Conseguí el puesto de una forma que jamás confesé
Acababa de terminar mis estudios y no tenía nada de experiencia, pero de algún modo había que empezar. Esto que voy a contar fue parte de mi entrada al mundo laboral, y nunca se lo confesé a nadie hasta hoy.
Una tarde llamé a una empresa para preguntar si tenían vacantes. Me dijeron que sí, que buscaban una secretaria de gerencia responsable, porque habían pasado varias chicas y ninguna duraba en el cargo. Pedí una entrevista y me citaron para el lunes siguiente a las nueve de la mañana.
El corazón me latía a mil cuando colgué. Esa misma noche armé mi currículum y dejé preparada la ropa: una blusa de botones algo corta y con el escote un poco más abierto de lo prudente, una tanga de encaje y unas zapatillas altas. No era inocente lo que estaba planeando, aunque todavía no me lo admitía a mí misma del todo.
Llegó el día. Me arreglé con calma y manejé hasta la zona industrial donde estaba la empresa. Era un sector con poco movimiento de gente, así que dejé el auto un par de cuadras antes y caminé el resto.
Estaba nerviosa, pero también inquieta de una manera que no terminaba de entender. Mientras avanzaba por la vereda, cada camión que pasaba traía un silbido del chofer y algún grito que no alcanzaba a descifrar. Imaginaba lo morbosos que serían y, en lugar de incomodarme, me caminé más despacio.
***
La recepción daba directo a una oficina amplia. Un hombre estaba de espaldas, frente a la computadora, tecleando con prisa.
—Buenos días —dije.
—Buenos días, señorita. Tome asiento, la atiendo enseguida —respondió sin darse vuelta.
Eso me dio tiempo de acomodarme. Me senté, crucé las piernas despacio y aproveché para mirarlo. No era el viejo que había imaginado: tendría unos cincuenta años, a lo sumo. Cuando por fin giró la silla, casi se le cae la mandíbula al verme.
—Disculpe, tenía que enviar unos correos urgentes —se excusó, recomponiéndose—. Dígame, ¿viene por el cargo de secretaria?
—Sí, sí. Aquí tiene mi currículum.
Al abrir la carpeta sobre las rodillas, noté que su mirada bajó un segundo hacia el triángulo oscuro del encaje que asomaba bajo la falda. Me demoré a propósito buscando la hoja, fingiendo que los nervios me trababan los dedos.
—Tome, aquí está.
Él seguía como en shock. No atinaba a estirar la mano, así que tuve que acercarme yo, inclinándome hacia adelante más de lo necesario. Aproveché el gesto para que viera el escote, y para que comprobara que no llevaba sostén debajo de la blusa.
Hizo como que leía mientras me miraba de reojo. Yo paseaba la vista por la oficina con cara de no entender nada, sin darme por enterada de que tenía las piernas apenas separadas y de que, desde su silla, alcanzaba a ver bastante más de lo que correspondía.
—Aquí dice que no tiene experiencia como secretaria de gerencia.
—No, no tengo. Pero aprendo muy rápido.
—¿Segura? Aquí hay mucho trabajo.
—Sí, señor. Yo hago lo que sea.
—¿Lo que sea? —repitió, y algo cambió en su tono.
—Lo que usted me diga. Estoy dispuesta a todo. Muéstreme qué hay que hacer.
—A ver, acompáñeme.
Ya controla la situación, pensé, y le encanta creer que yo no me doy cuenta de nada. Era justo el papel que quería interpretar.
***
Me llevó hasta un rincón donde había una fotocopiadora. Me preguntó si sabía usarla. Le dije que no, pero que aprendería si él me enseñaba.
—Bien —dijo—. Párese acá.
Me coloqué frente a la máquina y él se ubicó detrás de mí, tan cerca que sentía su respiración en la nuca mientras me explicaba cada botón. Su voz se había vuelto más grave, más lenta, como si le costara concentrarse en las indicaciones. Yo apoyaba la cadera contra el borde de la fotocopiadora y, cada vez que me señalaba algo en el panel, dejaba que su brazo me rozara.
El zumbido de la máquina llenaba el silencio entre cada frase. Olía a tóner caliente y a su colonia, una mezcla extraña que de algún modo me ponía más nerviosa. Cuando la hice funcionar, giré apenas la cabeza.
—¿Ve que aprendo rápido?
—Muy bien. Ahora venga por acá.
Me condujo a otra zona, donde se apilaban archivadores y cajas de cartón.
—Aquí hay que ordenar todos estos papeles y archivarlos donde corresponda. Esas cajas del piso también.
—¿Todas estas? —pregunté, y me agaché a propósito sin doblar las rodillas, segura de que desde donde estaba podía verme entera—. Uy, cuántos papeles.
Me mantuve así un instante de más antes de enderezarme. Cuando me di vuelta, lo miré directo y se le marcaba el bulto en el pantalón. Me hice la que no veía nada.
—¿Y qué más? —pregunté con voz suave.
—Volvamos a la entrevista —dijo, carraspeando—. Tome asiento. ¿Quiere un café? Esta vez se lo preparo yo, pero las próximas tendrá que servírmelo usted, si es que se queda en el puesto.
