Mi primera vez fue con mi mejor amigo en la feria
Todavía recuerdo la primera vez que lo miré de otra manera. Esa forma rara en que una mira a alguien cuando los sentimientos se transforman en algo más hondo y la cabeza se llena de mariposas que revolotean por el estómago. Aquel día, sin ninguna duda, las cosas dejaron de ser iguales entre nosotros.
Era agosto, y como cada verano la ciudad se llenaba de gente de fuera, incluso de otros países. El sol, las playas —que no eran precisamente las mejores de la costa—, la comida y el carácter de la gente atraían a turistas de todas partes. Un reclamo irresistible para los cientos de ingleses y francesas que venían a despejarse de sus vidas grises.
Rondaban esos días en que la ciudad se convertía en algo más que un destino de playa. Durante una semana entera se transformaba en la gran fiesta del verano: la feria.
Mañanas, tardes y noches, todo se llenaba de música y bullicio. Era la fiesta grande del sur, y nadie quería perderse nada. Vino fresco, buena comida, sevillanas, rumbas y alguna canción del momento acompañaban unos días en los que la alegría no parecía tener fin.
Aquella tarde salí a recoger a mis amigas sobre la una. Habíamos planeado empezar por los bares del centro y enganchar después la noche en el recinto ferial. Necesitábamos el coche, así que, tras una odisea buscando aparcamiento, a las dos ya estábamos entrando en el casco antiguo, justo donde se cocía todo el ambiente.
La rutina era la de cada año. Primero, Casa Morales, una taberna de toda la vida que seguía siendo punto de encuentro obligado. Unas cervezas para entrar en calor y dejarse llevar por el ritmo de la calle.
Luego tocaba la plaza del Carmen, una zona de tascas donde se comía, se bebía y se bailaba en mitad de la calle, porque los locales no daban abasto. Conforme avanzaba la tarde íbamos saltando de bar en bar, siempre con el inseparable vaso de manzanilla en la mano. Vino de la tierra que, sin ser nada del otro mundo, entraba fresquito por esas fechas, aunque todas sabíamos que después se convertiría en el amigo peleón responsable de más de un dolor de cabeza.
Sobre las cinco ya estábamos en una callejuela de la calle de la Palma. El ambiente era inmejorable: música alta, risas por todos lados y una multitud que rodeaba aquel bar cuyo nombre ni recuerdo, aunque poco importa para lo que vino después.
El local tenía unos ventanales abiertos a la calle que, improvisando una barra, servían a una marea de gente sedienta que pedía a gritos sus copas. En mitad de la calle se había formado una pista de baile espontánea, donde algunas chicas con sus trajes de flamenca se marcaban unas sevillanas con muchísimo arte.
Nosotras estábamos pegadas a la barra. Un tinto de verano en la mano ayudaba a sofocar el calor de la jornada y a soltarnos del todo, ya bien achispadas por el alcohol y la fiesta.
Sin duda, aquel día estaba siendo perfecto. Desde que llegamos no habíamos parado de reír. Disfrutaba de la libertad de mis recién cumplidos veintidós años, sin preocupaciones ni responsabilidades, con la única certeza de que tenía que vivir al máximo esos años irrepetibles.
Poder salir de fiesta cada día durante toda la semana era sencillamente fabuloso. Un lujo al alcance solo de quienes venían de fuera a pasar el verano o de las que, como yo, sentíamos el orgullo de ser de aquí y de vivir en esta tierra bendita.
Música, risas y alcohol. Un combinado explosivo si encima le sumabas amigas y chicos. Sobre todo chicos.
Aquella tarde, en aquel bar, un grupo de muchachos apostados en la otra esquina del ventanal intentaban —de manera poco disimulada— flirtear con nosotras. Risas, miradas y algún guiño torpe eran las armas con las que trataban de llamar nuestra atención. Fue uno de ellos quien, armado de valor, se atrevió a acercarse hasta nuestro pequeño rincón.
—¿Sois de aquí, chicas? —preguntó, intentando disimular sus verdaderas intenciones.
Por el acento supimos enseguida que ellos no eran de la zona. No es que conociéramos a toda la ciudad, pero su forma de hablar y algún que otro detalle los delataban. Sin ninguna duda, eran de Bilbao.
El chico nos cayó en gracia y, después de aclararle que efectivamente éramos de allí de toda la vida, lo invitamos a unirse a nosotras junto con sus amigos.
Aceptaron encantados y, entre copas de vino y otras bebidas de más graduación, pasamos parte de la tarde entre risas, intentos fallidos de bailar sevillanas y el descaro de alguno que enseñaba sin tapujos lo que buscaba.
