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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquella barbacoa nunca lo conté

—Tío, voy a montar una barbacoa en mi casa este viernes. Te apuntas, ¿no? —me soltó Darío por teléfono, con esa voz de quien ya da por hecho la respuesta.

—Por supuesto, ya sabes que yo no fallo —le contesté, y era verdad. Ese plan siempre me ha gustado.

Darío y yo nos conocemos desde los seis años. Aunque la vida nos ha llevado por caminos distintos, seguimos siendo de esos amigos que se buscan pase lo que pase. Ahora rondamos los veintitrés, vivimos en la misma ciudad y a unas pocas calles el uno del otro, así que siempre encontramos un hueco para vernos, aunque no siempre sea fácil.

La casa —en realidad, de sus padres, de los que es hijo único— está a las afueras, en una hilera de viviendas adosadas rodeadas de pequeños edificios. La forma en que están dispuestos los patios interiores les da bastante intimidad. Su padre compró hace años una barbacoa de piedra de la que nos aprovechamos cada vez que podemos. Esta vez sus padres se iban todo el fin de semana, y Darío, aprovechando que era agosto y que de noche se estaba de maravilla, quería montar «una buena y beber hasta que salga el sol».

—Seremos cinco esta noche: Noa, Bruno, Lucía, tú y yo —me iba enumerando mientras esperábamos turno en la carnicería para comprar la carne.

La gente que pasaba por aquellas barbacoas variaba mucho de una a otra, según quién entrara o saliera de la vida de Darío en cada época. Pero siempre había dos fijos: él como anfitrión y yo, que más de una vez cancelé otros planes con tal de no perderme este. Esa noche íbamos a ser pocos, y daba la casualidad de que coincidíamos los de más confianza.

A las seis de la tarde ya estábamos los dos en su casa. Sus padres se habían marchado. Nos pusimos a guardar todo lo que habíamos comprado: chuletones, morcilla, chorizo, longaniza, cerveza, vino, ginebra. La noche prometía.

Abrimos las primeras latas mientras preparábamos la leña y esperábamos al resto, citados a las nueve. Solo quedaba poner música, beber y dejar pasar el tiempo.

La primera en aparecer fue Noa, a las ocho. Era de nuestra ciudad y sabía de sobra que nosotros siempre nos adelantábamos a la hora, así que decidió sumarse antes. Nos pareció genial.

—Toma tu cerveza, Noa, que no nos pierdas el ritmo —le dije guiñándole un ojo y tendiéndole una lata fría. Me lo agradeció con una sonrisa enorme.

—Hoy se lía, ¿eh? Venga, brindemos —respondió, y así lo hicimos.

A Darío y a mí nos encanta el fuego. Cuando llegó Noa ya lo estábamos encendiendo, y poco después teníamos la llama viva, esperando a que bajara a la brasa perfecta para cocinar.

A las nueve y diez llegaron Bruno y Lucía. Los dos eran de otra ciudad y habían venido en el mismo coche. Como Noa, no tardaron en recibir su cerveza, y volvimos a brindar.

Media hora más tarde, Darío y yo, encargados de siempre de la parrilla, ya teníamos las primeras carnes al fuego. Él, acalorado por la barbacoa, las cervezas y el ambiente de pleno verano, se había quitado la camiseta. Yo aproveché para sobarle un poco, agarrándole el culo de vez en cuando. Soy bisexual, y Darío lo sabe desde hace años, igual que los otros tres que nos esperaban en la mesa. Alguna vez hemos hecho algo juntos, nada del otro mundo, y aunque él se sigue considerando heterosexual, no reniega de disfrutar de un hombre cuando se da la ocasión. Yo lo tengo claro desde los quince.

Aunque Darío finge que le molestan mis juegos con su cuerpo, nunca me corta del todo. Es más, cuando dejo de hacerle caso, es él quien me busca con cualquier excusa. En el fondo le gusta que vaya detrás.

Pasadas las diez, el humo se nos había pegado a la piel y estábamos todos sentados a la mesa, cenando.

