Esa noche dejé de ser la chica tímida del grupo
La música golpea dentro de mi pecho como un segundo corazón. Bum, bum, bum. Lo siento en la garganta, en las sienes, en las yemas de los dedos. A mi lado, Bianca y Sofía tararean la canción que escapa de las puertas del Lux, moviéndose con una soltura que envidio. Llevo un vestido blanco, corto, con un escote que convierte mi pecho en una declaración de intenciones. Hoy no quiero ser yo. No quiero ser Noelia, la responsable, la que organiza las facturas y se va pronto a casa.
La cola avanza despacio y mis ojos van de cara en cara. Ríen, fuman, beben directamente de la botella. Hombres. Busco uno. Solo uno. Que sea guapo, que sea simpático, que me mire y no vea a la chica prudente de siempre, sino a la mujer que escondo bajo este cuerpo que esta noche he decidido soltar.
Esta mañana, frente al espejo, me he prometido una cosa: hoy no me voy a echar atrás. Llevo demasiados meses siendo la que recoge los vasos, la que pide el taxi a las dos, la que vuelve a casa sola mientras las demás se quedan. He ensayado esta versión de mí en mi cabeza tantas veces que casi me la creo. Casi. El estómago se me encoge cada vez que un grupo de chicos me mira al pasar, pero esta vez aprieto los dientes y aguanto la mirada en lugar de bajar la vista.
Por fin entramos. El calor es una bofetada húmeda. Mis amigas se abren paso hacia la pista como peces en el agua. Yo me quedo atrás y enfilo hacia la barra. Necesito un arma, un aliado líquido que me dé el último empujón.
El sitio huele a sudor, a perfume caro y a hielo derretido. Las luces barren la pista en franjas de color y, durante un instante, todo el mundo parece desconocido y posible a la vez. Me ajusto el escote, respiro hondo y avanzo entre los cuerpos. Nadie aquí sabe quién soy. Esa es justo la idea.
La barra está abarrotada y me cuesta llegar. Espero a que sirvan a una pareja que tengo delante y, en cuanto se apartan, me cuelo. Me aplasto contra la madera curva y mi pecho queda por encima, casi expuesto. El camarero no tarda en fijarse en mí. Bueno, en mi escote. Se acerca como hipnotizado y, por un instante, me pregunto cómo sería llevármelo a él. No, demasiado fácil. Me hace un gesto con las cejas, interrogándome.
—Ron con cola. Con mucho hielo —pido, y mi propia voz me suena distinta, más firme.
Mis amigas ya han desaparecido entre la masa sudorosa. Me giro con el vaso en la mano y el choque es inevitable. Un líquido frío me moja el brazo.
—¡Lo siento muchísimo! —La voz es grave, cercana.
Me vuelvo. Es alto. Castaño. Ojos claros que brillan bajo el neón. Una barba de varios días que le dibuja una sonrisa muy masculina. Lleva una camisa oscura con el primer botón desabrochado.
—No te oigo —miento, acercándome un poco. Lo he oído perfectamente.
Él se inclina y su aliento me roza el lóbulo de la oreja. Un escalofrío me recorre la espalda entera.
—He dicho que lo siento. Déjame invitarte a una copa para compensarte —dice. Sus ojos bajan hasta mi vaso medio vacío, pero se entretienen más tiempo del necesario en mi escote.
—No te preocupes, tenemos toda la noche por delante —respondo, desafiante, sosteniéndole la mirada—. Pero te acepto la siguiente.
Se llama Adrián. Tiene treinta años y una sonrisa que desarma. Nos acomodamos en un hueco de la barra y hablamos. De dónde somos, de con quién hemos venido —él con unos amigos que ha perdido de vista—, de la música. Su mano roza mi brazo de vez en cuando, y cada contacto enciende algo que sube desde mis piernas hasta el vientre.
Me sorprende lo fácil que resulta. No tengo que fingir ingenio ni reírme de chistes que no me hacen gracia. Él me escucha, se inclina para no perder ni una palabra entre el estruendo, y cuando hablo se queda mirándome la boca de una forma que me acelera el pulso. Cada vez que se aparta para coger su copa, deja un hueco de aire frío entre los dos que me dan ganas de volver a llenar. Descubro que me gusta sentirme deseada así, sin disculpas, sin medirlo todo.
Veo a Bianca observándome desde la pista con los ojos como platos. Le sonrío y le hago un gesto casi imperceptible: vamos bien. Ella me guiña un ojo y se vuelve, dejándome con mi presa.
Termino mi cubata. Él, el suyo.
—¿Un chupito? —propone, y no es una pregunta, es una invitación al abismo.
—¿Por qué no? —asiento.
Los vasitos llegan con un líquido ámbar. El tequila quema al bajar, pero quema más la mirada de Adrián.
—¿Tienes novio, Noelia? —pregunta, acercándose tanto que su barba me raspa la mejilla.
Niego con la cabeza, sin voz. Su mano se posa en mi espalda desnuda. Un contacto eléctrico, posesivo, que me recorre despacio.
