Vera me confesó su primera vez anal esa madrugada
Una de las cosas más raras de tener un grupo de amigas es que, aunque venimos del mismo barrio y de la misma facultad, nuestras vidas terminan siendo muy distintas. Cuando se lo comento a mi novio, me dice que entre los hombres no pasa tanto, que su grupo es más parejo. Será. Entre nosotras, en cambio, cada una vive el sexo de una forma completamente diferente.
Sol, por ejemplo, sigue siendo virgen a sus veintitrés. Yo estuve con un solo hombre en toda mi vida, y con una sola mujer. Pau anduvo con menos de diez personas, creo que más cerca de cinco. Y después está Vera, que perdió la cuenta en algún punto entre los cuarenta y los cincuenta. No exagero: ella misma lo cuenta así, sin drama, como quien repasa los lugares donde estuvo de vacaciones.
Lo curioso es que yo siempre me consideré bastante precoz, pero Vera me ganó por goleada. Para que se den una idea, yo todavía no le había hecho ni una sola mamada a mi novio cuando ella ya tenía sexo anal en su currículum. Mi opinión, que se la dije en la cara, es que se quemó etapas demasiado rápido.
Vera mide poco más de metro y medio, tiene la cara redonda y unas curvas que no pasan desapercibidas. Sus tetas son su carta de presentación, grandes desde siempre, pero con el tiempo entendí que lo que más enloquece a los hombres con ella es la cola: ancha, firme, imposible de ignorar.
Uno podría pensar que es una especie de diosa del sexo, segura de sí misma, dueña de cada situación. La verdad es lo contrario. Vera es una chica profundamente insegura que encontró en el sexo una manera de sentirse vista. Lo disfruta, claro, pero en el fondo lo que más quiere es alguien que la lleve a comer afuera, que la presuma, que la mire como se mira a una novia y no a un secreto.
Me acuerdo de los primeros tiempos con mi novio, cuando todavía no habíamos hecho nada. Vera me contaba sus historias y yo escuchaba medio espantada, medio fascinada. No la criticaba, porque sabía que tarde o temprano mi propia vida sexual iba a arrancar y no quería ser una hipócrita. Pero me incomodaba pensar que muchos de los tipos que se le acercaban solo querían una cosa de ella.
***
Una tarde nos juntamos en mi casa, después de cursar, y la noté distinta. Entró flotando, con una sonrisa que no le conocía.
—Camiii, creo que me enamoré —soltó antes de sentarse siquiera.
—Ay, amiga, ¿te pusiste de novia? —le pregunté, emocionada.
—Nos estamos conociendo nomás, pero es tan lindo, no sabés.
—Me muero. ¿Cómo es?
—Alto, va al gimnasio, me da unos besos increíbles y me dice todo el tiempo que soy hermosa.
—¿Y dónde lo conociste?
—Trabaja en un local de ropa sobre la avenida central. Fui a comprar, él estaba detrás del mostrador y empezó a sonreírme. Charlamos un rato, le dejé el Instagram y arrancamos a hablar toda la semana. El sábado nos vimos.
—¿Se vieron el finde? —yo ya estaba al borde del asiento.
—Sí. Me invitó a su departamento y bueno…
—¿Bueno qué? Terminá las frases, Vera, me ponés nerviosa.
—Nos dimos unos besos y se la terminé chupando —dijo, tapándose la cara con las manos.
—Sos terrible —me reí.
—Es que es tan lindo. Esta semana lo vuelvo a ver.
Volví a casa con sentimientos encontrados. Por un lado la veía feliz, por el otro algo me hacía ruido. Pero me lo guardé. A esa edad ya había aprendido que cuando una amiga está enamorada, los consejos no entran.
***
A la semana siguiente Vera se quedó a dormir en casa con la excusa de estudiar para un final que las dos teníamos atravesado. Cenamos con mis viejos, después nos encerramos en mi cuarto a «estudiar», y a eso de la medianoche nos acostamos a «dormir», que en realidad era seguir en el celular con la luz apagada para que nadie nos retara.
