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Relatos Ardientes

La llamada de mi amante que no debí contestar

Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo, porque si me pongo a justificarme no termino nunca.

Eran las seis de la tarde y yo estaba sola en casa cuando el móvil empezó a vibrar sobre la mesa de la cocina. Vi su nombre en la pantalla —Damián— y el estómago se me cerró de golpe. Lo tenía guardado como «dentista», por si acaso. Una se vuelve experta en mentiras pequeñas cuando lleva meses viviendo dentro de una grande.

Debí dejarlo sonar. Lo juro, lo pensé. Pero mi dedo se movió solo.

—No sé, Damián, no sé si vamos a poder vernos tan pronto —le dije en voz baja, aunque no había nadie—. Mi marido está rarísimo estos días. Me mira el móvil, me pregunta a qué hora salgo del gimnasio. Estoy muerta de miedo.

Él se rio. Esa risa grave que me ponía la piel de gallina desde el primer día.

—No me vengas con excusas ahora. ¿O ya se te olvidó lo que pasó la última vez en el coche? Porque yo todavía me acuesto pensando en eso todas las noches.

—No seas bruto —contesté, y sentí cómo me ardía la cara—. ¿Cómo se me va a olvidar? Si todavía me acuerdo del sabor.

Y era verdad. Esa es la parte que nadie entiende cuando juzga a una mujer como yo. No es solo el cuerpo. Es la memoria. Hay recuerdos que se te meten en la piel y no hay marido, ni casa, ni promesa que los borre.

Llevo nueve años casada. Quiero a mi marido, esa es la verdad incómoda de todo esto. No me trata mal, no me falta nada, no tengo ninguna de las excusas que se supone que justifican lo que hago. Y sin embargo, desde hace meses vivo doble. Una mujer que prepara la cena y revisa los deberes de los niños, y otra que se encierra en el baño a leer mensajes que la hacen temblar.

***

—Cuéntame cómo empezó —me pidió, bajando la voz—. Recuérdamelo. Cuando llegaste al bar con esos vaqueros y la blusa sin nada debajo.

Yo cerré los ojos apoyada en la encimera y dejé que el recuerdo me arrastrara.

Había llegado nerviosísima. Habíamos hablado durante semanas por mensajes, primero tonterías, después cosas que me hacían apretar las piernas mientras fingía revisar el correo del trabajo. Esa noche, le dije a mi marido que salía con las chicas de la oficina. Me puse lo que sabía que a Damián le gustaba y conduje hasta un bar al otro lado de la ciudad, donde nadie me conocía.

Él ya estaba ahí cuando entré. Camisa ajustada, el primer botón abierto, los antebrazos apoyados en la barra. Me miró subir desde los pies y no disimuló ni un segundo.

—Estabas guapísimo —le dije por teléfono—. Y me comías con la mirada antes de que dijera ni hola.

—Y tú te hacías la santita —contestó—. Te invité una copa, hablamos de cualquier cosa, y cuando te dije que me moría por besarte, ¿te acuerdas qué me soltaste?

—«Vamos a dar una vuelta» —repetí, y me reí sola en la cocina.

—Exacto. Como si fuéramos a mirar las estrellas. Tú sabías perfectamente dónde íbamos a acabar.

No tenía sentido negarlo. Lo sabía. Lo había decidido días antes, frente al espejo, mientras me decía a mí misma que solo sería una copa, que una mujer puede tomar una copa con un amigo. Mentira. Una se cuenta esas cosas para poder dormir.

***

Salimos al aparcamiento. Él había dejado el coche en la zona del fondo, donde las farolas estaban fundidas y la oscuridad lo cubría todo. En cuanto cerramos las puertas, no hubo más conversación.

—Me quitaste la blusa en dos segundos —le recordé, y noté que mi propia voz había cambiado, más ronca, más lenta.

—Porque llevaba semanas imaginándolo —dijo él—. Todavía me acuerdo del ruidito que hiciste cuando te besé el cuello.

Lo había hecho despacio al principio, como si tuviéramos toda la noche. Me besó la mandíbula, bajó por la clavícula, y cuando su boca encontró mi pecho yo ya estaba perdida. Echaba la cabeza contra el reposacabezas y miraba el techo del coche empañándose, sin creerme lo que estaba haciendo, sin querer que parara.

—Estoy mojándome solo de recordarlo —le confesé al teléfono, y miré por encima del hombro hacia la puerta, aterrada de que mi marido entrara en ese momento.

—Sigue —me dijo Damián—. Cuéntame la mejor parte.

La mejor parte. Aquí es donde debería darme vergüenza, y no me da. Esa es mi confesión de verdad.

***

—Te susurré al oído que quería verte —dije—. Que llevaba semanas pensando en ti cada vez que me quedaba sola.

—Y yo, como un buen chico, te hice caso.

Se desabrochó el cinturón ahí mismo, en el asiento del conductor, con esa tranquilidad suya que me volvía loca. No tenía prisa. Nunca la tenía. Y yo, que en casa apago la luz antes de desvestirme, me incliné sobre él sin pensarlo dos veces.

