Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El cliente que me sedujo en mi propia oficina

Como ya les conté otras veces, con mi esposo manejamos un servicio de traslados: empresas, familias, eventos. Yo me ocupo de la oficina y, cuando hace falta, también manejo. Tengo cincuenta y dos años y creía que a esta altura ya me conocía de memoria. Lo que voy a contarles me demostró que estaba equivocada.

Una mañana entró un correo de un tal Sebastián. Quería contratar el traslado a un casamiento en una chacra a las afueras de la ciudad. Intercambiamos teléfonos y la charla fue cordial, casi divertida, mientras coordinábamos horarios y detalles. Algo en su forma de escribir me dejó con una sonrisa que no supe explicar.

El sábado a las siete de la tarde lo pasé a buscar. Sebastián era un hombre de unos cuarenta años, alto, de sonrisa fácil. Después subió el resto de la familia y arrancamos hacia la fiesta.

Estos eventos son tediosos para los choferes. Una espera hasta la madrugada sin más que comer y dormitar dentro de la combi. Yo aprovechaba para contestar mensajes y armar presupuestos en la tablet.

Apenas empezada la fiesta, Sebastián vino hasta la combi. Dijo que el ruido era ensordecedor, que prefería un rato de calma y charlar conmigo. Era simpático, atento, de esos que escuchan de verdad. En eso estábamos cuando lo vino a buscar una chica que parecía muy interesada en su compañía.

—Ya vuelvo, en un rato me sumo —le dijo él, sin moverse del asiento.

—¿Es tu novia? —pregunté, por decir algo.

—No. A mí me gustan las mujeres mayores —contestó, mirándome.

Se hizo un silencio incómodo que yo no supe romper.

Pasada la medianoche, mientras yo dormitaba en un asiento, volvió a aparecer con una cerveza sin alcohol y un plato de torta. Se disculpó por despertarme y me pidió un lugar a mi lado para descansar él también. Le hice sitio. Apoyó la cabeza en mi hombro, fingiendo dormir, no sin antes elogiar mi perfume.

Para una mujer de mi edad, que un hombre joven y apuesto la mire así no es algo de todos los días. Me dejé halagar más de lo que debía.

Cuando el cielo empezó a aclarar, la fiesta se fue apagando. Volvimos por el mismo camino, fui dejando a cada uno en su casa y al final llevé a Sebastián a la suya. Antes de bajar me preguntó si la había pasado bien, si no lo habíamos molestado, si podía recomendarnos a sus amigos. Le dije que sí. Ya en la vereda me tiró un beso con la mano y yo le contesté con una sonrisa que me hizo sentir adolescente. Cerré la puerta con una tristeza absurda de que aquello se terminara.

El domingo fue de descanso. Mi marido volvía de visitar a unos clientes importantes y nos quedamos en casa mirando tele, pero yo no me podía sacar de la cabeza esa sonrisa cómplice ni el beso furtivo de la despedida. Esa noche, mientras él roncaba a mi lado, me metí la mano dentro del pantalón del pijama y me toqué pensando en Sebastián, en su boca, en lo que pasaría si me lo encontraba a solas. Me corrí mordiendo la almohada, con el coño empapado y una culpa que apenas duró lo que tardé en dormirme.

El lunes empezaba una semana intensa: marido, hijo y otro chofer salían rumbo a la costa por trabajo y se quedarían afuera varios días. Cerca del mediodía estaba atendiendo a una pareja que coordinaba una excursión grupal cuando vi estacionar un auto en nuestro garaje. Pensé que sería otro cliente esperando que me desocupara.

No era un cliente. Era Sebastián. Bajó mirando para todos lados y me preguntó en voz baja si estaba sola. Mi oficina ocupa un rincón del garaje y en ese momento no había nadie más.

—Sí, estoy sola —le dije.

Volvió al auto y me trajo una planta preciosa para decorar el escritorio. Me levanté y le agradecí el gesto con un abrazo que duró más de la cuenta. Él acercó la cara a mi cuello y murmuró que ese perfume no lo había dejado dormir. Rozó mi piel con los labios, con la excusa de sentirlo de cerca. Sus manos me rodearon la cintura y un suspiro se me escapó sin permiso. Sentí, contra mi cadera, el bulto duro de su polla apretada dentro del pantalón, y se me aflojaron las rodillas.

