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Relatos Ardientes

Lo que la camarera me regaló por mi cumpleaños

Todavía me zumbaban en los oídos los brindis y las risas, los ecos del «cumpleaños feliz» que me habían cantado convirtiendo nuestra mesa en el centro de atención del restaurante. Al final había convencido a casi todos. Un par de chicos del almacén, con los que tengo menos confianza, se escabulleron con cualquier excusa, pero ahí seguían Dani y Quique, y los tres de oficina: Charo, que ejerce un poco de madre de toda la empresa, y Noelia, la de los ojos grises que nunca me miran como yo quisiera.

Faltaba Andrés, el jefe, que no iba a aparecer por la nave en todo el día. En un raro alarde de generosidad nos había concedido un cuarto de hora de manga ancha antes de volver al turno de tarde. Daba igual. Daba igual que el sitio fuera el mismo restaurante de menú diario de siempre, que los temas de conversación fueran los de siempre, que al final la botella de cava barato nos la tuviéramos que terminar entre Charo y yo porque los otros tres se decantaron por un digestivo de origen sospechoso.

Daba igual, porque lo importante era celebrarlo de cualquier manera, aunque solo fuera invitando a mis compañeros al menú de todos los días. La fecha merecía el dispendio, y a final de mes ya se encargarían las telarañas de mi cuenta corriente de recordármelo.

El baño de aquel restaurante, al cierre del turno de comidas, era como la rotonda de acceso al polígono en hora punta: un atasco permanente. Y que fuera mi cumpleaños no me concedía ningún carril privilegiado. Así que, después de pagar, me encontré el último de la cola. Cuando salió uno de mis compañeros y me disponía a entrar, apareció una vez más por el pasillo ella.

Todos la llamábamos Tina, aunque ese no es su nombre. Es el diminutivo de algo que detesta y que nunca ha confesado, lo que nos tiene a todos imaginando Faustinas, Celestinas, Albertinas y otras criaturas imposibles. Así que se quedó en ese apodo que, reconozcámoslo, le viene un poco grande. Delgada, espigada, con unos ojos de un bonito color avellana pero de aspecto cansado. Aunque lleva ya una década por aquí, todavía de vez en cuando se le escapa un acento austral que delata sus orígenes al otro lado del mar.

Tina, una presencia más en la rutina de mis mediodías. Tan parte del decorado como la pizarra del menú o el reloj parado de la pared.

—Perdona, ¿tienes que entrar a limpiar o algo? —le dije al verla llegar hasta la puerta del servicio.

—No, no —respondió.

—¿Puedo pasar entonces?

—Sí, claro, pasá —me invitó con un amago de sonrisa.

Pasé sin sospechar nada. No esperaba que ella se colara detrás de mí y cerrara la puerta con pestillo.

—¿Qué haces? No puedes… —empecé a decir, desconcertado.

—¿Nunca te dijeron que a una mujer no se le dice lo que puede o no puede hacer? —replicó con una seguridad que no le conocía, mientras avanzaba hacia mí.

Yo, quizá intimidado, había ido retrocediendo hasta que mi espalda chocó con la puerta cerrada de uno de los retretes.

—Pero… —balbuceé.

¿Qué demonios estaba pasando?

Tina chistó al tiempo que sus manos empezaban a pelear con el cierre de mi pantalón. No me quedó más salida que dejarme hacer. Bajar la mirada para ver sus dedos lidiando primero con el cinturón y luego con el botón. Levantar la vista para encontrar sus ojos retándome. Soltar un resoplido hacia el techo cuando sus gestos, en tres movimientos limpios, tiraron de mi ropa y de mis calzoncillos hasta dejármelos apelotonados a la altura de las rodillas, con la polla ya asomando medio dura por el aire frío del baño.

—Mirá vos, el oficinista —dijo cuando se puso en cuclillas y la yema de sus dedos empezó a rozarme la piel—. Quién iba a decir que escondías esto debajo del pantalón de pinzas.

Abrí los ojos y volví a inclinar el cuello para comprobar que aquello era real. Su mano derecha me sujetaba la verga con suavidad, apenas un anillo tibio de dedos alrededor de la base, y empezaba a moverse despacio, muy despacio, subiendo hasta el glande y bajando de nuevo hasta las pelotas, despertando de un letargo demasiado largo una parte de mí que llevaba meses dormida. Llevaba el pelo, largo y castaño, ligeramente descuidado, recogido como cada día en un doble moño sobre la coronilla. No veía mucho más; su perfil me tapaba casi todo. Pero sentía. Vaya si sentía.

Sentía su mano viajando arriba y abajo cada vez con más decisión, la dureza que se iba apoderando de mí hasta ponerme la polla tensa y palpitante, el calor que me subía desde no sé dónde en aquel cubículo siempre frío, y la humedad cortante de su lengua repasándome el capullo con una lentitud calculada, dibujando círculos alrededor de la corona, deteniéndose un segundo eterno en el frenillo, bajando después por el tronco hasta lamerme los huevos con la punta plana antes de decidirse a más.