—Uf, qué calor tengo con la dichosa barbacoa —se quejó Darío.

—Pues quítate los pantalones, así estarás más fresco —le solté en broma desde el otro lado de la mesa, guiñándole un ojo.

—Anda, mira, Marcos ha tenido una buena idea —se rió Noa.

—Sí, hombre, cuando termine de cenar me los quito, pero para darme una buena ducha. ¡Que no la va a ver nadie! —contestó él, mientras yo me imaginaba esa ducha más de lo que debería.

—Yo me daría un manguerazo de agua fría, fijo que lo agradezco —comentó Lucía.

—Qué buena idea, Lucía. Darío, si quieres te refresco yo con la manguera —dije.

—¡A ver si me dejáis cenar tranquilo! —gritó fingiendo enfado, aunque todos sabíamos que estaba encantado de ser el centro de atención mientras devoraba la comida y vaciaba latas sin parar.

Bruno estaba sentado entre Lucía y yo. No era de muchas palabras y se definía como «totalmente heterosexual», así que en aquella conversación se limitó a mirarnos y a reírse un par de veces.

Al acabar de cenar recogimos los platos y dejamos sobre la mesa solo las bebidas. Como cierre, varios cigarrillos encendidos mezclaban su humo con el de la brasa. Y entonces volvió el tema de la ducha.

—Bueno, Darío —dijo Noa, lanzándome una mirada cómplice—, ahora nos toca perderte un rato, ¿verdad?

—Así es, voy a refrescarme un poco, pero vuelvo enseguida.

—Pues yo voy a hacer caso a Lucía y me mojo un poco con la manguera. ¿Por qué no haces tú lo mismo, Darío? —propuse.

—No, yo me quiero desnudar y duchar a gusto.

—¿Y quién ha dicho que no puedas desnudarte aquí?

—¡Ya estamos! No podéis aguantar ni un poco antes de empezar a quitaros la ropa —cortó Bruno, riéndose.

Y tenía razón. Bruno recordaba entre risas cómo eran nuestras barbacoas: todas, en mayor o menor medida, acababan subidas de tono. No por beber de más, sino porque éramos así. Nos gustaba jugar con los límites, tantear, provocar.

—Tranquilo, Bruno, no me voy a desnudar aquí —zanjó Darío mientras se metía en la casa.

—Pues yo sí me voy a echar agua. Le voy a pedir un bañador a Darío.

—¿Bañador para qué? —saltó Noa—. Quítate los pantalones y date el agua en calzoncillos, o desnudo. ¿A quién quieres engañar? Todos sabemos que te los vas a quitar en algún momento.

—Ya tienes ganas de verme la polla, ¿no? —dije echándome mano al paquete y devolviéndole la mirada pícara.

—Más quisieras —respondió haciéndose la dura—. Solo digo lo que ya sabemos.

—Venga, Marcos, prepara la manguera, que yo también me quiero refrescar —dijo Lucía. Y, sin pensárselo, se quedó en ropa interior ante el asombro de todos.

Como ya intuía cómo solían terminar estas noches, había elegido un conjunto negro que contrastaba con su piel pálida. La parte de arriba sujetaba un pecho generoso; la de abajo, de corte brasileño, dejaba a la vista un culo que contoneaba camino de la manguera.

—Joder —murmuró Bruno—, esto sí que no me lo esperaba.

Me costaba no perder detalle de ella mientras me quitaba los pantalones y la seguía hasta la manguera, al otro extremo del patio, a cinco o seis metros. Lucía nos sorprendió a todos. Siempre se animaba a participar en nuestros juegos, pero solía marcar límites mucho más estrictos que los nuestros y nunca llevaba la iniciativa de aquella manera. Ni esperó a que yo llegara: agarró la manguera, abrió el grifo y dejó caer el agua sobre su cuerpo, permitiendo que todos envidiáramos cada hilo que le corría por la piel.

