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Relatos Ardientes

Tres días de visita pusieron a prueba su entrega

Camila tenía veinticinco años y una de esas presencias que no se olvidan. El pelo oscuro le caía por debajo de los hombros en ondas suaves, y los ojos, de un azul limpio como una mañana de octubre, se le iluminaban cada vez que hablaba de algo que la apasionaba. Era prima de Daniela por parte de madre, y compartían más de lo que ninguna de las dos admitía: la misma risa, la misma costumbre de inclinar la cabeza al escuchar.

Llegó al piso que Daniela y Marco compartían en Valencia un jueves por la tarde, con una maleta pequeña y unas ganas enormes de conocer la ciudad. Tenía un cuerpo lleno, de curvas marcadas, que llevaba con una seguridad que hacía girar cabezas sin pedirlo. Esa tarde vestía una blusa blanca ajustada y una falda vaquera hasta la rodilla, sandalias de cuero y unos pendientes de plata que le rozaban el cuello al moverse.

—Está todo precioso —dijo nada más entrar, dejando la maleta junto a la puerta—. Gracias por dejarme quedarme.

—Faltaría más —respondió Daniela, abrazándola—. La habitación de invitados es tuya estos tres días.

***

La primera noche cenaron los tres en el salón. Marco había preparado un risotto y Camila no tardó en deshacerse en elogios.

—No sabía que cocinabas tan bien —dijo, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano—. Esto está increíble.

—Es lo único que me relaja después del trabajo —contestó él, restándole importancia.

Daniela observó el intercambio con una punzada pequeña, casi imperceptible, en algún lugar del pecho. Posó la mano sobre la de Marco encima del mantel.

—Tengo la suerte de comer así casi todos los días —dijo, y enseguida desvió la conversación hacia el viaje que la pareja planeaba para el verano: una ruta por Italia y Grecia.

Funcionó a medias. Camila escuchaba, asentía, pero los ojos azules volvían una y otra vez a Marco, a la forma en que él gesticulaba al hablar, a su risa fácil.

***

El segundo día Daniela tenía que trabajar. Era correctora en una editorial pequeña y aquella semana cerraban un catálogo, así que dejó a Marco de guía improvisado. Él y Camila recorrieron la Ciudad de las Artes, se perdieron por el barrio del Carmen y terminaron la tarde en una terraza cerca de la plaza de la Virgen.

—Gracias por dedicarme el día —dijo Camila mientras removía el café—. Y por cuidar tan bien de mi prima. Eres especial, ¿lo sabías?

Marco se sintió halagado y un poco incómodo a partes iguales. Sonrió y se concentró en la taza.

—Tu prima es lo más importante que tengo. Haría cualquier cosa por ella.

Había un brillo en la mirada de Camila que él prefirió no nombrar. Mantuvo la charla en un terreno seguro, ligero, y cambió de tema en cuanto pudo.

***

El sábado amaneció despejado. Como cada semana, Daniela se levantó temprano para limpiar la moto de Marco. Todavía con el camisón corto con el que dormía, salió al garaje y empezó a enjabonar cada pieza con cuidado: el asiento, el manillar, las llantas. Sus manos se movían con una destreza practicada, eliminando cualquier rastro de polvo mientras el sol entraba de lado y el aire olía a jabón y a rocío.

Cuando terminó, secó el metal con una gamuza hasta dejarlo reluciente. Satisfecha, entró en la cocina a preparar el desayuno: café, tostadas, fruta cortada, zumo recién exprimido.

Camila apareció poco después, atraída por el aroma, despeinada y sonriente.

—Buenos días, prima —dijo estirándose—. Huele de maravilla. ¿Te ayudo?

—Pon la mesa mientras termino con esto —respondió Daniela, colocando las rebanadas doradas en un plato.

Marco llegó con el pelo revuelto y los ojos a medio abrir, y se encontró la mesa puesta y a las dos primas esperándolo.

—Menuda recepción —dijo, dejando escapar una risa baja—. ¿A qué debo el honor?

—A que te hemos preparado un desayuno de rey —contestó Camila con un gesto teatral.

Él se sentó, dio un sorbo al café y cerró los ojos un instante.

—Justo lo que necesitaba. Gracias, chicas.

Después del desayuno propuso enseñarle a Camila los alrededores. Ella levantó la mano como una niña en clase.