—Qué rica la tenés —murmuró sin apartar apenas los labios de la piel, con la voz enronquecida—. Bien gorda, bien dura para mí.

Y de inmediato sus labios, pequeños, finos y sorprendentemente eficaces, se abrieron para tragarme entero, cerrándose después alrededor de mi polla y succionando con un ritmo que ella misma marcaba y que iba subiendo, peldaño a peldaño, con cada movimiento de su cabeza. Sentí cómo la punta le rozaba el fondo de la garganta y cómo ella, en vez de retirarse, empujaba un centímetro más, tragando con los ojos cerrados. Ya no necesitaba sostenerme con la mano: mi verga había crecido lo suficiente para formar un ángulo recto entre mi cuerpo y su boca. Cada vez que Tina se concedía un respiro y me liberaba del refugio cálido y húmedo de su paladar, un hilo espeso de saliva se le quedaba colgando del labio inferior a la punta del glande. Usaba un instante los dedos para reconducirme, para devolverme a la horizontal y al saber hacer de sus labios, y volvía a tragarme entero de una sola embestida.

Vencido, rendido, eché la cabeza hacia atrás hasta golpearme la nuca contra la puerta del retrete, sin saber qué hacer con las manos, que me colgaban inertes a lo largo del cuerpo. Afuera, en el pasillo, se oía el rumor del comedor vaciándose, el arrastrar de las sillas, una radio lejana. Cualquiera podía probar el picaporte en cualquier momento. Que no sea ahora, por favor, ahora no. Y sin embargo aquella amenaza, lejos de frenarme, me empujaba todavía más cerca del borde. Los ruidos húmedos de su boca chupándome la polla eran, en el silencio del cubículo, más obscenos que cualquier gemido: un chapoteo constante, salivoso, entrecortado por los pequeños gruñidos de gusto que se le escapaban a ella cada vez que se la tragaba hasta el fondo.

Ella, rodeando mis muslos desnudos con los brazos, convirtiéndolos en las columnas firmes que no eran, seguía impertérrita. Yo no me atrevía a preguntarle nada, ni a detenerla, ni a pronunciar su nombre. Mis manos terminaron por posarse en su cabeza, casi sin querer. Su permiso tácito, un leve movimiento que no fue rechazo, me invitó a deslizarlas hasta su nuca y a acompañar el vaivén incansable de su cuello, empujándola un poco más cada vez, guiándola para que se comiera mi polla hasta la raíz.

—Así, oficinista —jadeó cuando por un segundo me la sacó de la boca para escupir un buche de saliva sobre el glande y seguir masturbándome con la mano mojada—. Cogeme la boca. Follame la garganta como si fuera un coño.

Le hice caso. Cerré los dedos en su moño y empujé, no muy fuerte, lo justo para sentir cómo su lengua se aplastaba contra la cara inferior de mi verga y cómo la garganta le cedía dócil al empuje. Ella ni siquiera protestó. Se agarró todavía más a mis muslos, clavando los dedos, y dejó que la usara. Cada embestida me arrancaba un espasmo desde la base de la espalda y a ella un ruido gutural que vibraba a lo largo de la polla y me hacía apretar los dientes para no gritar.

Una de sus manos se aventuró entonces por mi pierna. Sentí sus caricias, el roce ocasional de sus uñas, el recorrido por la cara interna del muslo, el paso por la ingle hasta llegar a envolverme los huevos con la palma. Amasaba. Apretaba las pelotas o las acariciaba sin un orden establecido, jugando, midiendo mis reacciones por la manera en que se me cortaba la respiración. Con el dedo corazón se aventuró un paso más allá, más atrás, y me rozó el perineo con una presión suave y precisa que me arrancó un gemido de sorpresa. Y entre la acción de sus dedos, la lengua que me repasaba el glande cada vez que me sacaba de la boca, y el trabajo sin pausa de sus labios apretados contra el tronco, me empujaba sin remedio hacia el final.

—Me voy a correr —tartamudeé, sin que ella variara nada.

Sus gestos, si acaso, se hicieron más firmes, más decididos, como si mi aviso fuera una invitación en lugar de una advertencia. Aceleró el vaivén, apretó más los labios, empezó a hacer una succión honda y rítmica al retroceder, como si quisiera arrancarme la corrida a bocanadas.

—No aguanto más… Tina —tuve que repetir, y al verbalizar su apodo tomé conciencia de golpe del lugar, de la compañía, de la barbaridad que estábamos cometiendo a un metro de mis compañeros.

No sabía qué imaginar, porque desde hacía un par de minutos todo superaba con creces mi capacidad de imaginarlo. Ante mi nuevo aviso, quizá intuyendo en los aleteos de su lengua contra el frenillo la inminencia del final, ella volvió a sujetarme con firmeza por la base de la polla, a dirigirme, pero sin sacármela un solo instante de la boca. Cerró los ojos, hundió la cara contra mi pubis y me miró desde abajo con las pupilas dilatadas, esperando.

