Lo que pasó con Renata en el turno de la madrugada
Hace bastante que no me animaba a escribir, pero lo que pasó con Renata aquella madrugada en el trabajo me quedó dando vueltas tantos días que decidí contarlo acá. Si alguien busca confesiones reales, esta es una. Sin maquillaje, sin nombres reales, pero todo lo demás tal cual pasó.
Renata y yo somos pareja desde hace casi tres años. Por una coincidencia laboral terminamos en la misma empresa, ella en soporte y yo en supervisión de operaciones. Cuando había turnos nocturnos largos nos pedían quedarnos juntos para coordinar a un equipo externo que venía a hacer mantenimiento. Esa noche éramos los dos contra el reloj y cuatro técnicos trabajando en el primer piso.
Cerca de medianoche le hice una seña para subir un momento a la cocina del segundo piso. Es un cuartito chico, con una mesada en forma de L, una nevera vieja y una ventana que da a la calle. A esa hora no se ve nada desde afuera salvo que enciendas la luz, así que casi nunca la prendemos.
Nos sentamos a comer algo que ella había traído de casa: empanadas frías y café de la máquina. Renata estaba apoyada en una silla y yo de pie a su lado, contándole alguna pavada del trabajo, cuando me di cuenta de cómo me miraba. Esa mirada de ella la conozco hace tiempo. Cuando me mira así, ya no estamos hablando de empanadas.
—¿Te animás? —me preguntó bajito, sin sacarme los ojos de encima.
No le contesté. Me bajé el cierre del pantalón y me saqué la verga, despacio, sin dejar de mirar hacia la puerta. Ella entendió enseguida. Abrió la boca y se la llevó entera, sin dudar un segundo, como si llevara horas esperando ese gesto.
Fue corta pero intensa. Renata sabe lo que hace. Tiene una manera de pasarme la lengua por la base, de tirar hacia atrás y mirarme desde abajo con los labios mojados, que me deja sin aire. Yo, mientras tanto, estaba pendiente de cualquier ruido en la escalera. Cualquier paso, cualquier voz, y se acababa todo.
Duró apenas tres o cuatro minutos. Le pasé el pulgar por el labio inferior, ella me sonrió y me subí el pantalón antes de que se enfriara más el café. Bajamos de vuelta como si nada, pero yo ya tenía el cuerpo encendido y ella lo sabía perfectamente.
No iba a poder concentrarme en otra cosa el resto de la noche.
El trabajo lo terminamos cerca de las dos de la mañana. Los técnicos empezaron a juntar sus cosas y a pedir cada uno su Uber. Solo quedaba el coordinador del equipo externo esperando que llegara el suyo. Yo, en lugar de pedir el nuestro como hacíamos siempre, hice tiempo. Abrí la app, fingí que el GPS no me reconocía la dirección, fingí que el viaje se cancelaba solo. Cualquier excusa con tal de que él se fuera primero.
Cuando por fin se asomaron las luces del último auto y el coordinador bajó las escaleras, miré a Renata. Estaba apoyada en el escritorio, los ojos a medio cerrar, el pelo recogido en una cola alta y unas ojeras que la hacían ver todavía más linda.
—Subamos un café antes de pedirlo —le dije.
Ella levantó una ceja.
—¿Café? —preguntó.
—Café —repetí.
Subimos. Y los dos sabíamos que el café no tenía nada que ver.
***
Renata iba delante mío en la escalera. Llevaba un pantalón deportivo gris que se le pegaba en las nalgas con cada escalón, y yo iba detrás midiendo el tiempo entre paso y paso para no apoyarle la cara ahí mismo. Ese culo de Renata, redondo y firme, me hace perder la cabeza desde el primer día. Hay madrugadas en las que me quedo despierto imaginando que le abro las nalgas y le meto la lengua entre ellas hasta el fondo.
Entramos en la cocina, cerré la puerta detrás nuestro y apagué la luz que ella había encendido por reflejo. La poca claridad que entraba de la calle nos alcanzaba para vernos sin delatarnos.
Nos pegamos contra la mesada y empezamos a besarnos como si fuera la primera vez. Mis manos se metieron bajo la cinturilla de su pantalón y le agarré las nalgas, una en cada mano, sintiendo la piel suave, tibia, mientras le mordía el labio inferior. Ella me clavó la palma sobre el pantalón, justo encima del bulto, y empezó a apretarme despacio por arriba de la tela.
Me bajé el pantalón y el bóxer hasta las rodillas. Renata me tomó la verga con las dos manos y me hizo una paja lenta, mirándome a los ojos, mientras yo seguía besándola. Bajé una de mis manos por adelante de su pantalón, le encontré la entrada y le metí dos dedos entre los labios mojados.