—Yo quiero ir en la moto. Siempre he querido saber qué se siente.

Daniela se encogió de hombros con una media sonrisa.

—Por mí, perfecto. Llévala tú, yo voy en metro. Así es más especial para ella.

Durante el trayecto, Camila se sujetó con fuerza a la cintura de Marco, más de lo que el camino exigía. Él lo notó y no dijo nada. Se reunieron luego los tres, comieron en un restaurante del centro y pasearon hasta media tarde, mientras Daniela les contaba la historia de cada plaza. En un momento se equivocó con una fecha.

—En realidad eso es del siglo XVII, no del XVIII —corrigió Marco con suavidad, y se ganó la atención de las dos.

Camila lo miraba como si cada palabra fuera un descubrimiento. De vuelta, volvió a abrazarse a él más de lo necesario, y Daniela, siguiéndolos en taxi, sonrió para sus adentros con una mezcla de orgullo y algo más espeso que no quiso examinar.

***

La última noche, Daniela preparó una cena de despedida. A los postres, Camila seguía con la misma admiración pegajosa hacia Marco.

—Eres tan bueno en tantas cosas —dijo, ladeando la cabeza—. Ojalá encuentre a alguien como tú.

A Daniela se le agotó la paciencia. Confiaba en Marco sin fisuras, pero los comentarios constantes habían ido limando algo.

—Cualquiera tendría suerte de encontrar a alguien que la cuide y la respete —dijo con un tono firme y amable a la vez—. Pero Marco es mío, y estoy muy agradecida por eso.

Camila captó el mensaje y suavizó la sonrisa.

—Claro, Dani. Estaba bromeando. Sabes lo que te quiero.

Marco intervino para aligerar el aire.

—Es un placer tenerte aquí, en serio. Pero Daniela y yo estamos muy bien, y eso no lo cambia nada.

Cuando la prima se retiró a su cuarto, la pareja se quedó un rato más en el salón, en silencio. Daniela apoyó la cabeza en el hombro de él.

—No puedo evitar sentir un poco de celos —admitió en voz baja—. Sé que no ha pasado nada. Pero sus comentarios me incomodan.

Marco le acarició el pelo.

—No tienes nada de qué preocuparte. Tú eres mi vida. Nada ni nadie cambia eso.

Ella suspiró, dejándose consolar.

—A veces me siento insegura, solo eso.

—Esa inseguridad también es parte de ti —dijo él, besándole la frente—. Y yo estoy aquí para recordarte cuánto te quiero.

***

Esa noche, antes de acostarse, llegó el momento que repetían cada sábado. Marco revisó la piel de Daniela con una atención minuciosa, buscando cualquier pelo que se hubiera escapado a la cuchilla. Era un ritual suyo, una rutina semanal que los dos habían convertido en otra forma de cercanía. Ella se había esmerado más que nunca esa semana, consciente de la exigencia de él.

La depilación era completa: brazos, piernas, axilas, ingles. Marco deslizó la mano por la piel desnuda, palpando despacio.

—Te has esforzado —murmuró con una sonrisa de aprobación, recorriendo con los dedos el último pliegue—. Estoy orgulloso de ti.

Daniela sonrió, aliviada por el reconocimiento.

—Quería que todo estuviera perfecto para ti.

—Y lo está —respondió él, acariciándole la mejilla—. Me gusta saber que te importa tanto.

Había algo en esa aprobación que a ella la encendía más que cualquier caricia. Le gustaba complacerlo, le gustaba el momento en que él la examinaba y la encontraba digna. Me hace sentir suya, pensó, y la idea la recorrió entera.

Marco bajó la cabeza entre sus muslos. Pasó la lengua por la piel lisa, sin prisa, y ella levantó las caderas para salir a su encuentro. Él alternaba: lamía despacio, después presionaba el pulgar contra el punto más sensible, después volvía a la lengua. Mordisqueaba con cuidado, succionaba, y volvía a empezar con un ritmo que ella podía anticipar y que justo por eso la desarmaba.

Daniela jadeó, se retorció bajo su boca. La tensión se le acumulaba en el vientre, subía. Marco deslizó dos dedos dentro de ella, entrando y saliendo mientras la lengua seguía su trabajo, y ella sintió que perdía el control. El orgasmo la sacudió de golpe; se aferró a las sábanas y dejó escapar un grito ahogado, consciente de que Camila dormía al otro lado del pasillo.