Intenté apartarme y, al hacerlo, sus labios buscaron la comisura de los míos. Lo frené en seco, firme por fuera, ardiendo por dentro.

—Esto no está bien —le dije—. Soy casada, te llevo años, no me involucro con clientes.

Sin soltarme una mano, me apoyó un dedo en los labios pidiendo silencio.

Mis sentidos estaban a punto de estallar. Estaba jadeando y no lo podía disimular. El coño ya me chorreaba dentro de la calza y él lo sabía, lo olía, lo veía en cómo respiraba.

—Solo un beso y me voy —susurró.

Me negué otra vez, pero su cuerpo se pegaba al mío de una manera imposible de resistir.

—Solo uno, y te vas —respondí, y mi voz me sonó a mentira.

Al principio le ofrecí apenas los labios, pero la necesidad pudo más y le entregué la lengua entera. La suya me entró hasta la garganta, caliente, hambrienta, y yo se la chupé como si fuera otra cosa. Cerré el portón con el control remoto y aquel beso único se convirtió en una serie interminable. Ya no era dueña de mis actos ni de la situación. De los besos pasamos a las caricias, a recorrernos con las manos por encima de la ropa primero, por debajo después. Me metió la mano bajo la remera y me apretó las tetas por arriba del corpiño, después lo corrió y me pellizcó los pezones hasta hacerme gemir contra su boca. Yo, sin pensarlo, le agarré la verga por encima del jean y la sentí latir bajo mi palma.

Me apoyó contra el escritorio y me bajó la calza hasta dejar mi ropa interior al descubierto. La bombacha era un trapo mojado pegado a los labios. Sus dedos jugaron en el borde de la tela, presionando justo donde yo lo necesitaba, y después la corrió a un costado y me hundió dos dedos en el coño de un saque. Se los tragó enteros, la concha me chorreaba encima de su mano y del escritorio. Me los metía y los sacaba con un ruido obsceno, húmedo, mientras con el pulgar me martillaba el clítoris. Yo gemía, temblaba, me reía y lloraba al mismo tiempo, perdida.

De repente se arrodilló y, sin terminar de desnudarme, arrancó la bombacha de un tirón y me clavó la lengua en el coño. Me hizo sexo oral como mi marido no me lo hacía desde hacía años: me chupaba los labios, me los abría con los dedos, me lamía de abajo hacia arriba con la lengua plana, para después cerrar la boca sobre el clítoris y succionar. Me metía la lengua adentro, la sacaba, la volvía a meter, y con los dedos me penetraba al mismo tiempo. Yo tenía las piernas apoyadas sobre sus hombros y le apretaba la cabeza contra mi entrepierna, pidiéndole más, más fuerte, que no parara. Llegué con un grito que venía de muy adentro, de una mujer que llevaba semanas sin que la tocaran, meses sin que se la comieran así. Sentí la corrida bajarme por los muslos y él la lamió toda, sin dejar una gota. Lo obligué a subir y a compartir conmigo lo que tenía en la boca, con un beso enorme, sintiéndome a mí misma en su lengua.

Después me tocó a mí. Invertimos los lugares: él apoyado contra el escritorio, yo de rodillas mirándolo desde abajo. Le abrí el cinto, le bajé el jean y el boxer de un solo movimiento y la polla le saltó afuera, dura, gruesa, con una vena marcada que le corría por el lomo y la punta ya brillante de líquido. Le pedí permiso con la mirada antes de tomarlo en mi boca. Empecé lamiendo la punta, sacándole el sabor salado, y después me la fui metiendo despacio, todo lo que me entraba, hasta que me golpeaba el fondo de la garganta. Podría haberme quedado ahí la vida entera. Le chupaba la verga entera y me la sacaba con un chasquido para pasarle la lengua por los huevos, para chupárselos uno a uno mientras se la seguía manoseando con la mano. Cada vez que avanzaba, él respondía con los mismos quejidos que yo había soltado minutos antes. Esta vez la dueña de la situación era yo.

Quiso retirarse avisando que estaba por terminar. Ignoré la advertencia, aceleré el ritmo, la mano subiendo y bajando por la base mientras la boca no le soltaba la punta, y lo recibí hasta el final. Sentí los primeros chorros calientes explotar contra el paladar, espesos, y siguieron viniendo, uno, dos, tres, hasta que se me llenó la boca de semen. Por primera vez en la vida, a mis cincuenta y dos años, decidí no apartarme. Lo que se me escapaba lo recogía con la mano para volver a empezar, hasta que él me hizo subir y compartió conmigo aquel sabor con otro beso.