Admito que soy de gatillo fácil, y mis amigos lo saben. Por eso, cuando notaron la erección parcial marcándose sobre mis calzoncillos blancos empapados, no fue un momento incómodo, sino todo lo contrario.

—Ya está Marcos medio empalmado, qué facilidad tiene —se rió Noa.

—Yo lo entiendo —dijo Bruno—. Con Lucía al lado así, es lo normal.

—La verdad que sí. Yo también me empalmaría —añadió Noa.

Lucía, que ya había soltado la manguera y me miraba el paquete para comprobar lo que decían los demás, se giró hacia ellos.

—Bueno, ¿qué? ¿Os gusta el espectáculo?

—No está nada mal —contestó Noa—, aunque molaría ver algo más.

—Te vas a quedar con las ganas, guapa. Encima que estás ahí sentada solo pidiendo, sin ofrecer nada a cambio —le respondió Lucía con una mirada desafiante.

Mientras discutían, se me ocurrió la feliz idea de acercarme por detrás y pegarle la erección al culo. Pensé que se apartaría fingiendo indignación, pero hizo justo lo contrario: se giró con la cara seria y, sin darme tiempo a reaccionar, metió la mano derecha dentro de mis calzoncillos y empezó a tocármela. Noa y Bruno se miraban entre risas, sin entender muy bien qué estaba pasando.

En ese momento reapareció Darío y, haciéndose el escandalizado, preguntó:

—¿Ya habéis empezado a hacer guarradas? No os puedo dejar solos ni quince minutos, macho.

—Tranquilo —respondió Lucía mientras yo intentaba tragarme un par de gemidos—, solo le estoy enseñando a tu amigo a no venir con sorpresas por la espalda. Ahora lo dejo con las ganas.

Sacó la mano de mi ropa interior y, antes de soltarme, le dio un par de toquecitos a mi polla para verla rebotar, riéndose con cada uno. No la tengo enorme, pero con sus quince centímetros bastó para montar una buena tienda de campaña que no pude disimular en varios minutos, para mi humillación pública, que en el fondo disfrutaba. Lucía lo sabía, y por eso lo había hecho. Aun así, esa actitud tan lanzada nos seguía descolocando a todos. Habría sido más propio de Noa.

—Qué cabrona —protesté—. Acabamos de empezar la noche y ya me has dejado con un calentón de mil demonios.

—La solución es fácil —dijo señalando la casa—: vete a hacerte una paja.

—No, no, no señales la casa —saltó Noa—. Si se la hace, yo quiero verlo.

—Dios, Noa, eres lo peor —Bruno se llevó las manos a la cara. No quería mirar, aunque por dentro estaba tan expectante como el resto. Estas situaciones no le interesaban en lo sexual, pero le hacía gracia vernos a los demás perder la cabeza.

Entre las cervezas, el calentón que me había provocado Lucía y la dichosa erección, yo ya no tenía nada que perder. Me acerqué a la silla de Noa, le puse la polla, todavía dentro del bóxer, a la altura de la cara, y le dije:

—¿Quieres verme hacerme una paja?

—A ver, querer, querer… estaría bien —contestó sin esconder lo cachonda que se estaba poniendo.

—Solo tienes que tirarme de los calzoncillos hacia abajo. Tampoco es la primera vez.

Movía las caderas de un lado a otro, balanceando el bulto con un vaivén que la dejó casi hipnotizada. Con una sonrisa a medio camino entre la tensión y la diversión, miró a todos, luego me miró a mí, y justo cuando alargaba la mano hacia mi ropa interior, Bruno frenó la escena.

—¡Eh, eh, eh! Eso aquí no lo queremos ver. Si le vas a hacer una paja, os metéis en la casa o donde os dé la gana.

—No deberías, Noa —intervino Lucía—. Marcos está castigado a aguantarse las ganas.

—Si tenéis ganas, podéis usar mi habitación, vais a estar cómodos —ofreció Darío.