Pero Marco no había terminado. Le colocó una almohada bajo la cabeza, se incorporó y le sostuvo el rostro entre las manos.

—Abre —dijo, con voz baja.

Ella obedeció. Lo recibió en la boca y él empezó a moverse despacio al principio, después con más decisión. Daniela se concentró en respirar entre embate y embate, en aguantar, en complacerlo. Cada poco él se detenía y le permitía recuperar el aliento antes de retomar. Ella lo soportaba no como un sacrificio, sino como una entrega que cada vez le costaba menos reconocer como propia.

—Eres buenísima —murmuró él, y la palabra la atravesó como una corriente.

Marco se retiró un momento, la miró con los ojos oscurecidos.

—Date la vuelta.

Ella se puso boca abajo y él se colocó detrás. La penetró despacio, sujetándola por las caderas, y Daniela gimió contra la almohada mientras él empezaba a moverse, llenándola una y otra vez. Sintió luego el dedo de él buscando el otro camino, el que cada semana le ponía a prueba. Esa vez no hizo falta recordarle nada. No hubo queja.

Cuando él sustituyó el dedo, ella contuvo el aliento y se obligó a relajarse contra la presión, aunque el cuerpo le pedía resistir. Marco entró con paciencia, milímetro a milímetro, hasta el fondo, y se quedó quieto un instante dejándola acostumbrarse antes de empezar a moverse con una suavidad casi tierna.

Así estuvo un buen rato, marcando un ritmo lento que poco a poco fue ganando fuerza. Los gemidos de Daniela cambiaron de registro, se hicieron más altos, más difíciles de contener.

—Espera —jadeó ella—. Despacio…

—Tranquila, cielo —susurró él, acariciándole la espalda con una dulzura que la desarmaba—. Estoy contigo.

La dejó descansar un segundo y volvió, esta vez con más profundidad. Cuando llegó al límite, se retiró y se incorporó sobre ella. Daniela sintió el calor del final sobre su espalda, sobre la nuca, y se quedó quieta, rendida, disfrutando del peso de su propia entrega.

Después él se dejó caer a su lado y la atrajo hacia su pecho. Se quedaron abrazados, recuperando el aliento, en ese silencio espeso que solo existe cuando dos personas se conocen hasta el último rincón.

—No hay nadie como tú —dijo ella, con la voz pequeña.

—Lo sé —contestó él, besándole el pelo—. Ahora ve a ducharte. Te espero aquí.

Daniela sonrió contra su piel y obedeció, feliz, como obedecía cada cosa que él le pedía. En el espejo del baño se miró un instante: las mejillas encendidas, los ojos brillantes. Pensó en Camila, en sus celos de los últimos días, y casi le dio risa. Que admirara a Marco. Que lo deseara, incluso. Daba igual. Había una versión de él que solo ella conocía, una versión de sí misma que solo él sacaba a la luz, y eso no se lo iba a llevar nadie.

***

A la mañana siguiente se despidieron de Camila con abrazos y promesas de volver a verse pronto. Cuando la prima se alejó por el pasillo con su maleta, Daniela cerró la puerta y se apoyó en ella. Sintió alivio, sí, pero también una gratitud nueva.

—Gracias por entenderme estos días —le dijo a Marco.

—Siempre —respondió él, rodeándola por la cintura—. Pase lo que pase.

La visita los había puesto a prueba de una forma que ninguno había previsto. Y, contra todo pronóstico, los había dejado más unidos que antes.

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Comentarios (6)

Sofi_MR

Dios mio que relato, me quede pegada leyendo y no podia parar. 10/10!!!

TomásBA

La tensión con la prima al otro lado del pasillo le da un toque increible. Espero que haya segunda parte!

Roxana_mdp

Me recordó a una situacion parecida que me pasó de joven, ese miedo mezclado con las ganas... genial como lo contás

Carlitos_RA

Buenisimo. Los relatos de confesiones en primera persona son los que mas me gustan de todo el sitio.

Mariana_LP

Se me hizo cortisimo!! Quede con ganas de saber mas de ella, por favor seguí escribiendo

JuanPablo_ok

Ese detalle de la prima tan cerca le da una tension que te atrapa desde el principio. Muy bueno!!

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