—Ay, gracias. Y claro que quiero el puesto.
***
Mientras él trasteaba con la cafetera, volví a mirarle la entrepierna. La tenía durísima. Yo ya estaba inquieta, deseando que dejara de fingir y me tomara de una vez, pero todavía me divertía sostener el personaje de chica ingenua.
—Aquí tiene su café.
—Muchas gracias.
Y entonces, como sin querer, dejé que la taza se inclinara y el café me cayó sobre la blusa.
—¡Ay, me quemé! Estaba muy caliente —me paré de golpe y me levanté la tela para «secarme», dejando a la vista mucho más de lo que cualquier mancha justificaba.
Lo miré. Tenía la boca abierta. Le pedí permiso para usar el baño y me dijo que pasara.
***
Frente al espejo me vi sexy, descarada, justo como quería verme. Tenía las mejillas encendidas y la respiración un poco agitada, y me sorprendió comprobar hasta dónde estaba dispuesta a llegar con tal de seguir el juego. La ropa había sido una elección perfecta. De lo caliente que estaba, decidí quitarme la tanga y guardarla en el bolso, y al rozarme noté que ya estaba húmeda. Sequé la blusa lo mejor que pude, me acomodé el pelo, respiré hondo y volví a la oficina, donde me senté de nuevo frente a él como si nada hubiera pasado.
—Perdone, señor. Me quemé al tomar la taza y por eso me manché.
—No se preocupe, habrá sido culpa mía por hacerlo tan caliente. ¿Quiere otro?
—No, gracias. Mire cómo me quedó la ropa. Y la tanga quedó peor; tuve que guardarla en el bolso —dije, sonriendo apenas, mordiéndome el labio.
Los ojos casi se le salen.
—¿Cómo? ¿Se quitó la tanga y está sin nada debajo?
—Sí, señor. Es que no traje otra.
—Pero, niña, con esa blusa tan corta se le va a ver todo.
—¿Qué tiene de malo mi blusa?
—Mala no es. Pero es algo corta, y podría verse ese cuerpo precioso que tiene.
—¿Usted cree que es muy cortita? Si quiere, mañana vengo a trabajar con algo más largo.
—No, a mí me encanta la ropa así. Solo que, si anda por la calle sin nada debajo, todos van a notar lo provocadora que es.
—A ver, dígame usted mismo si se me nota mucho.
Me puse de pie y caminé contoneándome de un lado al otro de la oficina. Él me seguía con una mirada cargada de deseo. Imaginaba la dureza que tendría en ese momento, aunque el escritorio me la tapaba.
—La verdad, así parada no se ve nada. Pero si se agacha, seguro que sí.
—¿Usted cree? A ver, dígame si se ve o no.
Me di vuelta y me agaché sin doblar las rodillas.
—¿Se me ve o no?
—Es que estoy lejos, desde aquí no alcanzo. Déjeme acercarme.
***
Me quedé en esa posición. Lo escuché levantarse y rodear el escritorio, sus pasos acercándose despacio hasta que sentí su presencia justo detrás de mí.
—Sí que se ve —murmuró—. Y qué rico todo lo que se ve.
Su mano subió bajo el borde de la blusa.
—Ay, señor, ¿qué me está haciendo? Mmm, qué rico.
Me acariciaba sin prisa mientras yo seguía agachada, disfrutando cada centímetro que recorrían sus dedos. Después lo sentí inclinarse más, su aliento entre mis muslos, y para entonces yo ya estaba completamente mojada.
—Uy, se siente tan rico lo que me hace ahí, ah, ah.
Se enderezó, me dio un par de palmadas en las nalgas que me arrancaron un gemido, y oí el sonido de su cinturón soltándose. Un segundo después entró en mí de una sola vez, hasta el fondo.
—Ay, señor, ¿esto también es parte del trabajo? ¿Lo haremos todos los días? Porque si es así, acepto encantada.
—Sí —dijo, agarrándome de la cintura—. Todas las mañanas, porque está demasiado guapa para dejarla ir.
—Sí, sí, así, siga, más fuerte, hasta el fondo, ah, ah.
No pasó mucho hasta que llegué al primer orgasmo, con las dos manos apoyadas en el borde del escritorio y los papeles que tenía que archivar desparramándose por el piso. Él seguía moviéndose sin pausa, y a mí ya no me importaba si alguien del pasillo escuchaba. Solo cuando lo sentí hincharse y soltarse dentro de mí, con un gruñido ronco contra mi espalda, volví a acabar por segunda vez.
***
Después él se metió al baño, y yo aproveché para acomodarme la ropa, recoger el bolso y salir sin hacer ruido. Me fui de aquella oficina y nunca más supe nada de él. Ni siquiera llegué a saber si el puesto era mío.
Lo único que me quedó fue esto que ahora confieso: que mi primera entrevista de trabajo no se pareció en nada a la que había planeado, y que jamás me arrepentí. Nunca se sabe qué va a pasar al cruzar una puerta. Solo hay que estar abierta a lo que venga.