Noa y yo nos miramos. Tras un par de segundos eternos, le solté:

—¿Vamos o qué? Yo no me quiero aguantar.

La respuesta no tardó:

—Sí.

—No me manchéis nada, cabrones —nos gritó Darío mientras nos íbamos.

—¿Creéis que van a hacer algo de verdad? —preguntó Bruno cuando ya estábamos dentro.

—Qué va, vuelven en dos minutos haciendo el imbécil —dijo Lucía.

—Yo creo que sí, pero tardan un buen rato. Se tienen muchas ganas, ya lo sabéis —apostó Darío.

—Y tú te mueres por estar con ellos —lo picó Lucía.

—Qué va… bueno, más con ella.

—Sí, claro. A nosotros no nos puedes negar que Marcos también te pone cerdo, y que te encantaría que os hicieran un sándwich entre los dos.

—Uf, tienes razón —admitió Darío—. Marcos me pone, pero es algo que no termino de entender. Los hombres no me van.

—Tío, si te he visto comiéndosela con ganas, no me cuentes —se rió Bruno.

—Es verdad, Darío. Además, siempre que montamos barbacoa acabáis liándola, con excusa o sin ella —remató Lucía.

—Con Marcos es distinto. El resto de tíos no me gusta.

Mientras ellos hablaban, Noa y yo llegábamos a la habitación de Darío con las cervezas en la mano, sin parar de reírnos por la tensión y por lo absurdo de la situación. Dentro, el ambiente era otro mundo: el perfume avainillado y el olor a muebles nuevos del salón chocaban con la humedad ahumada del patio. Y allí estaba yo, caminando en ropa interior mojada y con una erección imposible de disimular, por la misma casa en la que esa mañana había saludado a los padres de mi amigo.

Entré primero. Detrás de mí, Noa cerró la puerta y me miró sin dejar de reír.

—Bueno, tendrás que quitarte el bóxer.

—No, no, perdona, he dicho que me lo tenías que quitar tú —yo estaba convencido, igual que Lucía, de que todo era un juego sin mayor intención que hacer el tonto. Aun así, estaba cachondísimo y dispuesto a lo que fuera.

—Te propongo una cosa: tú me desnudas y yo te bajo el bóxer con la boca.

La mirada de Noa, aunque seguía risueña, había cambiado. Aquello iba en serio. Empecé a notar el latido en la polla, sabiendo que algo, no sabía muy bien qué, pero seguro de naturaleza sexual, iba a pasar.

—Quédate quieta, que voy a cumplir mi parte —dije terminándome la cerveza.

Me acerqué despacio, mirándonos a los ojos y sonriendo. No era la primera vez que hacíamos algo así, pero siempre nos ponía nerviosos. Le quité primero la camiseta de tirantes rosa, luego el pantalón vaquero corto. Todo con calma, disfrutando los dos del momento y del aroma de ella, mezcla de perfume, sudor de pleno verano y humo de barbacoa. Noa dejó escapar un suspiro mientras le bajaba los pantalones hasta los tobillos y acercaba la cara a su sexo, dejando que sintiera mi respiración por encima del tanga.

No me entretuve con la ropa interior: se la quité y me tomé unos segundos para mirar su cuerpo de piel morena. Los pechos medianos de pezones grandes, la marca del bikini, el culo redondo, el pubis recortado pero no depilado del todo. Todo me invitaba a no detenerme.

—Ahora me toca a mí —dijo, en un punto de excitación en el que ya no se reía.

De rodillas, acercó la cabeza, agarró el elástico con la boca y me bajó el bóxer. Lo hizo de tal forma que, al liberarse, la polla escapó como un resorte y le dio en la cara. No sé si fue a propósito o casualidad.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, haciéndome el inocente.

—No sé, tú sabrás —contestó con sorna, mientras ya empezaba a masturbarme.

La dejé seguir unos segundos, porque en ese punto no podía cortarlo sin disfrutarlo un poco. Enseguida la frené.

—Espera, para un segundo —me hizo caso.