Las ropas terminaron de desaparecer. Me subió al escritorio, me abrió las piernas de par en par y jugó con la punta de su miembro en mi entrada sin terminar de entrar. Me pasaba la cabeza de la verga por los labios del coño, arriba, abajo, contra el clítoris, hasta que yo estaba llorando de ganas. Yo le pedía a gritos que lo hiciera, con las palabras más ordinarias que conocía.

—Metémela, hijo de puta, metémela toda, cogeme de una vez, no aguanto más, quiero tu polla adentro.

El muy maldito no me hacía caso, entraba apenas unos centímetros y se retiraba, y yo me sacudía en el escritorio buscándolo con la cadera como una perra en celo.

De golpe, sin aviso, me llenó por completo. Los dos gritamos. Sentí cómo me abría paso hasta el fondo, cómo la verga me tocaba lugares que hacía años nadie tocaba. Empezó a moverse fuerte, agarrándome de la cintura, clavándomela hasta las bolas y sacándola casi entera para volver a hundírmela de un solo golpe. El escritorio crujía, mis tetas rebotaban al ritmo de sus embestidas y yo le pedía más y más fuerte, sin ninguna vergüenza. La cosa no duró mucho: la excitación era tanta que en pocos minutos anunciamos los dos que estábamos por terminar. Llegué yo primero, entre espasmos, apretándole la polla con el coño hasta ahogárselo, y segundos después llegó él, hundiéndose hasta el fondo y descargándome adentro con un rugido que me hizo correrme de nuevo. Caímos exhaustos en el sillón de al lado, desnudos, transpirados, con el semen chorreándome por los muslos, y apenas eran las diez de la mañana de un martes cualquiera de noviembre.

Estuvimos abrazados un siglo. Él intentó retomar, con la mano metida entre mis piernas jugando con el líquido que me salía, pero yo no daba más. Mi casa queda a treinta metros del garaje, así que como pude me vestí y lo invité a acompañarme. Su camisa estaba manchada y, además, tenía que ver a un cliente en cuestión de minutos.

***

Al entrar a casa lo primero que hice fue desnudarme y abrir la ducha. Él me siguió e hizo lo mismo. Iba a bañarme con un hombre por primera vez en veinte años. Nos enjabonamos el uno al otro despacio. Sus manos jabonosas me recorrían las tetas, la panza, el culo, se metían entre las nalgas y volvían a subir. Yo le enjaboné la polla, que ya la tenía dura de nuevo, y se la trabajé despacio bajo el agua caliente. Me puso de espaldas contra los azulejos y buscó otro camino; su polla resbaló entre mis nalgas y la punta buscó el agujero del culo. Me negué con suavidad. Hacía más de seis años que no entregaba esa zona y, si lo hacía, quería que fuera con cuidado. Tenía malos recuerdos de intentos forzados y apurados.

Pero quería demostrarle que me había rendido. Le pedí algo que nunca había pedido: que me bañara con su orina. Se quedó quieto un segundo, sin creerme, y después me obligó a arrodillarme frente a él. Agarró la verga y apuntó. Sentí el calor bajarme por la cara, por el pecho, hasta la entrepierna, un chorro tibio que me marcaba como suya. No me animé a probarla, aunque juro que la próxima vez lo voy a hacer. Terminé la ducha entera para él, con las tetas mojadas y la boca abierta.

Fuimos al dormitorio a buscarle ropa limpia de mi marido. Antes de vestirse me tiró boca abajo sobre la cama y, todavía mojados, empezó a besarme la espalda baja y a jugar con los dedos entre las nalgas, abriéndomelas, mojándome con saliva el agujerito. Yo estaba al borde de algo nuevo, con la cara contra el colchón y el culo levantado, cuando sonó su celular: el cliente lo esperaba y lo habíamos olvidado. Se vistió a las apuradas y prometió volver esa misma noche a devolver la ropa.

Salí a comprar crema y lencería. Lo esperé como una diva: tacos, media de red, portaligas, todo negro. Le cociné una de mis especialidades y, a la hora prometida, tocó el timbre.