Estaba empapada. Me deslicé entre sus pliegues de arriba a abajo, sintiendo cómo se me humedecían los dedos, y después me los acerqué a la nariz. Ese aroma me termina. Lo respiré despacio, una vez, dos veces, y le di un beso largo mientras le apoyaba los dedos en la mejilla.
Me agaché frente a ella. Le bajé el pantalón y la pantaleta de un tirón, le saqué una zapatilla para poder liberar una pierna entera y le abrí los muslos como me gusta. Acerqué la boca despacio y le pasé la lengua de punta a punta sin tocarle el clítoris todavía. La quería desesperar primero.
Renata se aferró al borde de la mesada y se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido. Cuando le rocé el clítoris con la lengua arrugó la cara y se le escapó un suspiro corto. Yo no levantaba la vista. Le succionaba los labios, le hundía la lengua, le mordía suave la cara interna del muslo. Le subía y le bajaba el ritmo a propósito. Justo cuando creía que se venía, la dejaba a la deriva.
Después la giré. La apoyé contra el respaldo de una silla de madera, las nalgas hacia mí, y le separé las piernas. Le abrí las nalgas con los pulgares y le pasé la lengua entre ellas, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le besé el ano, le bajé hasta el sexo, le subí otra vez. Cada vuelta era una vuelta más larga. Renata apoyó la frente contra la silla y dejó escapar un quejido que casi se traga ella misma.
Cuando ya no podía aguantar más, me puse de pie. Le di vuelta otra vez, le agarré la cara con una mano y le pasé el pulgar por los labios. Ella se arrodilló sin que se lo pidiera. Me tomó la verga, se la llevó a la boca y la metió hasta el fondo.
Le sujeté la cabeza por los pómulos, sin apretar de más, y empecé a moverle las caderas hacia adelante y atrás. Sentía la saliva, la lengua plana contra el costado, los dientes apenas rozándome. Cada vez que me la sacaba para tomar aire, ella me miraba desde abajo con los ojos brillantes y se la volvía a meter sola. Ese gesto me mata.
La paré. La llevé a la silla, la apoyé encima por los antebrazos, con el culo bien levantado hacia mí. Le abrí un poco las piernas, dejé que la punta de mi verga se paseara entre sus nalgas hasta encontrar la entrada de su sexo y, sin avisarle, empujé.
Entró toda de una. Renata clavó las uñas en el respaldo de la silla. Empecé despacio, marcando un ritmo lento, hasta que el ruido de la piel chocando contra la piel empezó a sonar más de la cuenta para ese cuartito. Me apretaba por dentro como me aprieta cuando está por venirse, y yo no estaba mucho mejor.
Cuando sentí que la cosa se iba a terminar antes de tiempo, me la saqué. Renata protestó por lo bajo. Le hice un gesto para que se diera vuelta, se sentara en el borde de la mesada y abriera las piernas hacia mí.
Me acomodé entre sus muslos, me llevé la verga a la mano y se la metí otra vez, despacio. Cuando la tuve adentro, hasta el fondo, me acerqué a su cara. Nos besamos sin parar de movernos. Cada embestida era una mezcla de jadeos que terminaban metidos en mi boca. Le mordía el labio, ella me mordía el cuello. Sentía cómo se le contraía el sexo alrededor de mi verga cada vez que apretaba más fuerte el ritmo.
Mi verga empezó a latir distinto. Esa pulsación que conozco perfecto. Me la saqué y di un paso atrás.
Renata bajó al piso sin que se lo pidiera. Se arrodilló frente a mí, abrió la boca y se quedó mirándome con los labios apenas separados, esperando. Le metí la verga adentro y me vine en cada pulsación, sintiendo cómo ella apretaba los labios alrededor para que no se escapara nada.
Cuando terminé, ella todavía no había tragado. Me agaché y la besé en la boca, sintiendo el sabor mezclado con su saliva. Hay algo en eso que no me cansa nunca. Después tragó, me dio un último beso corto y se rió en silencio. La frente le brillaba.
Nos vestimos despacio, con la respiración todavía entrecortada. Le pasé la mano por el pelo y le acomodé un mechón detrás de la oreja. Ella me abrochó el cinturón porque yo lo había hecho mal. Recién entonces abrí la app y pedí el Uber. Esta vez sin trampas, sin demoras.
Mientras esperábamos abajo, sentados en el cordón de la vereda, Renata me apoyó la cabeza en el hombro y se quedó callada. No nos hizo falta hablar. A veces el sexo más rico es el que no debería haber pasado, el que se cuela en lugares donde no toca, en horarios donde no toca, con la puerta apenas cerrada y el corazón en la garganta.
Con Renata, cada turno nocturno se convierte en una excusa para algo así. Y si me preguntan, no quiero que se termine nunca. Ya habrá próxima. Siempre la hay. Y cuando pase, vuelvo por acá a contarla.