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Relatos Ardientes

Mi ex apareció con una propuesta que no supe rechazar

Lo que voy a contar todavía me cuesta creerlo, y eso que lo viví en primera persona. Si lo escribo es porque hay noches en que vuelvo a repasarlo entero y me pregunto cómo demonios accedí a todo aquello.

Había pasado casi medio año desde que Carla y yo lo dejamos. Una ruptura limpia, sin gritos, de esas que duelen más por lo que se apagan que por lo que se rompen. Yo seguía con mi vida, había encontrado nuevas compañías y experiencias que jamás me habría atrevido a probar mientras estaba con ella. Creía que ese capítulo estaba cerrado.

Aquella tarde estaba tirado en el sofá cuando el móvil vibró. Un mensaje. Miré la pantalla esperando publicidad y me quedé helado al ver su nombre.

—Hola, Adrián. ¿Cómo te va todo? Me gustaría que quedáramos un día, si puedes. Necesito comentarte una cosa —decía.

Dudé un buen rato antes de contestar. ¿Qué querría ahora, después de tanto silencio? Al final le respondí que estaba en casa y que, si le apetecía, podía venir a contarme lo que fuera.

Su respuesta llegó al instante. Estaba cerca, tenía que hacer un recado y se pasaba en veinte minutos. Dejé el teléfono sobre la mesa y me metí en la ducha. No sé en qué momento empecé a recordar todo lo que Carla y yo habíamos hecho en esa misma casa, pero el cuerpo me respondió antes que la cabeza. Estuve a punto de terminar lo que la memoria había empezado cuando sonó el portero.

Salí a trompicones, me eché un albornoz por encima y descolgué. Era ella. Habían pasado apenas diez minutos.

—Perdona la pinta, me has pillado en la ducha. Dijiste veinte minutos —solté al abrirle.

—No te preocupes. El recado estaba cerrado y me adelanté —contestó con esa media sonrisa que tan bien conocía.

Le pedí que se sentara mientras yo me ponía algo encima. Desde la habitación vi cómo se acomodaba en una punta del sofá. Seguía preciosa, y eso no me ayudaba nada. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta, y al sentarme en el otro extremo recordé tarde que en casa nunca llevo ropa interior. Me removí, incómodo.

—Gracias por dejarme venir —dijo, jugueteando con las manos—. Me da vergüenza, pero necesito soltarlo.

—Tenemos confianza de sobra. Cuéntame.

—Estoy saliendo con un chico. Marcos.

—Me alegro por ti, en serio, pero no hace falta que vengas a mi casa a darme explicaciones. Ya no me debes ninguna.

—No es por eso, déjame terminar —me cortó—. Estoy bien con él, de verdad. El problema es la cama. Casi nunca consigo correrme, y me está volviendo loca.

—¿Y qué pinto yo en esto?

Respiró hondo, como quien salta de un trampolín demasiado alto.

—He pensado dos cosas. La primera, necesito un buen polvo, uno de los de antes. Y la segunda, que le enseñes a él. Marcos no es celoso. Si es por que yo disfrute más, no creo que ponga pegas.

Me quedé mudo unos segundos. La idea me ponía y me descolocaba a partes iguales.

—Es bastante fuerte lo que me pides. ¿Y yo qué gano?

—No te hagas el interesante —rió—. Sé de sobra que te encantaba follar conmigo. Y nunca le has dicho que no a un buen revolcón.

—Cierto, pero ahora mismo no es que esté precisamente necesitado.

Levantó una ceja, divertida. Y ahí, sin pensarlo demasiado, se me ocurrió la idea que lo cambiaría todo.

***

—Te propongo un trato. Si lo aceptas, te ayudo —dije.

Le conté que un conocido del mundillo organizaba grabaciones para una productora, y que justo se les había caído la chica protagonista de un rodaje. Necesitaban una sustituta o lo cancelaban todo. Mi condición era simple y descarada: ella sería la protagonista.

—¿Estás loco? Ni de broma —saltó, con la boca abierta.

—No te hagas la digna. Te conozco. Vas a disfrutarlo. Y si no hay rodaje, no hay trato.

Estuvo callada un rato largo, mirándome como si me viera por primera vez.

—Siempre estuviste mal de la cabeza, pero esto se lleva la palma. Lo haré porque quiero a Marcos y quiero aprender. Eres un cabrón.

Solté una carcajada y añadí la última condición: Marcos tenía que estar presente. No hacía falta que participara, pero tenía que verlo todo. Aceptó sin discutir.

Esa misma semana llamé al productor, un tipo al que llamaré Daniel. Se puso eufórico cuando le dije que había conseguido protagonista, y describirla bastó para que quisiera grabar cuanto antes. Solo puso una condición que a mí me supo a poco y a Carla le habría parado el corazón: no sería una sesión cualquiera, sino una grabación con un grupo grande de hombres. Marcos miraría; ella decidiría hasta dónde llegaba.