Me tumbé boca arriba en la cama de Darío, testigo de tantas noches calientes. Ella ya sabía lo que le estaba pidiendo, así que se colocó encima de mí en un sesenta y nueve. Con su sexo a un palmo de mi cara comprobé lo mojada que estaba; una gota de flujo espeso delataba lo cachonda que se había puesto. Estas situaciones nos encendían a todos, por muy normalizadas que las tuviéramos.

—Estás empapada, Noa. ¿Te apetece follar?

—¿Es que no lo íbamos a hacer? —respondió, deteniendo la mamada.

—Pensaba que solo nos íbamos a masturbar, pero veo que vienes preparada para la guerra.

—Por mí, estamos un par de minutos así y echamos un polvo rápido, que nos están esperando fuera. Tengo condones en el bolso.

—Con el calentón que llevo no creo que dure mucho, en cualquier caso —dije, mientras ella escupía saliva sobre mi glande.

—Yo tampoco —contestó, frotando su sexo mojado contra mi boca.

Tras un rato de gemidos compartidos en aquel sesenta y nueve, llegó el momento. Noa estiró el brazo para alcanzar el bolso del escritorio de Darío, sacó un condón y me lo puso ella misma.

—¿Te parece un misionero rapidito? Me apetece comerte la boca —me preguntó, y a eso no me podía negar.

Me puse encima, coloqué la punta en su entrada y fui entrando poco a poco, con muy poca resistencia por lo mojada que estaba. No tardé en subir la fuerza y la velocidad: habíamos quedado en un polvo rápido y así iba a ser. Ver rebotar sus pechos me tenía hipnotizado, y la marca del bikini, que siempre me ha podido, lo hacía todo aún mejor.

Con una mano me clavaba un poco las uñas en la espalda mientras gemía cada vez más fuerte; con la otra se frotaba el clítoris a toda velocidad. Yo le rodeaba el cuello, apretando lo justo para que respirara con normalidad y sintiera ese punto de dominación que tanto le gustaba. Entretanto nos comíamos la boca con hambre.

El orgasmo le llegó pronto. Me puso la mano en la nuca y me acercó todo lo posible para seguir metiéndome la lengua. Las piernas le empezaron a temblar e intentaban cerrarse, pero mi cuerpo se lo impedía. Un gemido largo puso el broche.

Yo le avisé de que me quedaba muy poco. Me ordenó que parara y me quitara el condón.

—Quiero que te corras en mi boca —me dijo.

Y así fue. En unos segundos, entre la lengua en el glande y la mano sacudiendo el resto, acabé descargando varios chorros dentro de su boca. Sentí el alivio de toda la presión acumulada desde que había visto a Lucía en ropa interior y empapada en el patio.

Noa, que sabe lo que me gusta, me dio un beso de lengua y compartió conmigo el sabor antes de tragarse el resto.

Miré el despertador de Darío.

—Quince minutos, no está mal. Volvamos.

—Sí, pero ¿y si volvemos desnudos? Me apetece seguir jugando —dijo Noa.

—Joder, no has tenido bastante con un orgasmo. Eres una guarra.

—Ni tú tampoco, que nos conocemos. Otro cerdo estás hecho —respondió agarrándome la polla, todavía dura, aunque ya empezaba a relajarse.

—Tienes razón. Venga, vamos a ver qué cara ponen estos —dije abriendo la puerta para volver con los demás—. Algo me dice que la noche acaba de empezar.

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Comentarios (5)

Rodri_BC

que bueno!! me quedé con ganas de mas

noctambulo22

Se lee como algo que realmente paso. Eso es lo que diferencia los buenos relatos, el detalle natural sin exagerar nada.

CintiaF

dios mio, tremendo relato!!

SergioBaires

Me recordó a un verano con amigos hace años, esas noches que empiezan de una forma y terminan de otra completamente distinta jaja. Muy bueno.

JuanFede22

Y despues?? no puede quedar asi jajaja, quiero saber como siguio todo al dia siguiente

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