Aquella escena empezó a agobiarme. No me apetecía aguantar a un grupo de borrachos pesados el resto de la tarde. Propuse cambiar de sitio, con la esperanza de despistarlos en alguna esquina y librarnos de ellos de una vez. Pero el resto del grupo prefirió quedarse, así que me rendí y seguimos allí hasta que la tarde empezó a caer.
***
Una media hora después fue cuando apareció Adrián.
Venía solo, algo rarísimo en él. Siempre andaba rodeado de sus amigos y, cuando salía de fiesta, lo hacía en grupo. Verlo allí, caminando hacia mí sin compañía, me sorprendió.
Tras saludarnos, me contó que había perdido de vista a sus colegas. Se había entretenido charlando con unos conocidos del trabajo y, cuando quiso volver, ya no encontró a nadie.
—Voy de camino al parking, a por el coche. Me marcho ya a casa —dijo.
Insistí en que se quedara un rato con nosotras. No costó demasiado convencerlo, y aquello me pareció casi providencial: era la excusa perfecta para librarme de los de Bilbao, que ya empezaban a resultar demasiado insistentes.
No hizo falta más de una copa para que Adrián se animara a bailar conmigo. No era de los que se lanzan sin más, pero el ambiente invitaba. No era la primera vez que bailábamos —tampoco habían sido tantas—, pero esta vez algo se sentía distinto.
Adrián era mi gran amigo, mi confidente. Desde aquel verano antes del instituto habíamos compartido una complicidad especial. Con él hablaba de todo: de mis amores, de mis desamores, de mis dudas. Era mi refugio y mi consuelo, el hombro al que corría cuando algo me dolía. Siempre había sido alguien especial para mí.
Pero aquella tarde, mientras bailábamos, algo cambió.
Su mano en mi cintura, firme y cálida, me transmitía una sensación nueva. En cada cruce de miradas sentía un fuego desconocido. Nuestros cuerpos se acercaban, rompiendo el aire que quedaba entre nosotros, y su olor —tan familiar y a la vez tan distinto— me envolvía y despertaba algo que ni siquiera sabía dormido.
Aquel baile se volvió peligroso. En su mirada había una determinación que me desarmaba. Quise apartarme, pero no pude. Me quedé allí, atrapada en una sensación que me era ajena y propia al mismo tiempo.
¿Qué está pasando?, pensé. Nuestra amistad era demasiado valiosa, pero esa corriente que nos unía era imposible de ignorar. Sin darme cuenta, mis dedos dibujaban sobre su pecho el contorno de algo que no debería estar sintiendo.
Nunca antes lo había mirado así. Nunca había sentido atracción por él. Pero en ese instante entendí que algo en mí lo había estado esperando todo este tiempo.
Ya no bailábamos. Solo existían sus brazos rodeándome. Me sentía en casa, protegida, afortunada. Su mano me acariciaba la nuca con una ternura contenida, y fue como si todo lo demás desapareciera. Me sentía viva, temblorosa, con el estómago lleno de mariposas.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el resto se había marchado.
—¿Será posible que se hayan ido sin decir nada? —pensé, entre divertida y molesta.
Adrián me calmó con una sonrisa. Sus manos en mi espalda disiparon cualquier enfado. Cuando me propuso llevarme a casa, acepté sin dudarlo. Lo habíamos hecho mil veces, pero esta vez el trayecto tenía otro significado.
Por el camino nuestras manos se rozaron y, en un gesto casi involuntario, sus dedos buscaron los míos. Aquel contacto leve lo cambió todo. El silencio se volvió espeso, lleno de preguntas sin respuesta. Sabía lo que sentía, pero no lo que debía hacer.
Es Adrián, me repetía. Mi mejor amigo. Si cruzamos esa línea, no habrá vuelta atrás.
Pero a veces el corazón no atiende a razones.
***
Al subir al coche —un todoterreno amplio y muy espacioso— puso la mano sin ningún disimulo sobre mi muslo derecho. Él ya lo había decidido. Su determinación me contagiaba, despejaba mis pensamientos y me hacía sucumbir al deseo de sus labios.
Sin pensarlo me lancé a por ellos.
Fue un beso urgente y necesitado, de los que te dejan relamiéndote con ganas de más. Corto, simple, lleno de esperanza y de una ilusión recién nacida. No sabía bien qué vendría después; solo que, si seguíamos así, querría más de aquello que me daba. Mi adicción crecía.
Con hambre y algo de violencia, atrapó mi boca con la suya. Noté cómo mi cuerpo se relajaba. Nunca me habían besado de esa manera, como si quisiera absorberme el alma con los labios. Con un deseo primitivo y tosco, me mordió el labio inferior.
El miedo a mi propia inexperiencia me golpeó de lleno cuando vi que Adrián también reaccionaba a aquellos besos. Era virgen, y aunque antes había tenido encuentros calientes y sabía moverme en el arte de la provocación, nunca me había permitido llegar hasta el final. Al sentir cómo se ponía duro para mí, temí decepcionarle.
