me corría, joder si me corría, apretando los dientes para no darle la razón.
Él fue quien puso el anuncio. Él habló durante días con un chico al que en aquellos mensajes llamábamos solo por un apodo, hasta que nos dio un nombre. Émile. Émile Nkomo, decía, nacido en Gabón, veintipocos años, casi dos metros, espalda de nadador y unas manos enormes. Yo veía las conversaciones por encima del hombro de mi novio, fingiendo desinterés, mientras por dentro el coño se me humedecía sola de imaginármelo.
***
Guardo todavía aquellos mensajes. Los releo a veces, no por morbo, sino para recordarme lo fríamente que se planeó todo lo que después se me escapó de las manos.
—Buenas noches —escribió mi novio—. Ya sabe lo que pedimos en el anuncio: realidades, no chatear por chatear. Si cumple los requisitos, nos lo muestra y seguimos. Gracias por responder, pero queremos ser claros.
—Hola, qué tal —contestó Émile—. Soy chico, veintitrés años. Soy real, no ando perdiendo el tiempo ni el mío ni el de la gente.
—Necesitamos comprobarlo —insistió él—. Y queremos ver la polla, sin rodeos. Mi chica necesita saber lo que se le viene encima.
—Claro, sin problema, ahora mismo os mando foto. Soy muy limpio, sano y educado. Y de dotación no os vais a quejar.
Cuando llegó la foto se me cortó la respiración. Émile había puesto la verga contra un mando a distancia para que se viera el tamaño, y aquello no era una polla, era un arma. Gruesa, negra, brillante, con las venas marcadas y un glande enorme que goteaba. Mi novio la miró en silencio y me miró a mí. Yo tragué saliva y no dije nada, pero se me escapó una mano hacia el muslo y aprieté fuerte, porque el coño me palpitaba de verdad.
Mi novio le explicó las condiciones como quien negocia un contrato. Mucha discreción, mucho respeto, una habitación de hotel que pagaríamos nosotros. Le dijo que la experiencia era nueva para mí, que yo marcaría los tiempos, que él estaría presente y participaría a su lado. Le mandó una foto mía recortada, lo justo para que se hiciera una idea. Y le pidió que escogiera un nombre por privacidad, aunque Émile dio el suyo sin titubear.
—No pagamos nada —aclaró mi novio—. Es solo placer y diversión. Ella es joven, se corre facilísimo y le encanta que se la coman. Ganamos las dos partes. Si todo sale bien, podremos repetir.
Quedaron para un sábado de febrero, a media tarde, en un hotel del centro de Valencia. Mi novio le pidió incluso una foto con un papel escrito y la fecha del día, para asegurarse de que el chico de las fotos era el que subiría a la habitación. Émile, paciente, lo mandó todo.
—Vaya bien aseado y lo mejor vestido posible —le escribió mi novio el día antes—. Le aviso la hora exacta y el número de habitación minutos antes. Sube directo por el ascensor y luego se marcha con discreción.
—De acuerdo —respondió Émile.
El último mensaje que recuerdo de aquella tarde lo guardo casi de memoria. «Ya estoy en recepción, dime habitación.» Lo leí por encima del hombro de mi novio, sentada al borde de la cama de aquel hotel, con un vestido negro que me había comprado esa misma semana, sin bragas por indicación suya, y las manos heladas mientras el coño ya estaba mojado.
Todavía puedo echarme atrás, pensé. No me eché atrás.
***
Lo primero que noté cuando entró fue el tamaño. No solo el de su cuerpo, que llenaba la puerta, sino el de su presencia. Mi novio se levantó a saludarlo y, a su lado, pareció encogerse. Émile me miró a mí, solo a mí, con una calma que me desarmó. No había prisa en él, ni nervios. Era el único de los tres que parecía saber exactamente lo que iba a pasar.
Se acercó despacio, me levantó la barbilla con dos dedos y me besó. Un beso lento, con lengua, mientras su otra mano se me metía por debajo del vestido y me encontraba el coño desnudo y empapado. Se rió bajito contra mi boca.
—Ya estás lista, nena —me susurró—. Ya estás chorreando y ni siquiera te he tocado bien.
Me hizo levantarme y me quitó el vestido por la cabeza, sin prisa, dejándome desnuda de pie delante de él y de mi novio. Después se desnudó él, y cuando se bajó los pantalones y salió la polla, casi se me doblan las rodillas. Era todavía más grande en persona. Colgaba pesada, semierecta ya, negra y gruesa como una muñeca. Yo tragué saliva y él se dio cuenta.