Como a la una de la mañana sentí un codazo en las costillas.
—Che, boluda, ahora que están todos durmiendo te cuento lo que pasó con Damián —susurró. Así se llamaba el chico nuevo.
—¿Fuiste a la casa al final?
—Al depto, sí. Fui el lunes. Le dije a mi mamá que me quedaba en lo tuyo.
—Sos una mentirosa. Avisame al menos, por si te llama.
—Ya sé, ya sé. ¿Te cuento o no?
—Contá, contá.
—Llegué tipo ocho de la noche. Pidió delivery, comimos algo y después…
—¿Después qué?
—Me preguntó si quería ir a la cama. Le dije que sí. Nos desnudamos y empezamos a besarnos.
—¿E hicieron el amor?
—Esperá. Primero nos besamos un montón. Yo estaba re caliente, así que se la empecé a chupar de nuevo.
—¿Otra vez? —me reí en la oscuridad.
—Sí, un ratito. Me gusta mucho, quería que la pasara bien. Y entonces él me empezó a besar todo el cuerpo, bajando, bajando… y me la empezó a chupar a mí.
—No. ¿Y está bueno? —pregunté, porque era algo que yo todavía no había probado.
—No tenés idea. Al principio estaba muerta de vergüenza, por mi cuerpo, por los olores, por todo. Pero él me dijo que me quedara tranquila, que me relajara. Me costó, pero cuando me solté lo disfruté muchísimo. Terminé y todo.
—Qué envidia —admití—. No sabés las veces que fantaseé con eso.
—Y bueno, después de eso íbamos a coger en serio, pero pasó algo.
—¿Qué pasó?
—Me dijo que no tenía forros.
—Ay, no, qué bajón.
—Le dije que sin preservativo no, ni loca. Así que se la empecé a chupar de nuevo. Y mientras lo hacía me dice, bajito, «qué ganas de cogerte», y me acariciaba la cola.
—Igual sin forro no da.
—No, pero entonces me preguntó si me animaba… por atrás.
—¿Por la cola? Qué desubicado.
—Eso pensé al principio. Le dije que me daba miedo, que nunca lo había hecho. Pero me prometió que me iba a cuidar, que iba despacio. Y… accedí.
—¿Qué? —casi grito, y me tuve que tapar la boca.
—Sí, Cami. Me hizo la cola.
—No te puedo creer. Contame todo, todo.
***
—Yo no quería, más que nada por vergüenza —siguió, ya en voz muy baja—. Pero él me decía «te voy a cuidar, sabés que me encantás». Me pidió que se la chupara bien, bien babosa, para lubricarla. Estuve un rato largo así, hasta que me dijo que me pusiera en cuatro. Yo estaba temblando de los nervios.
—Me imagino.
—Me dijo «abrite con las manos». Apoyé el pecho contra la cama y me abrí. Me quedé quieta, esperando, y de repente sentí que todo el cuerpo se me estremecía: me estaba lamiendo ahí. Nunca había sentido algo parecido. Estuvo un buen rato, después empezó a escupir para lubricar, y con uno de sus dedos, usando lo mojada que yo estaba por delante, me empezó a entrar de a poco.
—¿Y dolía?
—Nada. Me gustó muchísimo. Hacía movimientos en círculos, lo metía, lo sacaba, así varias veces, hasta que sentí que me iba acostumbrando.
—Sos una caja de sorpresas —le dije.
—Esperá que sigue. Me pidió de nuevo que me pusiera en cuatro. Se arrodilló detrás, me abrió con las manos y sentí la presión. «Respirá hondo», me dijo, y entró con la punta. Pegué un alarido, le dije que parara, pero él me pidió que aguantara un segundo, que me iba a acostumbrar. Nos quedamos quietos. Respiré. Y de a poco el dolor se fue.