Empecé por los muslos. Le pasé la lengua despacio, lo mordí suave, subí centímetro a centímetro mientras él enredaba los dedos en mi pelo. No lo apuraba. Quería sentir cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le cortaba la respiración cada vez que yo subía un poco más.

—Nunca me habían hecho eso con tanta calma —dijo, y por teléfono su voz sonaba como si volviera a estar ahí—. Con tanta lengua. Pensé que me iba a volver loco antes de empezar.

—Esa era la idea —le contesté.

Lo tomé con la boca sin usar las manos, despacio, jugando, retrocediendo cuando lo sentía a punto. Él empujaba las caderas, impaciente, intentando llevar el ritmo, y yo se lo negaba a propósito. Me gustaba tener ese poder. En casa nunca lo tenía. En ese coche oscuro yo decidía cada segundo de lo que pasaba, y él estaba completamente a mi merced.

—Me llamabas de todo —le recordé, sonriendo—. Casada traviesa. Decías que era una viciosa.

—Es que lo eras —se rio—. Lo eres.

Mientras tanto, afuera del coche, la vida seguía. Pasó una pareja riéndose camino del bar, una farola lejana parpadeaba, alguien arrancó un motor. Y yo, dentro de esa burbuja oscura, hacía algo que jamás le había hecho a nadie con tanta entrega, ni siquiera a mi marido la noche de bodas. Esa contradicción es la que todavía me quita el sueño. Cómo puedo ser dos personas a la vez y reconocerme en las dos.

***

—Y cuando ya no pudiste más —seguí, porque ahora era yo la que no quería parar de recordar—, me agarraste la cabeza con las dos manos.

—No lo pude evitar.

—Lo sé. Y me lo tragué todo. No dejé que se perdiera ni una gota.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Lo conocía bien. Era el silencio de un hombre recordando algo con demasiada intensidad.

—Me dejaste en trance, de verdad —dijo al fin—. Nunca nadie me había hecho sentir así. Y tú después me mirabas con esa cara de niña buena, como si no hubieras hecho nada.

—Es que soy una niña buena —bromeé—. Pregúntale a mi marido.

Y ahí, en cuanto lo nombré, se me apagó la sonrisa. Porque esa es la otra mitad de la historia. La que no es divertida.

***

—No puedo, Damián —le dije, y esta vez lo dije en serio—. De verdad que no puedo. Mi marido está encima de mí todo el día. Si se entera, esto se acaba. Todo. Mi casa, mi familia, todo.

—Una tarde nada más —insistió, con esa voz de terciopelo que sabía exactamente dónde apretar—. Esta vez no te quedas solo con la boca, te lo prometo. Te echo de menos de verdad.

—No juegues sucio.

—No estoy jugando. Dime cuándo. En el mismo sitio, en un hotel, donde tú quieras. Me da igual. No me hagas suplicar.

Y ahí estaba mi problema, expuesto en una sola frase. Porque la parte sensata de mí, la mujer que tiene una alianza en el dedo y fotos de su boda en el pasillo, quería colgar y bloquear el número para siempre. Pero la otra, la que se despertó en aquel coche oscuro, ya estaba calculando qué día de la semana mi marido llegaría tarde.

—Déjame ver cómo está la cosa en casa —murmuré, y odié lo fácil que me salió—. Si se relaja un poco, te aviso. Pero no prometo nada, ¿eh?

—Eso es un sí disfrazado —dijo, y supe que tenía razón.

—Cállate, loco. Me tengo que ir.

—Un beso.

—Un beso —repetí.

—No. Mil. Y no tardes en llamarme.

***

Colgué y me quedé un rato larguísimo mirando el móvil sobre la encimera, con el corazón latiéndome como si hubiera corrido diez kilómetros. Oí la llave en la cerradura. Mi marido llegaba del trabajo, cansado, normal, sin sospechar que la mujer que lo recibió con un beso en la mejilla acababa de prometerle, casi sin querer, a otro hombre.

—¿Todo bien? —me preguntó, dejando las llaves en el cuenco.

—Todo bien —le dije, y le sonreí.

Esa es mi confesión. No que lo hiciera una vez en un coche, eso lo hace mucha gente. Mi confesión es que, sabiendo todo lo que arriesgo, sabiendo lo que tengo y lo que puedo perder, sigo sin poder decir que no. Y mientras él subía a darse una ducha, yo ya estaba pensando en qué tarde de esta semana le escribiría a Damián para decirle que sí.

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Comentarios (5)

Clara_Noche

dios mio que relato, lo lei de corrido sin poder parar. tremendo!!!

Leti_sur

Por favor seguí contando, no puede quedar asi. Quede con ganas de saber como termino todo

SolMariana_

Me llego al alma esto. A veces uno sabe perfectamente lo que no debería hacer y lo hace igual. Muy bien escrito, se siente real.

NocheVieja_09

excelente!!! esperando la segunda parte

Nando_Mdz

Que trampa tan bien puesta la del titulo. Entré curioso y no pude soltar el celular hasta el final jaja

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