El último día en casa de mis caseros
Me desperté cerca de las seis de la mañana por un ruido apagado que venía del fondo del pasillo. No era un ruido cualquiera. Era un crujido rítmico de somier, una respiración entrecortada, un murmullo que reconocí enseguida aunque hasta esa madrugada nunca lo había oído de verdad. Llevaba apenas dos días alojado en esa casa, hospedado con una pareja que me alquilaba la habitación de invitados mientras yo terminaba el primer curso de la universidad, y todavía me costaba creer lo que estaba a punto de descubrir.
Salí de la cama sin pensarlo. Dormía desnudo desde la noche anterior, porque ellos me habían dicho entre risas que en esa casa nadie se andaba con vergüenzas, y caminé descalzo por el pasillo con el corazón golpeándome el pecho. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. Una franja de luz gris se colaba por la ventana y caía justo sobre la cama.
Y ahí estaban.
Marcos tendido boca arriba, y Elena encima de él, montándolo con una intensidad que me cortó la respiración. Los dos desnudos, brillantes de sudor, completamente entregados. Ella se movía despacio y luego rápido, arqueando la espalda, dejándose caer una y otra vez sobre él. Me quedé clavado en el umbral, sin saber si retroceder o quedarme. Y me quedé.
No sé cuánto tiempo estuve mirando. Lo bastante para que mi propia excitación me delatara, dura y evidente, mientras me acariciaba sin darme cuenta de que lo hacía. Me acerqué a la cama por el costado, como atraído por algo más fuerte que la prudencia. Elena giró la cabeza, me miró sin sobresaltarse y, con una mano, me indicó que me agachara hacia ella.
La besé. Nuestras lenguas se encontraron en un beso largo, profundo, que no tenía nada de tímido. Marcos, sin dejar de moverse debajo de ella, alargó el brazo y me tomó con la mano, acariciándome despacio mientras ella seguía cabalgándolo. Yo nunca había sentido nada parecido. Era una mezcla de deseo, de asombro y de una calma extraña, como si todo aquello fuera lo más natural del mundo.
—Ponte aquí —me dijo Marcos en voz baja, señalándome un lugar sobre la cama—. Para que Elena no tenga que soltar tu boca.
Obedecí. Me coloqué de manera que pudiera seguir besándola mientras le sostenía los pechos con las manos. Se los acaricié despacio y noté cómo se endurecían bajo mis dedos. Ella gemía contra mi boca, y ese sonido me volvía loco.
***
En algún momento Marcos dijo que no aguantaba más en esa posición, y nos intercambiamos sin prisa, como si lo hubiéramos ensayado mil veces. Elena se tendió de espaldas y yo me coloqué sobre ella. La penetré con cuidado, hundiéndome despacio, y descubrí un placer nuevo, distinto a todo lo que había conocido en mis pocas experiencias anteriores. La movía con calma, sin apuro, mientras ella me acariciaba la cara y me besaba.
—Así, sigue así —me susurraba al oído—. Me das un gusto enorme.
Marcos se había recostado junto a nosotros y me rozaba la espalda con la punta de los dedos, mirándonos con una sonrisa tranquila. Cuando se cansó de mirar, propuso que cambiáramos otra vez. Elena se puso encima de mí, y mientras ella me montaba, Marcos se acomodó detrás de ella. La oí contener el aire y luego soltarlo en un gemido largo cuando él la penetró por detrás. Elena se apretó contra mi pecho, atrapada entre los dos, y así estuvimos un rato que se me hizo eterno y a la vez corto.
Sentí que ya no podía contenerme. Me corrí dentro de ella con una intensidad que me dejó temblando. Nos separamos despacio, y Marcos siguió un rato más hasta terminar él también, los dos con la respiración rota y las piernas flojas.
Quedamos los tres tendidos sobre la cama, enredados, el techo dando vueltas sobre nuestras cabezas.
—¿Y bien? —preguntó Elena, apoyando la barbilla en mi pecho—. ¿Te ha gustado?
—Más de lo que puedo explicar —contesté, y era verdad—. Estos dos días me han despertado unas ganas de repetir que no sabía que tenía dentro.
—A nosotros también —dijeron casi a la vez, y los tres nos reímos.
***
Nos levantamos y nos duchamos juntos, los tres apretados en el cuarto de baño, enjabonándonos las espaldas y los hombros entre bromas. Había algo tan sencillo en ese gesto, tan poco solemne, que me hizo sentir parte de algo. Una vez secos, pasamos a la cocina a desayunar. El café, las tostadas, la luz de la mañana entrando por la ventana.
—Jamás habría imaginado algo así —les dije con la taza entre las manos—. Nunca me había sentido tan ligero. Tan feliz, de verdad.
Marcos me dio una palmada en el hombro y Elena me guiñó un ojo. Me vestí, recogí mis cosas y partí hacia la facultad, no sin antes darles las gracias y un beso a cada uno.