Con las lenguas enredadas huimos al dormitorio. Repetimos lo de la mañana: me comió el coño hasta hacerme correr dos veces seguidas contra su boca, yo le mamé la polla despacio, saboreándola, hasta dejármela empapada de saliva. Después me la cogió de frente, en cuatro, de costado, cambiando de postura como si me estuviera estudiando. Y esta vez, cuando terminamos la primera ronda, me besó la espalda y más abajo con una paciencia que me desarmó. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por el ojete, arriba y abajo, mojándolo, empujándola apenas hacia adentro. Yo tenía la cara enterrada en la almohada, gimiendo como una loca.

—Cuidame —le pedí—. Hace mucho que no lo hago por ahí.

Era un experto. Primero la lengua, después un dedo untado en crema, luego dos, después tres, siempre con crema, siempre despacio, girándolos, abriéndome de a poco. Cuando acercó su cuerpo y empezó a empujar la punta de la verga contra el agujerito, dolía, sí, sentí que me rajaba, pero yo no quería que parara. Avanzó milímetro a milímetro hasta ocuparme entera, hasta que sus huevos se apoyaron contra mis nalgas, y después se quedó quieto, latiendo dentro de mí, dejando que el culo se le acostumbrara. Dolía y al mismo tiempo era el cielo. Empezó a moverse muy despacio, sacándola apenas y metiéndola de nuevo, y con la mano libre me buscó el coño y me hundió dos dedos ahí. Sentirme llena por los dos lados a la vez me hizo perder la cabeza.

Justo entonces sonó el teléfono. Era mi marido, llegando a destino, pidiéndome una videollamada. Le dije que no tenía batería. Mi voz salía entrecortada y eso, lejos de frenar a Sebastián, lo encendió todavía más. Empezó a cogerme el culo más fuerte, sin cuidado ya, los dedos entrando y saliendo del coño al mismo ritmo. Aceleró hasta terminar, descargándome adentro del culo con estocadas profundas mientras yo apretaba el teléfono contra el pecho. Corté antes de gritar. Sentí el semen tibio quedárseme adentro cuando él sacó la polla, y un hilo bajarme entre las piernas.

El morbo nos había desbocado a los dos. No sé de dónde sacamos fuerzas para seguir. Me montó otra vez, esta vez de frente, para vernos a los ojos, y me la clavó en el coño hasta hacerme correr una vez más. Al fin se retiró: agotados, doloridos, pero felices. Nos bañamos de nuevo, esta vez sin tocarnos, cenamos desnudos y antes de la medianoche nos despedimos con un beso casi inocente.

Repetimos el miércoles, el jueves y el viernes. Cada día algo nuevo: me la mamó en la cocina mientras yo revolvía una olla, me cogió contra la ventana con la persiana entreabierta, me hizo terminar solo con los dedos en el culo mientras me hablaba sucio al oído. Yo estaba en mi mejor momento; terminábamos y yo todavía quería más. Me tocaba delante de él sin ninguna vergüenza, abierta de piernas en la cama, mostrándole cómo me acariciaba el coño, cómo me metía los dedos, para que él se pusiera duro de nuevo y volviera a montarme. Estaba desatada.

***

Entonces apareció la propuesta. Sebastián tenía un amigo, un año menor, que soñaba con un trío y no sabía cómo encararlo. Era de confianza, dijo, y estaba seguro de que me iba a gustar. Me costó aceptar, pero me lo planteó en el momento justo: después del amor, cuando yo pedía más y él ya no daba. Ahí, dijo, entraría su amigo a continuar.

Quedamos en cenar los tres afuera para ver cómo nos llevábamos. Andrés tenía treinta y siete años y esa clase de cara por la que una no pide documento. Hubo química enseguida, así que decidimos seguir las copas en casa.

Sentados en el sillón a media luz, yo en el medio, empecé a besarme con Sebastián mientras Andrés esperaba nervioso su turno. Sebastián manejaba la situación y me pidió que besara a su amigo igual que a él. Lo hice, y no dudé en pasar la mano por encima del jean para descubrir qué me tenía guardado. Estaba durísimo, y por lo que palpé por encima de la tela, prometía. Le bajé el cierre ahí mismo en el sillón y le saqué la polla afuera. Era gruesa, más corta que la de Sebastián pero mucho más ancha. Se me hizo agua la boca. Me agaché y se la chupé mientras Sebastián me acariciaba la espalda y me susurraba lo bien que la estaba haciendo.