Sigue hablando, pero soy incapaz de escucharlo. Solo veo sus labios moverse, tan carnosos. Sin pensarlo, lo cojo del cuello con suavidad y lo acerco a mí sin apartar la vista de su boca. Lo beso. Él me devuelve el beso, y entonces me lanzo sobre él como si llevara semanas conteniéndome. No para de buscarme.
La música, el alcohol, su cercanía… todo me transforma.
—Vamos a algún sitio donde podamos estar solos —murmuro contra sus labios.
—Tengo el coche aquí al lado.
—Vale. Pero déjame hacer una cosa antes —digo, y mi voz es apenas un hilo ronco—. Va a ser una sorpresa.
***
Su respiración se acelera. Sin mediar palabra, me coge de la mano. Salimos del calor sofocante a la brisa fría de la calle. Sin saber muy bien por qué, llevo en la otra mano el vasito vacío del chupito. Adrián me mira extrañado, pero no dice nada.
El aire de la calle me despeja apenas un segundo, lo justo para oír la voz prudente de siempre que me pregunta qué demonios estoy haciendo. La hago callar. Esta noche no manda ella. Aprieto el vasito vacío entre los dedos como si fuera un amuleto, como si llevarlo conmigo fuera la prueba de que de verdad me atrevo.
Giramos en la esquina. No hay nadie. Caminamos unos metros mientras él no deja de acariciarme el culo por encima del vestido. Nos detenemos frente a un Volkswagen Golf oscuro. Me besa otra vez contra el capó, y noto un bulto duro presionando entre sus piernas. Abre la puerta trasera. Los cristales son tintados; desde fuera no se ve nada. Nos colamos dentro. El espacio es íntimo, cerrado, nuestro. Nadie puede vernos.
Me subo a horcajadas sobre él, sobre sus muslos firmes. El vestido blanco se recoge aún más y mis piernas quedan al aire. Nuestras bocas se encuentran con una urgencia casi animal. Su lengua busca la mía, sus manos agarran mis caderas, suben por mis muslos y se detienen en mi culo, apretándome contra él. Siento su erección a través del pantalón. Jadeo en su boca.
Con dedos torpes pero decididos, me bajo una tira del vestido. El escote cede y mi pecho queda descubierto, la piel erizada por el aire frío y por la expectación. Él agacha la cabeza y su boca caliente envuelve mi pezón. Lo lame despacio, lo succiona. El placer me atraviesa de arriba abajo. Gimo sin poder evitarlo.
—Quiero chupártela —le digo, y la crudeza de mis propias palabras me enciende todavía más.
Él se desabrocha el pantalón. Su polla ya está dura, gruesa, lista. Me bajo de encima y me coloco a su lado en el asiento. Me inclino sobre él, rozándolo apenas con los labios.
Empiezo lamiendo la punta, suave, explorando su textura. Él suelta un gemido ronco y echa la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas. Verlo así, rendido a lo que le hago, me da un poder que no sabía que tenía. Yo, que apenas una hora antes no me atrevía ni a mirar a un desconocido a los ojos.
—Así… —suspira, y su mano busca mi nuca, no para empujar, solo para sentir el movimiento.
Poco a poco lo voy metiendo en mi boca. Despacio al principio, luego con más confianza, más intensidad. Subo y bajo cada vez más rápido. Su sabor se vuelve más fuerte, como si estuviera cerca.
—Me pone sentir cómo me llenas la boca, notar tu sabor —murmuro, y la vibración de mi voz lo hace estremecerse entero.
—Me voy a correr, Noelia —avisa, con la voz tensa de placer.
Es el momento.
—Quiero que te corras en el vaso —le digo, separándome un instante y enseñándole el pequeño vasito de chupito—. Quiero bebérmelo.
Abre los ojos de par en par, una mezcla de sorpresa y excitación absoluta.
—Joder… —jadea—. No paras de sorprenderme. Sigue. Más.
Vuelvo a mi tarea, lamiendo y succionando con una intensidad que nos arrastra a los dos al límite. Justo cuando noto que está a punto, se aparta de mi boca. Se masturba con la mano, rápido, y el primer chorro blanco y espeso sale disparado. Al instante coloco el vasito bajo la punta.
Él gime, sacudido por los espasmos, mirando cómo va llenando el pequeño recipiente transparente. Yo lo observo hipnotizada, admirando su entrega total.
Cuando termina, en el silencio jadeante del coche, me llevo el vaso a los labios. Sin apartar la mirada de él, bebo. Un trago salado, intenso, victorioso.
Adrián me mira fascinado, con una admiración que vale más que cualquier piropo. Todavía respira de forma irregular y no parece capaz de articular nada coherente.
—Eres increíble —susurra al fin.
Me coloco la tira del vestido sobre el hombro, recompongo el escote y le sostengo la mirada con una calma nueva, como si lo de esta noche lo hiciera cada fin de semana. Dejo el vasito vacío en el hueco de la puerta, mi pequeño trofeo, y por un segundo me cuesta reconocer a la mujer que ve mi reflejo en el cristal tintado.
Y yo, Noelia, la tímida, la responsable, la que siempre vuelve pronto a casa, por fin me siento una leona.