—Ponte de rodillas —me dijo. No fue una orden violenta, fue una constatación. Y yo obedecí sin mirar a mi novio.
Me la puso en la boca y no me cabía. Tuve que abrir la mandíbula al máximo y aun así solo me entraba la mitad. Le chupé el glande, le lamí la vena gruesa de abajo, le mamé los cojones que colgaban también enormes, y él me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, cada vez más adentro. Yo me atragantaba, se me caía la baba por la barbilla, se me corría el rímel, y no quería parar. Escuché a mi novio detrás soltar un gemido ronco, y de reojo lo vi con la polla fuera, pajeándose ya, mirándome como si no me conociera.
Lo que más recuerdo, por encima de todo lo demás, es el olor de Émile. Un olor a hombre limpio y fuerte a la vez, su piel mezclada con un perfume caro y con algo más profundo, animal, que se me metió dentro y no se ha ido nunca del todo. Sudaba mucho, y su sudor me empapaba mientras me sostenía, y yo, que siempre había sido aprensiva con esas cosas, me descubrí buscándolo, pegando la nariz a su cuello, a su ingle, a sus axilas mientras me follaba.
Mi novio se sentó en la butaca del rincón, como habíamos hablado. Iba a participar, iba a llevar las riendas. No llevó nada. A los pocos minutos solo era un espectador con la polla en la mano, y yo había dejado de ser su novia para convertirme en la puta de otro hombre.
Émile me tumbó boca arriba con una delicadeza que no encajaba con su tamaño. Me abrió las piernas, se agachó y me hundió la cara en el coño. Nadie me había comido así, con esa paciencia, con esa lengua que parecía no tener fin. Me lamió los labios uno por uno, me metió la lengua entera dentro, me chupó el clítoris con los labios envolviéndolo y a la vez me metía dos dedos gruesos que me tocaban por dentro un punto que yo ni sabía que tenía. Me corrí antes de que pasara nada más, con una intensidad que me dejó temblando y avergonzada, chorreando sobre su boca, sobre las sábanas, mientras él no paraba de lamer.
—Otra —dijo él, y me hizo correrme otra vez con la lengua, mordiéndome un poco el clítoris ya hinchado, hasta que le tuve que apartar la cabeza porque no aguantaba más.
Después se subió encima. Se puso el condón con parsimonia, se agarró la verga por la base y me la fue metiendo despacio. Grité. No pude no gritar. Me abría por dentro de una forma que no había sentido nunca, y aunque estaba empapada, la primera embestida hasta el fondo me dobló. Cuando lo tuvo todo dentro se paró, me miró a los ojos, sonrió.
—Aguántame, nena, que ahora te voy a follar de verdad.
Y me folló. Me folló despacio primero, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta que le sentía los cojones golpearme el culo. Después más rápido, agarrándome de las caderas con esas manos enormes que casi me rodeaban entera. Me puso a cuatro patas y me montó por detrás, con una mano en la nuca hundiéndome la cara contra la almohada y la otra dándome cachetadas en el culo. Me lo metió tan hondo en esa postura que gritaba de gusto y de un dolor delicioso, y me corrí otra vez sobre su polla, apretándolo por dentro, sintiendo cómo palpitaba dentro de mí.
—Mírame —me dijo, y me volteó otra vez, me puso los tobillos sobre sus hombros, y me folló doblada en dos mientras yo le clavaba las uñas en los brazos y le suplicaba en un idioma que ya no era mío—. Dime lo que eres.
—Tuya —gemí—. Soy tu puta, soy tu puta, córrete dentro, córrete.
Se corrió con un rugido, la polla clavada hasta el fondo, y yo sentí el condón llenarse, sentí cada latigazo, y me corrí con él por cuarta vez sin poder contarlas ya. Fueron muchas horas, muchas veces. Perdí la cuenta y perdí la cabeza. Me lo mamó todo entre polvo y polvo para volver a ponerlo duro, me lo puse a horcajadas y me empalé yo sola mientras él me chupaba las tetas y me apretaba el culo, me follaste de lado, me puso otra vez a cuatro y me escupió en el culo y me metió el dedo mientras me lo clavaba por delante, y me corrí de tantas maneras distintas que ya no distinguía dónde empezaba una y terminaba otra.