Cuando se lo conté a Carla, maquillé las cifras y los detalles para que no se echara atrás. Aceptó. Dos días después quedamos los tres en una clínica para los análisis previos. Allí conocí a Marcos: alto, delgado, callado, con cara de no saber muy bien en qué se estaba metiendo.

—Si esto sirve para aprender a que ella disfrute, por mí adelante —dijo, y noté que le temblaba un poco la voz.

***

El día del rodaje pasé a recogerlos a media tarde. Carla se sentó a mi lado; Marcos, detrás, en silencio. En el coche se hablaba de tonterías, pero la tensión se podía cortar con un cuchillo. Apoyé la mano en el muslo de Carla.

—Tranquila, vas a pasarlo bien —le dije.

Ella soltó un suspiro y rió por lo bajo, sin apartarme la mano.

El sitio era un local discreto a las afueras. Daniel nos recibió con prisa, pidiendo disculpas por la frialdad del ambiente. A cada uno nos llevaron a una sala distinta para prepararnos. A mí me retocaron en diez minutos. A Carla la probaron con distintos conjuntos, buscando el más favorecedor, mientras le explicaban con calma que en cualquier momento podía parar, que si algo no le gustaba lo dijera, y que cualquiera que se pasara de la raya quedaría fuera. Eso la relajó visiblemente.

Marcos, en cambio, salió a fumar dos veces. Estaba pálido. Cuando volvió y vio a Carla arreglada, lista, se quedó sin palabras.

Nos hicieron pasar a una sala con un sofá grande. Carla se sentó entre nosotros dos. Daniel entró, repasó las indicaciones y preguntó si estábamos listos. Los tres asentimos.

—Vamos a empezar —dijo—. ¡Grabamos!

***

Las cámaras se movían a nuestro alrededor mientras Daniel presentaba la escena: una mujer acompañada de su pareja y de un viejo amigo. La entrevista fue breve. Le preguntó la edad y por qué había aceptado.

—Tengo algo de experiencia, pero nada parecido a esto —respondió Carla, más suelta de lo que yo esperaba—. Me lo propuso mi amigo. Le dije que no mil veces, hasta que un día me pilló con la guardia baja y aquí estoy.

—¿Y hasta dónde estás dispuesta a llegar? —insistió él.

—Imagino que habrá unos diez o doce hombres. Por delante, lo que quieran. Por detrás, solo Adrián. Y Marcos, si se anima.

—Te has quedado corta con el número —sonrió Daniel—. Pero serán cuidadosos contigo.

Cuando abrieron la puerta de la sala contigua, Carla se quedó clavada. Eran muchos más de doce. Daniel la tomó de la mano y la condujo hasta una camilla central con una suavidad que contrastaba con todo lo demás. Marcos y yo nos colocamos a los lados, como nos habían pedido. Había también un par de chicas de apoyo, encargadas de mantener el ritmo de los hombres fuera de plano.

—Adrián, Marcos, podéis ir desnudando a vuestra chica —dijo Daniel.

Yo no dudé. Empecé por la camiseta. Marcos seguía paralizado, así que Daniel le dijo que se relajara y disfrutara. Aquello pareció despertarlo: sin abrir la boca, le ayudó con el resto.

En menos de un minuto Carla estaba rodeada. Manos por todas partes, bocas, cuerpos. Empezó nerviosa, pero le bastó muy poco para soltarse. Sus gemidos subieron de tono y, a partir de ahí, fue como si otra persona tomara el control de su cuerpo. Disfrutaba sin disimulo, y eso era lo más excitante de todo.

—¡No paréis! —gritó en algún momento, fuera de sí—. ¡Me voy a correr!

Tuvo el primero de muchos orgasmos esa tarde. Yo, al principio, me quedé al margen, observando. Miré a Marcos: tenía los ojos clavados en ella, incapaz de moverse, mientras una de las chicas de apoyo le bajaba el pantalón y comprobaba que su cuerpo no era tan indiferente como su cara fingía.

***

En mitad de aquel caos, Carla giró la cabeza y me buscó.

—Adrián, ¿dónde estás? Ven aquí, que te necesito.

No la hice esperar. Me acerqué por detrás y, mientras otro la tenía debajo, me sumé al ritmo. Estuvimos así un buen rato, ella perdida entre el placer y los gritos, repitiendo que no parásemos. Tuvo otro orgasmo larguísimo, de esos que le doblaban la espalda y le ponían los ojos en blanco.

Cuando le llegó el respiro, decidí que también yo tenía derecho a disfrutar de lo demás. Entre las chicas de apoyo había una morena que me había llamado la atención desde el primer segundo. Curvas, mirada descarada, una seguridad que se notaba a distancia. Me dispuse a acercarme, pero ella se me adelantó: desde la puerta me hizo un gesto con el dedo para que la siguiera.