Bastaron cuatro o cinco impulsos más de su cuello, diez segundos escasos, para que llegara el orgasmo anunciado. Estallé en ráfagas espaciadas por segundos eternos, descargando el primer chorro de semen contra el fondo de su garganta con tal fuerza que la sentí ahogarse un instante y recuperar el ritmo enseguida. La segunda embestida se la corrí sobre la lengua, y ella la retuvo un segundo antes de tragarla con un gorgoteo húmedo. Y todavía llegó una tercera, y una cuarta, cada vez menos violentas, cada vez más largas, que Tina me exprimió a golpe de mano recorriendo el tronco desde la base al glande como quien ordeña la última gota. Yo apoyaba las manos en su cabeza mientras mis caderas se movían solas, follándole la boca en pequeñas embestidas descontroladas, siguiendo las contracciones que me sacudían desde los riñones. Un hilo de semen mezclado con saliva se le escapó por la comisura y le resbaló hasta la barbilla.

***

Durante unos segundos no fui capaz de articular palabra. Me quedé apoyado contra la puerta, con la respiración entrecortada, la polla todavía dura y brillante de saliva colgando al aire, y la mirada perdida en el plafón de luz blanca del techo, mientras ella se incorporaba con una calma que contrastaba con el caos que yo tenía dentro. Se pasó el pulgar por la comisura, recogió el resto de mi corrida que le quedaba en la barbilla y se lo chupó sin dejar de mirarme. Se acercó al lavabo, abrió el grifo y se enjuagó la boca con una naturalidad pasmosa, como si acabara de retirar un plato.

—¿Pero por qué? —quise saber cuando por fin pude volver a hablar.

—Escuché que era tu cumpleaños —dijo sin más, encogiéndose de hombros mientras se secaba las comisuras con el dorso de la mano—. Y hacía falta que alguien te la chupara bien, oficinista. Se te notaba en la cara desde hace meses.

—…

Mi única respuesta fue un amago hipado de risa que enseguida dio paso a una sonrisa agradecida. No me salían las palabras. Llevaba años cruzándome con ella casi a diario, intercambiando comandas y el cambio exacto, y de pronto descubría que detrás de aquella presencia gris se escondía alguien capaz de mamármela con esa entrega, de tragarse mi semen sin pestañear, de dejarme la polla temblando contra el muslo como un adolescente. Algo que no esperaba, que no había pedido y que, sospechaba, no volvería a repetirse jamás.

—Un detalle —añadió, restándole importancia, como quien explica por qué ha puesto un par de aceitunas de más en el aperitivo.

—¿Cortesía de la casa? —bromeé, todavía con el pulso desbocado.

Una gota del agua con la que se había aclarado se le escapó por la tímida sonrisa que esbozaban sus labios. Seguí su recorrido en el espejo y mi vista se perdió en el límite inferior del reflejo, justo donde sus dedos todavía me prodigaban una última caricia distraída a lo largo de la polla flácida y satisfecha. Me subí los calzoncillos y el pantalón despacio, sin terminar de creérmelo, mientras ella se recolocaba el moño y recuperaba en un instante su gesto de siempre, el de la camarera anónima que cualquiera olvida en cuanto le da la espalda.

—Gracias —acerté a decir, y nunca una palabra tan corta me había pesado tanto en la boca.

—Que cumplas muchos más —respondió.

Descorrió el pestillo, se asomó al pasillo para comprobar que no había nadie, y salió primero. Yo esperé unos segundos prudenciales, el tiempo justo para serenar la cara y comprobar que no me quedaba ningún rastro de ella en la camisa, y volví al comedor como si tal cosa. Charo me esperaba con la cuenta y una mirada que no sospechaba nada.

—Pensábamos que te habías caído dentro —me dijo riendo.

—Cola larga —contesté, y me sorprendió lo firme que me salió la voz.

De camino a la nave, con la tarde de trabajo por delante y el sabor amargo del cava todavía en el paladar, no podía dejar de pensar en Tina, en su acento austral, en ese nombre verdadero que nunca confesaría, en la manera precisa en que sus labios se habían cerrado alrededor de mi polla como si llevara años ensayándolo. Volví muchos mediodías más a aquel restaurante de polígono. Pedí el menú, dejé el cambio exacto, le di las gracias. Y nunca, ni una sola vez, ninguno de los dos hizo el menor gesto de recordar lo que había pasado aquel cumpleaños detrás del pestillo. Como si hubiera sido un sueño. Como si solo hubiera sido, al fin y al cabo, un detalle.

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Comentarios(6)

FernandoCba

que relato mas rico!! me dejo sin palabras

NightWatcher_M

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguió todo jajaj

Raul_lector

Muy bueno. Me recordo a una situacion parecida que me paso hace años, aunque no tan cinematografica jaja. Felicitaciones

Karencita_R22

increible!!! me encanto

ElViejoLobo

Que buena sorpresa de cumpleaños jaja. El relato esta muy bien escrito, tiene ese ritmo que te va atrapando de a poco. Espero que haya mas asi

MartinRosa81

Eso si que es un regalo de cumpleaños memorable jajajaja

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