Él debió de leerlo en mis ojos. Cuando me pasó al asiento trasero, me susurró al oído que no me preocupara, que él se encargaba de todo y que yo solo tenía que dejarme llevar y disfrutar del momento. Unas palabras tranquilizadoras, pero no lo suficiente para la enorme inquietud que me recorría. Me costó hacerlo. Temía hacer el ridículo, y aquella preocupación absurda —absurda, pero no irreal— me perseguía en cada movimiento.
Él, con toda la calma, se desabrochó el pantalón como si la prisa hubiera desaparecido y quisiera enseñarme un gran secreto. Lo que ya intuía no tardó en revelarse, mostrándome de cuántos centímetros se trataba el asunto. Juro que traté de disimular, como si las dimensiones no me importaran, pero la realidad era que, aunque consiguiera no parecer sorprendida, estaba asustada de imaginarme atravesada por aquello que con seguridad me iba a destrozar.
—Relájate, será fácil… —me dijo mientras me subía la falda hasta la cintura y, de un pequeño tirón, rasgaba la fina tela de mi tanga.
Colocó sus grandes manos sobre mis caderas, sujetándome con fuerza, y, levantándome un poco del asiento, me situó justo donde él quería. A horcajadas sobre sus piernas y frente a él, me senté, dejando mis pechos a la altura de su boca y su sexo a escasos milímetros de mi entrada.
Estaba nerviosa, demasiado como para pensar en seducirlo. Tenía clarísimo que lo deseaba, pero todo lo que se me cruzaba por la cabeza me distraía.
Él, en cambio, dirigía el juego. Con las manos aún en mis caderas, marcando la bajada lenta que le daba acceso directo a mi interior, me penetró.
Me dolió al sentirlo entrar. Notar cómo tensaba mi piel, estirándola para hacerle sitio mientras se hundía profundo, adueñándose de mí y llenándome por completo, me desgarró. No quería dejar de sentirlo aunque el dolor me frenara. Había llegado hasta allí y me debía a mí misma encontrar el punto exacto de dolor que me permitiera disfrutarlo. Él permaneció quieto, a la espera de una señal, de algo que le indicara que ya estaba lista, antes de empezar a moverse.
Arqueé un poco la espalda, alineando mejor las caderas para encontrar un ángulo que facilitara su entrada. Aquello suavizó el dolor, y con un movimiento lento pero seductor le hice saber que ya estaba lista para continuar.
Él se movía con soltura —tenía experiencia en esto—, y sin duda sabía lo que hacía para conseguir que, por momentos, dejara de pensar en cosas que no venían a cuento en ese instante.
Su boca sobre mis pechos se volvió hambrienta, devorando cada milímetro de piel a su alcance.
En el vaivén de su pelvis, que luchaba contra el asiento, encontró un ritmo más impetuoso, más apasionado, que culminó cuando su cuerpo golpeó con fuerza contra mis piernas abiertas. El gemido que se le escapó fue ensordecedor, y se apagó enseguida dentro del pequeño habitáculo.
Sentí entonces cómo algo caliente y líquido se esparcía dentro de mí, derramándose después por mis muslos hasta empapar sus piernas.
***
Fue entonces cuando entré en pánico.
Se ha corrido dentro de mí. Dios, ¿y si me quedo embarazada? Fue la alarma de emergencia que se encendió sobre mi cabeza en ese preciso instante.
Ya nada importaba. Después de que se activase aquella señal, todo fueron prisas. Quería irme a casa e intentar olvidar la posibilidad que me acechaba —remota, pero que yo vivía como un riesgo inminente—, esperar a que pasaran los días o quizá correr a urgencias a por la famosa pastilla.
Adrián me paró cuando salí apresurada del coche, al dejarme en mi calle.
—Tranquila, todo va a estar bien —me decía, tratando de calmarme—. Estoy aquí, mírame. Soy yo, nunca te voy a dejar sola.
Con sus palabras y un beso en los labios, llegué a casa queriendo no pensar en nada.
Había sido mi primera vez. Y había sido un desastre.
Mi mejor amigo se convertía en mi primera vez. Y mi primera vez se transformaba en una pesadilla que me perseguía.
Después de aquello, los días pasaron sin que llegara ninguna noticia. Adrián seguía pendiente de mí. Cada día me llamaba y hablábamos de nuestras cosas, como siempre habíamos hecho, solo que ahora le añadíamos un momento para el coqueteo —«te pienso», «te echo de menos», «me gustaría…»— y la pregunta fatídica que se había convertido en nuestra nueva rutina, recordándome todo lo que quería olvidar.
—¿Te ha bajado la regla?
Cada día que la respuesta era un no, más angustiada me sentía. Pero Adrián seguía ahí, como amigo, como confidente y ahora también como cómplice.