En el trayecto no paré de pensar en la suerte que había tenido al dar con esa casa, con esa gente. Iba por la calle con una sonrisa boba, y cuando llegué al aula saludé a mis compañeros con una alegría que no era nada habitual en mí, un chico más bien callado y reservado.
—¿Qué te pasa? —me preguntó uno—. Estás raro, vienes contentísimo.
—He recibido una buena noticia —mentí a medias—. Me ha cambiado el ánimo.
Llegó el profesor de química y empezó su clase. Y por primera vez en mucho tiempo, lo entendí todo. La materia, que el día anterior me había parecido un muro impenetrable mientras mi cabeza vagaba en otra parte, de pronto tenía sentido. No me perdí ni una sola explicación. Incluso me atreví a levantar la mano y preguntar una duda.
—Muy bien —dijo el profesor, satisfecho—. Tomad nota y haced como vuestro compañero: cuando os surja una duda, preguntad. Así me marcho contento de que estáis atentos.
Me sentí orgulloso de mí mismo, como hacía meses que no me pasaba.
***
Terminadas las clases, volví a la casa regocijándome con todo lo vivido, y se me notaba el cuerpo despierto solo de recordarlo. La mesa estaba puesta, como cada día. Nos sentamos a comer y me preguntaron cómo me había ido la jornada.
—Muy bien —contesté—. He estado relajado, he entendido todo. Estoy contento.
—Nos alegra —dijo Marcos—. Se nota cuando uno se quita el peso de encima.
Terminamos de comer y pasé al dormitorio a estudiar con unas ganas que no recordaba tener. Subrayé apuntes, hice ejercicios, releí lo de la mañana. A eso de las seis de la tarde, Elena me llamó desde el salón.
—¿Sales a merendar?
Salí y la encontré sola. Le pregunté por Marcos.
—Tiene cita en el taller para la revisión del coche —dijo—. No vuelve hasta las ocho.
Estaba en bata, todavía con el cuerpo tibio de haber tomado el sol en la terraza. Se acercó a mí con esa naturalidad suya que ya empezaba a conocer.
—¿Te apetece que hagamos algo para entretenernos? —preguntó.
—Por supuesto —respondí, y noté que la voz me salía más ronca de lo normal—. Estoy a tu disposición.
Me tomó de la mano y me llevó al sofá, donde ya había extendido una toalla. Me di cuenta entonces de que me había estado esperando. Nos sentamos y, despacio, deslicé la mano por debajo de su bata buscando sus pechos. Ella se dejó hacer y me habló al oído con un susurro cálido.
—Qué suerte que dieras con nosotros —me dijo—. Te estamos abriendo a cosas que por vergüenza ni te imaginabas, y que nos hacen bien a todos.
Asentí sin palabras. Le acariciaba los pechos mientras le comía la boca, encantado, completamente excitado. Ella lo notó y deslizó la mano por encima de mi pantalón corto. Yo había aprendido de ellos y no llevaba nada debajo. Me acarició con suavidad, sin apretar, hasta que no pude más, me levanté y me desabroché el pantalón, que cayó hasta mis pies.
Quedé a la altura de su boca. Ella se inclinó y me tomó con los labios, despacio, jugando, deteniéndose, recorriéndome con la lengua mientras con una mano me acariciaba y con la otra exploraba más abajo, atrevida. Yo temblaba de pura anticipación.
—¿Quieres que te haga el amor? —le pregunté con la voz entrecortada.
—Lo estoy deseando —contestó, y se tendió en el sofá.
Me coloqué sobre ella y la penetré despacio, hasta el fondo, entrando y saliendo sin prisa pero sin pausa. Fue el mejor de los placeres. Ella me mordisqueaba el cuello y yo me estremecía con cada movimiento. Seguimos así hasta que la sentí tensarse, arquearse y deshacerse en un orgasmo largo que la recorrió de pies a cabeza.
Me incliné sobre ella y la besé despacio, recuperando el aliento de los dos. Yo todavía no había terminado, así que ella me hizo volver, tomándome de nuevo con la boca, hasta que me corrí y se quedó quieta, abrazada a mi cintura.
***
Nos tendimos en el sofá, enredados, mientras la tarde se apagaba detrás de las cortinas. Recordé unos versos que había leído de chico y se los recité en voz baja, casi al oído:
«Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar, sin bridas y sin estribos.»
Elena sonrió y me acarició el pelo. No hizo falta decir nada más.
Así termina lo que de verdad quería contar. Los días siguieron sucediéndose, las clases, los exámenes, las cenas de los tres, las tardes que se alargaban. Aprobé el curso con una nota que no esperaba. Pero lo importante no fueron las notas. Fue que aquella casa, y aquella pareja, me cambiaron por dentro. Me volví más seguro, más abierto, más capaz de mirar a la gente a los ojos. Descubrí mi sexualidad plena justo cuando creía que la timidez iba a definirme para siempre.
Espero que os haya gustado leer esta confesión tanto como a mí me ha gustado recordarla. Gracias por llegar hasta el final.