En algún momento giré la cara hacia la butaca y vi a mi novio con la polla flácida y llena de semen suyo, mirándonos con una expresión que no supe leer entonces y que ahora reconozco perfectamente: la de un hombre que se da cuenta, demasiado tarde, de que ha abierto una puerta que no va a poder cerrar.
***
Si la cosa hubiera quedado ahí, en una tarde, quizá hoy sería un recuerdo picante y nada más. Pero no quedó ahí.
Émile me escribió a los pocos días. Sin mi novio de por medio, sin anuncios, sin condiciones. «Sé que tú también lo quieres», puso, y tenía razón. Empecé a verlo a solas. Le mentía a mi pareja con una facilidad que me daba miedo de mí misma: tardes de gimnasio que no existían, cafés con amigas que jamás vi. Cada encuentro con Émile era una caída más honda. Era, lo confieso, el mejor amante que he tenido y probablemente que tendré jamás. A su lado dejé de medir las consecuencias.
Hice cosas con él que no había hecho en mi vida ni he vuelto a hacer. Dejé que se corriera en mi cara, en mi pelo, en mi boca abierta. Le abrí el culo por primera vez y aprendí lo que era que te follaran por el ojete con una polla como la suya, primero un dedo, luego dos, después la punta, y al final entera mientras yo mordía la almohada y me corría a chorros. Le mamé la polla en su coche, en el ascensor de su edificio, en el baño de un restaurante con mi novio esperando en la mesa. Me tragué su semen tantas veces que aprendí a distinguir su sabor. Me entregué de una forma que todavía me cuesta reconocer como mía. Y, lo más peligroso de todo, me enamoré. No del sexo, aunque el sexo era el imán. Me enamoré del hombre, o de lo que yo creía que era el hombre.
Dejé a mi novio. Lo dejé por Émile, convencida de que aquello iba a alguna parte. Mi pareja, el mismo que lo había planeado todo, se fue de casa destrozado, repitiendo que él solo había querido un juego. Y tenía algo de razón en su rabia, porque el monstruo lo habíamos creado entre los dos.
***
Tardé en entender que para Émile yo nunca fui especial. Lo entendí poco a poco, atando cabos, hasta que la verdad fue imposible de ignorar. Émile no entendía de sentimientos. Lo que le movía no era el deseo de una mujer concreta, sino el reto. Enamorar a una mujer comprometida, follársela hasta que dejara al novio, romper la pareja, y después buscar otra que romper. Era un cazador, y la cacería terminaba justo cuando la presa caía. Yo había caído. Ya no le servía.
Cuando lo vi claro, me dolió como no recordaba que doliera nada. Me había quedado sin novio, sin la vida ordenada que tenía, y con un hombre que ya estaba mirando hacia otro coño. La humillación de descubrir que había sido una más en una lista larga fue, en su momento, peor que el placer que me había dado. Y conste que el placer había sido enorme.
Me costó meses levantar cabeza. Borré sus mensajes, cambié de número, me mudé a otro barrio. Aun así, de vez en cuando aparece. Me escribe como si nada, me recuerda cómo le gritaba mientras me la clavaba, prueba a ver si la puerta sigue abierta. Imagino que ahora andará rompiendo otra pareja en otra ciudad, contando los mismos cuentos en otro hotel.
***
Cambié. No de golpe, pero cambié. Hoy estoy con un hombre tranquilo, de esos que no llenan la habitación al entrar pero que están cuando hace falta. No es Émile, y doy gracias por ello cada día. Con él pretendo formar la familia que un día creí que tenía y dejé escapar por una fantasía que no era mía, sino de otro. Estoy embarazada, y por primera vez en mucho tiempo me siento en paz.
No me arrepiento de haberlo vivido, sería mentira decir lo contrario. Aquel hombre me enseñó hasta dónde podía llegar mi propio deseo, y eso, aunque me costó carísimo, también es algo que ahora sé de mí. De lo que sí me arrepiento es de haber confundido el vértigo con el amor.
Si algo he aprendido es esto: ten mucho cuidado con las puertas que abres por curiosidad, porque a veces, del otro lado, hay alguien que lleva toda la vida esperando que alguien como tú las abra. Mi novio lo organizó todo. Yo solo crucé el umbral. Y nada volvió a ser lo mismo.