—No lo puedo creer.
—Igual le dije que así no me sentía cómoda, que no lo veía. Entonces me pidió que me acostara y nos pusimos en cucharita. Me frotaba por atrás mientras me agarraba las tetas, me acariciaba la cara. Me di vuelta, nos dimos un beso largo y me dijo que la estaba pasando increíble conmigo.
—Qué romántico para estar en plena…
—Cami, dejame seguir —se rió—. Empezó a presionar otra vez y entró. Y, ¿sabés qué?, me gustó. Un montón.
—¿En serio? Pero si siempre cuentan que la primera vez duele un horror.
—Eso pensaba yo. Escuché mil historias de chicas a las que les dolió muchísimo. Pero a mí no. Capaz tengo una súper cola, no sé —y las dos nos tentamos en la oscuridad tratando de no despertar a nadie.
—Boluda, callate que mi vieja tiene el sueño liviano.
—Bueno, bueno. La cosa es que me la fue metiendo hasta el fondo. Al principio sentís como que quema, ¿viste?, pero me acostumbré rápido. Después iba despacito, entraba entera y salía. Cada vez que lo hacía yo gemía sin poder evitarlo. Me apretaba las tetas mientras me cogía y me decía que nunca había estado con alguien que le gustara tanto.
—Te tenía comiendo de la mano.
—Totalmente. En un momento la sacó, escupió desde arriba y la volvió a meter de golpe. Ahí sí pegué un grito, me dolió un poco, no te voy a mentir. Pero también me gustó. Entraba hasta el fondo y salía, una y otra vez. Después me pidió que me diera vuelta porque quería verme la cara. Me puso boca arriba, me levantó las piernas sobre sus hombros y entró de nuevo.
—Me da hasta calor escucharte —confesé, y era verdad.
—Estuvimos así unos minutos, hasta que me pidió permiso para terminar adentro. Le dije que sí. Empezó a ir más rápido, se escuchaba cuando chocaba contra mí, y yo lo disfrutaba como una loca, aunque me hacía la difícil para no parecer una desesperada.
—Obvio —me reí.
—Y en un momento acabó. Sentí cómo le latía, y a los pocos segundos noté que salía. Estaba tan agotada, tan pasada de sensaciones, que no pude apretar a tiempo y le manché un poco la sábana.
—Ay, qué papelón.
—Eso pensé, pero él me dijo que no me preocupara, que la había pasado genial. Yo la verdad estaba un poco asustada, había leído que la primera vez era durísima. En mi caso no. Lo disfruté. Pero no se lo puedo decir así, va a pensar que soy una desquiciada.
—Mejor guardátelo —le dije—. Que sea tu secreto. Y el mío.
La noche siguió con otras anécdotas suyas, ninguna tan fuerte como esa. En algún momento nos quedamos dormidas a mitad de una frase.
***
Con Damián duraron un tiempo, aunque «durar» es una palabra grande. La verdad es que él solo la buscaba para coger, y Vera, que siempre fue de entregarse demasiado rápido, tardó en darse cuenta. Empezó a notar que fuera de la cama el tipo no la contactaba nunca, que jamás hacían cosas de novios, que cada plan terminaba en el departamento de él y nunca en una mesa de restaurante.
Lo peor lo descubrió de la peor manera: Damián tenía novia. Una novia oficial, a la que le había presentado a la familia, con la que hacía todo lo que con Vera nunca hizo. Mi amiga no era la novia. Era el secreto, la otra, la que estaba para lo que la novia no daba.
Cuando me lo contó, llorando, no supe qué decirle. Solo la abracé. Lo único bueno que sacó de toda esa historia, dijo después con una sonrisa triste, fue que aprendió a disfrutar de algo que jamás se había animado a probar. Yo me quedé pensando que ojalá algún día encontrara a alguien que la quisiera puertas afuera del dormitorio. Se lo merecía más que nadie.