—Tú vienes conmigo —me dijo cuando llegué a su lado—. A partir de ahora soy solo para ti. Se te ve con ganas, ¿o me equivoco?

—No te equivocas —admití.

—Pues tus deseos son órdenes.

Se arrodilló sin más preámbulo. La llamaré Noa, aunque nunca llegué a saber su nombre. Me la trabajó con una destreza que me hizo olvidar por completo dónde estaba y con quién había venido. Cerré los ojos. Por un momento, el mundo se redujo a esa habitación y a esa boca.

Un grito me devolvió a la realidad. Era Carla, reclamándome de nuevo. Noa la ignoró.

—Tú no te vas. Tienes sesión privada conmigo.

—Si es lo que quieres... —respondí, dejándome llevar.

Al mirar de reojo, vi que Marcos por fin había salido de su parálisis y participaba con una de las chicas. Carla volvió a llamarme, esta vez furiosa. Le dije que estaba ocupado, y la cara que puso valió cada euro de aquel trato.

***

Noa me llevó a un rincón con un sofá. Se colocó a cuatro patas y me pidió que la preparara. Fui despacio, con calma, hasta que su cuerpo cedió y me reclamó más fuerte. Cuando entré del todo, soltó un bufido y giró la cabeza.

—Eres un cabrón. Casi me partes en dos.

—Quería sentirlo todo —reconocí.

—Pues ahora dame placer a mí.

Empezó ella, moviéndose hacia atrás, marcando el ritmo. La dejé hacer un rato y luego la tomé de las caderas. Fui subiendo la intensidad poco a poco hasta no poder más. Noa gritaba, pedía más, se reía y volvía a gemir. Cuando llegó su orgasmo, su cuerpo entero se tensó y se sacudió durante varios segundos. Bajé el ritmo despacio, dejándola caer sobre el sofá.

—Menudo polvo —dijo, recuperando el aliento—. Nunca me había corrido así. Pero tú aún no has terminado.

—Y estoy a punto de reventar —admití.

—Lo solucionamos enseguida —me agarró y me llevó de nuevo a su boca—. Solo una cosa: aquí no puedes terminar. Eso le toca a ella.

Señaló hacia el centro de la sala. Yo me había olvidado por completo de Carla, pero su gesto me obligó a buscarla con la mirada. La imagen me dejó de piedra: estaba tendida boca arriba sobre la camilla, perdida, gimiendo, mientras varios hombres se turnaban a su alrededor. Verla así, entregada y pidiendo todavía más, fue lo que terminó de rematarme.

—Para —le dije a Noa—. Ya está, no aguanto más.

Ella me soltó con una sonrisa y me empujó hacia el grupo.

—Ve. Es donde tienes que estar.

Crucé la sala con las piernas temblando. Carla me vio llegar y, entre jadeos, me dedicó una última mirada.

—Gracias —murmuró—. Esto está siendo increíble.

Asentí. No me salían las palabras. Esa tarde Carla cumplió su parte del trato y mucho más, y Marcos, contra todo pronóstico, terminó participando con una seguridad que no tenía al entrar. Yo cumplí la mía.

***

Cuando Daniel dio el rodaje por terminado y la sala se fue vaciando, los tres nos quedamos apoyados en la camilla, agotados, en silencio. Carla tenía una sonrisa idiota que no se le borraba.

—Vaya tarde me he dado —dijo, medio riendo.

Marcos la miraba de otra forma, como si acabara de descubrir a alguien que llevaba meses durmiendo a su lado sin conocerla del todo. Y yo entendí que aquel trato, por absurdo que sonara cuando lo propuse en mi sofá, había cerrado de una manera muy extraña el capítulo que creía terminado.

De vuelta a casa, en el coche, casi no hablamos. No hacía falta. A veces todavía me llega un mensaje suyo, de tanto en tanto, recordándome aquella tarde. Y yo, cada vez, vuelvo a preguntarme cómo demonios accedí a todo aquello. Pero por la sonrisa que se me escapa, creo que ya sé la respuesta.

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Comentarios(6)

Leticia_77

increible!!! me dejo con ganas de saber mas. uno de los mejores que lei en mucho tiempo

JulietaKM

Por favor tiene que haber una segunda parte. Quede con la intriga de como termino todo entre ellos jaja

Romi_DF

Me recuerda a algo que me paso a mi... esas llamadas que uno sabe que no deberia atender y atiende igual. Muy real todo, se lo nota autentico

NickReader33

Y despues que paso? Me quede con ganas de mas jajaja

Gastón_ok

Hay cosas que uno jura que nunca va a volver a hacer y despues la vida te pone en situaciones asi... buenisimo el relato, muy bien contado

SusanaLectora

Me encanto desde el primer parrafo. La categoria de confesiones es la que mas disfruto porque se siente autentico, como si le hubiera pasado de verdad a alguien. Este tiene exactamente esa vibra. Espero que sigan subiendo cosas asi!

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