Pedí permiso para ir al baño y salí transformada: esta vez con un disfraz que dejaba poco a la imaginación. Andrés estaba a punto de estallar, la verga se le salía por arriba del elástico del boxer. Fuimos los tres al dormitorio. Yo me quedé apenas con las medias de red y el portaligas.

Sebastián hizo que su amigo entrara primero. Andrés me tiró en la cama, me abrió las piernas y me la clavó de un saque; me llenó tanto de golpe que grité. Lo cabalgué después, sentada arriba, moviendo la cadera en círculos, con las tetas rebotándome frente a su cara mientras él me las agarraba y me las chupaba. Sebastián se acercó por el costado y yo le agarré la polla y me la metí en la boca, uno adentro del coño y otro adentro de la boca, coordinando el vaivén. Me puso en cuatro, me enseñó todo lo que él ya conocía de mí y me entregó a Andrés sin celos. Andrés me la clavó por atrás mientras Sebastián se me paraba delante de la cara para que yo siguiera mamándosela. Después Sebastián se acostó boca arriba y me tocó montarlo a él, con la verga entrándome hasta el fondo del coño, mientras por detrás una lengua inquieta me preparaba, lamiéndome el culo, ensalivándolo, metiéndome un dedo primero, dos después.

Se repitió la táctica: primero un dedo, después otro, y al final el juego completo. Andrés se untó bien la verga con crema y empezó a empujar contra el agujerito mientras yo seguía cabalgando a Sebastián. Pensé que no iba a poder, con Sebastián ya ocupándome adelante y Andrés buscando lugar atrás. Pero después de varios días la zona ya no protestaba tanto. Entró, no sin dolor, aunque soportable, y la suma de los dos dentro de mí me llevó a un lugar que no conocía. Los sentía moverse en sentido contrario, uno subía cuando el otro bajaba, después al mismo tiempo, y yo entre los dos era una hamaca de carne llena de vergas. Sentía cada vena, cada pulsación, cómo se rozaban por dentro apenas separados por una pared de piel. No dejaba de gritar, de decirles guarradas, de pedirles más.

—Cójanme, cójanme fuerte, rómpanme entre los dos, soy una puta, su puta.

La frutilla del postre llegó cuando Sebastián tomó mi celular y marcó a mi marido para que yo le hablara así, en plena situación, con las dos pollas todavía adentro. Cuando se oyó su voz en el altavoz, los dos enloquecieron. Empezaron a moverse más rápido, sincronizados, hundiéndomelas hasta el fondo, y yo me mordía el labio hasta hacerme sangre para que no se me escapara un solo gemido en el teléfono. Corté rápido, antes de que mis gemidos me delataran, y ahí grité con todo lo que tenía. Me llenaron entre los dos, uno adentro del coño y otro adentro del culo, casi al mismo tiempo, sintiendo los dos chorros calientes descargándome por dentro. Cuando salieron, un río de semen me bajaba por los muslos, mezclado, de los dos. Todavía temblando, me dejé caer entre ellos.

Amanecimos abrazados los tres. Desayunamos desnudos y, a distinta hora, cada uno se fue a su vida. Andrés me prometió volver hoy mismo, con el visto bueno de Sebastián.

Mañana les cuento.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(9)

Santiago88

increible relato, me dejo sin palabras. uno de los mejores que lei aca!!!

TaniaMar

esa tension inicial... dios mio. se siente tan real la situacion, como que la estás viviendo con ella

Lola_Baires

y entonces? como termino todo despues? me quedé con ganas de saber mas jaja

PlayeroNocturno

la parte del porton del garaje, tremenda imagen. me lo imaginé perfecto

RominaGde

Por favor escribi mas confesiones asi. Esta categoria necesita relatos como este, con esa tension que se va acumulando

hugo_b

buenisimo

MarcosCba

me recordó a una situacion parecida que tuve hace años. siempre dicen que no mezclar trabajo con placer pero hay momentos que simplemente no depende de uno jaja

SilviaDuarte

Se nota que es una confesion real, tiene esa cosa que los relatos inventados no tienen. Bien escrito y con mucho feeling

GaboMza_lect

el titulo me engancho desde el principio y el relato cumplió. gracias por compartirlo!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.